miércoles, 29 de enero de 2025

 

El Hombre de Paja



por Alberto Carbone

 

Ustedes habrán advertido que Javier Milei, me impresiona denominarlo Presidente,  juega mucho con sus manos.

No es para menos.

Parece ser que en público no comprende bien la utilidad de sus extremidades, incluyendo precisamente las palmas de sus manos.

Otra cosa muy distinta, debe acontecer seguramente al dar rienda suelta a sus excitaciones. Guarecido, como debería ser, en medio de la soledad de su habitación. Aunque en algunas oportunidades tampoco pudo contenerse y también concedió su show en público.

Esto es el Hombre de Paja.

 El Peloduro de Milei.

Si fuese yo un asiduo cotidiano de su compañía, un allegado o un funcionario miembro de la runfla que lo acompaña y persigna arrodillada ante el dignatario, situación infinitamente imposible de suceder, le recomendaría expresamente que visitase a algún profesional psicólogo.

Porque es menester que haga tratar o ponga en análisis, sus violentas contradicciones, sus imprudentes y absurdas comparaciones, sus proyecciones, como mecanismo de defensa de sus propios impulsos, sentimientos de sus deseos más íntimos, que al reaccionar enloquecidamente le atribuye a otro objeto, a otra persona o fenómeno.

Sabe una cosa.

 En realidad yo lo compadezco.

Está gravemente enfermo. Está sólo. Está severamente atolondrado.

Persiste en ese desequilibrio sin vocabulario, sin capacidad de dicción, sin racionalidad, sin objetivos claros ni condiciones para asumir alguna situación.

A partir de esa situación y por ello mismo, es que el país se ha degenerado.

Ojo. A pesar de todo lo que le consigno soy perfectamente capaz de entender el accionar de sus adláteres. Pero no los justifico de ninguna manera.

Porque todos cobran cifras suculentas por arrodillarse ante él.

Todos se acomodan y adaptan a su visión absurda, a su locuacidad enfermiza, a su desvergüenza voraz, a su imperdonable proceder.

Porque todos están vergonzosamente subsidiados.

Todos incrementan sus arcas.

Todos multiplican sus negociados.

No importa para ellos que se trate de un Hombre de Paja.

Porque saben muy bien que de todas maneras nadie lo observa en su intimidad y a los funcionarios, tampoco les interesan sus inclinaciones profundas.

¿Sabe por qué?

Porque lo que les importa es el país.

¡El país de Milei, por supuesto!

Que por otra parte no es otro que el de ellos mismos.

Monstruoso y gigante coronador de sus jugosos beneficios.

Además, ellos creen saber algo de la función que les ocupa cotidianamente y por la que fueron investidos.

¡Por supuesto!

Porque en realidad, el ignorante cree de sí mismo mucho más de lo que vale socialmente.

Ellos no saben por ejemplo que precisamente por su condición de ignorantes e ineptos, fueron seleccionados para cada cargo que ocupan.

Acontece que la reducida elite que en realidad gobierna, es incapaz de estar en todos lados, incluso es inabarcable la posibilidad de su supervisión.

Necesita por ello funcionarios dóciles, ignorantes, embrutecidos, implacables en el cumplimiento de la orden suministrada.

Y como “ha de haber gente pa’ todo”, como dijo Serrat, esta gran cantidad de inoperantes y absurdos hipócritas estarán siempre a la orden del día.

¿Advierte entonces que muy probablemente el problema real e infinito sea con el sistema democrático?

Porque en resumidas cuentas, la gente prefirió votar a un bruto difamador, calumniador, mal educado, impresentable, estúpido fabulador, después de que los medios de difusión masiva lo hubiesen muy bien proyectado y a la vez inoculado profundamente con el virus de la deshonestidad e incapacidad al otro candidato, sin prueba o razón alguna, que no sea inventada.

Fíjese si no es así que todavía hoy, la necedad de muchos persiste.

Ojo. También es lógico. Porque en definitiva nadie es capaz de reconocer que actuó, que fue o que es un tonto.

En consecuencia prefieren coronar su justificación por lo votado y su insatisfacción actual con la famosa frase de “Son todos lo mismo”.

Así estamos vio.

Y ahora, el Hombre de Paja ataca de nuevo.

Ahora continuó con las otras comunidades que nunca le satisficieron.

Ya fue contra los trabajadores en su momento y los desnucó.

Ya operó contra los enfermos terminales, para propender a su fulminante desaparición.

Ya se involucró en contra los jubilados, de los docentes, de los médicos y enfermeros de hospital y de los hospitales mismos.

De esta forma, el país del Hombre de Paja y de sus ignotos ignorantes se desintegrará para siempre.

¿Cómo terminará la historia?

Yo, sencillamente, espero que no sólo el Peloduro, sino sus funcionarios y aquellos quienes a cambio de un jugoso emolumento defienden este gobierno en redes y programas de TV, sean juzgados por un Poder Judicial desprovisto del dulce encanto de la retribución pecuniaria.

¿Qué le parece?

¿Habrá esperanza todavía?

¿O la Argentina quedará reducida a soportar un futuro similar al de cualquier otro país de Latinoamérica?

Quizá no esté todo perdido.

Déjeme entonces concluir con los versos de Miguel Hernández extractados de su poema “Canción última”

“Florecerán los besos sobre las almohadas.

Y en torno de los cuerpos elevará la sábana su intensa enredadera nocturna, perfumada.

El odio se amortigua detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza”.

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