jueves, 27 de febrero de 2025

 

El corazón helado

…al final de este viaje partiremos de nuevo…

 


 Alberto Carbone


No quería saber nada de nada.

No quería enterarse.

Sólo pretendía escapar, ocultarse, hacerse invisible.

¿Cómo sucedió este drama?

¿Por qué lo fueron a buscar a Fernando?

¿Cómo se enteró el Topo de que yo estaba en la casa de mi mamá?

¡De dónde sacó el número de teléfono?

¡Cómo se animó a avisarme?

¿Dónde carajo me voy a esconder?

Desde tiempo atrás, durante un período bastante prolongado, Eva había decidido desistir en la defensa del proyecto político que representaba y convalidaba su pareja.

¡Ya está bien Fernando! ¡Suficiente!. Repetía desesperanzada.

¿Cómo vamos a pasar a ser clandestinos si militamos en el barrio y nos conocen todos los vecinos?

¿Cuánto tiempo puede sostenerse una estrategia como ésta que intenta ocultar y mantener en el anonimato a quienes hasta el día anterior nos expusimos cara a cara ante la comunidad y nos esforzamos por ser sus referentes?

¿Yo podré continuar con la ayuda escolar?, por ejemplo…… ¿si de repente me transformo casi en un soldado popular que intenta cristalizar sus objetivos con otros procedimientos y propugna distintos criterios de acción para alcanzar el poder político?

En general la muchacha recibía explicaciones basadas solamente en evasivas.

El propio Fernando no poseía respuestas convincentes para las preguntas que descargaba Eva una detrás de la otra.

¡Todo es muy reciente, Evita! Se escuchó decir al joven.

Habrá que esperar y atender cada una de las consignas.

Mientras tanto tenemos la obligación de seguir ocupando el terreno ganado. ¡Deberemos impedir que pasen y se instalen!

 

Las palabras de Fernando sintetizaban muy bien la expresión y posicionamiento de un sector juvenil comprometido fuertemente con la militancia social y política, pero la situación general se tornaría agobiante, angustiante y terminal a partir del golpe de Estado.

Poco antes de que se produjese esa situación política terminal, el sistema democrático permanecía  en terapia intensiva, absolutamente cooptado por el poder económico y por las fuerzas de seguridad. Ambas abroqueladas, persistían empecinadas en derrotar definitivamente el avance populista, perfeccionando el mecanismo de represión social y política en favor de aquellos quienes financiaban el statu quo.

El Poder Legislativo agachó la cabeza.

Agobiado y sin reacción, convalidó el accionar represivo en un último intento de preservar la autoridad Constitucional.

No alcanzó.

Los que manipulaban el Poder real, reclamaron el sello para refrendar su propia autoridad. Poco tiempo después el Poder económico terminaría apoderándose de los tres Poderes de la Constitución Nacional.

De esa manera, el sistema económico y financiero se empoderó.

El primer paso constituyó mediatizar la voluntad democrática.

Pero después decidieron abolirla.

Muerto el Líder político, cooptaron la democracia y decidieron acciones en su nombre. Aquellos quienes en primer lugar, garantizaron para su propio beneficio el control de decisiones políticas y económicas, seguidamente se precipitaron contra los sectores titulados progresistas y optaron por abroquelarse y defenderse, amparándose en su autoproclamada legitimidad de acción y en el logro de lo que permanentemente postulaban como su objetivo superior: la integridad y la reorganización de la Nación.

Para ello, justificaron el procedimiento, tornaron imperioso ocupar el gobierno, a través de funcionarios políticos monigotes y genuflexos.

La primera reacción se orientó a desarticular, amparados en los últimos estertores del Sistema Democrático, los movimientos insurreccionales y recuperar para el grupo de interés financiero el control de las decisiones.

Paralelamente, los activistas barriales, que habían congeniado a cara descubierta con sus vecinos y que desembozadamente fueron obligados a mutar casi de un día para el otro en una rara especie de milicias populares sin instrucción ninguna, comenzaron a asemejarse a aquellos entusiastas y viejos conocidos gimnastas circenses que se lanzaban al vacío con el objeto de realizar su acto sin red de contención.

Pero además y como para terminar de agudizar esa situación de por sí sumamente trágica, debemos consignar que Eva y Fernando eran solamente dos de los miles de militantes juveniles de veintiuno y veinticinco años.

¿Qué actitud entonces se podría esperar de los compañeros de diecinueve que estaban ingresando ese año en la colimba? ¿Y de los pibes y pibas de dieciséis, solidarios, optimistas, colaboradores, que llegaban al barrio por manadas ofreciéndose como improvisados docentes o como trabajadores voluntarios convencidos de su capacidad y esfuerzo, muy dispuestos a engrosar esas filas como participantes dentro de alguna actividad específica que se les encomendara?

Porque aquella camada multitudinaria de jóvenes se comprometió con su accionar y realizó funciones que invariablemente se tradujeron en formato de colaboraciones diversas coordinadas dentro del espacio del local partidario

¡Sin embargo, poco tiempo antes del colapso democrático, se  precipitó desde los altos mandos de las organizaciones populares, una orden superior de carácter urgente y estentóreo que impuso a esos muchachos y a esas muchachas activistas una responsabilidad mayúscula!

¡El grueso de la juventud, aquellos que estaban más comprometidos dentro de la organización, transmutaron por invocación de sus conductores en repentinos y valientes guerrilleros urbanos sin ningún adiestramiento, debido a que tampoco para aquel menester, esos voluntarios colaboradores barriales habían obtenido capacitación alguna!

A veces pareciera que la búsqueda de la verdad fuese también la lucha por la sinrazón. Sucede en general que cada uno de los contendores, que batallan por prevalecer y consolidarse, conoce y trata de imponer denodadamente desde el origen de los acontecimientos la razón por la cual está obligado a instalar su parecer con carácter definitivo dentro de la consideración de la sociedad.

La verdad entonces, con mayúscula y única, resquebrajada al fin de cuentas en parcialidades irreconciliables, abandona su pertinaz obsesión, su definitivo y proverbial objetivo de certeza, para comparecer ante todos los mortales, sufriente muchedumbre devastada en esa lucha por la infausta prevalencia, como solo una de las múltiples condiciones de posibilidad, mientras la perplejidad de los contemporáneos, quienes fueron injustamente convidados a sufrir revueltos en aquella contienda, padece obligatoriamente de uno u otro destello vivificador transmitido por ambas orientaciones obsecuentes, como si se tratara de un juicio apodíctico revelado por la divinidad.

Recuerdo muy bien la frase de aquel girondino contemporáneo de las últimas etapas de la Revolución Francesa en el año 1792, época de la Convención, quien en el minuto previo a ser ajusticiado por la guillotina acusado de infame traidor al pueblo, manifestara al pie del patíbulo lo que acabarían siendo sus últimas palabras y una frase final implantada por el devenir en la posteridad: ¡La revolución devora a sus hijos!

Por eso mismo, a la luz del devenir histórico, deberíamos considerar que ninguna organización por más popular que se precie o por muy necesaria que se justifique a sí misma, puede arrogarse el derecho tutelar sobre la vida de las personas que cree le asiste representar. Porque es evidente que ante el riesgo existencial inminente, cualquier ser humano conminado por una realidad a punto de devorarlo, privilegia desesperadamente su derecho a seguir viviendo.

 

Entonces ella partió.

Eligió así una de las posibles variables para mitigar el duelo.

Abandonó de súbito pero subrepticiamente el hogar materno.

Se fue de la casa que paradójicamente la había protegido sin saberlo de la íntima tragedia personal que le desprendió el alma.

Sin despedirse, sin llevar nada más que lo puesto. Sin siquiera acercarse a su madre para reclamarle un beso. Como si fuese a regresar en escasos minutos de algún trámite próximo y ocasional o de vaya a saber dónde.

En primer lugar, como última y sublime decisión, se propuso disfrutar de un baño. Estuvo bajo la ducha un tiempo considerable.

Sin ninguna justificación racional había resuelto que el agua desprendería de su cuerpo toda la desazón y las sinrazones que se le desbarataron encima como una gigante catarata inmunda. Después de la ducha, se perfumó y se atavió. Un poco antes, cuando atravesó el lavabo y se observó desnuda de cuerpo entero en el espejo sintió lástima por ella y contuvo las primeras lágrimas.

Una ligera inflamación abdominal se le insinuaba. Una invalorable ofrenda amorosa crecía despacio dentro de ella fruto de aquella relación tan intensa como mezquina en tiempo.

Un hermoso homenaje que intentaría sin dudas prolongar la presencia de su ansiado compañero.

Pero casi enseguida terminó de acicalarse y salió de allí como desenvuelta y erguida pero a la vez extraña de sí e inexplicablemente sin una gota de apetito.

Entonces en silencio, paseó sus ojos por cada una de las habitaciones de su antiguo hogar como despidiéndose hasta que por fin se decidió y arremetió como estimulada por un impulso necesario.

A media mañana, la temperatura elevada del día había confirmado que el sol se impondría sobre el temperamento de los mortales y que iría como desojándose y cayendo pesado detrás del profuso ramaje de los árboles, adormeciéndose sobre la calle adoquinada que como estrepitoso calvario hirviente se empecinaba en soportar un persistente olor semejante a fritura asfáltica.

Tenues sombras calcinantes discurrían sobre la calzada difuminándose entre los intersticios de aquel formidable follaje que se precipitaba con sus contorsionados brazos, acariciando apenas los techos de los automóviles aletargados junto al cordón.

Eva abrió de par en par la puerta de calle y gritó desmesuradamente hacia el interior de la casa pugnando por activar al máximo sus pulmones:

¡Ahora vuelvo, mamaaá…!

La mujer, atareada ama de casa, que no se encontraba sin embargo escandalosamente lejos de esa zona del pasillo que integraba el living con el exterior, fue capaz hasta de sobresaltarse un poco con el vocifero tan cercano.

¡Ehhhh…! ¡Qué pasa nena…! Inmediatamente le contestó.

¡Ya te escucheeé!

¡Acordate que papá vuelve del taller al mediodía!

 

La muchacha no respondió.

Apretó su mano alrededor del picaporte y cerró fuerte la puerta. Inmediatamente después, un poco embarullada y entre atolondrada y conmovida se asomó a la fachada.

Allí, alcanzó a atisbar el escaso horizonte que apenas se podía entrever al final de esa calle familiar, que rigurosamente calurosa e implacablemente desierta, lucía todavía erguida, fastuosa e impresionante.

Una significativa cantidad de árboles de plátano, constituidos por robustos troncos de riguroso aspecto contundente y añejo se sucedían como patéticos ancianos sin edad, como inmensos tótems, permanentemente estáticos y cocidos por el sol del verano que implacable insinuaba su próxima presencia.

Extenuantes y calientes, frondosos y erguidos, guarecían de luz sin embargo a la sucesión de casas bajas con techos de pizarra que conformaban el barrio nacido obrero en su origen. El antiguo proyecto que con el paso del tiempo y de las consecutivas generaciones, había metamorfoseado al influjo de sus constantes cambios de mano y de aspecto.

Era sin duda una rectilínea e imponente arboleda, únicamente concebida para rendirse ante la altura agotadora de los flamantes y relucientes edificios que en forma paulatina y espaciada habían surgido con el paso de los años como diseños presuntuosos e innovadores, configurando lentamente un paisaje diverso y diferente al pergeñado en el antiguo y olvidado propósito original del vecindario, una singular propuesta habitacional diseñada alguna vez para albergar dignas y amplias construcciones de carácter social, pergeñadas con algún objetivo loable y solidario que posteriormente por alguna decisión tan arbitraria como interesada, fuera relegada para siempre a las zonas del olvido.

Sobre aquella acera vacía, cruelmente abandonada, ausente de voces y de conciencia humana, tal vez por la hora del día que se advertía candente y abrazadora o quizá porque la vecindad resignaba despojarse de su voluntad de transeúnte, la joven muchacha, de repente madura mujer, se aprontó presta a deambular con su reciente soledad a cuestas, sin ningún sentido premeditado ni rumbo cierto y sin otra esperanza que la búsqueda de la inhallable paz y de una crédula redención.

Barruntando en silencio respecto de su desgraciada novedad impuesta vaya a saber si por el destino o por su suerte y farfullando sus propios pensamientos entre tímida e insegura, pareció resignada a su angustia y muy posiblemente determinada también a derramar su última voluntad.

Con el corazón hondamente angustiado y con la incertidumbre devorándolo todo, escasos minutos antes de partir, permaneció inmóvil observando cada rincón de aquella fachada que había sido su hogar en épocas pretéritas y poco tiempo después cerró los ojos afligidos, vidriosos, confundidos y oprimió exageradamente los párpados.

Entonces por fin resolvió emprender el viaje.

 

Los Unos y los Otros

….los que luchan y los que oran

 

Alberto Carbone

 

Como el primer hombre y la primera mujer.

No, en realidad no. Porque ella sí era Eva, pero él no se llamaba Adán.

Su nombre era Fernando.

Al parecer dicen por ahí que fueron los propios compañeros quienes lo rebautizaron.

Sí. Desde hacía bastante tiempo todos lo conocían y lo referenciaban con ese apelativo por el cual se ha identificado al primer hombre desde tiempos inmemoriales.

Sucedió paulatinamente, un poco quizá como comidilla entre amigos que confluían en la misma laboriosidad creativa. Una actividad compartida invirtiendo gratamente parte de su vida en colaborar a que mejore la de los demás.

Los mismos ideales, la defensa de valores de una misma ideología y la sistemática y empedernida necesidad personal que se irradiaba al interior del grupo.

Un esfuerzo mancomunado. Multiplicar acciones y procederes orientados a la promoción de una convicción inalterable, elevar el nivel cultural, económico y social general de los sectores más vulnerados históricamente, incitándolos a través de una activa propuesta metodológica a la generación de conciencia política y responsabilidad suficiente para el mejor desenvolvimiento de la comunidad propia.

Además, va de suyo, que todos conocían bien a Evita y que evidentemente esa coincidencia entre su nombre y el de la primera mujer y femme fatale bíblica, impulsó dentro del colectivo de jóvenes la inevitable comparación entre estos chicos con aquella primera pareja protagonista del remanido episodio de la creación del mundo.

Es cierto también que al joven Fernando, en vez de Adán, lo podrían haber sacramentado como Juan, pero en esas instancias históricas, todavía el viejo líder político se le representaba a los pibes como aquello intocable e incólume.

La joven pareja simbolizaba la integración de la diversidad. Historias de vida con  particularidades disímiles.

Ella era la única hija de un tornero muy activo y emprendedor. Típico descendiente de inmigrantes italianos instalados en el suburbio del conurbano alrededor de un pequeño taller.

Fernando no. El muchacho no era miembro de la caracterizada clase media.

Sus abuelos se habían trasladado desde la provincia de origen hasta el conurbano bonaerense en procura del acceso a una mejor calidad de vida.

Una experiencia que cosechó patéticos resultados. Los primeros en llegar convencieron de la ventura del traslado al resto de la familia y en pocos años el pobrerío provinciano, sin ninguna otra pertenencia que su esperanza y su voluntad de hallar soluciones de vida, recaló junto con toda su escasez y sus profundas limitaciones en el contexto de la resignación.

Por más esfuerzo en horas invertidas en el trabajo, la retribución salarial no compensaba y más bien consolidaba su destino de permanecer habitando dentro de aquella precariedad, que cuando  recién llegados se había percibido como coyuntural.

Toda esa humanidad migratoria, que concentró su interés en habitar las regiones del país en las cuales todavía circula y se produce la mayor cantidad de bienes permaneció desarticulada de cualquier proyecto sociopolítico y las cientos de chabolas aledañas a las grandes ciudades se naturalizaron y a regañadientes fueron soportadas por la gente de “bien” y únicamente justificada por la obtención de mano de obra barata. Pero por supuesto que también ese conglomerado humano fue estigmatizado, con el pretexto de infundir una inobjetable diferenciación entre los unos y el “diferente”.

Fernando era heredero de aquella sinrazón y descendiente de los escasos grupos que pertenecían a las culturas originales de nuestro territorio.

Un muchacho más, desclasado, dentro del orden impuesto por los modos y costumbres generalizados y por consiguiente, un renegado a la vez de su propio origen, debido al propio desconocimiento, desinterés personal y por supuesto también, por la secuela del proceso en años de aculturación.

Con el correr del tiempo, sin embargo, el muchacho fue adquiriendo conciencia de la situación social y política del país y oportunamente, su postura ideológica, su visión de la realidad fue evolucionando desde el auto compadecerse y desde la aceptación de sometimiento e inferioridad intensamente promovido al interior de las comunidades desposeídas, hacia la defensa de la organización por la defensa de los más humildes. La recuperación de los derechos sociales que se consideraban históricamente conculcados a raíz de actitudes y decisiones políticas sucesivas.

 El barrio humilde subsistía sin acceso a los servicios básicos elementales, con excepción de la electricidad. Sin cloacas, sin asfalto ni gas natural. Solamente poseían por demás crueles inundaciones e incontables roedores y una chapería cruel que acompañaba rítmicamente cada noche de tormenta a los rezos de los mayores para que el agua celestial no sature los elementales techos cocidos de clavos y alambres, desprovistos de lo más básico y elemental.

Era a ese preciso lugar adonde el viejo matricero recurría cotidianamente por la obtención de mano de obra barata y dispuesta a ganarse el jornal diario.

Un buen día la parejita decidió establecerse dentro de la procacidad de aquel barrio y convivir allí con aquellas vivencias repletas de sucesivas insolvencias, colmadas con situaciones de desamparo, de desprotección y de carencias. Convencidos y hasta entusiasmados, ambos se dispusieron a compartirlas cotidiana y naturalmente con la comunidad de vecinos.

El joven repartía sus horas de vida entre sus dos diligencias. La primera parte de la jornada en la labor dentro del taller matricero del esforzado y acometedor artesano. Significativa y romántica sede en la cual sugestivamente se habían iniciado los primeros escarceos entre los tortolitos.

La otra tarea estaba cimentada en su comprometida y generosa función política. Un emprendimiento que continuamente irradiaba actividades desde el local de la agrupación a la que pertenecía, enclavada en el centro de la comunidad barrial.

Así, la joven pareja formalizó una relación que lentamente fue madurando y pugnando por su consolidación. Nuevas vivencias y situaciones con las que irían aprendiendo a convivir, a conocer la tolerancia y a discernir respecto de la tremenda responsabilidad que conlleva la extremada y difícil capacidad de distinguir la mejor estrategia dispuesta para intentar distribuir los recursos escasos.

Pero también era cierto que prácticamente la totalidad de la labor política recaía ostensiblemente en el muchacho. Eva no participaba en ello más que colateralmente.

¡La verdad es que tengo miedo Fernando! Repetía la joven. Cada cosa que sucede instala una nueva incertidumbre. El aparato de seguridad del Estado nos tiene en medio de las cejas. La última semana barrieron desde un automóvil sin patente a cinco pibas que pintaban una consigna política en una pared. Algunos de los vecinos que se atrevieron a observar el episodio declararon en la comisaría lo que alcanzaron a ver. Un móvil ocupado con cuatro hombres armados circuló muy despacio por el lugar y al emparejarse con las chicas las acribillaron sin que ellas hayan alcanzado siquiera a intentar darse vuelta para advertir su paso. ¡Les dispararon por la espalda Fernando!

Ella hablaba mordiéndose los labios. Lo miraba a los ojos como para escrutar en ellos alguna definición que naturalice el dramatismo, una explicación simple y concreta que por lo menos aparente un viso de racionalidad.

Cuando estaba vivo el viejo, agregó Eva convencida, ¡no pasaban estas cosas! No niego que haya habido fuertes tensiones, pero se respiraba un ambiente de cuidadoso equilibrio, de estabilidad entre los unos y los otros. ¡Ahora parece que salieran a cazar! ¡Irrumpen en el lugar y disparan con total impunidad! concluyó visiblemente atravesada por la emoción.

Él miró hacia la calle vacía que aparecía como descompuesta por un calor agobiante  que golpeaba férreamente dentro de la pobre casilla con techumbre de chapas y solo atinó a aseverar una respuesta coyuntural, que posiblemente sin saberlo, contribuiría a expresar además la fuerte tensión y el hondo dramatismo que sobrevendría poco después, al tenor de los sucesos y andando el tiempo.

¡El viejo quedó muy caliente después de que le hiciéramos boleta a su referente sindical! Contestó Fernando. Creo que de alguna manera, esa actitud marcó un antes y un después en los acontecimientos. Porque él consideró aquel episodio como una afrenta personal, como una provocación. ¡Vos viste lo que pasó en la Plaza el primero de mayo! ¡Ese día el viejo se definió! ¡Hizo borrón y cuenta nueva! ¿Querés que te diga con toda sinceridad? ¡Creo que en ese momento incluso se arrepintió de la tolerancia que demostró hasta ese entonces para con nosotros! De todas formas y a pesar de las duras circunstancias, fíjate que todavía pudimos continuar representando a los sectores juveniles más remisos.

Fernando hizo un silencio reflexivo  y recuperó la palabra.

Por ende a partir de ese día el viejo se volcó hacia el sindicalismo ortodoxo, después de todo, vos sabés muy bien que se cansó de repetir una y otra vez, que el movimiento obrero es la columna vertebral de su ideario. Y aquella opción de hierro que tomó en la Plaza, sin dudas, fue una decisión extrema, un parte aguas, con el único objetivo de combatir políticamente al grupo interno que persiste en mantenerse renuente con su jefatura.

Lamentablemente para nosotros, el conductor político no admitió jamás la posibilidad de compartir liderazgo. Mucho menos abdicar el suyo propio. De suyo surge que terminara apoyándose en el aparato represor del Estado para convalidar esa misma tesitura en las calles, en las fábricas, en todos los ámbitos donde la capacidad de representación se torna indispensable. En consecuencia, Evita, podríamos definir, por decirlo en pocas palabras, que fue en ese preciso instante que comenzó a perfilarse entre los sectores tradicionales en pugna, la inclaudicable disputa por el territorio.

Fernando permaneció un instante en silencio y estático y de pié buscó con sus ojos los de ella, como hilvanando los acontecimientos y proyectando la siguiente reflexión:¡Pensá que nosotros muy a pesar de ellos, permanecemos activos porque mantenemos mucha acción en los barrios, porque continuamos sujetos y consolidados en una presencia militante de vocación voluntaria y de carácter ininterrumpido!

¡Es una permanencia que a nuestros oponentes les duele y fastidia!

¡Porque no es otra cosa que demostrar vigencia!

Fernando demoró un poco su conclusión testimonial, como quien espera que alguna última y elocuente reflexión repentina apareciese precipitada para obrar como síntesis palmaria de aquella realidad controversial.

¡Entendés Eva! le espetó. Se está percibiendo en todo el país una catarsis social que ellos están obligados a enfrentar para no perder espacios de poder. Para ello debieron decidirse a ejecutar una respuesta contundente que como fatalidad mortal derivó en una política represiva de aristas contundentes a través de un despliegue prorrumpido por la barbarie del Estado a la luz del día.

¿Querés que te diga la verdad, querida Evita? ¡Es hasta paradójico!.

Porque de esa manera se fue entablando entre ambos bandos dicotómicos, la discusión respecto del sendero a seguir para llegar en teoría a un mismo lugar ¡Al mismo objetivo! ¡A la consolidación de la misma ideología!

¡Lo más ridículo de todo esto es que en teoría, ambos bandos defendemos la prosecución del mismo modelo de país!

Es como decir: ¡Queremos lo mismo! ¿Pero quién va a llevar la vos de mando?

Esta circunstancia contribuye a confundir inexorablemente el sentido común del hombre de la calle. Porque hace la pregunta del millón.

¿Si son todos peronistas, porqué se pelean? En realidad Evita,  el problema es más hondo. No queremos lo mismo. Existen aquellos que quieren de eso mismo para sí mismos. Ya sé, es un juego de palabras Evita, ya sé.

Lo que sucede en realidad es que para nosotros, solamente nuestro rumbo es propiciatorio y capaz de orientarnos hacia el triunfo seguro del proyecto de Nación.

Para la militancia juvenil y transformadora, el otro camino es una falacia, porque es absolutamente contrarrevolucionario. Existe sí. ¡Por supuesto! ¿Cómo no lo voy a saber Eva? ¡Si lo padezco tanto como vos! ¡Pero también es cierto que por ahora persiste ocupando el poder político! Sin embargo observá que es evidente que funciona únicamente como una máquina de impedir.

Pero ¿sabés una cosa? el tiempo está a favor nuestro.

Entonces Fernando recuperó en su mirada los ojos de la novia y exclamó.

¡Es lógico y natural! ¡Los jóvenes somos nosotros! ¡Tenemos toda la vida por delante! ¡Él se volvió viejo y enfermo! ¡Al final se lo deglutió Cronos! ¡Y ahora no está!

De todas maneras fue capaz antes de morir de realizar un último y final giro patético en su vida.

El genial conductor de hombres y mujeres, transformador de conciencias, dignificador, otorgador de imprescindibles reivindicaciones sociales, locuaz, inteligente, sabio mentor doctrinario, sin dudas concluyó al final de su vida, transformándose en instrumento de los lame botas que lo sobrevolaron porque poseían un único objetivo, saciar sus intereses personales.

Al final, el admirado y apologético semidiós viejo y enfermo toleró que lo erigieran como un frenético instrumento de los intereses de los traidores al pueblo, que lo cercaron primero y pretendieron heredarlo después.

 Por eso nuestro deber, querida amiga y compañera, sobre todo en este tiempo, es combatir en unidad de acción para contrarrestar este calvario.

Porque somos el único grupo político que puede blandir un proyecto nacional, popular, serio y emancipador.

¡Los trabajadores lo saben! Volvió a exclamar eufórico.

La dirigencia obrera burócrata no es representativa de las bases.

¡Los hombres y las mujeres que trabajan merecen un liderazgo que los emancipe, que los conduzca hacia la liberación!

 

Pero la situación general del país se desmoronaba.

Para colmo de males, sin la figura del líder indiscutido el movimiento político quedó descabezado. El devenir se tradujo en desestabilización social y empeoramiento económico.

La supervisión de la renta nacional, las demandas por el dinero adeudado a los organismos internacionales de crédito, la debilidad concreta del gobierno virtualmente acéfalo para intentar seriamente contrarrestar el ímpetu de los intereses financieros privados e internacionales.

 La inflación que se adueñaba de la cotidianidad.

Los salarios que se derrumbaban y la represión que aumentaba con más asesinatos selectivos en cabeza de aquellos que eran acusados e invocados discrecionalmente como terroristas subversivos al incluirlos como miembros participantes de grupos guerrilleros urbanos, cuando en realidad toda su actividad política se circunscribía a la participación activa y militante en los barrios más humildes promoviendo insuflar ánimo y esperanza entre los sectores sociales disminuidos y convocando en paz al trabajo solidario.

Además la aparición de listas negras amenazantes contra quienes eran denunciados como enemigos de los valores de la nacionalidad.

Una decisión política superestructural obró como corolario de la agobiante coyuntura.

Unos meses antes de que se produjera el acto eleccionario que generaría la instalación de un nuevo Presidente constitucional, quien muy probablemente intentaría barajar y dar de nuevo, apalancado posiblemente a partir de un gobierno de otro signo político que propendiese a integrar a los divididos y aunar posiciones para evitar que persistiese esa desagradable e innecesaria sangría, las fuerzas armadas se coaligaron para concretar un golpe de Estado evitando así que el sistema democrático intentara acceder a su punto de equilibrio dentro de un proceso de libertad individual y colectiva.

A partir de entonces, todo el aparato ilegal que deambulaba por las calles ejecutando a mansalva su propósito de obtener justicia por mano propia, persistió en esa tarea al amparo del gobierno de facto.

La nueva administración política nacional que se impuso por las armas,  logró el posicionamiento financiero a partir del respaldo en Dólares de empresas extranjeras por medio de depósitos en el Banco Central a cambio de tasas de interés usurarias.

 Ese recurso garantizó liquidez y emisión del circulante.

Pero además, paralelamente, el nuevo gobierno hizo suya la exigencia histórica de las minorías rentísticas, al convalidar el viejo sueño del liberalismo de la generación de los años ochenta que propendió desde su origen a consolidar una economía agraria y extractivista en el país.

Los trabajadores sociales, obreros, estudiantes, militantes de barriadas e incluso los compañeros y amigos de todos ellos, fueron desarticulados al caer en las redes de la represión implementada por el ejército.

La gente apuntada en las agendas telefónicas de los detenidos y sus familiares de edades similares, los vecinos, todos fueron monitoreados y “chupados” de ser necesario, con el pretexto de exterminar el “veneno subversivo”.

¡Paradoja si las hay!

Esos militares, que habían ocupado el poder subvirtiendo el orden constitucional, se auto proclamaron capaces de explicitar el concepto de subversión adjudicándoselo a quienes determinaron y definieron como sus contendores.

Al amparo del control gubernamental castrense se decidió y se dispuso entonces exterminar las voces disidentes promoviendo desaparecerlas, ahogarlas definitivamente.

Muchos ciudadanos apresados antes de que el proceso dictatorial comenzase, habían sido encarcelados y dispuestos a disposición del poder ejecutivo e identificados con su nombre y apellido.

Pero a partir del golpe militar, las sucesivas camadas de capturados perdieron su identidad, desaparecieron sin dejar rastro, ocultándoseles definitivamente su paradero o la suerte acaecida.

Uno de ellos fue Fernando.

Estaba solo en la casilla esa noche, cuando el truculento axioma del exabrupto golpista contaba con solo siete meses de instauración.

Como el hábitat del joven estaba ubicado a la entrada del predio poblacional, no les provocó a los militares la necesidad de que el tanque de guerra penetrara dentro del barrio.

 El conductor del bólido gigantesco y amedrentador apuntó el cañón hacia la vivienda e inmediatamente a través de un megáfono se conminó a quienes estuviesen dentro del recinto a que salieran con las manos en alto.

Fernando se despabiló en medio de la madrugada.

El convulso movimiento de pertrechos y de tropa militar lo alertó primero y casi lo enloqueció después.

Tomó el arma que poseía desde hacía tiempo sin disparar y esperó a que se dilucidara la actitud de los uniformados.

Acto seguido el ejército constituyó una línea de hombres armados quienes rodilla en tierra prorrumpieron con su exigencia pero sin mediar palabra alguna sino a través de una interminable balacera de ametralladoras.

Fernando estalló por dentro y los increpó a los gritos diciendo que estaba dispuesto y decidido a salir a la calle desarmado.

En consecuencia, arrojó su arma hacia el exterior del cubículo a través de la ventana, sin siquiera haberla usado en alguna ocasión.

La diferencia comparativa de poder de fuego era inimaginable.

La opción del muchacho era concluyente y en defensa de su propia vida.

Cuando se dejó ver con las manos en alto y en paños menores, un grupo de comandos fuertemente armados se abalanzaron sobre él.

De los pelos lo arrastraron hasta un móvil policial sin matrícula y de un color indefinido en medio de la oscuridad y partieron de inmediato con rumbo desconocido.

Después de ese procedimiento, el tanque de guerra apostado en el frente de lo que había sido su hogar y las cuatro camionetas que eventualmente hubiesen debido actuar como apoyatura de combate, lentamente se fueron retirando.

Eva no estaba allí esa noche aciaga.

Había resuelto una semana antes del episodio, que pasaría esa tarde y la noche en casa de su madre con el objeto de homenajearla con su presencia el día de su cumpleaños.

En consecuencia, se había quedado a dormir allí para no regresar muy tarde al barrio.

Mientras descansaba aún, pero ya amanecida y acurrucada por el calor de las primeras luces que estallaban desde la ventana escurriéndose por las hendijas de la cortina de madera que permanecía abierta apenas, comenzó a alterarse de repente casi exacerbada por un sonido familiar y por la sorpresa de la hora.

Era en realidad la campanilla del teléfono, incesante y monótona la que la compelía a espabilarse.

Cinco o seis veces se alcanzó a escuchar la aburrida repetición de aquel sonido casi siempre insoportable y farragoso según el horario en que se manifieste.

La señora de la casa levantó el tubo y contribuyó a silenciar ese escándalo.

¿Estás despierta Evita? ¡Es para vos!

¡Dice que es un amigo! ¡El Topo!

Eva terminó por sobresaltarse.

¿Qué hace el Topo llamando a la casa de mi vieja?

¿Cómo sabe que estoy acá?

¡De dónde sacó el Topo este número de teléfono?

Todas estas preguntas cavilaba mientras se iba desplazando a los tumbos hasta el pequeño modular en el cual estaba instalado el aparato.

¡Hola!. Dijo Eva. Con tono menor pero cortante, le contestaron.

¡Eva soy yo! ¡Recién escuché que te lo dijeron!

¡Adán cayó ayer! ¡Reventaron la casilla, no vuelvas, rajá!

La muchacha presintió un desvanecimiento.

Un golpe inesperado, invisible y furibundo percibió en medio del estómago.

Un desconcierto total expresado por una agobiante sensación de ahogo.

Casi silabeando contestó enseguida:

¡Pero…Topo! ¿Dónde está Fernando? dijo entonces.

Olvidando ante la desesperación que la invadía que no debería haber pronunciado aquel nombre.

Más enérgico y casi impaciente el hombre sin nombre apuró la conversación:

¡No sabemos nada Eva! ¡Vos tomátelas!

 ¡No preguntes nada más y raja!

 …¡Pero…! ¡Topo!.. Dijo la muchacha.

Ya era tarde, el demandante había cortado la comunicación.

¿Pasa algo, nena?

 Le preguntó la madre, a quien le pareció sin embargo entrever algún comentario de escabrosa interpretación.

¡Sí…! ¡No.....! ¡No sé! le contestó Eva.

Que de manera inmediata comenzó a prepararse para salir de allí, como quien advierte que el resto de su vida se despeñará calamitosa hacia una eterna e imprevista fuga, a través de una constelación de incertidumbres imponderables e infinitas, soliviantada irremisiblemente ante la aparición desventurada de una situación desafortunada y azarosa.

Pensó desesperadamente en Fernando.

En los días compartidos.

En la música escuchada, en las alegrías, en las tristezas.

El tiempo es veloz, la vida esencial. Dijo para sí.

¡Y la vida de Fernando? ¡Qué está pasando con la vida de Fernando?

¡Por qué a Fernando? ¡Adán!. ¡Adán!

¿Adán? ¿Qué estoy diciendo? ¡Jamás te llamé Adán!

¿Dónde estás amor?

¡Creo que me voy a volver loca!

¡No puedo entenderlo!

¡Fernando! ¡Por favor! ¡Dónde estás!

¡Por dónde te busco!

¿Pero si lo busco? ¡Caigo yo también!

¡El Topo me avisó!

¡Se comunicó para preservarme!

¡Para advertirme precisamente eso!

¡Qué ahora era yo quien estaba en peligro!

¡Nena! ¡…Estás ahí…! ¡…Holaaa…!

La voz de la madre surgió de sabrá uno dónde para arrancar a Eva de su letargo.

¡Sí, mamaá…! ¡Acá estoy! ¿Qué necesitás…?

Exclamó la joven como si despertara de una pesadilla.

¡…Ahhh, tesoro…! ¿Viste los vasos irrompibles nuevos que usamos ayer en la reunión? ¡Se los compró papá a un señor que pasó por la vereda antes de ayer!

¡Pero los que tenemos también son irrompibles! ¡Y todavía están enteros!

¿Viste cómo es tu padre, nena? ¡Ya no sabe qué hacer con la plata!

Dijo risueña, como si deseara compartir con su hija una proverbial infidencia.

Inmediatamente después y categórica agregó:

¿Querés llevarte a tu casa los vasos viejos?

¡Todavía están bárbaros y enteros! ¡Como nuevos!

Evita escuchó el ofrecimiento y pensó en Fernando otra vez e inmediatamente recordó su intimidad resquebrajada, su vida mutilada, la casilla, e intuyó con dolor cómo habría cambiado esa precaria construcción después de aquel espantoso episodio.

Entonces, mascullando apenas una respuesta instintiva y urgente como para huir definitivamente del tema, respondió:

¡Sí mamá…! Buena idea.

 ¡…Me los llevo para casa!

 

 

Milagro de veras

…cuando acontece el prodigio divino…


Alberto Carbone

 

A María José no le gustó nunca el té. Jamás lo había probado, pero a partir del aroma que invadía persistente el dormitorio cada vez que guardaba cama obligada ante algún que otro malestar pasajero o tal vez porque envueltos en aquellas circunstancias todos los adultos de la casa intentaban infructuosos que deglutiera la repugnante infusión,  a la niña comenzaba a correrle por entre las tripas una sensación profunda y desagradable que invariablemente la inundaba con un presentimiento negativo e inmediatamente la inducía a un decidido rechazo.

Elvira se lo había alcanzado hasta su cama junto con unas galletas de agua, que la nena por supuesto también aborrecía.

Recién despierta remoloneaba entre las sábanas disfrutando por demás de que la eventualidad aportada por aquel dolor de panza de la noche anterior la hubiese inhibido de su responsabilidad escolar.

¡Tenés el estómago vació, María José! ¡Tomá todo el té con galletitas! ¡Algo tenés que comer! ¡Fito ya está por llegar de la plaza con tu mamá y tu tío! Él tampoco quiso ir a la escuela. ¡Si falta Teté falto yo!, dijo tu hermano. ¡Vos no te enteraste! ¡Estabas durmiendo todavía! ¿Me prometés que vas a comer algo? ¡Yo tengo que volver a la cocina! Se está haciendo tarde y antes del mediodía necesito tener listo el almuerzo. ¿Me voy tranquila Teté?

Andá Elvira, andá a hacer lo que quieras, contestó Teté sentada en la cama, cubierta por una manta liviana y con su espalda reposando sobre la almohada, en absoluta y natural predisposición a entretenerse mirando cualquier programa de televisión que convocase su atención. ¡Cualquier cosa que necesite te llamo, Elvira! Además le aclaró:

¡Yo estoy bien así como estoy! ¡Te prometo que me voy a quedar tranqui! ¡Ahora voy a estar un rato con la tele!

 

Diez años atrás, cuando Elvira accedió a la posibilidad de transformarse en una muchacha “cama adentro”, no intuyó siquiera que su tarea de por sí multifacética dentro del hogar, se ampliaría también con el incansable menester de niñera repentina.

Un buen día, la señora Vicky le comunicó que durante aquella tarde debería hablar con ella. Elvira se sobresaltó. ¿Qué habría pasado? ¡Qué habré hecho? pensó precipitadamente. ¡Van para dos años de trabajo ininterrumpido y jamás tuvimos ni un sí ni un no! ¡Además todas las veces que los señores solicitaron que me quedara en casa por alguna de sus escapadas no tuve reparos, incluso en los días de descanso!

Agobiada, la pobre mujer sobrellevó como pudo aquella innecesaria y angustiante sensación de incertidumbre que la invadió sin remedio, provocando como consecuencia la insatisfacción de padecer durante todas las horas de la mañana suficientemente convulsionada, abstraída y sumida por el influjo permanente del presentimiento de una desagradable novedad.

Para coronar la desazón, aturdida en la desesperanza, especuló con la posibilidad de que una infausta noticia se desmoronase sobre ella, como un colapso imprevisto emergido en forma de epílogo inaudito e inconcebible que la extirpara definitivamente de su tan preciado servicio laboral.

Aquella conveniente y laboriosa actividad que había incorporado a una edad imprevisible como un premio que creía merecido y a la que con el paso del tiempo reconocía muy confortable y oportuna a esa altura de la vida, como un auténtico epílogo de vida después de tantos años de sacrificio. Un halago precisamente en épocas en las cuales en términos generales, las mujeres bien dispuestas, de elevada clase social y fina distinción, suelen requerir como ayudantes femeninos a personal mucho más joven.

¡Qué dolor! ¡Qué sensación de desamparo! ¿Adónde iré si algún episodio desconocido me obliga a retornar a la calle? se preguntaba a sí misma desde un vacío existencial solamente ocupado por la angustia que le provocaba la duda y aquella espantosa incógnita.

Después de que la señora de la casa concluyera con su almuerzo, en plena etapa de sobremesa acompañada por un té digestivo, Elvira, que iba y venía desde la pileta de la cocina hasta el ámbito del comedor, tomó impulso. Entonces serena y sin aspavientos, se animó abruptamente a encararla exceptuando preámbulos de cualquier tipo y especie.

Con toda prevención y con la contención necesaria y lógica de quien se sabe dependiente, recurrió sin más a su pura simpleza y nimia sagacidad para abordar el escabroso tema.

Disimulando lo mejor que pudo esa densa sensación de temor que con el transcurso del día había persistido, acumuló con denodado esfuerzo algo de la escasa valentía que siempre creyó poseer, mezclándola con una aguda tensión que en lo posible trató de ocultar y desde lo profundo de su timidez atinó a decir:

Señora ¡Si tengo la culpa por algo que hice sin querer quiero decirle que…!. Victoria la interrumpió enseguida. ¡No Elvira! ¡Qué decís! ¿Sos zonza, qué te pasa? ¡Tengo que hablar con vos para revelarte algo muy importante, algo que va a revolucionar a la familia y estoy plenamente segura de que en este proceso justamente vos serás parte importantísima!

Con la sonrisa instalada firme y pertinaz en los ojos y en la boca, la patrona continuó con la palabra. ¡Al contrario Elvirita! ¡Al contrario! ¡Es una buena nueva! ¡Vos tenés que saberlo porque vivís con nosotros, porque compartís gran parte de tu vida en esta casa y porque además, entre otras cosas, podrías ser mi hermana mayor!

¡Señora, para tanto!. Contestó Elvira sorprendida.

¡Sí!. ¿Qué son diez años de diferencia? ¡Nada!.

¡Además porque vas a transformarte en una pieza insustituible del hogar!

¡En una persona imprescindible!

Con la mirada algo humedecida, Elvira exclamó:

¡Ay señora Vicky!...

La activa mujer, responsable de la multiplicidad de las tareas hogareñas, sobrepasada en su capacidad de comprensión, sin captar en absoluto aquella extraña coyuntura que a todas luces parecía asemejarse demasiado a un conflictivo y rebuscado acertijo, aprovechó a volcar en ese instante toda su ansiedad:

 ¡La verdad, exclamó, pensé toda la mañana que usted quería echarme!

Victoria abrió los ojos sorprendida como si no pudiese aceptar el derecho a la duda o al temor que le asistía naturalmente a la empleada. Entonces, recuperando en su rostro la misma mueca algo simpática y risueña, contestó:

¡Qué decís Elvira! ¿Te volviste loca?

¡A partir de ahora voy a necesitarte más tiempo!

En ese instante, ambas se miraron a los ojos en silencio y la señora de la casa le ordenó que tomara asiento allí junto a ella alrededor de la mesa de la cocina.

Asombrada una y un poco alterada la otra, la patrona comenzó la perorata:

Elvira, la semana que viene posiblemente. ¡Qué digo posiblemente si es seguro!  Vicky hizo un silencio y recomenzó. ¡La semana que viene va a producirse un cambio sin precedentes en este hogar! ¡El señor va a traer a vivir con nosotros a mellizos!

¡Un nene y una nena! ¡Hermosos!, ¡ya los vas a conocer!

Elvira la miró extrañada. No se había percatado jamás de que sus patrones hubiesen estado tramitando un recurso de adopción. De repente se enteraba del hecho consumado.

¿Qué te parece Elvirita? ¡Decime algo! ¡Hablá! ¡Rompé el silencio! Como dice el tango que cantaba mi papá. Y efectivamente Elvira lo rompió.

¡Señora Victoria, para mí es una noticia hermosa! Es algo tan inesperado como maravilloso. ¡Así nomás, dos nenes de improviso, es como sacarse la lotería!

¡Viste Elvira! ¡Sí! ¡Es así! ¡Es un maravilloso regalo de nuestra santa y bendita Señora de la Merced!

¡Sí, Sra. Vicky! ¡Es así nomás! Replicó emocionada la empleada y concluyó:

¡Es un milagro de veras!

Sin embargo la asistente, que se debatía entre la profunda perplejidad y el extraño sortilegio, incapaz de traducir lo que acababa de escuchar atinó a exclamar:

¡Pero…Sra. Victoria! ¡Los nenes no se ganan en la lotería! ¡Yo nunca me enteré de que estuviesen tramitando la adopción! ¡Y encima dos! ¡Cuánto papeleo habrán tenido que rellenar!

Vicky la miró estática e imperturbable. Después de un instante de letargo más parecido a un profundo secreto jamás revelado, saltó de la silla dirigiéndose a la mesada de la cocina diciendo: ¿Querés que te traiga un té?

Elvira entonces reaccionó como debe ser, ubicándose en el lugar que le corresponde y olvidando de inmediato aquellos estrafalarios primeros cuestionamientos que aparentemente resultaron impropios y sin ninguna importancia y enseguida apuró una opinión eficaz y elocuente que contribuyera a despejar sus dudas injustificadas y a dejar definitivamente abandonado en el más ignominioso e impúdico sitial, su impertinente requerimiento:

¡Deje Señora, por favor, yo le traigo otro té y me sirvo uno para mí también!

 

Toda esa semana resultó sumamente ajetreada.

Los días transcurrieron espesos, lentos, envueltos en un invariable estertor.

Evidentemente, no se trataba más que del preciado anhelo por la posesión.

Aquella satisfacción inigualable que le permite a cada quien el disfrute exclusivo de su propiedad.

La inconmensurable dicha y el inexplicable halago que únicamente están relacionados a la feliz complacencia de recibir lo que se reconoce como lo soberanamente merecido y lo justamente esperado, evolucionaba sin conjugarse con la irrefrenable ansiedad que cubría el ambiente hogareño, espesándolo todo y habilitando el recurso urgente de hallar una imprescindible y necesaria gratificación a esa tortuosa demora.

Paralelamente Victoria se había transformado. Había descubierto que era capaz de pensar en alguien más que en ella misma. Iba de compras a partir del mediodía y regresaba por la tarde con cantidad de enseres y variedad de equipamiento para bebes de ambos sexos. De regreso al hogar, uno a uno exhibía esos atuendos, los compartía con Elvira, su impensada compinche. Esa segura y cabal oferente de amor compartido.

Todo estaba por decirse y hacerse dentro de aquella nueva realidad que colmaría rebosante el mundo de la pareja y de su entenada.

Una nueva vida se iniciaría para la mentada y pertinaz trilogía al conjuro de la satisfacción de los nuevos integrantes de la casa.

¿Habló con el señor Adolfo, señora Victoria?

Preguntaba de corrido la mucama varias veces en el día.

¡Todavía sin novedad en el frente! respondía Vicky, con una sonrisa leve pero dando a entender también, con cierto grado de disgusto alguna palmaria insatisfacción ante las jornadas sucesivas sin noticias.

¡Adolfo tiene sus tiempos que no son los míos! ¡Por eso tal vez una se sobreexcita! ¡Hay que tomarlo con calma y esperar! ¡Hay que saber esperar!

¡Pero falta muy poco Elvirita! ¡Muy poco!

Exclamaba la madre en ciernes para responderle a su colaboradora y tal vez para justificar su propia ansiedad y la extraña y descomedida actitud del marido.

En realidad las dos mujeres esperaban inquietas sin decirlo el retorno de jefe del hogar, que si bien aún no había cumplido con el prometido regreso de la semana anterior sabían ambas de antemano que cuando lo hiciese indefectiblemente lo haría acompañado de aquellos prometidos párvulos.

¡Y al fin llegó ese codiciado día!

El capitán Adolfo Saldungaray hizo su entrada triunfal a la sede del hogar familiar acompañado por una docena de efectivos militares divididos en dos compañías y equipados con armas largas y sendos bebés, dependiendo del grupo de que se trate.

Una vez despedido el contingente y suficientemente alertado respecto del sendero a tomar durante el trámite de regreso al cuartel, todos ellos muy bien consustanciados en consideración con la seguridad y atención en las calles y avenidas, la pareja y la empleada quedaron en resguardo de las nuevas incorporaciones al clan, quienes por supuesto, sin reparo alguno respecto del cambio acreditado, permanecían dormidas y abstraídas de las profundas novedades y experiencias que se desplegarían en aquel núcleo de hondos y vívidos caracteres idílicos en el que se había transformado de repente la preciada conjunción entre aquellos cinco integrantes.

Después de que cada uno de los recién nacidos fuera albergado y cobijado en su respectivo moisés, monitoreados agudamente por las miradas de los tres adultos, quienes en cuclillas alrededor de las canastas observaban impávidos ese milagro, Vicky intentó vaciar en su marido una duda repentina.

¿Qué nombres tienen Adolfo?, le semblanteó a boca de jarro.

¡Porque tienen nombres! ¿No?

 El capitán, todavía agazapado y abstraído con la vista puesta alternativamente en cada uno de los niños, dirigió sus ojos con tono enérgico hacia su mujer en un intento casi procaz de refrenar o enmudecer una pregunta que en medio del ambiente se adivinó de inmediato indispuesta e indiscreta.

Pero repentinamente contenido de su impulso instintivo e inconveniente orientó su atención hacia el rostro de Elvira, quien no era más que una simple participante profana de aquella mascarada y que también permanecía acurrucada, hincada con toda su humanidad dispuesta en medio de ambos cónyuges.

Entonces, recuperando la calma y rotando en forma reiterada su mirada hacia una y otra mujer, quienes por cierto casi intimidadas esperaban diligentes una contestación efectiva del oficial, ensayó una respuesta que le surgió espontánea, justa y necesaria para alguien como él, que sabiéndose asimismo un hombre cabal de muy pocas pero certeras y decididas palabras, contestó de inmediato:

¿Los nombres?… ¡Los tenemos que elegir!