Los Unos y los Otros
….los que
luchan y los que oran…
Como el primer hombre y la
primera mujer.
No, en realidad no. Porque
ella sí era Eva, pero él no se llamaba Adán.
Su nombre era Fernando.
Al parecer dicen por ahí que
fueron los propios compañeros quienes lo rebautizaron.
Sí. Desde hacía bastante
tiempo todos lo conocían y lo referenciaban con ese apelativo por el cual se ha
identificado al primer hombre desde tiempos inmemoriales.
Sucedió paulatinamente, un
poco quizá como comidilla entre amigos que confluían en la misma laboriosidad
creativa. Una actividad compartida invirtiendo gratamente parte de su vida en colaborar
a que mejore la de los demás.
Los mismos ideales, la
defensa de valores de una misma ideología y la sistemática y empedernida
necesidad personal que se irradiaba al interior del grupo.
Un esfuerzo mancomunado. Multiplicar
acciones y procederes orientados a la promoción de una convicción inalterable,
elevar el nivel cultural, económico y social general de los sectores más vulnerados
históricamente, incitándolos a través de una activa propuesta metodológica a la
generación de conciencia política y responsabilidad suficiente para el mejor desenvolvimiento
de la comunidad propia.
Además, va de suyo, que todos
conocían bien a Evita y que evidentemente esa coincidencia entre su nombre y el
de la primera mujer y femme fatale bíblica, impulsó dentro del colectivo de
jóvenes la inevitable comparación entre estos chicos con aquella primera pareja
protagonista del remanido episodio de la creación del mundo.
Es cierto también que al
joven Fernando, en vez de Adán, lo podrían haber sacramentado como Juan, pero en
esas instancias históricas, todavía el viejo líder político se le representaba a
los pibes como aquello intocable e incólume.
La joven pareja simbolizaba
la integración de la diversidad. Historias de vida con particularidades disímiles.
Ella era la única hija de un
tornero muy activo y emprendedor. Típico descendiente de inmigrantes italianos instalados
en el suburbio del conurbano alrededor de un pequeño taller.
Fernando no. El muchacho no
era miembro de la caracterizada clase media.
Sus abuelos se habían
trasladado desde la provincia de origen hasta el conurbano bonaerense en
procura del acceso a una mejor calidad de vida.
Una experiencia que cosechó
patéticos resultados. Los primeros en llegar convencieron de la ventura del
traslado al resto de la familia y en pocos años el pobrerío provinciano, sin
ninguna otra pertenencia que su esperanza y su voluntad de hallar soluciones de
vida, recaló junto con toda su escasez y sus profundas limitaciones en el contexto
de la resignación.
Por más esfuerzo en horas
invertidas en el trabajo, la retribución salarial no compensaba y más bien
consolidaba su destino de permanecer habitando dentro de aquella precariedad,
que cuando recién llegados se había
percibido como coyuntural.
Toda esa humanidad
migratoria, que concentró su interés en habitar las regiones del país en las
cuales todavía circula y se produce la mayor cantidad de bienes permaneció
desarticulada de cualquier proyecto sociopolítico y las cientos de chabolas
aledañas a las grandes ciudades se naturalizaron y a regañadientes fueron
soportadas por la gente de “bien” y únicamente justificada por la obtención de
mano de obra barata. Pero por supuesto que también ese conglomerado humano fue
estigmatizado, con el pretexto de infundir una inobjetable diferenciación entre
los unos y el “diferente”.
Fernando era heredero de
aquella sinrazón y descendiente de los escasos grupos que pertenecían a las
culturas originales de nuestro territorio.
Un muchacho más, desclasado,
dentro del orden impuesto por los modos y costumbres generalizados y por
consiguiente, un renegado a la vez de su propio origen, debido al propio desconocimiento,
desinterés personal y por supuesto también, por la secuela del proceso en años
de aculturación.
Con el correr del tiempo,
sin embargo, el muchacho fue adquiriendo conciencia de la situación social y
política del país y oportunamente, su postura ideológica, su visión de la
realidad fue evolucionando desde el auto compadecerse y desde la aceptación de
sometimiento e inferioridad intensamente promovido al interior de las
comunidades desposeídas, hacia la defensa de la organización por la defensa de
los más humildes. La recuperación de los derechos sociales que se consideraban históricamente
conculcados a raíz de actitudes y decisiones políticas sucesivas.
El barrio humilde subsistía sin acceso a los
servicios básicos elementales, con excepción de la electricidad. Sin cloacas,
sin asfalto ni gas natural. Solamente poseían por demás crueles inundaciones e
incontables roedores y una chapería cruel que acompañaba rítmicamente cada
noche de tormenta a los rezos de los mayores para que el agua celestial no
sature los elementales techos cocidos de clavos y alambres, desprovistos de lo
más básico y elemental.
Era a ese preciso lugar adonde
el viejo matricero recurría cotidianamente por la obtención de mano de obra
barata y dispuesta a ganarse el jornal diario.
Un buen día la parejita decidió
establecerse dentro de la procacidad de aquel barrio y convivir allí con aquellas
vivencias repletas de sucesivas insolvencias, colmadas con situaciones de
desamparo, de desprotección y de carencias. Convencidos y hasta entusiasmados, ambos
se dispusieron a compartirlas cotidiana y naturalmente con la comunidad de
vecinos.
El joven repartía sus horas
de vida entre sus dos diligencias. La primera parte de la jornada en la labor
dentro del taller matricero del esforzado y acometedor artesano. Significativa y
romántica sede en la cual sugestivamente se habían iniciado los primeros
escarceos entre los tortolitos.
La otra tarea estaba cimentada
en su comprometida y generosa función política. Un emprendimiento que continuamente
irradiaba actividades desde el local de la agrupación a la que pertenecía,
enclavada en el centro de la comunidad barrial.
Así, la joven pareja
formalizó una relación que lentamente fue madurando y pugnando por su
consolidación. Nuevas vivencias y situaciones con las que irían aprendiendo a
convivir, a conocer la tolerancia y a discernir respecto de la tremenda
responsabilidad que conlleva la extremada y difícil capacidad de distinguir la
mejor estrategia dispuesta para intentar distribuir los recursos escasos.
Pero también era cierto que prácticamente
la totalidad de la labor política recaía ostensiblemente en el muchacho. Eva no
participaba en ello más que colateralmente.
¡La verdad es que tengo
miedo Fernando! Repetía la joven. Cada cosa que sucede instala una nueva
incertidumbre. El aparato de seguridad del Estado nos tiene en medio de las
cejas. La última semana barrieron desde un automóvil sin patente a cinco pibas
que pintaban una consigna política en una pared. Algunos de los vecinos que se
atrevieron a observar el episodio declararon en la comisaría lo que alcanzaron
a ver. Un móvil ocupado con cuatro hombres armados circuló muy despacio por el
lugar y al emparejarse con las chicas las acribillaron sin que ellas hayan
alcanzado siquiera a intentar darse vuelta para advertir su paso. ¡Les dispararon
por la espalda Fernando!
Ella hablaba mordiéndose los
labios. Lo miraba a los ojos como para escrutar en ellos alguna definición que
naturalice el dramatismo, una explicación simple y concreta que por lo menos
aparente un viso de racionalidad.
Cuando estaba vivo el viejo,
agregó Eva convencida, ¡no pasaban estas cosas! No niego que haya habido
fuertes tensiones, pero se respiraba un ambiente de cuidadoso equilibrio, de
estabilidad entre los unos y los otros. ¡Ahora parece que salieran a cazar!
¡Irrumpen en el lugar y disparan con total impunidad! concluyó visiblemente atravesada
por la emoción.
Él miró hacia la calle vacía
que aparecía como descompuesta por un calor agobiante que golpeaba férreamente dentro de la pobre casilla
con techumbre de chapas y solo atinó a aseverar una respuesta coyuntural, que
posiblemente sin saberlo, contribuiría a expresar además la fuerte tensión y el
hondo dramatismo que sobrevendría poco después, al tenor de los sucesos y andando
el tiempo.
¡El viejo quedó muy caliente
después de que le hiciéramos boleta a su referente sindical! Contestó Fernando.
Creo que de alguna manera, esa actitud marcó un antes y un después en los
acontecimientos. Porque él consideró aquel episodio como una afrenta personal,
como una provocación. ¡Vos viste lo que pasó en la Plaza el primero de mayo! ¡Ese
día el viejo se definió! ¡Hizo borrón y cuenta nueva! ¿Querés que te diga con
toda sinceridad? ¡Creo que en ese momento incluso se arrepintió de la
tolerancia que demostró hasta ese entonces para con nosotros! De todas formas y
a pesar de las duras circunstancias, fíjate que todavía pudimos continuar representando
a los sectores juveniles más remisos.
Fernando hizo un silencio
reflexivo y recuperó la palabra.
Por ende a partir de ese día
el viejo se volcó hacia el sindicalismo ortodoxo, después de todo, vos sabés muy
bien que se cansó de repetir una y otra vez, que el movimiento obrero es la
columna vertebral de su ideario. Y aquella opción de hierro que tomó en la
Plaza, sin dudas, fue una decisión extrema, un parte aguas, con el único objetivo
de combatir políticamente al grupo interno que persiste en mantenerse renuente con
su jefatura.
Lamentablemente para
nosotros, el conductor político no admitió jamás la posibilidad de compartir
liderazgo. Mucho menos abdicar el suyo propio. De suyo surge que terminara
apoyándose en el aparato represor del Estado para convalidar esa misma tesitura
en las calles, en las fábricas, en todos los ámbitos donde la capacidad de
representación se torna indispensable. En consecuencia, Evita, podríamos
definir, por decirlo en pocas palabras, que fue en ese preciso instante que comenzó
a perfilarse entre los sectores tradicionales en pugna, la inclaudicable disputa
por el territorio.
Fernando permaneció un
instante en silencio y estático y de pié buscó con sus ojos los de ella, como
hilvanando los acontecimientos y proyectando la siguiente reflexión:¡Pensá que
nosotros muy a pesar de ellos, permanecemos activos porque mantenemos mucha
acción en los barrios, porque continuamos sujetos y consolidados en una
presencia militante de vocación voluntaria y de carácter ininterrumpido!
¡Es una permanencia que a
nuestros oponentes les duele y fastidia!
¡Porque no es otra cosa que
demostrar vigencia!
Fernando demoró un poco su
conclusión testimonial, como quien espera que alguna última y elocuente reflexión
repentina apareciese precipitada para obrar como síntesis palmaria de aquella
realidad controversial.
¡Entendés Eva! le espetó. Se
está percibiendo en todo el país una catarsis social que ellos están obligados
a enfrentar para no perder espacios de poder. Para ello debieron decidirse a
ejecutar una respuesta contundente que como fatalidad mortal derivó en una
política represiva de aristas contundentes a través de un despliegue prorrumpido
por la barbarie del Estado a la luz del día.
¿Querés que te diga la
verdad, querida Evita? ¡Es hasta paradójico!.
Porque de esa manera se fue
entablando entre ambos bandos dicotómicos, la discusión respecto del sendero a
seguir para llegar en teoría a un mismo lugar ¡Al mismo objetivo! ¡A la
consolidación de la misma ideología!
¡Lo más ridículo de todo
esto es que en teoría, ambos bandos defendemos la prosecución del mismo modelo
de país!
Es como decir: ¡Queremos lo
mismo! ¿Pero quién va a llevar la vos de mando?
Esta circunstancia
contribuye a confundir inexorablemente el sentido común del hombre de la calle.
Porque hace la pregunta del millón.
¿Si son todos peronistas,
porqué se pelean? En realidad Evita, el
problema es más hondo. No queremos lo mismo. Existen aquellos que quieren de
eso mismo para sí mismos. Ya sé, es un juego de palabras Evita, ya sé.
Lo que sucede en realidad es
que para nosotros, solamente nuestro rumbo es propiciatorio y capaz de
orientarnos hacia el triunfo seguro del proyecto de Nación.
Para la militancia juvenil y
transformadora, el otro camino es una falacia, porque es absolutamente contrarrevolucionario.
Existe sí. ¡Por supuesto! ¿Cómo no lo voy a saber Eva? ¡Si lo padezco tanto
como vos! ¡Pero también es cierto que por ahora persiste ocupando el poder
político! Sin embargo observá que es evidente que funciona únicamente como una máquina
de impedir.
Pero ¿sabés una cosa? el
tiempo está a favor nuestro.
Entonces Fernando recuperó
en su mirada los ojos de la novia y exclamó.
¡Es lógico y natural! ¡Los
jóvenes somos nosotros! ¡Tenemos toda la vida por delante! ¡Él se volvió viejo
y enfermo! ¡Al final se lo deglutió Cronos! ¡Y ahora no está!
De todas maneras fue capaz antes
de morir de realizar un último y final giro patético en su vida.
El genial conductor de
hombres y mujeres, transformador de conciencias, dignificador, otorgador de
imprescindibles reivindicaciones sociales, locuaz, inteligente, sabio mentor
doctrinario, sin dudas concluyó al final de su vida, transformándose en
instrumento de los lame botas que lo sobrevolaron porque poseían un único
objetivo, saciar sus intereses personales.
Al final, el admirado y
apologético semidiós viejo y enfermo toleró que lo erigieran como un frenético
instrumento de los intereses de los traidores al pueblo, que lo cercaron primero
y pretendieron heredarlo después.
Por eso nuestro deber, querida amiga y
compañera, sobre todo en este tiempo, es combatir en unidad de acción para
contrarrestar este calvario.
Porque somos el único grupo
político que puede blandir un proyecto nacional, popular, serio y emancipador.
¡Los trabajadores lo saben! Volvió
a exclamar eufórico.
La dirigencia obrera
burócrata no es representativa de las bases.
¡Los hombres y las mujeres
que trabajan merecen un liderazgo que los emancipe, que los conduzca hacia la
liberación!
Pero la situación general
del país se desmoronaba.
Para colmo de males, sin la
figura del líder indiscutido el movimiento político quedó descabezado. El
devenir se tradujo en desestabilización social y empeoramiento económico.
La supervisión de la renta nacional,
las demandas por el dinero adeudado a los organismos internacionales de
crédito, la debilidad concreta del gobierno virtualmente acéfalo para intentar
seriamente contrarrestar el ímpetu de los intereses financieros privados e
internacionales.
La inflación que se adueñaba de la
cotidianidad.
Los salarios que se
derrumbaban y la represión que aumentaba con más asesinatos selectivos en
cabeza de aquellos que eran acusados e invocados discrecionalmente como
terroristas subversivos al incluirlos como miembros participantes de grupos
guerrilleros urbanos, cuando en realidad toda su actividad política se
circunscribía a la participación activa y militante en los barrios más humildes
promoviendo insuflar ánimo y esperanza entre los sectores sociales disminuidos y
convocando en paz al trabajo solidario.
Además la aparición de
listas negras amenazantes contra quienes eran denunciados como enemigos de los
valores de la nacionalidad.
Una decisión política
superestructural obró como corolario de la agobiante coyuntura.
Unos meses antes de que se
produjera el acto eleccionario que generaría la instalación de un nuevo
Presidente constitucional, quien muy probablemente intentaría barajar y dar de
nuevo, apalancado posiblemente a partir de un gobierno de otro signo político
que propendiese a integrar a los divididos y aunar posiciones para evitar que
persistiese esa desagradable e innecesaria sangría, las fuerzas armadas se
coaligaron para concretar un golpe de Estado evitando así que el sistema
democrático intentara acceder a su punto de equilibrio dentro de un proceso de
libertad individual y colectiva.
A partir de entonces, todo
el aparato ilegal que deambulaba por las calles ejecutando a mansalva su propósito
de obtener justicia por mano propia, persistió en esa tarea al amparo del
gobierno de facto.
La nueva administración
política nacional que se impuso por las armas, logró el posicionamiento financiero a partir
del respaldo en Dólares de empresas extranjeras por medio de depósitos en el
Banco Central a cambio de tasas de interés usurarias.
Ese recurso garantizó liquidez y emisión del circulante.
Pero además, paralelamente, el
nuevo gobierno hizo suya la exigencia histórica de las minorías rentísticas, al
convalidar el viejo sueño del liberalismo de la generación de los años ochenta que
propendió desde su origen a consolidar una economía agraria y extractivista en
el país.
Los trabajadores sociales,
obreros, estudiantes, militantes de barriadas e incluso los compañeros y amigos
de todos ellos, fueron desarticulados al caer en las redes de la represión implementada
por el ejército.
La gente apuntada en las
agendas telefónicas de los detenidos y sus familiares de edades similares, los
vecinos, todos fueron monitoreados y “chupados” de ser necesario, con el
pretexto de exterminar el “veneno subversivo”.
¡Paradoja si las hay!
Esos militares, que habían
ocupado el poder subvirtiendo el orden constitucional, se auto proclamaron
capaces de explicitar el concepto de subversión adjudicándoselo a quienes
determinaron y definieron como sus contendores.
Al amparo del control
gubernamental castrense se decidió y se dispuso entonces exterminar las voces
disidentes promoviendo desaparecerlas, ahogarlas definitivamente.
Muchos ciudadanos apresados
antes de que el proceso dictatorial comenzase, habían sido encarcelados y dispuestos
a disposición del poder ejecutivo e identificados con su nombre y apellido.
Pero a partir del golpe
militar, las sucesivas camadas de capturados perdieron su identidad,
desaparecieron sin dejar rastro, ocultándoseles definitivamente su paradero o la
suerte acaecida.
Uno de ellos fue Fernando.
Estaba solo en la casilla
esa noche, cuando el truculento axioma del exabrupto golpista contaba con solo siete
meses de instauración.
Como el hábitat del joven
estaba ubicado a la entrada del predio poblacional, no les provocó a los
militares la necesidad de que el tanque de guerra penetrara dentro del barrio.
El conductor del bólido gigantesco y
amedrentador apuntó el cañón hacia la vivienda e inmediatamente a través de un
megáfono se conminó a quienes estuviesen dentro del recinto a que salieran con
las manos en alto.
Fernando se despabiló en
medio de la madrugada.
El convulso movimiento de
pertrechos y de tropa militar lo alertó primero y casi lo enloqueció después.
Tomó el arma que poseía
desde hacía tiempo sin disparar y esperó a que se dilucidara la actitud de los
uniformados.
Acto seguido el ejército
constituyó una línea de hombres armados quienes rodilla en tierra prorrumpieron
con su exigencia pero sin mediar palabra alguna sino a través de una
interminable balacera de ametralladoras.
Fernando estalló por dentro y
los increpó a los gritos diciendo que estaba dispuesto y decidido a salir a la
calle desarmado.
En consecuencia, arrojó su
arma hacia el exterior del cubículo a través de la ventana, sin siquiera haberla
usado en alguna ocasión.
La diferencia comparativa de
poder de fuego era inimaginable.
La opción del muchacho era concluyente
y en defensa de su propia vida.
Cuando se dejó ver con las
manos en alto y en paños menores, un grupo de comandos fuertemente armados se
abalanzaron sobre él.
De los pelos lo arrastraron
hasta un móvil policial sin matrícula y de un color indefinido en medio de la
oscuridad y partieron de inmediato con rumbo desconocido.
Después de ese
procedimiento, el tanque de guerra apostado en el frente de lo que había sido
su hogar y las cuatro camionetas que eventualmente hubiesen debido actuar como
apoyatura de combate, lentamente se fueron retirando.
Eva no estaba allí esa noche
aciaga.
Había resuelto una semana
antes del episodio, que pasaría esa tarde y la noche en casa de su madre con el
objeto de homenajearla con su presencia el día de su cumpleaños.
En consecuencia, se había
quedado a dormir allí para no regresar muy tarde al barrio.
Mientras descansaba aún, pero
ya amanecida y acurrucada por el calor de las primeras luces que estallaban
desde la ventana escurriéndose por las hendijas de la cortina de madera que
permanecía abierta apenas, comenzó a alterarse de repente casi exacerbada por un
sonido familiar y por la sorpresa de la hora.
Era en realidad la
campanilla del teléfono, incesante y monótona la que la compelía a espabilarse.
Cinco o seis veces se
alcanzó a escuchar la aburrida repetición de aquel sonido casi siempre insoportable
y farragoso según el horario en que se manifieste.
La señora de la casa levantó
el tubo y contribuyó a silenciar ese escándalo.
¿Estás despierta Evita? ¡Es
para vos!
¡Dice que es un amigo! ¡El Topo!
Eva terminó por
sobresaltarse.
¿Qué hace el Topo llamando a
la casa de mi vieja?
¿Cómo sabe que estoy acá?
¡De dónde sacó el Topo este número
de teléfono?
Todas estas preguntas cavilaba
mientras se iba desplazando a los tumbos hasta el pequeño modular en el cual
estaba instalado el aparato.
¡Hola!. Dijo Eva. Con tono
menor pero cortante, le contestaron.
¡Eva soy yo! ¡Recién escuché
que te lo dijeron!
¡Adán cayó ayer! ¡Reventaron
la casilla, no vuelvas, rajá!
La muchacha presintió un
desvanecimiento.
Un golpe inesperado,
invisible y furibundo percibió en medio del estómago.
Un desconcierto total
expresado por una agobiante sensación de ahogo.
Casi silabeando contestó
enseguida:
¡Pero…Topo! ¿Dónde está
Fernando? dijo entonces.
Olvidando ante la desesperación
que la invadía que no debería haber pronunciado aquel nombre.
Más enérgico y casi
impaciente el hombre sin nombre apuró la conversación:
¡No sabemos nada Eva! ¡Vos
tomátelas!
¡No preguntes nada más y raja!
…¡Pero…! ¡Topo!.. Dijo la muchacha.
Ya era tarde, el demandante
había cortado la comunicación.
¿Pasa algo, nena?
Le preguntó la madre, a quien le pareció sin
embargo entrever algún comentario de escabrosa interpretación.
¡Sí…! ¡No.....! ¡No sé! le
contestó Eva.
Que de manera inmediata
comenzó a prepararse para salir de allí, como quien advierte que el resto de su
vida se despeñará calamitosa hacia una eterna e imprevista fuga, a través de
una constelación de incertidumbres imponderables e infinitas, soliviantada irremisiblemente
ante la aparición desventurada de una situación desafortunada y azarosa.
Pensó desesperadamente en
Fernando.
En los días compartidos.
En la música escuchada, en
las alegrías, en las tristezas.
El tiempo es veloz, la vida
esencial. Dijo para sí.
¡Y la vida de Fernando? ¡Qué
está pasando con la vida de Fernando?
¡Por qué a Fernando? ¡Adán!.
¡Adán!
¿Adán? ¿Qué estoy diciendo? ¡Jamás
te llamé Adán!
¿Dónde estás amor?
¡Creo que me voy a volver
loca!
¡No puedo entenderlo!
¡Fernando! ¡Por favor! ¡Dónde
estás!
¡Por dónde te busco!
¿Pero si lo busco? ¡Caigo yo
también!
¡El Topo me avisó!
¡Se comunicó para
preservarme!
¡Para advertirme
precisamente eso!
¡Qué ahora era yo quien
estaba en peligro!
¡Nena! ¡…Estás ahí…! ¡…Holaaa…!
La voz de la madre surgió de
sabrá uno dónde para arrancar a Eva de su letargo.
¡Sí, mamaá…! ¡Acá estoy! ¿Qué
necesitás…?
Exclamó la joven como si
despertara de una pesadilla.
¡…Ahhh, tesoro…! ¿Viste los
vasos irrompibles nuevos que usamos ayer en la reunión? ¡Se los compró papá a
un señor que pasó por la vereda antes de ayer!
¡Pero los que tenemos también
son irrompibles! ¡Y todavía están enteros!
¿Viste cómo es tu padre,
nena? ¡Ya no sabe qué hacer con la plata!
Dijo risueña, como si
deseara compartir con su hija una proverbial infidencia.
Inmediatamente después y categórica
agregó:
¿Querés llevarte a tu casa
los vasos viejos?
¡Todavía están bárbaros y
enteros! ¡Como nuevos!
Evita escuchó el
ofrecimiento y pensó en Fernando otra vez e inmediatamente recordó su intimidad
resquebrajada, su vida mutilada, la casilla, e intuyó con dolor cómo habría cambiado
esa precaria construcción después de aquel espantoso episodio.
Entonces, mascullando apenas
una respuesta instintiva y urgente como para huir definitivamente del tema,
respondió:
¡Sí mamá…! Buena idea.
¡…Me los llevo para casa!

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