jueves, 27 de febrero de 2025

 

Milagro de veras

…cuando acontece el prodigio divino…


Alberto Carbone

 

A María José no le gustó nunca el té. Jamás lo había probado, pero a partir del aroma que invadía persistente el dormitorio cada vez que guardaba cama obligada ante algún que otro malestar pasajero o tal vez porque envueltos en aquellas circunstancias todos los adultos de la casa intentaban infructuosos que deglutiera la repugnante infusión,  a la niña comenzaba a correrle por entre las tripas una sensación profunda y desagradable que invariablemente la inundaba con un presentimiento negativo e inmediatamente la inducía a un decidido rechazo.

Elvira se lo había alcanzado hasta su cama junto con unas galletas de agua, que la nena por supuesto también aborrecía.

Recién despierta remoloneaba entre las sábanas disfrutando por demás de que la eventualidad aportada por aquel dolor de panza de la noche anterior la hubiese inhibido de su responsabilidad escolar.

¡Tenés el estómago vació, María José! ¡Tomá todo el té con galletitas! ¡Algo tenés que comer! ¡Fito ya está por llegar de la plaza con tu mamá y tu tío! Él tampoco quiso ir a la escuela. ¡Si falta Teté falto yo!, dijo tu hermano. ¡Vos no te enteraste! ¡Estabas durmiendo todavía! ¿Me prometés que vas a comer algo? ¡Yo tengo que volver a la cocina! Se está haciendo tarde y antes del mediodía necesito tener listo el almuerzo. ¿Me voy tranquila Teté?

Andá Elvira, andá a hacer lo que quieras, contestó Teté sentada en la cama, cubierta por una manta liviana y con su espalda reposando sobre la almohada, en absoluta y natural predisposición a entretenerse mirando cualquier programa de televisión que convocase su atención. ¡Cualquier cosa que necesite te llamo, Elvira! Además le aclaró:

¡Yo estoy bien así como estoy! ¡Te prometo que me voy a quedar tranqui! ¡Ahora voy a estar un rato con la tele!

 

Diez años atrás, cuando Elvira accedió a la posibilidad de transformarse en una muchacha “cama adentro”, no intuyó siquiera que su tarea de por sí multifacética dentro del hogar, se ampliaría también con el incansable menester de niñera repentina.

Un buen día, la señora Vicky le comunicó que durante aquella tarde debería hablar con ella. Elvira se sobresaltó. ¿Qué habría pasado? ¡Qué habré hecho? pensó precipitadamente. ¡Van para dos años de trabajo ininterrumpido y jamás tuvimos ni un sí ni un no! ¡Además todas las veces que los señores solicitaron que me quedara en casa por alguna de sus escapadas no tuve reparos, incluso en los días de descanso!

Agobiada, la pobre mujer sobrellevó como pudo aquella innecesaria y angustiante sensación de incertidumbre que la invadió sin remedio, provocando como consecuencia la insatisfacción de padecer durante todas las horas de la mañana suficientemente convulsionada, abstraída y sumida por el influjo permanente del presentimiento de una desagradable novedad.

Para coronar la desazón, aturdida en la desesperanza, especuló con la posibilidad de que una infausta noticia se desmoronase sobre ella, como un colapso imprevisto emergido en forma de epílogo inaudito e inconcebible que la extirpara definitivamente de su tan preciado servicio laboral.

Aquella conveniente y laboriosa actividad que había incorporado a una edad imprevisible como un premio que creía merecido y a la que con el paso del tiempo reconocía muy confortable y oportuna a esa altura de la vida, como un auténtico epílogo de vida después de tantos años de sacrificio. Un halago precisamente en épocas en las cuales en términos generales, las mujeres bien dispuestas, de elevada clase social y fina distinción, suelen requerir como ayudantes femeninos a personal mucho más joven.

¡Qué dolor! ¡Qué sensación de desamparo! ¿Adónde iré si algún episodio desconocido me obliga a retornar a la calle? se preguntaba a sí misma desde un vacío existencial solamente ocupado por la angustia que le provocaba la duda y aquella espantosa incógnita.

Después de que la señora de la casa concluyera con su almuerzo, en plena etapa de sobremesa acompañada por un té digestivo, Elvira, que iba y venía desde la pileta de la cocina hasta el ámbito del comedor, tomó impulso. Entonces serena y sin aspavientos, se animó abruptamente a encararla exceptuando preámbulos de cualquier tipo y especie.

Con toda prevención y con la contención necesaria y lógica de quien se sabe dependiente, recurrió sin más a su pura simpleza y nimia sagacidad para abordar el escabroso tema.

Disimulando lo mejor que pudo esa densa sensación de temor que con el transcurso del día había persistido, acumuló con denodado esfuerzo algo de la escasa valentía que siempre creyó poseer, mezclándola con una aguda tensión que en lo posible trató de ocultar y desde lo profundo de su timidez atinó a decir:

Señora ¡Si tengo la culpa por algo que hice sin querer quiero decirle que…!. Victoria la interrumpió enseguida. ¡No Elvira! ¡Qué decís! ¿Sos zonza, qué te pasa? ¡Tengo que hablar con vos para revelarte algo muy importante, algo que va a revolucionar a la familia y estoy plenamente segura de que en este proceso justamente vos serás parte importantísima!

Con la sonrisa instalada firme y pertinaz en los ojos y en la boca, la patrona continuó con la palabra. ¡Al contrario Elvirita! ¡Al contrario! ¡Es una buena nueva! ¡Vos tenés que saberlo porque vivís con nosotros, porque compartís gran parte de tu vida en esta casa y porque además, entre otras cosas, podrías ser mi hermana mayor!

¡Señora, para tanto!. Contestó Elvira sorprendida.

¡Sí!. ¿Qué son diez años de diferencia? ¡Nada!.

¡Además porque vas a transformarte en una pieza insustituible del hogar!

¡En una persona imprescindible!

Con la mirada algo humedecida, Elvira exclamó:

¡Ay señora Vicky!...

La activa mujer, responsable de la multiplicidad de las tareas hogareñas, sobrepasada en su capacidad de comprensión, sin captar en absoluto aquella extraña coyuntura que a todas luces parecía asemejarse demasiado a un conflictivo y rebuscado acertijo, aprovechó a volcar en ese instante toda su ansiedad:

 ¡La verdad, exclamó, pensé toda la mañana que usted quería echarme!

Victoria abrió los ojos sorprendida como si no pudiese aceptar el derecho a la duda o al temor que le asistía naturalmente a la empleada. Entonces, recuperando en su rostro la misma mueca algo simpática y risueña, contestó:

¡Qué decís Elvira! ¿Te volviste loca?

¡A partir de ahora voy a necesitarte más tiempo!

En ese instante, ambas se miraron a los ojos en silencio y la señora de la casa le ordenó que tomara asiento allí junto a ella alrededor de la mesa de la cocina.

Asombrada una y un poco alterada la otra, la patrona comenzó la perorata:

Elvira, la semana que viene posiblemente. ¡Qué digo posiblemente si es seguro!  Vicky hizo un silencio y recomenzó. ¡La semana que viene va a producirse un cambio sin precedentes en este hogar! ¡El señor va a traer a vivir con nosotros a mellizos!

¡Un nene y una nena! ¡Hermosos!, ¡ya los vas a conocer!

Elvira la miró extrañada. No se había percatado jamás de que sus patrones hubiesen estado tramitando un recurso de adopción. De repente se enteraba del hecho consumado.

¿Qué te parece Elvirita? ¡Decime algo! ¡Hablá! ¡Rompé el silencio! Como dice el tango que cantaba mi papá. Y efectivamente Elvira lo rompió.

¡Señora Victoria, para mí es una noticia hermosa! Es algo tan inesperado como maravilloso. ¡Así nomás, dos nenes de improviso, es como sacarse la lotería!

¡Viste Elvira! ¡Sí! ¡Es así! ¡Es un maravilloso regalo de nuestra santa y bendita Señora de la Merced!

¡Sí, Sra. Vicky! ¡Es así nomás! Replicó emocionada la empleada y concluyó:

¡Es un milagro de veras!

Sin embargo la asistente, que se debatía entre la profunda perplejidad y el extraño sortilegio, incapaz de traducir lo que acababa de escuchar atinó a exclamar:

¡Pero…Sra. Victoria! ¡Los nenes no se ganan en la lotería! ¡Yo nunca me enteré de que estuviesen tramitando la adopción! ¡Y encima dos! ¡Cuánto papeleo habrán tenido que rellenar!

Vicky la miró estática e imperturbable. Después de un instante de letargo más parecido a un profundo secreto jamás revelado, saltó de la silla dirigiéndose a la mesada de la cocina diciendo: ¿Querés que te traiga un té?

Elvira entonces reaccionó como debe ser, ubicándose en el lugar que le corresponde y olvidando de inmediato aquellos estrafalarios primeros cuestionamientos que aparentemente resultaron impropios y sin ninguna importancia y enseguida apuró una opinión eficaz y elocuente que contribuyera a despejar sus dudas injustificadas y a dejar definitivamente abandonado en el más ignominioso e impúdico sitial, su impertinente requerimiento:

¡Deje Señora, por favor, yo le traigo otro té y me sirvo uno para mí también!

 

Toda esa semana resultó sumamente ajetreada.

Los días transcurrieron espesos, lentos, envueltos en un invariable estertor.

Evidentemente, no se trataba más que del preciado anhelo por la posesión.

Aquella satisfacción inigualable que le permite a cada quien el disfrute exclusivo de su propiedad.

La inconmensurable dicha y el inexplicable halago que únicamente están relacionados a la feliz complacencia de recibir lo que se reconoce como lo soberanamente merecido y lo justamente esperado, evolucionaba sin conjugarse con la irrefrenable ansiedad que cubría el ambiente hogareño, espesándolo todo y habilitando el recurso urgente de hallar una imprescindible y necesaria gratificación a esa tortuosa demora.

Paralelamente Victoria se había transformado. Había descubierto que era capaz de pensar en alguien más que en ella misma. Iba de compras a partir del mediodía y regresaba por la tarde con cantidad de enseres y variedad de equipamiento para bebes de ambos sexos. De regreso al hogar, uno a uno exhibía esos atuendos, los compartía con Elvira, su impensada compinche. Esa segura y cabal oferente de amor compartido.

Todo estaba por decirse y hacerse dentro de aquella nueva realidad que colmaría rebosante el mundo de la pareja y de su entenada.

Una nueva vida se iniciaría para la mentada y pertinaz trilogía al conjuro de la satisfacción de los nuevos integrantes de la casa.

¿Habló con el señor Adolfo, señora Victoria?

Preguntaba de corrido la mucama varias veces en el día.

¡Todavía sin novedad en el frente! respondía Vicky, con una sonrisa leve pero dando a entender también, con cierto grado de disgusto alguna palmaria insatisfacción ante las jornadas sucesivas sin noticias.

¡Adolfo tiene sus tiempos que no son los míos! ¡Por eso tal vez una se sobreexcita! ¡Hay que tomarlo con calma y esperar! ¡Hay que saber esperar!

¡Pero falta muy poco Elvirita! ¡Muy poco!

Exclamaba la madre en ciernes para responderle a su colaboradora y tal vez para justificar su propia ansiedad y la extraña y descomedida actitud del marido.

En realidad las dos mujeres esperaban inquietas sin decirlo el retorno de jefe del hogar, que si bien aún no había cumplido con el prometido regreso de la semana anterior sabían ambas de antemano que cuando lo hiciese indefectiblemente lo haría acompañado de aquellos prometidos párvulos.

¡Y al fin llegó ese codiciado día!

El capitán Adolfo Saldungaray hizo su entrada triunfal a la sede del hogar familiar acompañado por una docena de efectivos militares divididos en dos compañías y equipados con armas largas y sendos bebés, dependiendo del grupo de que se trate.

Una vez despedido el contingente y suficientemente alertado respecto del sendero a tomar durante el trámite de regreso al cuartel, todos ellos muy bien consustanciados en consideración con la seguridad y atención en las calles y avenidas, la pareja y la empleada quedaron en resguardo de las nuevas incorporaciones al clan, quienes por supuesto, sin reparo alguno respecto del cambio acreditado, permanecían dormidas y abstraídas de las profundas novedades y experiencias que se desplegarían en aquel núcleo de hondos y vívidos caracteres idílicos en el que se había transformado de repente la preciada conjunción entre aquellos cinco integrantes.

Después de que cada uno de los recién nacidos fuera albergado y cobijado en su respectivo moisés, monitoreados agudamente por las miradas de los tres adultos, quienes en cuclillas alrededor de las canastas observaban impávidos ese milagro, Vicky intentó vaciar en su marido una duda repentina.

¿Qué nombres tienen Adolfo?, le semblanteó a boca de jarro.

¡Porque tienen nombres! ¿No?

 El capitán, todavía agazapado y abstraído con la vista puesta alternativamente en cada uno de los niños, dirigió sus ojos con tono enérgico hacia su mujer en un intento casi procaz de refrenar o enmudecer una pregunta que en medio del ambiente se adivinó de inmediato indispuesta e indiscreta.

Pero repentinamente contenido de su impulso instintivo e inconveniente orientó su atención hacia el rostro de Elvira, quien no era más que una simple participante profana de aquella mascarada y que también permanecía acurrucada, hincada con toda su humanidad dispuesta en medio de ambos cónyuges.

Entonces, recuperando la calma y rotando en forma reiterada su mirada hacia una y otra mujer, quienes por cierto casi intimidadas esperaban diligentes una contestación efectiva del oficial, ensayó una respuesta que le surgió espontánea, justa y necesaria para alguien como él, que sabiéndose asimismo un hombre cabal de muy pocas pero certeras y decididas palabras, contestó de inmediato:

¿Los nombres?… ¡Los tenemos que elegir!

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario