El corazón helado
…al
final de este viaje partiremos de nuevo…
No quería saber nada de
nada.
No quería enterarse.
Sólo pretendía escapar,
ocultarse, hacerse invisible.
¿Cómo sucedió este drama?
¿Por qué lo fueron a buscar
a Fernando?
¿Cómo se enteró el Topo de que
yo estaba en la casa de mi mamá?
¡De dónde sacó el número de
teléfono?
¡Cómo se animó a avisarme?
¿Dónde carajo me voy a esconder?
Desde tiempo atrás, durante un
período bastante prolongado, Eva había decidido desistir en la defensa del
proyecto político que representaba y convalidaba su pareja.
¡Ya está bien Fernando!
¡Suficiente!. Repetía desesperanzada.
¿Cómo vamos a pasar a ser
clandestinos si militamos en el barrio y nos conocen todos los vecinos?
¿Cuánto tiempo puede sostenerse
una estrategia como ésta que intenta ocultar y mantener en el anonimato a
quienes hasta el día anterior nos expusimos cara a cara ante la comunidad y nos
esforzamos por ser sus referentes?
¿Yo podré continuar con la
ayuda escolar?, por ejemplo…… ¿si de repente me transformo casi en un soldado
popular que intenta cristalizar sus objetivos con otros procedimientos y
propugna distintos criterios de acción para alcanzar el poder político?
En general la muchacha
recibía explicaciones basadas solamente en evasivas.
El propio Fernando no poseía
respuestas convincentes para las preguntas que descargaba Eva una detrás de la
otra.
¡Todo es muy reciente, Evita!
Se escuchó decir al joven.
Habrá que esperar y atender cada
una de las consignas.
Mientras tanto tenemos la
obligación de seguir ocupando el terreno ganado. ¡Deberemos impedir que pasen y
se instalen!
Las palabras de Fernando
sintetizaban muy bien la expresión y posicionamiento de un sector juvenil
comprometido fuertemente con la militancia social y política, pero la situación
general se tornaría agobiante, angustiante y terminal a partir del golpe de
Estado.
Poco antes de que se
produjese esa situación política terminal, el sistema democrático permanecía en terapia intensiva, absolutamente cooptado
por el poder económico y por las fuerzas de seguridad. Ambas abroqueladas,
persistían empecinadas en derrotar definitivamente el avance populista,
perfeccionando el mecanismo de represión social y política en favor de aquellos
quienes financiaban el statu quo.
El Poder Legislativo agachó
la cabeza.
Agobiado y sin reacción, convalidó
el accionar represivo en un último intento de preservar la autoridad
Constitucional.
No alcanzó.
Los que manipulaban el Poder
real, reclamaron el sello para refrendar su propia autoridad. Poco tiempo
después el Poder económico terminaría apoderándose de los tres Poderes de la
Constitución Nacional.
De esa manera, el sistema
económico y financiero se empoderó.
El primer paso constituyó
mediatizar la voluntad democrática.
Pero después decidieron
abolirla.
Muerto el Líder político,
cooptaron la democracia y decidieron acciones en su nombre. Aquellos quienes en
primer lugar, garantizaron para su propio beneficio el control de decisiones
políticas y económicas, seguidamente se precipitaron contra los sectores titulados
progresistas y optaron por abroquelarse y defenderse, amparándose en su
autoproclamada legitimidad de acción y en el logro de lo que permanentemente postulaban
como su objetivo superior: la integridad y la reorganización de la Nación.
Para ello, justificaron el
procedimiento, tornaron imperioso ocupar el gobierno, a través de funcionarios
políticos monigotes y genuflexos.
La primera reacción se
orientó a desarticular, amparados en los últimos estertores del Sistema
Democrático, los movimientos insurreccionales y recuperar para el grupo de
interés financiero el control de las decisiones.
Paralelamente, los activistas
barriales, que habían congeniado a cara descubierta con sus vecinos y que desembozadamente
fueron obligados a mutar casi de un día para el otro en una rara especie de milicias
populares sin instrucción ninguna, comenzaron a asemejarse a aquellos
entusiastas y viejos conocidos gimnastas circenses que se lanzaban al vacío con
el objeto de realizar su acto sin red de contención.
Pero además y como para
terminar de agudizar esa situación de por sí sumamente trágica, debemos
consignar que Eva y Fernando eran solamente dos de los miles de militantes juveniles
de veintiuno y veinticinco años.
¿Qué actitud entonces se podría
esperar de los compañeros de diecinueve que estaban ingresando ese año en la
colimba? ¿Y de los pibes y pibas de dieciséis, solidarios, optimistas,
colaboradores, que llegaban al barrio por manadas ofreciéndose como improvisados
docentes o como trabajadores voluntarios convencidos de su capacidad y esfuerzo,
muy dispuestos a engrosar esas filas como participantes dentro de alguna
actividad específica que se les encomendara?
Porque aquella camada
multitudinaria de jóvenes se comprometió con su accionar y realizó funciones
que invariablemente se tradujeron en formato de colaboraciones diversas coordinadas
dentro del espacio del local partidario
¡Sin embargo, poco tiempo
antes del colapso democrático, se precipitó desde los altos mandos de las
organizaciones populares, una orden superior de carácter urgente y estentóreo que
impuso a esos muchachos y a esas muchachas activistas una responsabilidad mayúscula!
¡El grueso de la juventud, aquellos
que estaban más comprometidos dentro de la organización, transmutaron por invocación
de sus conductores en repentinos y valientes guerrilleros urbanos sin ningún adiestramiento,
debido a que tampoco para aquel menester, esos voluntarios colaboradores
barriales habían obtenido capacitación alguna!
A veces pareciera que la
búsqueda de la verdad fuese también la lucha por la sinrazón. Sucede en general
que cada uno de los contendores, que batallan por prevalecer y consolidarse,
conoce y trata de imponer denodadamente desde el origen de los acontecimientos la
razón por la cual está obligado a instalar su parecer con carácter definitivo dentro
de la consideración de la sociedad.
La verdad entonces, con
mayúscula y única, resquebrajada al fin de cuentas en parcialidades
irreconciliables, abandona su pertinaz obsesión, su definitivo y proverbial
objetivo de certeza, para comparecer ante todos los mortales, sufriente
muchedumbre devastada en esa lucha por la infausta prevalencia, como solo una
de las múltiples condiciones de posibilidad, mientras la perplejidad de los
contemporáneos, quienes fueron injustamente convidados a sufrir revueltos en aquella
contienda, padece obligatoriamente de uno u otro destello vivificador
transmitido por ambas orientaciones obsecuentes, como si se tratara de un
juicio apodíctico revelado por la divinidad.
Recuerdo muy bien la frase
de aquel girondino contemporáneo de las últimas etapas de la Revolución Francesa
en el año 1792, época de la Convención, quien en el minuto previo a ser ajusticiado
por la guillotina acusado de infame traidor al pueblo, manifestara al pie del
patíbulo lo que acabarían siendo sus últimas palabras y una frase final
implantada por el devenir en la posteridad: ¡La
revolución devora a sus hijos!
Por eso mismo, a la luz del
devenir histórico, deberíamos considerar que ninguna organización por más
popular que se precie o por muy necesaria que se justifique a sí misma, puede
arrogarse el derecho tutelar sobre la vida de las personas que cree le asiste representar.
Porque es evidente que ante el riesgo existencial inminente, cualquier ser
humano conminado por una realidad a punto de devorarlo, privilegia
desesperadamente su derecho a seguir viviendo.
Entonces ella partió.
Eligió así una de las posibles
variables para mitigar el duelo.
Abandonó de súbito pero subrepticiamente
el hogar materno.
Se fue de la casa que
paradójicamente la había protegido sin saberlo de la íntima tragedia personal
que le desprendió el alma.
Sin despedirse, sin llevar
nada más que lo puesto. Sin siquiera acercarse a su madre para reclamarle un
beso. Como si fuese a regresar en escasos minutos de algún trámite próximo y ocasional
o de vaya a saber dónde.
En primer lugar, como última
y sublime decisión, se propuso disfrutar de un baño. Estuvo bajo la ducha un
tiempo considerable.
Sin ninguna justificación
racional había resuelto que el agua desprendería de su cuerpo toda la desazón y
las sinrazones que se le desbarataron encima como una gigante catarata inmunda.
Después de la ducha, se perfumó y se atavió. Un poco antes, cuando atravesó el
lavabo y se observó desnuda de cuerpo entero en el espejo sintió lástima por ella
y contuvo las primeras lágrimas.
Una ligera inflamación
abdominal se le insinuaba. Una invalorable ofrenda amorosa crecía despacio
dentro de ella fruto de aquella relación tan intensa como mezquina en tiempo.
Un hermoso homenaje que
intentaría sin dudas prolongar la presencia de su ansiado compañero.
Pero casi enseguida terminó
de acicalarse y salió de allí como desenvuelta y erguida pero a la vez extraña
de sí e inexplicablemente sin una gota de apetito.
Entonces en silencio, paseó
sus ojos por cada una de las habitaciones de su antiguo hogar como
despidiéndose hasta que por fin se decidió y arremetió como estimulada por un
impulso necesario.
A media mañana, la
temperatura elevada del día había confirmado que el sol se impondría sobre el
temperamento de los mortales y que iría como desojándose y cayendo pesado
detrás del profuso ramaje de los árboles, adormeciéndose sobre la calle adoquinada
que como estrepitoso calvario hirviente se empecinaba en soportar un
persistente olor semejante a fritura asfáltica.
Tenues sombras calcinantes
discurrían sobre la calzada difuminándose entre los intersticios de aquel
formidable follaje que se precipitaba con sus contorsionados brazos, acariciando
apenas los techos de los automóviles aletargados junto al cordón.
Eva abrió de par en par la
puerta de calle y gritó desmesuradamente hacia el interior de la casa pugnando
por activar al máximo sus pulmones:
¡Ahora vuelvo, mamaaá…!
La mujer, atareada ama de
casa, que no se encontraba sin embargo escandalosamente lejos de esa zona del
pasillo que integraba el living con el exterior, fue capaz hasta de sobresaltarse
un poco con el vocifero tan cercano.
¡Ehhhh…! ¡Qué pasa nena…! Inmediatamente
le contestó.
¡Ya te escucheeé!
¡Acordate que papá vuelve
del taller al mediodía!
La muchacha no respondió.
Apretó su mano alrededor del
picaporte y cerró fuerte la puerta. Inmediatamente después, un poco embarullada
y entre atolondrada y conmovida se asomó a la fachada.
Allí, alcanzó a atisbar el
escaso horizonte que apenas se podía entrever al final de esa calle familiar, que
rigurosamente calurosa e implacablemente desierta, lucía todavía erguida, fastuosa
e impresionante.
Una significativa cantidad
de árboles de plátano, constituidos por robustos troncos de riguroso aspecto
contundente y añejo se sucedían como patéticos ancianos sin edad, como inmensos
tótems, permanentemente estáticos y cocidos por el sol del verano que implacable
insinuaba su próxima presencia.
Extenuantes y calientes, frondosos
y erguidos, guarecían de luz sin embargo a la sucesión de casas bajas con
techos de pizarra que conformaban el barrio nacido obrero en su origen. El
antiguo proyecto que con el paso del tiempo y de las consecutivas generaciones,
había metamorfoseado al influjo de sus constantes cambios de mano y de aspecto.
Era sin duda una rectilínea
e imponente arboleda, únicamente concebida para rendirse ante la altura agotadora
de los flamantes y relucientes edificios que en forma paulatina y espaciada habían
surgido con el paso de los años como diseños presuntuosos e innovadores, configurando
lentamente un paisaje diverso y diferente al pergeñado en el antiguo y olvidado
propósito original del vecindario, una singular propuesta habitacional diseñada
alguna vez para albergar dignas y amplias construcciones de carácter social, pergeñadas
con algún objetivo loable y solidario que posteriormente por alguna decisión
tan arbitraria como interesada, fuera relegada para siempre a las zonas del
olvido.
Sobre aquella acera vacía, cruelmente
abandonada, ausente de voces y de conciencia humana, tal vez por la hora del
día que se advertía candente y abrazadora o quizá porque la vecindad resignaba
despojarse de su voluntad de transeúnte, la joven muchacha, de repente madura
mujer, se aprontó presta a deambular con su reciente soledad a cuestas, sin ningún
sentido premeditado ni rumbo cierto y sin otra esperanza que la búsqueda de la inhallable
paz y de una crédula redención.
Barruntando en silencio
respecto de su desgraciada novedad impuesta vaya a saber si por el destino o por
su suerte y farfullando sus propios pensamientos entre tímida e insegura, pareció
resignada a su angustia y muy posiblemente determinada también a derramar su
última voluntad.
Con el corazón hondamente
angustiado y con la incertidumbre devorándolo todo, escasos minutos antes de
partir, permaneció inmóvil observando cada rincón de aquella fachada que había
sido su hogar en épocas pretéritas y poco tiempo después cerró los ojos afligidos,
vidriosos, confundidos y oprimió exageradamente los párpados.
Entonces por fin resolvió emprender
el viaje.

