jueves, 27 de febrero de 2025

 

El corazón helado

…al final de este viaje partiremos de nuevo…

 


 Alberto Carbone


No quería saber nada de nada.

No quería enterarse.

Sólo pretendía escapar, ocultarse, hacerse invisible.

¿Cómo sucedió este drama?

¿Por qué lo fueron a buscar a Fernando?

¿Cómo se enteró el Topo de que yo estaba en la casa de mi mamá?

¡De dónde sacó el número de teléfono?

¡Cómo se animó a avisarme?

¿Dónde carajo me voy a esconder?

Desde tiempo atrás, durante un período bastante prolongado, Eva había decidido desistir en la defensa del proyecto político que representaba y convalidaba su pareja.

¡Ya está bien Fernando! ¡Suficiente!. Repetía desesperanzada.

¿Cómo vamos a pasar a ser clandestinos si militamos en el barrio y nos conocen todos los vecinos?

¿Cuánto tiempo puede sostenerse una estrategia como ésta que intenta ocultar y mantener en el anonimato a quienes hasta el día anterior nos expusimos cara a cara ante la comunidad y nos esforzamos por ser sus referentes?

¿Yo podré continuar con la ayuda escolar?, por ejemplo…… ¿si de repente me transformo casi en un soldado popular que intenta cristalizar sus objetivos con otros procedimientos y propugna distintos criterios de acción para alcanzar el poder político?

En general la muchacha recibía explicaciones basadas solamente en evasivas.

El propio Fernando no poseía respuestas convincentes para las preguntas que descargaba Eva una detrás de la otra.

¡Todo es muy reciente, Evita! Se escuchó decir al joven.

Habrá que esperar y atender cada una de las consignas.

Mientras tanto tenemos la obligación de seguir ocupando el terreno ganado. ¡Deberemos impedir que pasen y se instalen!

 

Las palabras de Fernando sintetizaban muy bien la expresión y posicionamiento de un sector juvenil comprometido fuertemente con la militancia social y política, pero la situación general se tornaría agobiante, angustiante y terminal a partir del golpe de Estado.

Poco antes de que se produjese esa situación política terminal, el sistema democrático permanecía  en terapia intensiva, absolutamente cooptado por el poder económico y por las fuerzas de seguridad. Ambas abroqueladas, persistían empecinadas en derrotar definitivamente el avance populista, perfeccionando el mecanismo de represión social y política en favor de aquellos quienes financiaban el statu quo.

El Poder Legislativo agachó la cabeza.

Agobiado y sin reacción, convalidó el accionar represivo en un último intento de preservar la autoridad Constitucional.

No alcanzó.

Los que manipulaban el Poder real, reclamaron el sello para refrendar su propia autoridad. Poco tiempo después el Poder económico terminaría apoderándose de los tres Poderes de la Constitución Nacional.

De esa manera, el sistema económico y financiero se empoderó.

El primer paso constituyó mediatizar la voluntad democrática.

Pero después decidieron abolirla.

Muerto el Líder político, cooptaron la democracia y decidieron acciones en su nombre. Aquellos quienes en primer lugar, garantizaron para su propio beneficio el control de decisiones políticas y económicas, seguidamente se precipitaron contra los sectores titulados progresistas y optaron por abroquelarse y defenderse, amparándose en su autoproclamada legitimidad de acción y en el logro de lo que permanentemente postulaban como su objetivo superior: la integridad y la reorganización de la Nación.

Para ello, justificaron el procedimiento, tornaron imperioso ocupar el gobierno, a través de funcionarios políticos monigotes y genuflexos.

La primera reacción se orientó a desarticular, amparados en los últimos estertores del Sistema Democrático, los movimientos insurreccionales y recuperar para el grupo de interés financiero el control de las decisiones.

Paralelamente, los activistas barriales, que habían congeniado a cara descubierta con sus vecinos y que desembozadamente fueron obligados a mutar casi de un día para el otro en una rara especie de milicias populares sin instrucción ninguna, comenzaron a asemejarse a aquellos entusiastas y viejos conocidos gimnastas circenses que se lanzaban al vacío con el objeto de realizar su acto sin red de contención.

Pero además y como para terminar de agudizar esa situación de por sí sumamente trágica, debemos consignar que Eva y Fernando eran solamente dos de los miles de militantes juveniles de veintiuno y veinticinco años.

¿Qué actitud entonces se podría esperar de los compañeros de diecinueve que estaban ingresando ese año en la colimba? ¿Y de los pibes y pibas de dieciséis, solidarios, optimistas, colaboradores, que llegaban al barrio por manadas ofreciéndose como improvisados docentes o como trabajadores voluntarios convencidos de su capacidad y esfuerzo, muy dispuestos a engrosar esas filas como participantes dentro de alguna actividad específica que se les encomendara?

Porque aquella camada multitudinaria de jóvenes se comprometió con su accionar y realizó funciones que invariablemente se tradujeron en formato de colaboraciones diversas coordinadas dentro del espacio del local partidario

¡Sin embargo, poco tiempo antes del colapso democrático, se  precipitó desde los altos mandos de las organizaciones populares, una orden superior de carácter urgente y estentóreo que impuso a esos muchachos y a esas muchachas activistas una responsabilidad mayúscula!

¡El grueso de la juventud, aquellos que estaban más comprometidos dentro de la organización, transmutaron por invocación de sus conductores en repentinos y valientes guerrilleros urbanos sin ningún adiestramiento, debido a que tampoco para aquel menester, esos voluntarios colaboradores barriales habían obtenido capacitación alguna!

A veces pareciera que la búsqueda de la verdad fuese también la lucha por la sinrazón. Sucede en general que cada uno de los contendores, que batallan por prevalecer y consolidarse, conoce y trata de imponer denodadamente desde el origen de los acontecimientos la razón por la cual está obligado a instalar su parecer con carácter definitivo dentro de la consideración de la sociedad.

La verdad entonces, con mayúscula y única, resquebrajada al fin de cuentas en parcialidades irreconciliables, abandona su pertinaz obsesión, su definitivo y proverbial objetivo de certeza, para comparecer ante todos los mortales, sufriente muchedumbre devastada en esa lucha por la infausta prevalencia, como solo una de las múltiples condiciones de posibilidad, mientras la perplejidad de los contemporáneos, quienes fueron injustamente convidados a sufrir revueltos en aquella contienda, padece obligatoriamente de uno u otro destello vivificador transmitido por ambas orientaciones obsecuentes, como si se tratara de un juicio apodíctico revelado por la divinidad.

Recuerdo muy bien la frase de aquel girondino contemporáneo de las últimas etapas de la Revolución Francesa en el año 1792, época de la Convención, quien en el minuto previo a ser ajusticiado por la guillotina acusado de infame traidor al pueblo, manifestara al pie del patíbulo lo que acabarían siendo sus últimas palabras y una frase final implantada por el devenir en la posteridad: ¡La revolución devora a sus hijos!

Por eso mismo, a la luz del devenir histórico, deberíamos considerar que ninguna organización por más popular que se precie o por muy necesaria que se justifique a sí misma, puede arrogarse el derecho tutelar sobre la vida de las personas que cree le asiste representar. Porque es evidente que ante el riesgo existencial inminente, cualquier ser humano conminado por una realidad a punto de devorarlo, privilegia desesperadamente su derecho a seguir viviendo.

 

Entonces ella partió.

Eligió así una de las posibles variables para mitigar el duelo.

Abandonó de súbito pero subrepticiamente el hogar materno.

Se fue de la casa que paradójicamente la había protegido sin saberlo de la íntima tragedia personal que le desprendió el alma.

Sin despedirse, sin llevar nada más que lo puesto. Sin siquiera acercarse a su madre para reclamarle un beso. Como si fuese a regresar en escasos minutos de algún trámite próximo y ocasional o de vaya a saber dónde.

En primer lugar, como última y sublime decisión, se propuso disfrutar de un baño. Estuvo bajo la ducha un tiempo considerable.

Sin ninguna justificación racional había resuelto que el agua desprendería de su cuerpo toda la desazón y las sinrazones que se le desbarataron encima como una gigante catarata inmunda. Después de la ducha, se perfumó y se atavió. Un poco antes, cuando atravesó el lavabo y se observó desnuda de cuerpo entero en el espejo sintió lástima por ella y contuvo las primeras lágrimas.

Una ligera inflamación abdominal se le insinuaba. Una invalorable ofrenda amorosa crecía despacio dentro de ella fruto de aquella relación tan intensa como mezquina en tiempo.

Un hermoso homenaje que intentaría sin dudas prolongar la presencia de su ansiado compañero.

Pero casi enseguida terminó de acicalarse y salió de allí como desenvuelta y erguida pero a la vez extraña de sí e inexplicablemente sin una gota de apetito.

Entonces en silencio, paseó sus ojos por cada una de las habitaciones de su antiguo hogar como despidiéndose hasta que por fin se decidió y arremetió como estimulada por un impulso necesario.

A media mañana, la temperatura elevada del día había confirmado que el sol se impondría sobre el temperamento de los mortales y que iría como desojándose y cayendo pesado detrás del profuso ramaje de los árboles, adormeciéndose sobre la calle adoquinada que como estrepitoso calvario hirviente se empecinaba en soportar un persistente olor semejante a fritura asfáltica.

Tenues sombras calcinantes discurrían sobre la calzada difuminándose entre los intersticios de aquel formidable follaje que se precipitaba con sus contorsionados brazos, acariciando apenas los techos de los automóviles aletargados junto al cordón.

Eva abrió de par en par la puerta de calle y gritó desmesuradamente hacia el interior de la casa pugnando por activar al máximo sus pulmones:

¡Ahora vuelvo, mamaaá…!

La mujer, atareada ama de casa, que no se encontraba sin embargo escandalosamente lejos de esa zona del pasillo que integraba el living con el exterior, fue capaz hasta de sobresaltarse un poco con el vocifero tan cercano.

¡Ehhhh…! ¡Qué pasa nena…! Inmediatamente le contestó.

¡Ya te escucheeé!

¡Acordate que papá vuelve del taller al mediodía!

 

La muchacha no respondió.

Apretó su mano alrededor del picaporte y cerró fuerte la puerta. Inmediatamente después, un poco embarullada y entre atolondrada y conmovida se asomó a la fachada.

Allí, alcanzó a atisbar el escaso horizonte que apenas se podía entrever al final de esa calle familiar, que rigurosamente calurosa e implacablemente desierta, lucía todavía erguida, fastuosa e impresionante.

Una significativa cantidad de árboles de plátano, constituidos por robustos troncos de riguroso aspecto contundente y añejo se sucedían como patéticos ancianos sin edad, como inmensos tótems, permanentemente estáticos y cocidos por el sol del verano que implacable insinuaba su próxima presencia.

Extenuantes y calientes, frondosos y erguidos, guarecían de luz sin embargo a la sucesión de casas bajas con techos de pizarra que conformaban el barrio nacido obrero en su origen. El antiguo proyecto que con el paso del tiempo y de las consecutivas generaciones, había metamorfoseado al influjo de sus constantes cambios de mano y de aspecto.

Era sin duda una rectilínea e imponente arboleda, únicamente concebida para rendirse ante la altura agotadora de los flamantes y relucientes edificios que en forma paulatina y espaciada habían surgido con el paso de los años como diseños presuntuosos e innovadores, configurando lentamente un paisaje diverso y diferente al pergeñado en el antiguo y olvidado propósito original del vecindario, una singular propuesta habitacional diseñada alguna vez para albergar dignas y amplias construcciones de carácter social, pergeñadas con algún objetivo loable y solidario que posteriormente por alguna decisión tan arbitraria como interesada, fuera relegada para siempre a las zonas del olvido.

Sobre aquella acera vacía, cruelmente abandonada, ausente de voces y de conciencia humana, tal vez por la hora del día que se advertía candente y abrazadora o quizá porque la vecindad resignaba despojarse de su voluntad de transeúnte, la joven muchacha, de repente madura mujer, se aprontó presta a deambular con su reciente soledad a cuestas, sin ningún sentido premeditado ni rumbo cierto y sin otra esperanza que la búsqueda de la inhallable paz y de una crédula redención.

Barruntando en silencio respecto de su desgraciada novedad impuesta vaya a saber si por el destino o por su suerte y farfullando sus propios pensamientos entre tímida e insegura, pareció resignada a su angustia y muy posiblemente determinada también a derramar su última voluntad.

Con el corazón hondamente angustiado y con la incertidumbre devorándolo todo, escasos minutos antes de partir, permaneció inmóvil observando cada rincón de aquella fachada que había sido su hogar en épocas pretéritas y poco tiempo después cerró los ojos afligidos, vidriosos, confundidos y oprimió exageradamente los párpados.

Entonces por fin resolvió emprender el viaje.

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