lunes, 30 de diciembre de 2024

 

De vez en cuando la Vida


por Alberto Carbone


Habría para decir varias cosas.

Lo cierto es que a veces se prefiere callar cuando

una situación como ésta acontece inmediata.

Por el dolor, por la pérdida, por la angustia de sus deudos.

Ahora, digo. Me parece

En este caso también sucede lo mismo?



Lanata fue el rey en muchas actividades.

El rey de la palabra escrita.

El rey de la animación.

El rey de la opinión reflexiva.



Por muchos años consecutivos sucedió ello.



Pero el tiempo pasó y él se convirtió de repente

en el rey de la oportunidad.

Fue en su momento el rey del sarcasmo.

De la denuncia a boca de jarro sin fundamentos.

De las falsedades vomitadas a los cuatro vientos.



Fu también el rey de la calumnia y de la agresión verbal.



Y así se fue. Vio?

Como Bernardo Neustadt.

Se acuerda de Berni?.



Yo tampoco.



Buen viaje Jorge.

La hiciste toda y ahora se van a pelear para disfrutarla..



Porque entre tantas calumnias e inventos,

se consolidó esa morbosa actividad

como una moda que no cesa.

Por eso nosotros vemos que todo se repite.

La burla, la improvisación, las especulaciones.

De esta forma, lo que sucede una y otra vez empeora lo vivido.

Por eso vislumbramos que seguirán los males.

Continuaremos observando y padeciendo barbaridades

otra y otra vez y cada día.

Y como dijo el Manco de Lepanto en su libro imborrable,

Repetiremos nosotros también:

"Cosas Veredes Sancho que non Saperes".

sábado, 28 de diciembre de 2024

 

Revolvé y seré millones.




por Alberto Carbone

 

Así las cosas, Señor Señora.

Así las cosas.

Karina es la Jefa y abre el juego entre los bólidos que se anotan

para cobrar y figurar, a cambio de cumplir con lo que se les ordene.

La Jefa constituyó la lista de candidatos legislativos de la Libertad

NO avanza para las elecciones de 2025 en Provincia de Buenos Aires



Todos quienes NO tienen posibilidad de ingresar,

por propios méritos, a la posesión de una Banca,

están anotados o se incorporan en la gran runfla de Karina.



Leyó los nombres?

Lea, lea. Por favor uno por uno!!!!

A cada cual con su Sección Electoral.

Distíngalos!!!!

Verá que es como le digo.

Y entonces pregunto.

Uated qué votó?.

Y ahora???

Qué va a votar?.



Si ya sé.

La respuesta es No hay nada!!!

No hay otra cosa!!!!

Otra exclamación vulgar es:

Si son todos iguales!!!



Bueno. Entonces le advierto:

Haga esta comparación:

Si no tiene nada para comer,

Pruebe estiércol.

Millones de moscas no pueden estar

equivocadas!!!!!!.

Si son todos chorros, por qué persiguen a algunos

y con otros hacen la vista gorda???



El país se derrumba.

Todo es un sin sentido.

La gente que todavía va a votar no elige,

primero pregunta lo que hay que hacer.



Nadie entiende nada.

Por eso suceden las cosas que suceden...

Y las que todavía van a venir!!!!

Acordate golondrina!!!!

Que solo quiero vivir

para sacarme esa espina!!!.

Así decía la canción!!! Se acuerda??

A que no?? La memoria es el músculo

que primero se pierde y no se quiere recuperar.

Por eso nosotros, apesadumbrados y sin esperanza,

repetimos las palabras del Manco de Lepanto,

quien en su obra cumbre proclamara:

"Cosas Veredes Sancho que non Saperes"

viernes, 27 de diciembre de 2024

 

La paja y la viga



por Alberto Carbone

 

Hemos repetido hasta el cansancio que el auténtico Poder Político que rige en nuestro país, necesita de estúpidos que ocupen los cargos públicos para poder gobernarlos a su arbitrio y de ignorantes para que los voten. Para que con el sufragio legitimen el valor de la impunidad del dinero.

Además quienes ejercen el Poder auténtico, el Poder real, se han encargado de inculpar a la oposición de todo lo que sucede, señalando al Peronismo como inepto, como “cabeza de termo”, engendro perpetrado de la basura de la sociedad, de inadaptados.

Es paradójico porque son todos y cada uno de los preceptos que en realidad caracterizan a quienes los votan a ellos o específicamente a quienes aceptan de buen grado a cambio de jugosos emolumentos, los cargos electivos o ministeriales que se les ofrecen.

Esto es así. No nos equivoquemos.

Pero el hecho de que los dueños de los intereses económicos del país posean el control político democrático y electivo no les da la razón.

Ellos manipulan a la opinión pública y consecuentemente ejercen el dominio de la Verdad con mayúsculas.

Porque la Verdad dicen, es la que propugnan ellos y los estúpidos que gritan defendiendo los valores de la elite, que en general lo hacen gratis, porque quienes se llevan la parte del león son aquellos que muerden algún cargo, aún auto titulándose como liberales, conservadores, radicales o simplemente astutos negociadores liberados e independientes de cualquier Partido Político. Ejemplo de ello hay variados en nuestro Distrito de Gral. San Martín de la PBA.

Pero, sin embargo, en la todavía y por ahora, ciudad Capital de la República también pasan cosas.

Resulta que el nuevo Proyecto de Ley que se les ocurrió a los tarambanas diputados oficialistas de la Ciudad de Buenos Aires es el de eliminar el nombre de Rodolfo Walsh a las Plazas, a las Plazoletas y a Escuelas de CABA.

El pretexto de dicha presentación se basa en que aquel destacado escritor y periodista hubiese actuado en episodios guerrilleros que devengaron en homicidios de cuño político en la manoseada, repetida y mal estudiada década del ’70.

Los innombrables más conocidos, propulsores de este y de otros Proyectos estúpidos como Ramiro Marra, Yamil Santoro, y demás desconocidos integrantes del circo autodenominado como liberales que avanzan, deberían incluir a varios personajes históricos quienes podrían ser invocados como destinatarios del mismo “Proyecto ejemplificador”:

Rápidamente y a vuelo de pájaro recuerdo a:

Federico Rauch, Juan Lavalle, José María Paz, Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Julio A. Roca, Félix Uriburu, Pedro E. Aramburu, Eduardo Lonardi, Roque Carranza y siguen las firmas.

Hace un tiempo se decía que la historia la escriben los que ganan.

¿Recuerda?

Hoy paradójicamente la escriben quienes no saben de historia y quienes tampoco aprendieron a escribir o a hilvanar una sencilla narración que los justifique dentro del mar de sus acciones injustificables.

Triste destino final para un país que otrora se considerara grande y rico. Un territorio que hubiese podido acceder a un futuro mucho mejor seguramente, si fuese habitado por ciudadanía con mayor templanza, alguna formación, elevada conciencia, excelente respeto, cabal dignidad, en definitiva, gente con un grado de mayor racionalidad.

Así estamos querido lector.

Mientras tanto nosotros, los irresponsables que añoramos la época en que vivíamos mejor, con Néstor y Cristina, sobrevivimos a la espera de ver llegar nuevas banalidades, otras múltiples salvajadas y por supuesto, diversas imposturas.

Así estamos y seguimos estando.

Por eso mismo, sorprendidos, miramos a nuestro alrededor, desconcertados, impávidos y repetimos una y otra vez las sabias palabras que Don Miguel de Cervantes Saavedra hubo expresado en su libro maravilloso y singular, el Don Quijote de la Mancha:

“Cosas Veredes Sancho que Non Saperes”.

 

domingo, 22 de diciembre de 2024

 

El Estado de las cosas

 


por Alberto Carbone


Nunca creí que después de tantos años de construcción y fortalecimiento del Estado, la sociedad argentina optaría por votar a los hijos de la reverenda especulación.

Sabe que pasa, que existen ignorantes y sumisos que adhieren a las consignas contrarias a sus propios intereses porque sencillamente no entienden nada. Ni de política, ni de historia, ni de sentido común.

En realidad el problema es que nos perjudicamos todos.

Porque la grave consecuencia es que los que votan en contra de sí mismos nos perjudican al conjunto de la sociedad.

Acá en la Plaza San Martín, el otro día, esperando en la cola de la verdulería, que se instala al conjuro de la Feria, una vecina se quejaba delante de mí, con referencia a la carestía de la vida.

Yo la miré y le dije: Eso es Milei. ¿Se da cuenta?

Me contestó: ¿A sí? ¿Y a quién íbamos a votar?. ¿A la chorra?

Eso mismo dijo. Me contestó lo que le dictó TN o La Nación Más.

Entonces le repliqué:

Si el Peronismo no sirve señora, ¿Por qué entonces está usted acá en la cola de la verdulería con la intención de abonar con Cuenta DNI?

No me respondió. Miró fijo hacia adelante y optó por el silencio.

Entonces arremetí:

¿Usted votó para Diputado Nacional a un profesor de Ping Pong?

¿Votó para el Congreso a una cosmetóloga?

¿Usted apoya a una tarotista con la pretensión de transformarse en Jefa de Gobierno de CABA?

La señora no respondió.

Me miró y como quien no se resigna a caer en la volteada afirmó como único pretexto:

“…No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

O sea que la pobre mujer el que no entiende la realidad soy yo.

Mientras tanto, si usted observa, el Estado se destruye.

Las PyMes desaparecen.

El consumo interno nacional se derrumba y los hijos putativos de los intereses económicos privados hacen su agosto.

Creo que es hora de preguntarse por el país que les quedará a nuestros hijos y nietos. Porque el electorado está alucinado, desquiciado y descreído.

Nosotros lamentablemente vemos todo esto y perplejos nos descubrimos sin herramientas para reconstruirlo.

Para colmo de males adivinamos que peores temporales se avecinan.

Por ello en medio de la zozobra y de la angustia, seguiremos repitiendo las palabras de Don Miguel de Cervantes Saavedra:

"Cosas Veredes Sancho que non Saperes"

 

 

El país es la gente


El voto que te bota

Alberto Carbone

El país es la gente
el país no es el territorio.
No señor.
El país es la Nación.
Es la gente.
Si quienes tienen el deber y la obligación de elegir en democracia
optan por estos ignorantes, chorros, estafadores, ventajeros,
estamos perdidos.
¿Quienes estamos perdidos?
¡¡¡¡Todos. Señor, Señora!!!!!
¡¡¡¡Los que votan como estúpidos y nosotros!!!!
Porque aunque no votemos estafadores, si los hipócritas ganan,
todo el país desaparecerá.
Y con el país desaparecemos nosotros.
Porque le repito, el país somos nosotros. ¡¡¡Todos!!
El territorio en cambio seguirá existiendo,
pero en manos de sus nuevos dueños.
Esta historia no tiene final feliz, se da cuenta ¡no?. Lamentablemente.
Esto sucede porque la mayoría de la gente cree en pecesitos de colores.
Hay un sector social que se apoderó del gobierno para hacer negocios
pero hay estúpidos que los votan. Que les creen.
De paso culpan al Peronismo de ladrón y no pueden probarlo.
Pero no les importa, porque los imberbes que votan
creen a pie juntillas lo que dicen los Medios masivos de comunicación.
Esa es la Democracia que supimos conseguir. ¿¿Se da cuenta???
Por eso nosotros, descorazonados, advirtiendo la profunda debacle,
seguiremos repitiendo las bravas palabras que introdujera
el Manco de Lepanto en su libro maravilloso:
Cosas Veredes Sancho que non Saperes.

martes, 17 de diciembre de 2024

 

La Ardiente Paciencia




por Alberto Carbone

 

El país arde.

No hay hoja de ruta.

Ni el oficialismo ni la oposición se plantean un camino, rumbo o metodología.

Algún que otro recurso, alguna estrategia.

De todas formas, el año 2024 va concluyendo y con él se alborota, se desploma empecinadamente, se desmorona abrupta y fulminante cualquier expectativa, alguna que otra anhelada propuesta aparecida o quizá alguna esperanza.

Pero lo peor de todo este proceso se perpetúa plasmado en el lenguaje de la resignación.

En esa perplejidad pasmosa y determinante que confirma que paralelamente al ambiente anómalo que nos sobrevuela exánime, la sociedad se va licuando, se degrada perentoriamente, desaparece ante los ojos de quien pretenda observar y se desboca en forma tremebunda y acelerada.

Piense si no es así.

Compare épocas pretéritas y recientes.

Recuerde a aquellos quienes aún accedían a un plato de comida hace sólo un año atrás, por ejemplo, a pesar de no estar incluidos dentro de la vorágine social, hombres y mujeres que por supuesto existían en cantidad suficiente, antes de la llegada de Milei.

Hoy, todavía admitidos como seres humanos, esos transeúntes perplejos y abstraídos, continúan colisionando con la realidad, pero además, por supuesto, no atinan a nada.

¿Sabe por qué?

Porque no esperan nada de nadie.

Por eso mismo, absolutamente degradados y auto percibidos como marginales e inútiles, despliegan un único recurso sostén y definitivo, un pálido salvoconducto esperanzador basado en la unánime persistencia de transitar alrededor de los bochornosos, infaustos y descuidados tachos de basura. Un peregrino deambular sin centro ni objetivo, resignándose a ver pasar sucesivas y vacías las horas del día.

Sin embargo, aquel sector amplio y exánime de la sociedad marginal, que avanza y  se multiplica, no desaparece.

No señor.

Esa grupo de seres humanos habitantes de la calle, se expande voraz, zombie, catatónico, por aquellos barrios centrales o periféricos que a pesar de todo lo acontecido o padecido, no estaban aún acostumbrados a observarlos.

Evidentemente, la sociedad argentina se ha empecinado en modificar sus valores tradicionales.

El esfuerzo cotidiano, el trabajo, ha dejado de consignarse como un atributo dignificador.

La familia, como centro articulador de sentimientos y creencias se está diluyendo, difuminando, al influjo de las consolidadas apetencias instauradas por el señor mercado.

La otrora prestigiada virtud caritativa y fraternal, basada en la simpleza de la generosidad, en la simpatía compartida y en el firme y armónico sabor del compañerismo, se ha permeado profundamente con el interés particular, la conveniencia y el reclamo descarnado del sálvese quien pueda.

Pero la vida continúa y la justicia, que es una necesidad imperiosa puede reaccionar como reclamo letal o desesperado.

Por ello es tan delicado y tan arriesgado jugar precipitadamente con aquello que no tiene remedio.

La indecisión o el exabrupto tienen lugar cuando la desesperación inunda y la desesperanza nos invade.

Recuerde que a los cobardes los vomita Dios y sabe una cosa.

Dios, que a pesar de todo nos mira e intenta comprender algunos procederes, ya ha empezado a santiguarse.

domingo, 13 de octubre de 2024

 

El hombre que ama a los perros




por Alberto Carbone

De mi primera infancia recuerdo muy bien la fuerte impresión que ocasionaba a mis ojos de niño, escuchar y observar de repente, sobre el silencio apabullante de las mañanas de sol, tranquilas y poco transitadas de entonces, el barullo callejero que suscitaba la aparición subrepticia y prepotente del camión municipal que levantaba urgente y sin atenuantes al profuso enjambre de perros que pululaban sueltos y abandonados en las calles de Villa Devoto y que desaparecían sin ninguna opción de la mirada de los transeúntes, una vez que el famoso y reconocido transporte de la popularmente denominada “Perrera” hacía su pomposa aparición acompañada por el escandaloso y vociferante alarido de los animales cooptados y encerrados en la caja del camión cárcel, esperando por su precisa y definitiva solución final.

Época en la cual las calles Cochrane, Campana, Llavallol, reposaban a la sombra de una copiosa arboleda, que acompasadamente guiaba nuestros pequeños pasos hacia la aparición de un descubrimiento inesperado. Un extraño alumbramiento que nos incendiaba los ojos y que de inmediato se identificaba por el estelar reconocimiento de una majestuosa avenida, luminosa y deslumbrante y a la vez exótica y cautivadora. La Avenida General Paz. Una moderna autopista pergeñada sobre el recorrido de un riacho entubado que, saturada de luz solar, hacía su presentación ante nosotros, derramándose inmensa, moderna, extensa y profundamente vacía, silenciosa, visitada ocasionalmente por algún que otro rodado circulando en soledad y como envuelto por alguna incertidumbre, surcando valiente por una vastedad que parecía desértica.

La que fuera posteriormente renombrada y afamada Avenida General Paz, la misma que en la actualidad se presenta asfixiante y abarrotada de vehículos, nació a la vista de mis jóvenes ojos como una cálida carretera de asfalto plano, impoluto e hirviente, entregada sin atenuantes a la firme llamarada del sol y rodeada a lo largo de todo su transcurso por la profusa vastedad de pinos y variedad de arboleda, que cubrían y homenajeaban con su sombra, como otorgando socorro y caricia, a los característicos chalecitos de los guardianes jardineros, distribuidos de un lado y otro de la que aparecía como moderna e interminable ruta de circunvalación.

Porque efectivamente fue así nomás. La Avenida General Paz secesionó el Distrito de General San Martín y a partir de entonces Villa Devoto y Villa Pueyrredón se consolidaron como firmes miembros de la Capital Federal.

Pero aquellos perritos mencionados al comienzo de la nota no se percataron de ello.

Iban y venían de un Distrito al otro, cruzando la novísima Avenida con el solaz y la tranquilidad que les otorgaba su libertad interior y la escasa premura externa reflejada por aquella fenomenal vía rápida que era habitada por algún que otro móvil en alguna oportunidad del día y en forma esporádica.

Todavía me veo y recuerdo apostado sobre una de los amplios pilares que integraban el frente de la casa de mis abuelos, situada escasamente a una cuadra de la entonces moderna e infrecuentada Avenida bautizada con el apellido del manco militar cordobés Retorna a mí el frecuente deambular de aquellos jóvenes, que parecían hombres grandes ante mis ojos, con sus cabezas rasuradas a cero, pagando a desgano la bochornosa afrenta de haber elegido llevar el pelo largo sin la autorización del gobierno autoproclamado de la Revolución Argentina.

Aquellos jóvenes hombres, generalmente acompañados por alguna que otra representante del sexo femenino, que caminaban en grupo, departiendo vivencias personales o experiencias seguramente deseosas de olvidar, compartían la acera también, sin embargo, con la multiplicidad de perros vagabundos que a ciencia cierta, aún en la actualidad no sería capaz de definir de dónde, de qué lugar aparecían o la causa, razón o circunstancia que los había transformado en personajes habituales y cotidianos de la sencilla, mansa y hasta inofensiva vecindad.

Pero lo cierto de toda esta circunstancia, es que de la misma manera que cazaban a la juventud para afeitar desaforadamente sus cabezas en las seccionales, así también atrapaban y enjaulaban perros abandonados o sencillamente sueltos en las calles, utilizando redes especialmente adaptadas para aquellos menesteres.

Puedo aseverar todavía haber comprobado con mis propios ojos de niño, múltiples experiencias al respecto. Jamás averigüé ni siquiera recuerdo haber preguntado, dónde estaba radicado aquel lugar nefasto para los canes bautizado pomposamente como la Perrera.

Si comprendí a fuerza de oportunos zamarreos de la realidad, que se había tornado imperioso y menester que en la ciudad de Buenos Aires y adyacencias de hace poco más de sesenta años no se prefiera llevar al viento a toda plenitud el pelo largo en la cabellera masculina, aún si aquella pretensión hubiese sido distanciarse apenas unos pasos fuera de su propio hogar o si por alguna razón impostergable hubiese tenido que realizar alguna que otra actividad o tarea extramuros.

Con el mismo sentido, fui capaz de aprender rápidamente que una costumbre cotidiana y autómata, se convirtió en algo irremediable e improcedente. Me refiero a aquella vocación de permitir pastar a sus anchas sobre las aceras del hogar respectivo a nuestros hermosos y adorados mastines, aún cuando las veredas todavía se mantuvieran amplias y además soportando indemnes esos tremendos arboles de hojas perennes, que en plenitud de su edad, regocijaban a nuestros abuelos en las tardes de verano. Esos viejitos que, a falta de acondicionadores de aire, recelaban contra sus viejos ventiladores, porque las acaloradas aspas solamente atinaban a mezclar y regurgitar el aire caliente del ambiente hogareño.

Los callejeros y nuestros propios perros se mezclaban fogosos en las calles departiendo y convidándose jugosos entremeses. Mientras tanto, el camión municipal asechaba. Su cercanía era, asimismo, sinónimo de derrumbe caótico. Todo perro suelto era culpable y merecía el justiciero arresto. Si por alguna eventualidad, el soliviantado amo o un vecino del amo, no estaban prontos al socorro, el animal caía irremisiblemente en manos de la autoridad. Posteriormente, decía mi abuela, con el alejamiento del camión justiciero, solamente nos quedaría ir a llorar a la iglesia.

Cierta vez se explicó la abuela, a quien le pareció haber entendido muy bien la justificación de un trabajador municipal. El camión llegaba al depósito, donde no había lugar ni alimento para tanto perro secuestrado. Por consiguiente, se procedía con una rápida y precisa solución.

Los perros dejaban de existir. Nunca me quisieron explicar el procedimiento. A ciencia cierta tampoco supe jamás si en mi casa llegaron a conocerlo. Alguna vez me trataron de convencer de que podrían haber utilizado gas para intoxicarlos. La explicación me pareció más una morbosa experiencia que un recurso práctico o por lo menos una actitud procedente.

Sea como sea, los perros sueltos o abandonados fueron desapareciendo del ámbito ciudadano. Tiempo después desapareció también la famosa Perrera. Pero como los perros están siempre tan decididos y encaprichados en seguir naciendo, la verdad que hasta le diría que en la actualidad se han empoderado del hábitat a cielo abierto.

¿Sabe por qué le cuento esto?

Porque en la actualidad, los argentinos nos supimos conseguir a un presidente de la Nación que ama a los perros. Seguramente usted estará pensando que este es un caso que no orbita en las preferencias del primer magistrado, sobre todo porque a todas luces, es un tema no circunscripto dentro del ámbito macro económico, tan especialmente intrínseco a su diatriba y porque, además, el diario peregrinar de los canes era, es y continúa siendo una satisfacción de preferencia de ellos, quienes en absoluta libertad de elegir por dónde deambular, deciden de propio gusto y beneplácito su natural elección.

Sin embargo, actualmente y no por falta de canes en la vía pública, observamos además multiplicidad de hombres, niños y mujeres que comparten con los animales estos ámbitos, despiadadamente exentos de cualquier tipo de cobertura asistencial, médico-sanitaria y desesperadamente desprovistos de alimentación y resguardo.

Le pregunto entonces que le parece a usted qué resolverá este gobierno, presidido ampulosamente por un hombre tenazmente amador de perros.

¿Decidirá el envío a las calles de numerosos camiones que sin mediar respecto de los animales recoja uno a uno a los humanos desamparados para proceder a una solución final, como otrora se hubo decidido contra la supervivencia de los canes vagabundos?

La sociedad contemporánea a los sucesos que vivenció la desaparición perruna, en tiempo del presidente de facto que paradójicamente por sus bigotes apodaban la morsa, como a otro animal, dio vuelta la cara a la realidad y no opinó respecto de ello ni sobre las peluquerías para rockeros instaladas en las comisarías.

Entonces, de paso le pregunto:

¿Las vivencias actuales, la desaprensión de la acción política respecto a los menesterosos, la falta de humanidad para con los humanos, la absoluta negligencia y desinterés puestos de manifiesto ante el dolor de miles de compatriotas, la necedad de quienes convencidos de una falacia persisten en defenderla a riesgo de promover la desaparición de cientos de enfermos, de miles de ancianos y niños?

¿Toda esta lastimosa circunstancia, todo este atropello, va a tener como resultado dar vuelta la cara y dirigir la mirada hacia otro lado?

El hombre que ama los perros, transformó en muy pocos meses de gobierno a los hombres, mujeres y niños pobres y marginales en animales dispuestos a ser cazados en banda para no ser guardados ni como trofeos.

Una actitud desprovista de racionalidad, dispuesta a sostener la supervivencia del más apto justificada en la arcaica y fenecida teoría de la selección natural. Para ello, nada mejor que el recurso del método. Silenciar a los considerados inaptos. La arbitrariedad de creerse poseedores legítimos de la verdad.

Esa verdad que escriben y defienden quienes son consignados como los “hombres de bien”, aquellos que sostienen políticamente al amador de canes para que cumpla con sus designios hasta que los logre definitivamente o por lo menos consolide un sentido común en la sociedad que naturalice lo más importante: quien manda y quien acepta lo ordenado.

Cuando todo esto concluya. Cuando el insatisfecho amador logre o no el cometido para el que fue instalado en el sitial que corrompe, aquellos mismos quienes lo sostienen actualmente, aquellos “hombres de bien”, que tanto vociferan como estúpidos que gritan, le morderán la mano

 

domingo, 29 de septiembre de 2024

 

Al pie de la bandera sacrosanta.

… unidos por el amor de Dios, juremos defenderla con honor…



por Alberto Carbone

 

del libro: “La Nomenclatura del tío Adolfo”

 

 

No Fito. ¡No! la tragedia política nacional es absolutamente endémica e inmemorial, circula por nuestras venas y se patentizó desde los orígenes de la Patria.

Los diversos intentos de solución a las convulsiones políticas sucesivas, que en cada caso se presintieron definitivas e irrevocables consistieron en bregar en el esfuerzo por enmendar los desbarajustes gubernamentales heredados, ininterrumpidos y continuos, monitoreando cada acción con el objeto de que no se verificase una conmoción social.

En cada una de aquellas instancias, que infelizmente desbocaron el andamiaje legal de la Nación alborotando el normal ejercicio de las instituciones, las fuerzas armadas tuvieron que hacerse del control de las decisiones de gobierno.

¡Ojo! Me estoy refiriendo y explicitando a una condición sine qua non.

¡Un proceso apodíctico que nos acontece y reincide en la historia desde antes de que se constituyera el país!

Acordate de la frase tan remanida y que sin embargo a tantos individuos les lastima y atormenta aún hoy reconocer. … ¡El ejército nació con la Patria!

 

Una charla inesperada entre ambos, que como sucedía en cada oportunidad derivaba en un punzante monólogo del viejo tío que inundaba con o sin autorización los oídos del sobrino Fito, como así le satisfacía nombrarlo a Don Adolfo.

Alfredito había tenido que regresar intempestivamente de un viaje a Mendoza.

En plena ruta recibió una llamada telefónica por la cual le advirtieron que el tío estaba descompensado. Había sufrido una lipotimia en la oficina central de la empresa “Tehuelche” y lógica e inmediatamente lo remitieron al nosocomio en ambulancia.

No estaba grave. Una vez estabilizado lo instalaron en una sala individual del hospital militar sólo por precaución y en orden con los diversos estudios ordenados por el médico especialista cardiovascular. Allí alojados permanecían, juntos en soledad departiendo, disfrutando de aquella conversación unívoca a través de la cual, apoltronado sobre la cama del cuarto, con toda naturalidad, el tío le suministraba al sobrino, quien aceptaba en silencio aquellas aseveraciones a sabiendas por supuesto de que todas estaban destinadas a su exclusivo bien.

Mientras tanto, aguardaban entre distendidos y cautos que de un momento a otro los responsables médicos dictaminaran el alta de quien durante toda su vida supo proclamarse como un hombre seguro de sí y convencido tanto de sus acciones como de sus determinaciones.

¡Es la presión Fito! … ¡Me tengo que olvidar del chorizo a la pumarola!

¡Entonces empezá por calmarte tío! ¡Ya estás otra vez hablando de política a los gritos, con la efusividad incontenida!

¡No te puede hacer bien, no te conviene por la salud, tío! ¡Charlemos de fútbol!

¡No! Dijo el viejo con una sacudida, recuperando el espasmo.

¡De Independiente ni hablemos! ¡Por favor!

El sobrino le respondió entre risas. ¡Qué contradicción infinita la tuya!

¡Te ponés como loco contra el comunismo, pero sos hincha de los “diablos rojos”!

¡No Fito, no! ¡Fanático soy y seguiré siendo de la única institución nacional que palpita con el corazón de la nacionalidad!

¡Pensá un poco respecto de lo que te estoy contando! ¡Por favor!

La historia de nuestro país posee un estigma congénito.

Un desorden institucional que en definitiva aparecía como irreversible y que a sabiendas de ello, el sentido común comenzó a reclamar en forma imperiosa la realización de todo tipo de esfuerzos para intentar torcer, vencer, cancelar semejante oprobio.

Durante las primeras épocas del país, aquellos años inmediatamente posteriores a la independencia, cuando palmariamente parecíamos condenados a la dispersión política, a la fragmentación, al lastimoso desgajamiento, motivado en el espasmo que sacudía la realidad que promovían las autonomías provinciales, se fue evidenciando y naturalizando ante la mirada de los miles de ciudadanos de entonces un territorio desgajado y vacío virtualmente atomizado y desgarrado por las luchas intestinas.

De aquella época es la “madre del borrego”.

Las tremendas exigencias que bregaban por la consolidación de los virtuales Estados provinciales imposibilitaban el único logro que debería haber sido de interés general: la consecución de la unidad nacional.

Después de la batalla de Caseros se redefinió el concepto de argentinidad.

Fijate que el ejército argentino es muy claro y preciso en la formulación de su ideario. Propugna por el sostenimiento de la interpretación histórica del concepto de nacionalidad con la denominada “línea Mayo-Caseros”

En aquellas dos coyunturas forjadoras de nuestra idiosincrasia, Mayo en 1810 y Caseros en 1852, bramó el ejército por la defensa irrestricta de la integración nacional, contra cualquier otra justificación que se hubiera intentado imponer y por consiguiente, se ensimismó por el logro victorioso de la unidad, jurando con valor, lealtad, coraje y patriotismo, al pie de la bandera sacrosanta.

Casi cien años se extendió aquel proceso reivindicador por la defensa de nuestros principios y valores. Pero claro, por la presión ciega, necia y corrompida de las generaciones sucesivas se fueron adoptando ideologías y modelos de vida, que aún en la actualidad podemos observar lamentablemente que redundan en expresiones y actitudes absolutamente ajenas a nuestras costumbres y creencias.

Esa situación consiguió afincar la simiente extranjerizante, el “verbo maligno”, la degradación primordial de los sentimientos nacionales.

Ya se había introducido en el país algún tipo o especie de fundamentalismo ideológico foráneo desde comienzos del Siglo XX, pero sin ninguna duda la debacle o corrosión definitiva fue orquestada a partir de la aparición del peronismo consolidado en el gobierno.

Con una pertinaz mixtura entre la extraña intromisión ideológica de cuño europeo y la falsa defensa de los intereses de la Nación, esa malhadada corriente política cooptó el fuerte apoyo de los incipientes sectores sindicales a fuerza de compensar su patrocinio dispensando dádivas, favores, ventajas, limosnas de toda laya disfrazadas de derechos civiles y de dignidades laborales.

La embestida farsante, ordinaria y farandulera se extendió en el tiempo durante aproximadamente diez años.

¡Te imaginás quien llegó al rescate de esa afrenta! … ¡El ejército argentino!

¡Pero tío, que yo sepa fue a tenor de represión, de asesinatos, de proscripciones e incluso hicieron desaparecer gente! Le exclamó Adolfito que hasta ese momento no había podido ni intentado emitir opinión.

El tío entonces bramó.

¡Es que había que terminar con Perón! …

¡La “perona” se había muerto sin ayuda, pero el traidor, cobarde y dictador sanguinario pretendía perpetuarse en el poder!

¡Fue por eso mismo que se decretó prohibir al régimen!

¡Una decisión que se extendió en el tiempo por casi veinte años!

Sí. Lo sé, le contestó el sobrino, y se apuró a agregar por temor a ser interrumpido:

¡Pero en el año que le levantaron la inhibición, el peronismo volvió a ganar las elecciones!

Don Adolfo le arrojó una mirada lastimosa y exclamó a boca de jarro:

¿Ves? ¡Es lo que te digo yo! …

¡La confabulación endémica! ¡Una epifanía! contestó elevando los brazos al cielo.

Pero inmediatamente completó la idea:

A partir de aquel entonces, dijo admonitorio y aleccionador, cada acontecimiento que se sucedía empeoraba el anterior.

Los obreros industriales se complotaron contra quienes les daban trabajo.

Los estudiantes universitarios se sublevaron contra sus autoridades formales, los adolescentes de las escuelas medias comenzaron a reclamar por supuestas indignidades e injusticias padecidas por ellos coreando consignas vacías o frases estigmatizadoras, hirientes y obscenas, contra líderes de opinión, dignatarios de la iglesia, empresarios y adultos en general.

Los villorrios habitados por los sectores más humildes de la población y radicados alrededor de las grandes urbes se soliviantaron, reclamando por servicios de cloacas, de luz, de gas, por parquización, por restauración y mejoras edilicias, por pavimentación, en fin. Cada quien interpeló al gobierno por aquellos reclamos que consideraba que le correspondían, pero resultó ser que el acceso al financiamiento de todas y cada una de esas cuestiones se evidenciaba como altamente improbable.

A todo lo antedicho, debemos consignarle la aparición de organizaciones armadas autónomas, de extracción civil y de radicación urbana, que pugnaron por reivindicar lo que definieron como justicia por mano propia.

Los sujetos participantes, los individuos que conformaron aquellos nucleamientos, fueron reclutados entonces de entre aquellos sectores sociales que exaltados batallaron por configurar otra realidad política social en la cual sus pretensiones estuvieran garantizadas a costa del usufructo de los beneficios económicos lógicos y legales de quienes estaban en una mejor situación por haber edificado sus excelentes niveles de vida en razón al mérito de su esfuerzo y por su trabajo de toda la vida. 

Un verdadero combo dinámico, multifacético, improvisado y desalmado, que llegó a su clímax con el fallecimiento del propio Juan Domingo Perón. ¡Del mismísimo presidente de la Nación!

A partir de entonces el país volvió a perder la brújula, que a decir verdad jamás había consolidado. Nuevamente se desencontraba y extraviaba su destino, su objetivo racional, cultural y lógico como Nación.

¡Tío, me estás describiendo un punto crítico exacerbado!

¡Parece la historia de un país al borde de una crisis terminal!

El viejo lo miró a los ojos con cara apesadumbrada y recubierto por un pasmoso silencio.

Estático, frío y demudado, ensayó una expresión improvisada con una prodigiosa naturalidad.

Así, sorprendentemente calmo, envuelto en ese estado de impostación y convencido de su pensamiento, aseveró en voz muy baja:

¡Estábamos al borde de la disgregación!

Entonces, recobrando sus ínfulas innatas, su justificado carácter de orgullosos bríos, de calores fascinantes e inauditos, le espetó en voz alta casi exacerbado:

¡Sabés entonces qué sucedió sobrino?...

¡Las fuerzas armadas hicieron el milagro!