El Hombre de
Paja
por Alberto
Carbone
Ustedes habrán advertido que Javier Milei, me impresiona denominarlo
Presidente, juega mucho con sus manos.
No es para menos.
Parece ser que en público no comprende bien la utilidad de sus
extremidades, incluyendo precisamente las palmas de sus manos.
Otra cosa muy distinta, debe acontecer seguramente al dar rienda suelta
a sus excitaciones. Guarecido, como debería ser, en medio de la soledad de su
habitación. Aunque en algunas oportunidades tampoco pudo contenerse y también concedió
su show en público.
Esto es el Hombre de Paja.
El Peloduro de Milei.
Si fuese yo un asiduo cotidiano de su compañía, un allegado o un
funcionario miembro de la runfla que lo acompaña y persigna arrodillada ante el
dignatario, situación infinitamente imposible de suceder, le recomendaría
expresamente que visitase a algún profesional psicólogo.
Porque es menester que haga tratar o ponga en análisis, sus violentas contradicciones,
sus imprudentes y absurdas comparaciones, sus proyecciones, como mecanismo de
defensa de sus propios impulsos, sentimientos de sus deseos más íntimos, que al
reaccionar enloquecidamente le atribuye a otro objeto, a otra persona o
fenómeno.
Sabe una cosa.
En realidad yo lo compadezco.
Está gravemente enfermo. Está sólo. Está severamente atolondrado.
Persiste en ese desequilibrio sin vocabulario, sin capacidad de dicción,
sin racionalidad, sin objetivos claros ni condiciones para asumir alguna
situación.
A partir de esa situación y por ello mismo, es que el país se ha degenerado.
Ojo. A pesar de todo lo que le consigno soy perfectamente capaz de
entender el accionar de sus adláteres. Pero no los justifico de ninguna manera.
Porque todos cobran cifras suculentas por arrodillarse ante él.
Todos se acomodan y adaptan a su visión absurda, a su locuacidad
enfermiza, a su desvergüenza voraz, a su imperdonable proceder.
Porque todos están vergonzosamente subsidiados.
Todos incrementan sus arcas.
Todos multiplican sus negociados.
No importa para ellos que se trate de un Hombre de Paja.
Porque saben muy bien que de todas maneras nadie lo observa en su
intimidad y a los funcionarios, tampoco les interesan sus inclinaciones
profundas.
¿Sabe por qué?
Porque lo que les importa es el país.
¡El país de Milei, por supuesto!
Que por otra parte no es otro que el de ellos mismos.
Monstruoso y gigante coronador de sus jugosos beneficios.
Además, ellos creen saber algo de la función que les ocupa
cotidianamente y por la que fueron investidos.
¡Por supuesto!
Porque en realidad, el ignorante cree de sí mismo mucho más de lo que vale
socialmente.
Ellos no saben por ejemplo que precisamente por su condición de
ignorantes e ineptos, fueron seleccionados para cada cargo que ocupan.
Acontece que la reducida elite que en realidad gobierna, es incapaz de
estar en todos lados, incluso es inabarcable la posibilidad de su supervisión.
Necesita por ello funcionarios dóciles, ignorantes, embrutecidos,
implacables en el cumplimiento de la orden suministrada.
Y como “ha de haber gente pa’ todo”, como dijo Serrat, esta gran
cantidad de inoperantes y absurdos hipócritas estarán siempre a la orden del
día.
¿Advierte entonces que muy probablemente el problema real e infinito sea
con el sistema democrático?
Porque en resumidas cuentas, la gente prefirió votar a un bruto
difamador, calumniador, mal educado, impresentable, estúpido fabulador, después
de que los medios de difusión masiva lo hubiesen muy bien proyectado y a la vez
inoculado profundamente con el virus de la deshonestidad e incapacidad al otro
candidato, sin prueba o razón alguna, que no sea inventada.
Fíjese si no es así que todavía hoy, la necedad de muchos persiste.
Ojo. También es lógico. Porque en definitiva nadie es capaz de reconocer
que actuó, que fue o que es un tonto.
En consecuencia prefieren coronar su justificación por lo votado y su
insatisfacción actual con la famosa frase de “Son todos lo mismo”.
Así estamos vio.
Y ahora, el Hombre de Paja ataca de nuevo.
Ahora continuó con las otras comunidades que nunca le satisficieron.
Ya fue contra los trabajadores en su momento y los desnucó.
Ya operó contra los enfermos terminales, para propender a su fulminante desaparición.
Ya se involucró en contra los jubilados, de los docentes, de los médicos
y enfermeros de hospital y de los hospitales mismos.
De esta forma, el país del Hombre de Paja y de sus ignotos ignorantes se
desintegrará para siempre.
¿Cómo terminará la historia?
Yo, sencillamente, espero que no sólo el Peloduro, sino sus funcionarios
y aquellos quienes a cambio de un jugoso emolumento defienden este gobierno en
redes y programas de TV, sean juzgados por un Poder Judicial desprovisto del dulce
encanto de la retribución pecuniaria.
¿Qué le parece?
¿Habrá esperanza todavía?
¿O la Argentina quedará reducida a soportar un futuro similar al de cualquier
otro país de Latinoamérica?
Quizá no esté todo perdido.
Déjeme entonces concluir con los versos de Miguel Hernández extractados
de su poema “Canción última”
“Florecerán
los besos sobre las almohadas.
Y en torno de
los cuerpos elevará la sábana su intensa enredadera nocturna, perfumada.
El odio se
amortigua detrás de la ventana.
Será la garra
suave.
Dejadme
la esperanza”.

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