Valdivia
de la
Novela: “Alrededor del Ombligo”
Alberto
Carbone
La región chilena está conformada por un vasto y estrecho corredor
encajonado. Al este las montañas andinas, gigantes moles sempiternas que como
inmensos paredones del color del firmamento y de los riscos peregrinan de norte
a sur su superficie. Por el oeste, la rotunda inmensidad del mar océano, azul
verdoso y bravío, que por impulso paradojal, la voz universal lo ha bautizado
como Pacífico. Entre el este y el oeste equidistantes, se extiende la mínima
superficie que el territorio reconoce. Como un capricho de la naturaleza, de
norte a sur la tierra se dilata en extensa longitud desde la altura asfixiante
del salar impredecible, hasta los helados perennes de la patagonia
incalculable.
Valdivia no podía perderse ese espectáculo. Además, con singular
expectación como veremos más adelante, los propios aborígenes del Perú lo
habían soliviantado.
Previamente, otro peninsular había intentado infructuosamente su ingreso
a ese territorio oblongo que esperaba su turno para ser descubierto. Pero don
Pedro sin embargo estaba convencido de que para él otra ventura lo
encandilaría. Desde el embarque en la península se presintió competente para
aquella misión. Inclusive, aquella vastedad había significado una excelente
alternativa para los hermanos Pizarro, quienes mantenían en el Perú la
situación bien conformada y etiquetada para su propio gusto y placer y
excesivamente previsores evaluaban que poco resto quedaba por satisfacer. En
otras palabras, el imperio del sol, con sus tierras y habitantes tenía
propietario. Para Valdivia en cambio, el objetivo era peregrinar como
adelantado no sólo por el oro, después de todo, también el bronce posee un
valor intrínseco cuando de perpetuar la memoria se trata, tanto en las estatuas
como en los agasajos.
Algunas corrientes de pensamiento, tenaces defensoras de la dominación
europea en el nuevo continente han intentado justificar, según su punto de
vista y los intereses sustentados, los pormenores referidos al descubrimiento
americano. La conquista del Perú fue tremendamente motivadora consignaron, en
el impulso, constancia y decisión de cientos de peninsulares intrépidos que
acometieron aquella esperanza estimulante. Evidentemente esa aseveración no
alcanza para explicarlo todo, pero de todas maneras, es probable asimismo que
contenga una porción de certidumbre.
También es cierto que la repentina evidencia suscitada a partir de la
inmensa cantidad de metálico proferida por la conquista del territorio quechua,
rápidamente enfervorizó voluntades en ambas orillas del mar océano. Sobre todo
en las ansias de aquellos españoles pletóricos por tropezar con fortuna y que
habiendo realizado un extenuante viaje transoceánico se encontrarían con una
tierra inesperada e indómita, aguardando la ocasión urgente que los condujese a
tomar su propia iniciativa, a ganar terreno y gloria traducida en cuantioso
numerario.
Fue precisamente lo que aconteció con don Pedro de Valdivia. Entusiasta y
esperanzado, se hizo a la mar acompañando las huestes de un ignoto Jerónimo de
Ortal, quien se había empeñado en organizar de su propio peculio, una
expedición en búsqueda del Dorado. Lugar irredento en las nuevas tierras y que
en forma de deseada utopía sobrevivía girando dentro de las cabezas de cientos
de castellanos.
Aquel afán enloquecedor, enigmático que estremecía los egos, se
constituyó en el impulsor abarcativo de un cúmulo de leyendas de todo tipo y
color, que motivaría a cientos de hombres a cruzar el mar Atlántico para
instalarse en la isla de Cubagua, al norte de Venezuela, ambiente idílico y
promisorio, asentado sobre un depósito de ostras y de piedras preciosas, que
enceguecería en ansias de poder a los recientes colonos y se constituiría en
justificadora residencia de quienes iban recalando al paraíso para abordarlo y
conquistarlo.
Un gigantesco y fantástico ambiente de interminable riqueza y de
exuberante belleza natural. Epicentro de infinidad de joyas en bruto que se
acumulaban con suma facilidad en las palmas de las manos de quien decidiera
cosecharlas y que además, como malvado contagio, redundarían en la aparición de
desavenencias entre los propios españoles.
Aquellos resquemores no demoraron mucho tiempo en suscitarse.
Durante casi dos años los residentes europeos soportaron directivas y
exabruptos de aquel tal Ortal, desesperado el hombre como estaba por hacer
realidad la famosa leyenda de El Dorado y de recuperar con creces el dinero
invertido en la aventura. En consecuencia, andando el tiempo, se ventilaron los
inconformismos y las discordias.
Un grupo constituido por más de cuarenta hombres organizó un alzamiento
contra la administración de la isla y del conquistador. En total acuerdo entre
ellos, los alzados decidieron perfilar un nuevo rumbo. Una estrategia común,
autónoma y propiciatoria, direccionada a satisfacer los intereses levantiscos.
Entre ellos, aparecía dubitativo pero también inquieto y abrumado ante
las novedosas perspectivas, don Pedro de Valdivia.
Cuando el grupo tomó la decisión se hizo a la mar y se dirigió a tierra
firme.
Inmediatamente desembarcados en territorio venezolano, intentaron sin
fortuna trabar relación con los Welser. Esa familia que se había establecido
como dignataria de la corona de Augsburgo. Porque usted imaginará que no eran
solamente españoles quienes vislumbraban el negocio de las indias e intentaban
acapararlo. Por otra parte, la realeza poseía en sus venas más sangre similar a
la de los Welser que a la de cualquier otro peninsular y que además, a través
de sus inversiones en la fabricación de armas y de naves habían logrado acceder
a la excelsa responsabilidad de regentear esas tierras. Los responsables de
Venezuela, entonces, consideraron que el arribo de hombres envalentonados y
solicitantes de asilo, podría perjudicarlos en su negocio. Por lo tanto
evitaron mezclarse en las divagaciones de aquel núcleo humano que no conocían
bien y se desembarazaron rápidamente de la problemática. Contundentes y
decididos, extraditaron a los cabecillas del airoso levantamiento, enviándolos
detenidos a la isla de Santo Domingo. Allí serían procesados por un tribunal
hispano acusados de haberse atrevido a separarse de sus legítimos líderes,
residentes en Cubagua.
Pero la orden de confinamiento y extradición había sido dirigida
únicamente a los caudillos. En realidad los Welser, como cualquier digno
europeo que se preciara, demandaban mano de obra y precisamente por ello, el
resto de los insubordinados quedó libre de culpa y cargo. Los exculpados
entonces accedieron al asentamiento en el territorio. Entre ellos, justamente,
Pedro de Valdivia. Poco tiempo después, astuto y convencedor, obtuvo la
confianza de uno de los administradores a quien fue entusiasmando con promesas
de metálicas andanzas. Poco tiempo después, por intermedio del entusiasta
inversor, organizaría su propia expedición con el aporte de dinero de aquel
oportuno prestamista.
Sin embargo, un tiempo antes de hacer efectiva su osadía de conquista y
por iniciativa propia, decidió trasladarse al Perú.
El territorio quechua, a esa altura de los acontecimientos, presumía de
Edén. Varios hispanos autopercibidos como conocedores, conjeturaban al Perú
como un lugar legitimado como designio divino. Superabundante en metálico, en
producción cerealera, en mano de obra dócil.
Tierra de promisión y de porvenir venturoso para los peninsulares
afincados. Caballeros de mérito autogenerado pero que sin embargo no les
retaceaban los inconvenientes. Sobre todo al más sufrido y empoderado líder en
territorio del inca, don Francisco victorioso, asumido de honor, de gloria y
adinerado junto con sus hermanos,
tenaces mentores de la consolidación de una aristocracia del dinero en
la tierra que usurpaban.
Sucedía sin embargo, que insidiosamente, la fraternal cofradía se hallaba
inquieta y recelosa por culpa de una rencilla doméstica suscitada entre dos
bandos, que se azuzaban y hostigaban con la pretensión de obstaculizar al otro
y quedarse con el poder omnímodo.
La controversia pasaba de castaño oscuro. Se caracterizaba por una
disputa salvaje despojada de toda honra, sostenida por la humillación y el
desprecio hacia el respectivo contendor. Porque usted sabe. Si la fortuna es
inmensa, tan grande como ella es la aspiración a poseerla en su totalidad,
demoliendo al contrincante sin miramientos pero si el tesoro es mínimo, la
eliminación de aquel otro que también reclama es el objetivo y la razón
indispensable. En este particular, un equívoco o artimaña de la corona generó
el exabrupto entre esos personajes empeñados en perpetuar su heredad. Ambos,
sintiéndose imbricados por la inspiración divina, habían dispuesto la
recreación en tierra aborigen de su linaje exclusivo de cuño imperial hispano.
Una decisión impropia en un territorio como el andino recientemente revelado
como propio por el viejo continente, que comenzaba a escribir su nueva historia
en castellano, apenas deletreándola.
Pero evaluado como justo o injusto, lo cierto es que las facciones
estaban lanzadas a todo o nada, con el objeto de consolidar sus anhelos y
consagrarlos. Así fue entonces que se expresaron manifiestamente como gente
capaz y comprometida a entregar hasta su propia vida.
Se trata de la famosa guerra intestina entre Francisco Pizarro y Diego de
Almagro.
El primero, poseedor de todos y cada uno de los documentos que le
garantizaban suficientemente el favor de la corona española respecto de sus
aquiescencias.
El segundo, blandiendo la exigencia de su reclamo tenaz y prepotente.
Reclamando que se le compute el permiso del monarca para desplazarse al nuevo
mundo, reconociéndosele aún no haber accedido al deseo final y prístino de
consolidarse económicamente debido a un infortunio. Ese mal recuerdo de su
infausto y escabroso intento de conquista de Chile. Propósito éste por el que
fuera paradójicamente estimulado en especial, por el propio don Francisco,
quien esperaba que aquella ocurrente expedición eliminara a su principal
contendor.
Un peregrinar fracasado para don Diego, que desembocó en el
convencimiento personal de que la solución a su dilema la zanjaría su retorno
al Perú, para reclamar por una porción del oro de los incas como redención
justificadora de todos sus anhelos y con el objetivo de comenzar a saldar las
deudas originadas en sus andanzas americanas. Para lograr revertir su
frustración y recuperarse económicamente, le pareció imprescindible la decisión
de volver tras sus pasos y reingresar al Cusco.
En medio de esas infaustas desavenencias, en el epicentro de los embates
belicistas de los pretenciosos, se incorporaría Pedro de Valdivia a las
convulsionadas tierras del inca. Sin dudarlo, el recién llegado se decidió por
el apoyo a Francisco Pizarro en aquella contienda de títulos. Consecuentemente,
se granjeó la confianza del círculo de leales al conquistador.
Valdivia evaluó ventajas y desventajas de la controversia. Inmediatamente
constató la condición de inferioridad de Almagro e intuyó aquello de que andar
con perdedores no estimula demasiado el ego, entonces se acercó a los Pizarro,
aún a sabiendas de que debería tolerar unos años de infortunio y de letargo, al
verse obligado a aceptar el liderazgo de los presumidos extremeños, pero
convencido también, lo que no era poca cosa, que no bien lograra el beneplácito
del mayor de los hermanos, el auténtico jefe, conformaría su ejército por
cuenta propia y se lanzaría por fin a la conquista de aquella región, casi
imperceptible, que el pobre de Diego de Almagro no había podido sostener, muy a
pesar de todo aquel esfuerzo realizado y por el cual derrochó tantas vidas y
tantas inversiones.
Don Pedro de Valdivia lo lograría. Se adentraría en tierras irredentas y
se empaparía de las extrañas costumbres de aquellos pueblos desconocidos e
inestimados.
Porque las diferencias culturales entre españoles y nativos eran tantas y
tan diversas, que evaluadas en conjunto se asemejaba más a una inclaudicable discrepancia.
Pero aquellos impíos, no por salvajes adolecían de algún líder. Colocolo
y don Pedro eran de la misma edad. El americano era lonco venerado como sabio y
conductor del pueblo mapuche por casi medio siglo. El europeo no lo conoció
personalmente pero sin dudas lo padecería. La orientación política y militar
del cacique era estimada en todos los rincones del territorio y sus directrices
se ventilaban en virtud de la variedad de aprontes y de estímulos verificados
en la lucha sostenida por los naturales. Estrategias de combate que habían
surgido de las opiniones sugeridas por el viejo y querido lonco.
Colocolo poseía la virtud de enhebrar la estrategia, la elaboración de un
plan y su sistematización. A la capacidad de razonar con sentido común y afianzar
objetivos compartidos ante la aparición de lo desconocido, se le sumaba su
decisión y cautela para enfrentar una realidad que se manifestaba novedosa y
desafiante. Una vivencia original que debía ser resuelta frente a un contendor
ignoto, ante la incertidumbre, la perplejidad y la ignominia.
Dos historias disímiles, dos culturas contrapuestas, dos rostros que
probablemente jamás hubieran debido confrontarse. Pero la historia la escriben
aquellos que la viven mientras la van forjando y en ese andar se entrecruzan
sus avatares y hasta los imprevistos caprichos del azar.
Pero don Pedro había llegado preparado para el combate. Era noble y como
hijo de hidalgos, no desconocía sus deberes y su inclinación por las armas.
Había nacido en las postrimerías del Siglo XV, pero el año de 1520 lo encontró
conformando filas en el ejército del emperador Carlos primero de España y
quinto de Alemania, guerreando alternativamente en las campañas libradas en las
comunidades de Castilla. Entre las idas y venidas, también se animó al
entrevero en otras tierras europeas.
Formó parte del grupo que partió primero a Flandes y luego a Italia con
el objeto de consolidar la expansión del imperio ibérico. Un gigantesco e
inabarcable dominio castellano que parecía
precipitarse a un tiempo único e infinito de triunfos y festividades.
A los veintiocho años, constituido como un eminente militar, se
estableció en Salamanca junto con la mujer que tomó en matrimonio. Solamente
diez años extendió su ociosidad en compañía marital. En 1535, partió hacia
América, para nunca más volver a ver a su esposa.
Establecido en las indias occidentales, las primeras experiencias
americanas asentaron su carácter, le dieron a conocer una nueva sociedad que se
iba formalizando y comprendió la gama de intereses y de valores que se habían
puesto en juego sobre el nuevo mundo. Un fantasmagórico hemiciclo que cada vez
menos representaba una tierra de promisión, para asemejarse paulatinamente a un
improvisado campo de batalla entre los propios nativos.
Una apesadumbrada y elocuente sinrazón para aquellos indoamericanos que
constreñidos o apremiados padecieron de una paradoja. Se entregaron sumisos al
poder y al proyecto extranjero con voluntad de desembarazarse del rigor
impuesto por los pueblos locales más poderosos, sin advertir que habían
renunciado definitivamente a su libertad y a su cultura. Valores que
desaparecieron postrados por el propósito de los invasores.
Los sucesivos episodios en el nuevo mundo fueron fijando un rumbo
específico en el porvenir de don Pedro. Los entretelones expuestos y
desarrollados durante los lances entre rencores y vanidades desgajados por los
españoles en territorio venezolano le hicieron cambiar muchas de sus actitudes. Cobijado en el continente, reescribió y repensó
sus objetivos. Estimó vital fortalecerse, ganar confianza de quienes convenía
para calibrar, medir y elucidar estrategias.
Envuelto en aquel juego de comparaciones, Pedro de Valdivia descubrió que
debería atender más el plano personal que el interés de conjunto.
La decisión de partir hacia el Perú, puso en valor precisamente, la razón
de luchar por un proyecto propio.
Cuando los hermanos Pizarro vencieron a Diego de Almagro, por la puja y
reclamo de los dominios riquísimos de los Andes, precipitadamente procedieron a
juzgarlo. Su pretensión descomedida dijeron, debería ser castigada conforme
rezaban las leyes de la península. Lo encarcelaron y posteriormente lo
condenaron. Aquella trama, que había quedado definitivamente resuelta, ensalzó
por un lado las apetencias pizarristas, pero por el otro significó para
Valdivia un importante primer escalón en su propio crecimiento. Haberse
inclinado en favor del triunfador de la compulsa fue una decisión muy bien
resarcida con una importante porción del territorio boliviano y con minas de
plata de la ciudad de Potosí.
Sin embargo, aunque parezca un juego de palabras, a veces lo conforme se
torna disconforme si no conforma suficientemente y convierte entonces en
insatisfechas las apetencias. El noble e ilustre español pretendía todavía algo
más que riqueza y territorio.
Su familia era poseedora en España
de suficientes títulos y blasones que le hubieran garantizado una vida plácida
y distendida sin necesidad de haberse trasladado a la tierra nueva. Pero don
Pedro reclamaba para sí otra cosa. Un halago mayor que la pretendida
tranquilidad del metálico y la dicha de las vastas extensiones.
Se había desplazado de continente envuelto en la esperanza de que el
tiempo que le restaba por vivir lo cubriera de gloria. Estaba convencido de que
su función en el nuevo mundo equivaldría a cumplir con un mandato del altísimo.
Un precepto muy superior al mero beneficio terrenal.
Resuelto a que su nombre quedara plasmado en la historia, se constituyó
en uno de los pocos peninsulares entusiasmados con avanzar sobre una tierra sin
certezas. Chile era todavía una incógnita. El ejército del inca jamás había
quebrantado su frontera. El mapuche era un pueblo aguerrido, indómito y no
existía seguridad respecto de que su animosa intromisión le deparara demasiadas
satisfacciones económicas, ni que se viese colmado de vastedad de territorio,
ni que lo compensara con miles de brazos esclavos para el laboreo rural. Sin
embargo, aquella zona que los quechuas denominaban Chile y que no poseía
siquiera significativas extensiones con acreditadas zonas de labranza, lo
aguardaba. No para sembrar seguramente. Pero quizás sí para intentar implantar
la gloria del señor, como exigía la santa iglesia y por qué no, a través de su
briosa intención, el deslumbrante milagro de la incorporación de la cultura, la
lengua y las artes de comunidad castellana.
Chile representaba en el ideario de conquista de los peninsulares un
lánguido y angosto paso entre montes elevados y el mar brioso. Un angosto
cinturón conformado entre la ladera de montaña y la playa de arena áspera
bañada por las olas, que necesariamente habría que ir descubriendo,
conquistando y colonizando, sorteando avatares belicosos contra indios de poca
amistad y ganando territorio cada vez más hacia el sur, consolidando el triunfo
a expensas de la fundación de asentamientos, garantizando heredad para cada
predio y afianzando en cada victoria el buen nombre del adelantado, caballero e
hidalgo, instalado en el sitial de honor, en el centro del poder político y en
clara representación de la autoridad del monarca.
La marcha hacia Chile significó también, debemos recordarlo, cuantiosa
acumulación de deudas para Valdivia, quien no fue precisamente beneficiado
económicamente por Pizarro. El líder peruano se limitó a dar rienda suelta a
las intenciones expansionistas del pretendido conquistador, pero lo abandonó en
medio del esfuerzo de sus preparativos y lo supeditó a su propio esfuerzo,
librándolo a su suerte.
Por esa razón tal vez, don Pedro recordó su padecimiento en su antiguo
confinamiento cuando recién llegado de ultramar, recurrió a la ayuda de aquel prestamista del grupo Welser que había
conocido en Venezuela llamado Francisco Martínez. El financista acordó invertir
en aquella extraña campaña hacia el sur del Perú, con la promesa de que se
repartiesen entre ambos las utilidades en metálico que fuesen encontrando.
La escandalosa empresa en cantidad de hombres, revuelta y enajenada,
promovida por una esperanza lejana y poco convincente, partió del Cusco con
pertrechos de todo tipo, caballos, carpas de campaña y armas.
Desde mucho tiempo atrás, Chile se había transformado en una región
desesperanzadora para los españoles, en un bastión miserable e inaccesible. Una
tierra reconocida como exenta de oro y ocupada por habitantes hostiles y
belicosos.
Después de la fallida y malograda expedición de Diego de Almagro, que
había calado hondo en los colonos residentes y que fuera mencionada como la
travesía más infructuosa e innecesaria de todas las que se habían intentado en
el nuevo mundo, no quedaban peninsulares decididos o interesados en participar
de aquella aventura.
A pesar de todos los empeños de Valdivia y de los aportes en metálico de
ese tal Martínez, fueron muy escasos los soldados que se inscribieron al
convite y muy pobres las cantidades de raciones de alimentos acumuladas para la
expedición.
Finalmente, ante la evidencia de la exigua participación y del alicaído
entusiasmo, el jefe español aceptó incluir en la repartija de los beneficios a
un nuevo y potencial financista. Un hombre recién llegado de España que también
blandía la autorización del rey para gobernar las tierras consignadas al sur
del Perú hasta el Estrecho de Magallanes. Muy poca sopa para tantas cucharas.
Era evidente a todas luces que a Valdivia le había surgido en este Pedro
Sánchez de la Hoz, un nuevo competidor que
también poseía legítimos títulos reales. Habilitación comprobada y suficiente
como para poder resarcirse con el futuro territorio a conquistar.
Desde luego que desde el primer atisbo entre ambos, los dos peninsulares
advirtieron que tenían para ganar y para perder porciones equitativas y que por
ello sería sumamente necesario reconocer que deberían llegar a un acuerdo.
A instancias del propio Pizarro, quien merodeaba, intercedía, opinaba y
hasta recelaba entre los caballeros, los interesados resolvieron que la campaña
de conquista recaería específicamente en Pedro de Valdivia y que los pertrechos
militares, los soldados y hasta los caballos, serían aportados por Sánchez de
la Hoz. El hombre conocía bien el ambiente desde tiempo atrás, había
participado en la conquista del Perú, luego retornado a España cargado de oro,
para posteriormente regresar al nuevo mundo con el objeto de continuar
acumulando tesoros para su propio peculio.
Parece ser frecuente que el alma de los hombres se torne inconstante,
dubitativa, temerosa, antes de optar por algún sendero promisorio. Una
situación que acontece invariablemente hasta que el individuo se deslumbra y
reconoce frente a su persona la luminosidad del oro. A partir de ese instante
presiona para abrir todas las puertas y junto con aquella azarosa avanzada van
desapareciendo todas las indecisiones. Entonces el camino comienza a
desplegarse, a orientarse hacia el único y legítimo objetivo.
El deseado financiamiento, que había parecido inalcanzable hasta ese
entonces para Valdivia, se había conseguido con la misma condición que había
impuesto el primer inversionista, dividiendo en partes iguales los futuros
beneficios. Una sola cuchara para tres comensales.
Por fin y a regañadientes la expedición se puso en marcha.
Pero don Pedro de Valdivia solamente deseaba construir un imperio
personal que le otorgara fama, poder y un lugar en la historia. El hombre sabía
perfectamente que jamás obtendría los beneficios pecuniarios que los Pizarro
habían hallado en el Perú. Pero quizá, tal vez, el reconocimiento imborrable de
su nombre y de sus hazañas quedara signado para siempre entre los futuros
españoles.
Andando la comitiva, comenzado el desgranamiento de leguas hacia el sur
del continente, una desagradable sorpresa tiñó de oscuro el emprendurismo. Por
una razón o por otra se declararon ausentes a la cita ambos socios
capitalistas. Fuera como fuese, la comitiva persistió en la marcha.
Sugestivamente, como veremos después, varios españoles iban sumándose a la
expedición. Grupos humanos de diversos rincones se fueron animando a
incorporarse, llegados de otras latitudes peruanas y con objetivos disímiles,
mostrándose interesados por la travesía consignada.
Poco a poco la caravana incrementó a más de cien europeos caminando y
soñando posesos con el mismo encantamiento. Junto con ellos y con quienes iban
a caballo, miles de indios deambulaban a pie y descalzos.
La escandalosa novedad constituyó la puesta en
marcha del innumerable elenco o compañía. Esa desaforada pandilla, las huestes
de Valdivia transitando por una estrecha angostura de la costa hacia el sur y
sobre el camino del inca. La inenarrable épica sorprendió a todos quienes se
iban enterando de tamaña epopeya.
Al conjuro de la caravana, la noticia se fue extendiendo y aquellos
españoles desperdigados sobre el territorio, como falsos héroes de antiguas
batallas, fueron incrementando el convoy.
Entre ellos Francisco de Villagra.
Mientras descansaban de su peregrinación habiendo establecido campamento
muy cerca de san Pedro de Atacama, Valdivia fue informado de que muy próximo a
ese lugar se encontraba un viejo amigo, un compañero de antiguas campañas
bélicas europeas, quien había obtenido la libertad de discernir respecto de sus
propias determinaciones en el continente por descubrir y por consiguiente,
había decidido encarar sus propios proyectos de conquista e iba redactando
pormenorizadamente todas sus andanzas personales. Don Pedro sintió el deseo de reencontrarlo,
de recordar las trayectorias compartidas. Se propuso entonces llegarse hasta su
morada acompañado por un grupo de jinetes con la intención de saludarlo.
Como sucede en otras ocasiones empapadas con paradojas, aquel sorpresivo,
inesperado y entusiasmado empeño por establecer una reunión con su respetado
camarada, le salvó la vida.
Una de esas noches, Pedro Sánchez de la Hoz, quien como recordamos
debería haberlo acompañado en la peregrinación al sur como socio y parte del
proyecto, pero que por el contrario había decidido estacionarse demorado en el
Cusco, se precipitó en forma sorpresiva dentro del campamento con un nutrido
grupo de acompañantes. Una vez allí, sigiloso, se acercó a la tienda
supuestamente ocupada por Valdivia con la intención de asesinarlo, de separarlo
definitivamente del proyecto de conquista para apoderarse personalmente del
mando de la expedición.
En aquella sencilla y rústica tienda de campaña, lugar que había sido
elegido como propio aposento por el conquistador, se encontraba descansando su
amante, doña Inés Suárez, una española de familia de artesanos y viuda
consuetudinaria de un marido que había viajado al continente redivivo sin ella,
había sido encandilado por la apetecible oferta que representaba el imperio
peruano y no había retornado jamás a España. Por consiguiente, doña Inés, jamás
había vuelto a verlo con vida.
Mucho tiempo después de que el hombre partiera al nuevo mundo, la
sufriente y joven dama fue capaz de acceder y alcanzar con sus súplicas al
monarca. La regia intermediación habilitó la posibilidad de que la pobre mujer
obtuviese la gracia del rey para realizar el ansiado viaje del reencuentro.
Pero al llegar a la ciudad de Lima, espléndida y jubilosamente preparada para
vivir en comunión con el amor de su vida, recibió la infausta noticia de que su
esposo había muerto en batalla.
La atribulada doña Inés entonces, como la llamaban cariñosamente,
compareció de cuerpo presente ante Pizarro, el adelantado, representante del
ilustrísimo monarca hispano en el imperio andino. El muy distinguido y
servicial con las damas, don Francisco, educado y magnánimo con aquella
notable, refinada y todavía bella viuda y como consecuencia de las muchas penas
y avatares por los que había atravesado, la muy bien gratificó, satisfaciéndola
con una suerte en encomiendas y con una parcela a su nombre en la ciudad de
Cusco.
Vecina de su heredad, se localizaba el terreno concedido a Pedro de
Valdivia. Las voces soliviantas se atrevieron a decir que esa fortuita
situación los unió en intensa afinidad y profundo clamor íntimo y compartido.
Pero no podemos afirmarlo a ciencia cierta y tan sueltos de cuerpo.
Lo que podemos asegurar entonces es que cuando el extremeño accedió a la
obtención del beneficio de la reclamada, exigida y pretendida expedición hacia
Chile, la dedicada, finísima y tan amable vecina solicitó de inmediato la
autorización para acompañarlo. Pizarro le otorgó la dispensa pero en carácter
de doméstica del conquistador. Usted se imaginará, no vaya a ser que los
dignatarios de la iglesia se opusieran a que un hombre casado viajara con una
supuesta amante. Que dios no lo permita.
La doña Inés entonces, sumisa y devota, resignada a la palabra del hombre
vestido de negro y sacrosanto y de la santa iglesia, aceptó la hipocresía y a
través de aquel embuste piadoso y comprensible, se transformaría con el tiempo
en la primera mujer europea en pisar suelo chileno.
Pero volviendo nosotros al escabroso tema de
la inquina entre peninsulares, que sin presumir o adivinar hipótesis para
ventilarlas como confirmaciones inexactas nos estamos figurando como el posible
asesinato de uno de ellos, podríamos deducir que la mujer, muy a pesar de
permanecer sumida en sueños, fue absolutamente capaz de escuchar voces y
observar asimismo movimientos inesperados dentro del humilde y sencillo recinto
noctámbulo que habitaba. Hasta que por fin hubo confirmado el ingreso de los
atacantes a la elemental toldería y sin dudarlo ni demorar un instante, habría
encendido la alarma a través de agudos y vociferados griteríos e improperios que sobresaltaron
inmediatamente a los adormilados cristianos de las tiendas vecinas, quienes
fieramente enardecidos, acabaron con el desgraciado episodio arrestando y
engrillando al tal Sánchez de la Hoz junto con sus cómplices.
Por supuesto, como era de esperar, al descubrir que el líder de los
capturados era nada más ni nada menos que aquel mismo ser humano a quien
todavía consideraban socio del que debería haber perdido la vida asesinado, los
rescatistas optaron por convocar urgente al titular de la tienda en cuestión
para que decidiera sobre el futuro de aquellos quienes inmediatamente después
de apresados, fueron declarados como contumaces y porfiados asesinos,
extremados y recalcitrantes miserables.
A su regreso varios días después de los acontecimientos, el extremeño
obró con la cautela de un enjundioso calculador. Pudiendo haber declarado
culpable al reo y sentenciado al patíbulo, Valdivia en cambio prefirió
perdonarle la vida al tan renombrado Sánchez de la Hoz, pero a condición de su
renuncia a todos los beneficios que le hubieran correspondido. De esa forma se
excusó de los posibles reclamos pecuniarios de quien había aportado algunos
emolumentos en la campaña chilena. Con el resto del grupo tomó otra decisión,
lisa y llanamente los desterró de Chile. Sólo perdonó y sumó a su contingente a
uno de ellos, Francisco de Ulloa, porque el muchacho, ya veremos de qué manera,
se ganó su confianza.
Este Francisco Ulloa, era un joven pero experimentado soldado de varias y
disímiles campañas. Había pertenecido a los desmedidos ejércitos de Cortés en
México y por su propia cuenta y orden había recorrido el golfo de California.
Posteriormente se había unido también al grupo de Pizarro en Perú. A partir de
aquella circunstancia, se relacionó con Sánchez de la Hoz y fue enviado junto
con él a territorio chileno. Cuando Valdivia escuchó su experiencia en el
continente, decidió sostenerlo en su grupo.
Terminado el período de reposo y concluidas aquellas turbulencias
relatadas y originadas en móviles inconfesables, la caravana reinició el
trayecto a través del desierto de Atacama.
La inmensa romería en forma de tropel estaba conformada por más de ciento
cincuenta hombres, de los cuales cien iban a caballo. Además, alrededor de mil
aborígenes a pie descalzo formando parte del convoy que se completaba con dos
sacerdotes para beneplácito y regocijo de las almas.
Había que aprender a caminar de a miles, despacio, a los tumbos y tratar
también de soportar aquel infierno de hervores, de fríos, de olores pestilentes
y de hambrunas. Pero, como suele ocurrir
siempre ante los imponderables emanaban de repente cuestiones inasequibles. A
expensas del calvario del calor sobre todo, se iba revelando una cuestión
crucial, acuciante, cada vez más evidente, la muchedumbre no podría cruzar al
mismo tiempo aquel desierto infatigable.
La gran mayoría de los españoles lo había advertido. Valdivia comenzaba a
padecer parte del calvario que había soportado Almagro.
Envueltos en la vastedad de la nada, en el vacío de la necesidad, en la
perplejidad de lo desconocido, una multitud desprotegida e inmanejable no
debería haberse lanzado a caminar sobre terreno inhóspito, inhabitable. Sobre
todo teniendo en cuenta cómo había definido aquel territorio la gran mayoría de
los peninsulares. Nada más ni nada menos que un ámbito expulsivo antes que
contenedor.
Los trashumantes hispanos sabían a través de la experiencia anterior de
Diego de Almagro e inclusive por las aseveraciones de los propios aborígenes
que marchaban junto con ellos, que distanciadas por un día de camino, era
probable que encontraran fuentes de agua, oasis naturales en pleno desierto que
probablemente se agotarían sin piedad si los miles de caminantes llegaban
simultáneamente.
Pedro de Valdivia discutió el futuro proceder con el resto de los
ibéricos y entonces tomó la decisión. Decidido, optó por la misma estrategia
que eligiera don Diego en la experiencia anterior y sobre todo después de
reconfortase vivamente en parlamento con los reverendos padres de la iglesia se
encomendó al señor y a su señora madre.
El proyecto consistía en dividir la comparsa de hombres y animales en
cuatro grupos que partirían separados en otros cuatro días sucesivos, para que
los cúmulos de agua se fuesen recuperando jornada tras jornada.
El clima árido e hirviente se descompensaba entre el día y la noche y esa
eventualidad dificultaba el trayecto. Varios de los españoles presentes lo
habían experimentado en la malograda travesía anterior. La jornada era tórrida
con el sol entre cuarenta y cuarenta y cinco grados centígrados, pero a la luz
de la luna la temperatura descendía entre menos diez y menos cinco grados.
Los escasos estanques se agotaban cada vez que llegaba un grupo, era
cierto. Pero bastaba un solo día para que se recuperaran, ese lapso permitía
que el nuevo enjambre humano que lo abordaba, se abasteciera del preciado
líquido.
En el camino fueron encontrando cuerpo de animales y de humanos
seccionados, los restos cristianos por así decirlo, no eran otros que los
denominados como los “rotos” del grupo fallido y frustrado de Almagro, que por
millares fueron pereciendo en ese lento y doloroso itinerario. Yacían allí
todavía sin otra suerte que lamer el sol caliente y la sombra mortecina de la
noche.
Para desventura del propio Valdivia, había uno de aquellos entre la
marejada humana de sus actuales caminadores, Juan Ruiz se hacía llamar,
sobreviviente de aquello y después, durante todo el tiempo posterior, un
hambreado y abandonado a su mala suerte, solitario de soledad absoluta.
Un “rotito” de don Diego que se había animado a volver a intentar la
misma aventura a través del empadronamiento con don Pedro, porque no tenía
ningún otro entretenimiento o razón mejor con la cual justificar su
infelicidad.
Ese pobre incauto, desventurado y doliente, desató su cálculo o previsión
personal sin que absolutamente ninguno de los desgraciados partícipes se lo
reclamara e inundó con su alegato de desaliento la mínima esperanza entre los
hombres. El infeliz promovía el regreso al Perú en forma precipitada. Auguraba
desdichas e incapacidad de alimentación para todos. Indefectiblemente morirían,
advertía, tal y como había sucedido en la anterior expedición.
En cuanto Valdivia fue enterado de la desafortunada apuesta que blandía
en forma permanente y en estado de desesperación aquel desgraciado soldado,
tomó una decisión ejemplar y urgente, decretándole la horca como castigo y
acusándolo de traición.
Concluido aquel desagradable episodio, ordenó de inmediato que la
interminable marea humana, que paradójicamente no se había percatado, ni
escuchado, ni reconocido en su totalidad, esas intenciones pronunciadas por
aquel destemplado, se desplazara ante el cadalso e identificara con sus propios
ojos el remedio recetado por el líder benemérito y gran caballero español para
aquellos quienes se animaban a enfrentar su reglamentación. Posteriormente,
habiéndose asegurado que cada uno había reconocido e identificado aquella
recompensa final, extendió la orden de continuar con la peregrinación.
De esa manera se sucedieron alrededor de dos meses largos de camino
desértico. El primero de los grupos, que marchaba bastante más adelantado con
el objeto de reconocer el rumbo, descubrió que las famosas fuentes naturales
que iban apareciendo en el sendero estaban totalmente secas y que los
renombrados pozos de agua que los indios identificaban claramente estaban
agotados. Ante aquella infortunada circunstancia, la avanzada estimó abortar la
prosecución del trayecto y decidió entonces retroceder, procurando el
reencuentro con los demás contingentes atrasados.
La cautela y el repliegue aparecían como precisas y pertinentes opciones.
Mientras tanto se iría considerando una nueva maniobra. Una acción aleatoria
que proveyera el intento de salvación para la inmensa cantidad de hombres y
animales, envueltos en esa encrucijada del destino, atrapados y sin ninguna
esperanza de sobrevida.
En medio de aquella aguda consternación, los caminantes se percibieron
como revueltos en la perplejidad, desesperanzados. Casi subyugados por las
inclemencias de la naturaleza. La coyuntura se había tornado incierta. Pero es
verdad también que en ciertas ocasiones la
inesperada contingencia de la realidad desencadena circunstancias que en
forma de espasmos el sentido común no alcanza a descifrar.
Para sobresalto de los inminentes condenados, un acontecimiento inédito e
improcedente convulsionó la jornada y forma repentina precipitó un inopinado
cambio.
Ensimismada y distante, como obnubilada alrededor de sus meditaciones y
sobrecogida dentro de un pozo de arena, se hallaba aposentada nuestra siempre
evocada señora doña Inés, quien como todos los abandonados de la gracia divina,
yacía atormentada. En silencio, entonces, afligida, casi inmóvil, giró su
mirada en derredor y atropelladamente convocó a un indio yanacona a excavar
debajo de la superficie donde permanecía asentada, vaya a saber uno haciendo
qué determinada cuestión.
El aborigen comenzó a despejar el lugar exacto
con sus manos resecas, descoloridas, deshidratadas. En silencio pero con
movimientos desacompasados y enérgicos aquella porción de arena que había
servido de habitáculo de la mujer hasta ese instante, gradualmente fue
amparando el milagro.
El agua cristalina, turgente, impetuosa, comenzó a brotar a empellones
desacompasados y todo el cuenco natural que hasta ese momento ella había
ocupado con una de las partes pudorosas de su cuerpo, desbordó con el líquido
elemento tan transparente y abundante que superó las expectativas de la
totalidad del gentío impávido, abasteciéndolo inagotable y sin límite.
Las caprichosas versiones de la historia,
impondrían un reconocimiento merituado a ese emplazamiento sacramentado. Con el
correr del tiempo el paraje prodigioso comenzaría a renombrarse como la aguada
de doña Inés, por demás justificado el asunto y respetando agradecidos al
designio divino que había socorrido de tremenda emergencia a tantos seres
humanos y animales anónimos.
Aquella oportuna y conveniente experiencia de vida, acreditada como la
pericia o destreza de la transmigración humana a través del desierto, fue
asemejada categóricamente por los dignísimos caballeros castellanos a una
célebre parábola bíblica. Era el señor dios de los ejércitos que marcaba el
itinerario a los penitentes y eran sus discípulos terrenales, entonces, como
apasionados sacerdotes peregrinos, quienes recibían la bendición celestial del
camino transitado.
Mientras tanto, los días se sucedían como un despropósito. Las noches
sorprendían ateridos a cientos de seres humanos y animales. Los hombres
sencillamente se estremecían, se congelaban o morían de frío. Los indios y los
negros, más fuertes o más conocedores del ambiente desapacible, de todas
maneras también caían como racimos. La gran mayoría de los hombres quedaban
rígidos, tiesos sobre el camino. Los cuerpos exánimes iban dejando una estela
lúgubre, señalando el trayecto, como un reguero atroz de carne y podredumbre.
Exactamente el mismo contexto y circunstancia que había acontecido durante la
anterior peregrinación almagrista.
Recién en el mes de octubre de 1540 se asomaron a las estribaciones del
valle de Copiapó. Habían iniciado la travesía en enero de ese año. Allí se
asentaron, hombres y animales reposaron unos días. Pero el relajamiento fue
abruptamente cercenado. Fueron sorprendidos por los diaguitas, el pueblo local
los identificó y los embistió con alrededor de ocho mil guerreros. A pesar de
la fatiga y el agotamiento, la refriega fue un triunfo español sobre los
millares de hombres que combatieron semidesnudos. El arcabuz y las espadas de
hierro pudieron sobreponerse a pesar de la
debilidad y de la mala alimentación. Valdivia entonces, congratulado por la
victoria y facilitado en su proceder por la inacción de algún que otro lonco
que lo dejó hacer, estableció que toda aquella región se denominara como Santiago
de la Nueva Extremadura, en homenaje a su tierra natal española.
Ante una colosal cruz de madera ordenó la formación de su ejército y
dictaminó que se oficiara un tedeum. Con la bandera de Castilla enarbolada,
entonces, tomó posesión del valle con profundo homenaje y sentimiento para el
rey Carlos primero de España. En realidad, el pretencioso y soberbio capitán
debería haber formalizado el acto en nombre de su jefe directo en el
continente. El adelantado don Francisco Pizarro, de quien Pedro todavía era su
lugarteniente. Aquella circunstancia desenmascaró la intención de Valdivia. No
era otra que la misma que perseguían todos los peninsulares puestos a mandar y
negándose a obedecer, apoderarse de las jurisdicciones que se iban ocupando a
partir de cada nueva fundación.
Quiérase o no, la instauración de la Nueva Extremadura contribuyó a
cimentar los egos un poco alicaídos del ilustre capitán, quien observaba con
acompasados lamentos lo infausto y oneroso que resultaba cada avance de la
travesía.
Posteriormente retomaron el camino del inca. Valdivia refrendó su más
ansiado objetivo, continuar avanzando hacia el sur hasta el Estrecho de
Magallanes.
Sobre aquel rumbo fueron surgiendo conglomerados dispersos de aborígenes
que intentaron sin suerte oponerles resistencia. Desorganizados y de improviso
aparecían. Al experimentar en el propio cuerpo la descarga de aquel instrumento
de muerte descomunal y desconocido, se desconcentraban de inmediato.
Tampoco fue que en todos los parajes sucedió lo mismo. Fue insoportable
para los peninsulares, por ejemplo, la enérgica actitud del cacique
Michimalonco que persistía en privarlos de continuar su peregrinaje. En
realidad se estaba gestando un conflicto al interior de la comunidad amerindia.
Había estallado la discordia entre caciques. El líder aborigen, que no se
resignaba a que los extraños avanzasen sin contención ni prejuicios, no había
tolerado el silencio y la parsimonia demostrada por el lonco Vitacura, cuando
estático se limitó a observar el emplazamiento de la formación militar que
bautizaba con palabras inconcebibles aquel valle de su comarca.
Es que don Pedro se había apoderado sin miramientos de toda aquella zona
como si estuviese desértica. No de almas, sino de instalaciones. Sin embargo,
desde el sitio en el cual implantó la cruz colosal hasta la confluencia del río
Picunche, que posteriormente bautizarían como Mapocho, bien entrado el
territorio en los Andes, la zona estaba ocupada por aldeas que se referenciaban
con los incas. Comunidades derrotadas primero e incorporadas después al imperio
del sol bajo la configuración de mitimaes o colonias. Esas localizaciones
estaban obligadas por el rey peruano a pagar su tributo en oro y a conducirlo
personalmente al Cusco. Por esa razón, justamente, algunos caciques aceptaron de buen grado que aquellos fulanos, quienes
anteriormente habían vencido precisamente a los quechuas, ingresaran a Chile.
Otros jefes indios en cambio observarían con recelo aquel peregrinaje y lo
definirían como una auténtica expansión invasora que estaban decididos a
evitar.
Fue precisamente en medio de aquella soledad y en muy pocos días, sobre
lo alto del Huelén, que don Pedro de Valdivia estableció para siempre la ciudad
española de Santiago de la Nueva Extremadura, aprovechando que la bifurcación
del Mapocho, provocada por el cerro en cuestión, dejaba plantada una suerte de
isla, como un valle entre ríos, que los españoles calculaban que obstaculizaría
los aprontes belicosos de los aborígenes. Se establecía así la ciudadela sobre
la ruta de varias aldeas con numerosos habitantes que hasta entonces circulaban
cotidianamente por ese camino a ofrendarle tributo y a agradecerle a Viracocha,
esencialmente durante la festividad del Inti Raymi desde el cerro El Plomo.
Hombres sencillos y humildes que a partir de aquel instante y consolidada la
dominación, se transformarían sin presentirlo siquiera, en mano de obra barata
para la explotación de las minas que los españoles continuamente añoraban
encontrar y apoderarse.
El día 12 de febrero de 1541 entonces, Valdivia fundó Santiago de la
Nueva Extremadura a los pies del Huelén, que en Mapudungún quiere decir piedra
del dolor. Cerro que inmediatamente rebautizó con el nombre de santa Lucía por
tratarse de esa fecha santoral. Sin embargo, algún tiempo después y por
estricto interés pecuniario, como quedará dicho, el propio adelantado se asentará en la ciudad de Concepción, cautivado
por la inmensa cantidad de habitantes aborígenes y por el pasmoso circular del
oro entre sus callejuelas.
Todos los fundos, ciudadelas, aldeas, repoblaciones, eran diagramadas en
damero. Los invasores estaban convencidos de que esa estrategia les
garantizaría el férreo control militar de todo el perímetro habitacional.
Pasado unos meses de haberse establecido, llegó una noticia desde el Perú
que sobresaltó a los peninsulares chilenos. La especulación alertaba respecto
de que los almagristas habrían asesinado a Pizarro y una vez comunicada la
especie a la corona, el rey podría destacar para ese cargo a otro dignatario.
De ser cierto, las suertes de tierra asignadas por Valdivia y hasta su propio
cargo en Chile delegado por el supuesto asesinado, podrían quedar en vano. Por
ello, el extremeño acordó con sus más allegados una resolución de apuro pero
tranquilizadora para con la justificación de todos sus beneficios, se hizo
nombrar en junio de 1541 gobernador general de Chile por el cabildo,
consolidando de esa forma y dando por justa reglamentación sus propias
decisiones políticas establecidas hasta entonces.
Probablemente fuera cierto que el rumor de la desaparición física del
máximo jefe del Perú lo hubiese precipitado a tomar determinaciones prontas y
aceleradas. Pero el propio don Pedro no se resignó con esa especie. No aceptó
lisa y llanamente aquel rumor. En consecuencia prefirió organizar un viaje para
corroborar en el Perú y personalmente lo sucedido. No toleraría extraviar las
suertes de tierra otorgadas en el Cusco por el viejo líder hipotéticamente
abatido.
La nueva aldea santiaguina iba creciendo y ampliándose, tapizada de construcciones
de barro, piedra, madera y paja. Una plaza central a cuyos lados se erigieron
los edificios administrativos. La iglesia principal incólume regía el ambiente
por el cual circulaban la mayoría de los vecinos. Más apartado, se distinguía
el ámbito del gobernador y un poco más lejos la cárcel y la acequia que vertía
desde el Huelén y abastecía el poblado.
Casi todas las semanas, el adelantado se agenciaba de un nutrido grupo de
hombres a caballo y salía a reconocer el terreno. Estaba convencido de que
alguna aldea le señalaría el sitio desde el cual se recababa el oro que en
grandes cantidades aquellos aborígenes dispensaban al inca en forma de tributo.
En ciertas oportunidades, el jefe y sus hombres, habían demorado todo un mes en
volver a la ciudadela, por lo cual Valdivia dejaba encargado como gobernador
suplente a un confidente de mucha certidumbre. Toda una garantía de confianza que ostentaba los cargos de presidente del
cabildo de Santiago y de teniente general. Además de ser un íntimo consejero
que lo había secundado durante el proceso de reclutamiento de soldados en el
Perú, en vísperas de la campaña hacia Chile. Se trataba de Alonso de Monroy.
En una de aquellas intempestivas incursiones de sable y caballada, le
cupo a Valdivia enfrentarse al cacique Michimalonco, decidido como estaba a
impedir el avance español por su territorio. El líder indio poseía el registro
en su memoria. Recordaba muy bien que tiempo atrás había recibido primero y
expulsado después al primero de los extraños, don Diego de Almagro y estaba
convencido de que en esa oportunidad sucedería lo mismo.
El enfrentamiento se transformó en una batalla tremenda. Durante tres
horas mantuvo en vilo a los contendores aborígenes de ambos bandos. Tan
elocuente fue la lucha encarnizada de indio contra indio que en la refriega
murió solamente un español.
El gobernador ordenó capturar vivo al cacique para que indicara el sitio
en el cual se extraía el preciado mineral. La pretensión y el argumento de don
Pedro establecían que todo el pueblo del jefe indio trabajase para extraer
aquel oro del que a partir de entonces, únicamente dispondrían los
peninsulares.
Michimalonco apresado fue intimado a negociar, a cambio de la libertad
propia y la de su pueblo. En consecuencia guió a los españoles hasta las
quebradas de Marga Marga. Durante meses más de mil indios trabajaron extrayendo
y lavando el precioso mineral ante la supervisión del propio jefe supremo de
Santiago. Además, a orillas del Aconcagua, el despabilado líder extremeño
ordenó construir un bergantín para enviar el oro al Perú y desde allí hacia
España. Ventilando y enrostrando intensamente el color y brillo áureo en la
península, don Pedro estaba convencido de que el regreso de la nave de velamen
acarrearía españoles entusiasmados con la experiencia americana y con sus
resultados positivos, decididos a participar en la conquista de Chile.
Pero a veces el destino desacredita las decisiones de aquellos mortales
que creían forjarlo y a principios del mes de marzo, unos meses después del comienzo
de la labor extractiva, le fue entregado intempestivamente al señor gobernador
un recado especial de Monroy, que como recordarán, reemplazaba a Valdivia en la
ciudad santiaguina. Su estimado aliado y hombre de confianza le advertía que una conjura contra su vida se
estaría gestando desde el Perú. Un atentado con aroma a venganza, alentado
nuevamente por su antiguo socio Sánchez de la Hoz. Ese mismo que el porfiado y
especulador don Pedro ahora amenazado había dejado en libertad en la patética
oportunidad que consignáramos anteriormente y que con tamaña empresa el tal
Sánchez de la Hoz, evidenciaba no resignarse a perderlo todo y por consiguiente
buscaba justo resarcimiento.
Valdivia entonces dejó apostado a un responsable en las quebradas de
Marga Marga y regresó inmediatamente a Santiago. Se hizo fuerte en la ciudadela
apoyado por sus lugartenientes y aguardó que los acontecimientos se
precipitaran. Pero sin embargo no fue aquella la novedad que recibiría. No. Fue
otra información desesperante la que puso en alarma al ilustre gobernador que a
esa altura de los acontecimientos, no ganaba para sustos ni para suspiros. Una
desastrosa escena bélica aparentemente se había producido a orillas del
Aconcagua, en el lugar preciso y desde el cual se trabajaba con el mineral
áurico. Los únicos dos sobrevivientes de la masacre aborigen perpetrada por los
loncos Trajalonco y Chigaimanga, habían llegado espantados a Santiago para
avisarle al desconcertado don Pedro que el epicentro de operaciones extractivo
establecido en Marga Marga se había perdido estrepitosamente.
Pero cómo podía suceder aquello. Qué infortunio habría acontecido como
para que el precioso lugar de los anhelos se truncara para siempre.
Los loncos habían sublevado a su pueblo con la esperanza de desembarazarse
de los españoles antes de que llegase un grupo mayor desde el Perú.
Confabulados sobre la base de un ardid, los aborígenes condujeron a los hispanos a un despeñadero simulando mostrarles un
lugar secreto pletórico en mineral precioso. Instalados la inmensa mayoría de
los castellanos ante el barranco, fueron despeñados en masa por presión de la
muchedumbre, luego de lo cual los indios incendiaron todo el sitio hasta
hacerlo desaparecer.
Con el retorno cauteloso y timorato de Valdivia a la ciudad de Santiago,
sumado a la noticia posterior producida en la quebrada de Marga Marga, regresó
también la sensación de baja autoestima en los moradores santiaguinos y el
deseo de algunos de terminar esa experiencia y regresar al Perú, de donde
pensaban tal vez, no deberían haber salido nunca hacia la pobres y vanas
tierras chilenas. Las amargas frustraciones y las dudas sembradas para el
futuro, generaron que un grupo de peninsulares diera inicio a una sublevación.
El adelantado inmediatamente interpretó esas consideraciones como una afrenta
personal y decidió castigar aquella osadía que consideraba casi como una blasfemia. Dio la orden entonces de aprehender a
los injuriosos y condenarlos a muerte con el cargo de conspiradores. Así se
hizo. Sus cuerpos permanecieron en la horca varios días como muestra de lo que
podía suceder con quienes no cumpliesen los designios del gobernador, colgados
ante la vista del que quisiera enterarse y en lo más alto del paradójico peñón
del Dolor.
Pero de todas maneras, la gente no había quedado suficientemente
tranquila después de lo sucedido en la minera y comenzaba a temer por la
reacción general de los aborígenes. Aquella circunstancia del barranco,
convulsiva, de aristas oníricas o novelescas, por la cual se había producido una masacre entre los invasores circuló por todo el
valle, se cimentó entre los naturales y terminó robusteciendo la identidad y la
postura indígena. Varios caciques se propusieron ejecutar su sensatez,
establecieron un cónclave y se conjuraron vencer o morir por la defensa de la
libertad.
La expulsión definitiva o la destrucción final de los invasores se
transformó en una consigna definitiva y definitoria.
El cacique Michimalonco tomó la iniciativa y convocó a sus pares. Expuso
un plan estratégico estructurado mentalmente a partir del cual las huestes
confederadas aborígenes cercarían las adyacencias de Santiago neutralizando
cualquier respuesta española, inhabilitándolos a salir de la ciudadela e
incapacitándolos a pertrecharse de los insumos básicos. La expectativa de los
líderes indios era que los hispanos se vieran obligados a salir en búsqueda de
sus bastimentos, de los enseres
imprescindibles para tantos miles encerrados entre las murallas imaginarias de
un poblado que carecía de respuesta para los europeos y para los millares de
yanaconas peruanos que tampoco se alimentaban y apenas subsistían con sus
desgracias. Una estrategia pergeñada al conjuro de aquella dilatada y tediosa
labor, conduciría invariablemente a que los invasores se fueran dividiendo,
obcecando, derrumbándose moralmente hasta que por fin se encontraran derrotados
en forma sencilla y definitiva por las fuerzas conjuntas de los loncos, quienes
entrarían a la ciudad para observarla desaparecer entre las cenizas.
Pero don Pedro de Valdivia no había pasado por la experiencia bélica
europea en vano. Muy claramente adivinó el planteo de la batalla y esperó el momento exacto para demostrar que todavía poseía
incólume el manejo de la táctica y la estrategia de la guerra aprehendida en el
viejo mundo.
Con las últimas providencias y recursos que pudo tomar en consideración,
ordenó que un grupo de hombres fuertemente armados saliera de la ciudadela a
campo abierto dispuesto a cazar literalmente a la gran mayoría de caciques que
sus esfuerzos le permitieran. Así se hizo. Varias jornadas después regresaron
aquellos peninsulares a la ciudad de Santiago con siete líderes capturados con
vida, a los cuales se los presionó para que los miles de aborígenes que
rodeaban la ciudadela trajeran provisiones para los avecinados. Alimentos que
negociarían a cambio de las vidas de los loncos. Pero sorpresivamente para el
gobernador, los naturales no se rindieron ante la expectativa o necesidad de
recuperar a sus líderes, antes bien, parecieron sostener y endurecer el
planteamiento del cerco urbano, procurando que aquella espera desesperada
derrumbara a los odiosos europeos.
Como la impaciencia es justamente la hija dilecta de la desesperación y
el jefe español preveía el infortunio, el desgraciado desabastecimiento y hasta
calculaba y temía una sublevación de sus propios coterráneos, se precipitó en
tomar una angustiosa decisión probablemente no bien balanceada, evaluando las
condiciones fácticas y las probabilidades de victoria de uno y otro bando en
pugna. Sin lugar a dudas, una arriesgada e intrépida iniciativa, mientras
todavía permanecía envuelto en la duda respecto de la determinación sobre la
vida o la muerte de los jefes indios cautivos.
Fue así entonces que el adelantado resolvió salir al exterior de la
ciudadela acompañado por noventa hombres de a caballo bien armados, para tratar
de influir de alguna manera en las decisiones de quienes desde afuera sólo
aguardaban que la derrota peninsular aconteciera por su propio peso.
Posiblemente el jefe español se convenció de que lo indios no
arriesgarían la vida de los rehenes y que entonces por ello se animó a reclamar
parlamento con las fuerzas opositoras con el objeto de intentar confluir en un
acuerdo beneficioso para ambos bandos.
Alonso de Monroy por supuesto, volvió a sentarse en el trono de Santiago
en calidad de regente sustituto en nombre del extremeño, protegido por un
reducido grupo de soldados armados y con apenas unos cientos de naturales
peruanos hambrientos, desnudos y desconcertados. Unos pobres infelices
empujados a sobrevivir inmersos en una escena impensada, utilizados como carne
de cañón y prefigurando una barricada de huesos empobrecida, famélica,
amontonada y enferma. Una desgraciada marea de penitentes, miserable y
solitaria entre miles de famélicos. Una corroída humanidad desabastecida y
abandonada a su escasa consolación.
Solamente medio centenar de soldados españoles y poco más de treinta
jinetes protegían la joven aldea levantada de barro, piedra y paja humedecida.
Los yanaconas, por ejemplo, transpiraban aterrados, escondidos, agitados y
azotados si intentaban escapar de la empalizada defensiva constituida por sus
desgraciados huesos.
Agazapados en los conglomerados en que se hallaban repartidos para
defender con el cuerpo la insolente plaza castellana, oteaban el horizonte y
seguramente iban prefigurando en qué se
transformaría el evento, al momento de divisar pasmados la avanzada de los
lanceros enemigos. Esmirriados y atónitos entonces, se apresuraron a advertirle
al sustituto de Valdivia.
Los indios enemigos habían
comenzado a acercarse a la ciudad desde cuatro flancos distintos y Monroy entre
desesperanzado y desesperado aceleró su decisión. Dividió por el mismo número a
su reducido, escaso y limitado grupo, especulando con la capacidad de resistir
la embestida inminente y por supuesto, también se encomendó a la santísima
virgen. Pero era demasiado tarde. Además, la diferencia en cantidad de
antagonistas era exasperante. Las fuerzas de Michimalonco, conformadas por
veinte mil guerreros con lanzas fueron la evidencia de que el desenlace tendría
un final anunciado.
El domingo 11 de septiembre de 1541 amanecería rojo sanguinolento, como
combinando ese color con las marcas del dolor de quienes serían los próximos
abatidos. El sol, despuntaba gigante y opaco, envuelto en una aureola salmón
profundo, entre rosa y anaranjado. Así aparecía sobre el horizonte ecléctico,
heterogéneo, como quizás nunca antes se había observado.
Las primeras y pequeñas luces naturales arremetieron impávidas, sin
muestras de dolor alguno, en silencioso espasmo entablillando esporádicas el
cielo sobre el cúmulo de sombras de distinta dimensión y diverso calibre.
Prominentes oscuridades heredadas salvajes de una noche que no se resignaba a
desaparecer.
Michimalonco evaluó la situación y se convenció de que debido a la escasa
visión del día que despuntaba, la minúscula defensa de arcabuceros no
resultaría efectiva al intentar el derribo de sus bravos y heroicos luchadores.
Muy probablemente los temblorosos traidores que las empuñaban sin conocer
aquellas armas extrañas, serían incapaces de acertar en el blanco después de
toda una noche velando por lo que aconteciera. Mientras tanto, sus aborígenes,
grises hombres de estirpe labradora y alfarera, como novatos soldados
aguerridos y envalentonados por la íntima superioridad de sus fuerzas,
ingresarían a Santiago a todo o nada, como manada incontrolable, como
irrefrenable tornado, como salvajes defensores de la libertad popular y a
través de aquellos dos pares de flancos
que se divisaban claramente abiertos.
En medio de los gritos de los unos y de los otros, de las corridas y los
apurones precipitados, del escándalo de voces ante el tenor de los cabildeos y
revueltos todos entre los apretujones sobre las callejuelas, por fin amanecía.
Los exacerbados y atropellados
lances esquivando las posibles heridas o la laceración de los músculos
adormecidos por la resolana, sofocaban a los menesterosos luchadores, que
lastimados y lanceados, evitaban o padecían el calor de las antorchas encendidas
trasladadas por los guerreros junto con sus lanzas.
El desacompasado castigo de los cuerpos, la embriaguez de la locura, el
violento temor inaudito, el escándalo, la desesperación y el espasmo de los
salvajes de Europa y la avanzada decisiva, fulminante y comprometida de la
valerosa América chilena.
Una atormentada tragedia que irremisiblemente se fue tornando inevitable.
El humo primero adormeció y turbó la respiración, el incendio después como
fuego fatuo, lo cubrió todo.
Con los primeros fulgores del día, las llamas incandescentes se
apoderaron de la luminosidad de toda la villa.
Quillicanta y el resto de los loncos encerrados escucharon y percibieron
el desasosiego. El tumulto embravecido de la calle ingresó potente, poderoso,
como aullido bestial dentro de aquel improvisado cautiverio. Los apresados
reclamaron inquietos su urgente libertad y sus enfebrecidos rescatistas desde
el exterior de aquel repentino presidio, anunciaban a clamor batiente que
estaban dispuestos a todo o nada por recuperarlos.
El exabrupto, el escándalo de gritos, el atropello de cuerpos, los
reclamos histéricos, se pronunciaban dentro del solar donde moraba Valdivia.
Era el lugar elegido en el cual permanecían recluidos los cautivos, cada uno de
ellos encajado con firmeza, cuellos y manos dentro de un cepo, un dispositivo
de madera que los sujetaba inmóviles, retorcidos, humillados. En el interior
del recinto, la desesperación y la inquietud se respiraban convulsas ante el
factible ingreso de los liberadores. La expectación se discernía estática,
frenética, congelada. En las calles no, por el contrario, allí reinaba el
incendio mordaz, las llamaradas, el fragor de la resistencia que se develaba
incontrolable.
Los aborígenes apremiaban por ingresar a la casa cautiverio y desde el interior
del recinto, los caciques inertes, descompuestos por el calor apremiante,
vociferaban con alaridos exigiendo por su liberación.
De pronto, enredados en medio de la confusión general, doña Inés
reaparecía en escena, y una vez más pugnaría por manifestarse. Enclaustrada
también como los prisioneros, aislada de responsabilidades, se aferraba a la
labor más prudente que creía como propia, lavando heridas, curando enfermos,
instalando una enfermería repentina de campaña valiéndose de la absoluta sumisión
de yanaconas y evaluando atentamente el desenlace de los tenebrosos
acontecimientos. En medio del devenir de opiniones, de espasmódicos escarnios e
improvisados insultos, de cuestionamientos y pretextos percibidos como
desordenados y hasta contradictorios por los hombres de su capitán Valdivia,
quienes cuestionaban y debatían con vehemencia desesperada la propuesta de
liberación de los desangelados en forma brusca y repentina, la mujer escuchaba
todo y extraía sus propias conclusiones. Fuera de sí consideró que aquella
decisión de libertad para los reos, desacertada y cobarde, demostraría un
pernicioso signo de debilidad entre los peninsulares y un corolario inaudito
que invariablemente apuntalaría la moral indígena. Inés entonces, comenzó a
extrañar la palabra y orden de su señor ausente, don Pedro de Valdivia, porque
estaba convencida de que el resultado de aquella factible victoria del salvaje
produciría la matanza indiscriminada de todo español que estuviese al alcance
de los infieles dentro de la ciudad. Ante esa circunstancia y a sabiendas de la
necesidad de su gobernador ausente en ese instante crucial, interminable como
único ser humano capaz de tomar decisiones rápidas y concluyentes, apretó la
espada de su valiente capitán entre sus manos y penetró en la habitación que
mantenía aprehendidos a los caciques junto a sus improvisados e incapaces
guardias cárcel. Con atención observó el panorama y presintió humillados y
horrorizados a los soldados del rey de España. Exacerbada entonces reclamó con
bríos que aquellos loncos fuesen asesinados de inmediato y sin piedad, antes de
que su gente ignorante y atropellada ingresara a liberarlos y desbarrancara la
situación definitivamente.
Ante los gritos desafiantes y enérgicos de doña Inés, varios españoles se
agolparon en el recinto y la rodearon de inmediato cautelosos y precavidos.
Erguido frente a los cuerpos estáticos y contenidos de los aborígenes sujetados
e inmóviles, uno de soldados cristianos se animó a preguntarle a la dama cómo y
de qué manera pensaba que los deberían asesinar a los infelices retenidos. En
un abrir y cerrar de ojos, entonces, con una inminente decisión que no resistió
la voz de alto de autoridad alguna, doña Inés se abrió paso y levantó su espada
y al grito “¡De esta manera!”. Así los fue decapitando uno por uno. Luego ante
el estupor de los presentes, tomó de los pelos la última de las cabezas
cercenadas y ganó la calle para enfrentar la osadía salvaje y despiadada de los
insurgentes, con toda la indefensión de su cuerpo y con el estremecedor recado
entumecido entre sus manos, azuzando a los gritos a aquellos mismos indios que
atropellaban las puertas de la casa, profiriéndoles insultos y echándolos del
lugar, para demostrarles que todos sus esfuerzos de liberación habían caído en
saco roto, porque aquellos líderes por lo que reclamaban ya habían sido
ajusticiados.
Después de observar lo acontecido, atónitos y perplejos, los bravos
aborígenes fueron abandonando la ciudadela paulatinamente y en absoluto
silencio. Aquellos quienes a pesar de todo continuaban siendo identificados
como salvajes, habían descubierto con desesperanza la banalidad de sus fatigas.
Con el correr la tarde, don Pedro de Valdivia retornó a la ciudadela y
anoticiado de lo acontecido, designó una partida de voluntarios para que
rastreara por los alrededores con el objeto de combatir a los naturales que
perplejos permanecieran desperdigados y acongojados a raíz de la pérdida
tremenda y definitiva de sus valiosos líderes. Más o menos así habrían sido los
sucesos.
La crónica satírica de una inexplicable victoria dejó al descubierto la
personalidad desafiante y valerosa de una mujer, que después de tantos años de
peregrinación continuaba distinguiéndose por su excelente y decisiva utilidad
para el gobernador. Una dama de armas tomar que todavía y a pesar de todo lo
expuesto, tendría por delante una firme labor de colaboración a través de su
activa y compulsiva intervención de progresiva recuperación de la villa
destartalada. Una tarea de reconstrucción a partir de lo ínfimo que se había
mantenido en pie dentro de la aldea. Una ciudadela arrasada y abatida que
revestida por el esfuerzo de innumerables yanaconas habría de volver poco a
poco a erigirse desde sus cimientos.
Santiago fue reconstruida, sus casas reedificadas con adobe, sus terrenos
vueltos a sembrar con el poco trigo que quedaba. Una labor empedernida que por
imperio del esfuerzo y cooperación multitudinaria habría de multiplicarse. Sus
selectos reductos y galpones, algunos reservados como inmensos depósitos, también
fueron reutilizados, destinándose para la cría de cerdos y de otros animales.
A falta de otra mujer, doña Inés Suárez fue la encargada de todas las
tareas femeninas. Poco tiempo después, fue reconocida en el ambiente social
como toda una institución. Había decisiones que tomaba ella personalmente y que
posteriormente consultaba con su señor Valdivia. Pero en realidad el
gobernador, envuelto en las permanentes pasiones inherentes a su exacerbado
estado emocional, relacionado en especial con sus propios apetitos personales,
le dejaba a la graciosa dama el libre albedrío en aquellos menesteres, que de
todas maneras no le cambiaban el objetivo primigenio y por supuesto tampoco, le
quitaban el sueño.
Existían sin embargo otras sensibles preocupaciones que laceraban,
presionaban y torturaban la cabeza de Valdivia. El futuro de sus dominios por
ejemplo, la clarividencia y perspicacia de su imagen en la posteridad, la
definitiva consolidación de su poder político.
El tiempo transcurría y no había podido aún
viajar al Perú. Motivado en ello precisamente, su joven ladero Monroy fue
enviado al Cusco a solicitar recursos y a convencer a los hombres para sumarse
a la travesía chilena con el objeto de volver a incorporar manos para la
labranza.
Recordemos que por muchos menos
altibajos, desbandadas, empellones y contratiempos, don Diego de Almagro y su
gente habían abandonado ese porfiado proyecto andino. Pero no serpia de esa
manera en esta oportunidad. Los pobladores del Nuevo Extremo, la gente de
Valdivia, habían plantado sus propias raíces en esa tierra indómita y estaban
conjurados en que deberían quedarse a dar batalla, aun alimentándose de raíces
y alimañas si hiciera falta.
Cuando Monroy partió hacia la tierra del inca, el adelantado lo conminó a
que llevara consigo una importante porción de oro en forma de barras, vasos y
amuletos diversos, con el objeto de entusiasmar y promover a que la gente se
identificara con el plan y con la pretensiosa intención expansionista del
territorio chileno.
El gobernador aguardó esperanzado. Pasaron unos cuantos meses hasta que
volvió a tener noticias del grupo. Durante todo aquel tiempo, una innumerable
cantidad de habladurías circularon libremente. También se instalaron en forma
aviesa todo tipo de peripecias protagonizadas por el enviado de don Pedro. Se
afirmó por ejemplo, que el grupo padeció severamente el hostigamiento y la
persecución del pueblo diaguita hasta desangrarse, que los miembros de la
expedición estuvieron prisioneros en medio de un calvario del que por puro milagro
pudieron escapar solamente algunos, entre ellos el propio Monroy.
Entre los comentarios diversos que iban y venían, después de haber
transcurrido todo el año de 1543, el navío tan esperado retornó a la bahía de
Valparaíso con un importante cargamento registrado en la bodega. Algo más de
setenta españoles de a caballo. Hombres y animales que sumados a los que
moraban desde tiempo atrás en el valle del Mapocho representaban en total
doscientos soldados armados.
El tiempo se sucedía a veces azaroso y en otras oportunidades hasta
sarcástico y monótono. Habían pasado dos años después de aquel incendio, de ese
exabrupto indígena en la ciudad de Santiago y durante ese período se había
establecido una política de convivencia entre castellanos y naturales, permitiéndoseles
a los aborígenes la libertad de mantener su autonomía económica y de perpetuar
su libertad cultural, a través de la ocupación de amplios territorios que ellos
mismos sostenían a fuerza del trabajo en comunidad, alcanzando a solidificar de
esa manera, una especie de cohabitación entre las facciones opuestas y una
suerte de equilibrio inestable, que fue propiciando paulatinamente el
intercambio entre ambas comunidades culturales.
Hasta el líder Michimalonco había promovido en el cónclave de loncos la
aceptación de aquella especie de paz en equilibrio, a cambio de un arreglo
socioeconómico. Los aborígenes habían decidido clausurar definitivamente la
política de hostigamiento bélico contra la población europea.
Como satisfacción por la consumación de aquella insospechada armonía
después de tantos años de marchas y contramarchas, el gobernador dispuso
edificar una ermita en homenaje a nuestra madre virgen María en el lugar donde
posteriormente se levantaría la catedral de Santiago, erigiendo en el centro
del retablo una imagen trabajada en madera que había viajado a América
precisamente con el propio Pedro de Valdivia desde Europa. Imagen santa y
purísima, que lo había acompañado en la grupa de su caballo desde que iniciara
su periplo en cada una de sus incursiones por el territorio del nuevo mundo.
Con la paz del Nuevo Extremo en las alforjas, tenaz y decidido en favor
de la expansión, resolvió avanzar más al sur. El famoso Estrecho que llevaba el
nombre de Magallanes lo obnubilaba. Sabía bien que adentrarse en territorio
inhóspito significaba ser capaz de fundar a cada paso. Por esa razón ordenó la
edificación de La Serena en el valle aborigen de Coquimbo, muy cercana de la
bahía de Valparaíso y de las minas de Andacollo. Precioso sitio aquel de donde
los naturales chilenos habían extraído desde tiempos inmemoriales el mineral
requerido para tributar a los quechuas. Región central de Chile. Recordaba
además la epopeya del desbarranco, como ha quedado dicho. Aquel suceso épico
duramente fijado en la memoria hispana. Es cierto, episodios con derrotas
circunstanciales, pero no por ello menos dolorosos.
Las naves iban y venían desde y hacia ultramar, orientadas a los puntos
neurálgicos del continente descubierto, capturado y conquistado. Chile
continuaba descatalogado dentro de las apetencias de aquellos quienes se hacían
a la mar. No existía opción concreta como para que el entusiasta u osado
navegante se debatiera entre la posibilidad de asentarse en Chile o en algún
otra región del nuevo mundo. Para sorpresa de muchos, sin embargo,
sorpresivamente recaló en el puerto de Valparaíso un buque denominado san Pedro
que navegaba al mando del genovés Juan Bautista Pastene. Un experimentado
marino, ávido por internarse en territorio recóndito, a quien Pedro de Valdivia
nombró teniente general de la mar del sur y le asignó como tarea que
inspeccionase aquellos territorios sureños, orientando la proa hacia el
Estrecho de Magallanes.
El italiano invirtió su esfuerzo y su nave, confeccionó mapas
pormenorizados de toda la zona visitada. En varios sitios que consideró aptos,
divisó y fundó en nombre de su adelantado y del rey de España. Así se
establecieron las bahías de Penco y de Valdivia, en las desembocaduras de los
ríos Cautín y Biobío. El navegante fue interiorizándose poco a poco a través de
los relevamientos de mayor trascendencia, respecto de la valoración de los
sitios descubiertos en cada una de sus visitas. De esa manera comprobaría y
evaluaría dependiendo de lo que encontrase. Un ambiente más poblado y más rico en
virtudes naturales, llanuras que aparecían como una interesante oferta de
territorio verdaderamente fértil, extensas planicies cuya puesta en producción
justificaría con creces el firme accionar expansivo acordado con aquellos
españoles desmesurados y presuntuosos por beneficios tesaurizados imposibles de
extraer en cantidad del paupérrimo territorio que representaba Chile. A esos
hombres se les podría ofrecer una propuesta generosa en tierras, en producción
agrícola y en labranza.
Con la incorporación del genovés, una nueva extensión de tierra para el
sembradío se habría de incorporar a las pretensiones de conquista.
Circunstancia que demandaría muchos más brazos europeos para trabajar y para
repeler militarmente a las poblaciones nativas, que en mayor número, hacían su
aparición desafiantes.
De resultas de aquellas incursiones, Pastene y Monroy fueron enviados a
tierra del inca con todo el oro extraído de las minas de Marga Marga y de
Quillota. La desesperación del conquistador de Chile por incrementar mano de
obra en el territorio mapuche, derivó en que el propio Valdivia decidiera
abandonar la costumbre de repartir las ganancias entre sus subalternos, para
reservarla como precioso caudal de oferta para aquellos españoles del Perú que
adoptasen a Chile como nueva residencia. Pero además, dio inicio a una campaña
de renunciamiento por parte de los españoles chilenos, con el objeto de
incrementar las arcas del tesoro a repartir entre los europeos que se animasen
a vivir en la ciudad de Santiago y aledaños.
Previamente intimó a los vecinos a que se desprendiesen de sus beneficios
áuricos a través de la inestimable colaboración sacerdotal. Los clérigos fueron
quienes se abocaron en cada homilía a consagrar la alegría y la satisfacción
del auto despojo y de la entrega. De esa manera, aquella porción de mineral,
desposeída de sus legítimos dueños por convencimiento eclesiástico y para
regocijo divino, también le fue enviada a los españoles del Perú, con el
pretendido objetivo de convencerlos a que mudaran sus fantasías de riqueza
hacia Chile.
Con la íntima y pretendida vocación de que su graciosa majestad el rey de
España lo nombrara por fin gobernador de Chile, porque se había hecho nominar
en ese cargo en su momento por el cabildo sin refrenda ni autorización del
monarca, Valdivia envió a Sánchez de la Hoz a Europa para que suplicase a la
corona que ratificara aquel valioso título. Se trataba justamente del mismísimo
osado español, de aquel porfiado agresor que una vez hasta había intentado
asesinarlo, el que imprevistamente era gratificado por la confianza del
agredido para que requiriera del rey una recompensa extremadamente personal.
Habían pasado cinco largos años. Pedro
de Valdivia permanecía endeudado con quienes le habían ayudado con algunos
pertrechos en su lanzamiento como explorador y tarde o temprano debería pagar
con oro o con tierras. Responsabilizarse de las deudas y obtener los
instrumentos indispensables para hacerse cargo de ello configuraba el corolario
de toda esa experiencia. El adelantado sabía de sobra que el enviado no era de
total confianza, pero entendía también que se trataba de un tremendo obstinado
que con tal de recibir un suculento beneficio, trabajaría en pos del logro del
beneplácito regio.
También don Pedro estaba convencido de que la continuidad de su
peregrinación hacia el sur posibilitaría ampliar sus dominios. Sumado a ello,
los españoles nuevos residentes habían comenzado a exigirle que cumpliera con
sus promesas a través de la entrega de parcelas en propiedad. Por eso mismo advirtió
casi inmediatamente que no podría esperar a que retornase el italiano con más
voluntarios, antes bien, debería reiniciar la aventura expansiva junto con los
casi ciento setenta peninsulares que reclamaban territorios y encomiendas como
preciado reconocimiento a su heroicidad y valentía por proponerse a sí mismos
para contribuir con la ocupación inmediata y eficiente de aquellas tierras tan
alejadas de dios y hasta de los incas, en nombre de la corona de España y de la
santa iglesia.
Por los comentarios que le había compartido el genovés, sabía muy bien
que aquellas zonas más al sur eran ricas en vegetación y que estaban densamente
pobladas.
Poco tiempo esperó para ponerse en marcha. Una
caravana andando a pie y constituida por cientos de españoles y de
yanaconas, se había impuesto como objetivo llegar a las poblaciones fundadas
por el italiano y cerciorarse respecto de la verosimilitud de sus palabras. Con
más territorio y mayor cantidad de indios para las encomiendas, se cerraría el
círculo entre la inversión y el beneficio. El gobernador, por fin, consolidaría
su liderazgo político tan ansiado.
Pero el lento peregrinar no significó un simple paseo. Porque los
aborígenes presentaron resistencia. Ante aquel emplazamiento imprevisto,
Valdivia decidió el envío de un grupo de indios propios, para parlamentar con
los resistentes, pero esos correos fueron recibidos y salvajemente castigados,
humillados, atormentados y devueltos vivos para que sumidos en ese situación
fueran capaces de comentar al europeo de que iba ese cuadro de situación.
Pero el español no podía retroceder. Ante tamaña circunstancia estimó que
debería jugarse por una decisión. En medio de un cónclave donde el gobernador
comprometió la responsabilidad de la mayoría de los interesados decidió tomar
el toro por las astas. La premisa fue atacar primero. El grupo de pertrechados
se puso en marcha totalmente decidido. Pero al llegar a la bahía de Penco,
cansados y a la luz de la luna, descubrieron que los estaban esperando. La
batalla desatada fue salvaje, despiadada, el griterío sofocante, los aullidos
de dolor desgarradores, la matanza impredecible, frenética, inenarrable. Más de
doscientos indios entregaron sus vidas esa noche contra el arcabuz de los
españoles que recibieron solamente una docena de bajas.
El cacique Malloquete perdió la vida guerreando junto con su gente, pero
los miles de naturales que quedaron en pie se comprometieron a regresar con la
luz del día y terminar la faena. Enterado el gobernador Valdivia de aquella
estrategia por boca de varios indios prisioneros, decidió ordenar el pronto
alejamiento del lugar. Aquel día le había enseñado dos cosas. Que los mapuches
peleaban hasta morir y que la retirada le dispensaba por la pérdida de varias
vidas más antes de que llegara el alba.
La experiencia catatónica de aquella visita, había reservado además una
sorpresa. Al fin de cuentas se llevaba un recuerdo interesado de aquel trance
por tierra bravía. Un niño de once o doce años, hijo del lonco al que ordenó
atormentar junto con toda su familia, se iría con él. A la fuerza, sin
elección, como remedio a sus posibles percances diarios y como estímulo
gratificante a todas sus tribulaciones.
Leftrarú, quien se convertiría en su paje, aprendería a montar, a
cabalgar, a servir a su señor tanto en la paz como en la guerra durante más de
cuatro años.
Pero ese joven, hijo del cacique Curiñancu, aprendería las costumbres de
los invasores y se familiarizaría con su cultura y con su forma de vida. Unos
años más tarde, convertido en el gran cacique Lautaro, se cobraría a su modo el
despojo, el maltrato, la mezquindad y la actitud rapaz de tanto español con
insignias de gran castellano.
Mucho tiempo después, casi dos años, en 1547, asentado en Santiago como
el gran gobernador que creía ser, recibió las noticias lapidarias que el
genovés se había dignado a traer desde el Callao.
Su leal Monroy había muerto de peste en Perú. El otro, Sancho o Sánchez
de la Hoz, a quien había enviado a España con las cartas para el rey y con la
solicitud de su nombramiento, como buen aventurero lo había traicionado y se
había aquerenciado en tierra del inca, apoyando a los almagristas en contra de
los hermanos Pizarro y por supuesto contra el propio Valdivia.
Paralelamente, al compás del avance en España de las exigencias por
mejoras en la situación de los aborígenes, el Virreinato del Perú se había
transformado en el epicentro de las reclamaciones de los indigenistas y de los
exabruptos de los encomenderos, quienes vociferaban y defendían sus derechos
legalmente otorgados por la corona de España.
La realidad ardió ante la tirantez de las facciones. Gonzalo Pizarro se
enteró en Quito del finalmente verídico asesinato de su hermano Francisco y a
tenor de aquello edificó su propia excusa, propiciando un levantamiento en
contra de España y quejándose por las exigencias de los tribunales que
reclamaban por una mejora en el comportamiento de los encomenderos de indias a
expensas de las continuas presentaciones y persistentes reclamos vertidos por
el sacerdote fray Bartolomé de las Casas.
Quejas en contra del desenvolvimiento de los españoles en el manejo de
las encomiendas, reclamos contra el sometimiento de los indios por esclavitud forzada, por la absoluta desconsideración a la
que eran sometidos. Centenares de protestas que disgustaron a los peninsulares
en América, pero que sin embargo, un siglo después serían reconocidas a través
de la articulación de las Leyes de Indias.
El rey español había escuchado expresamente a fray Bartolomé, conociendo
muy bien que no debería desatender ninguna de las dos demandas. Ni las penurias
de los aborígenes ni los reclamos de los peninsulares. La circunstancia derivó
en que se decidiera enviar a la zona al sacerdote Pedro de La Gasca, radicado
en América, quien se trasladó desde el istmo de Panamá.
Enterado Gonzalo Pizarro del viaje del enviado del monarca a sus
dominios, decidió enfrentarlo con su ejército.
Las novedades llegaron a oídos de Pedro de Valdivia. El aventurero de
Chile concluyó inmediatamente que debería preparar una estratagema para viajar
al Cusco y plegarse a las aspiraciones y propósitos de La Gasca, protegiéndolo
y apuntalándolo para inhibir al esforzado Gonzalo y derrotar a los pizarristas.
Sabía que le bastaría con atiborrar un barco con metálico para abastecer con
creces al plenipotenciario del rey, ayudarlo a vencer a Pizarro y por último
reclamarle por toda compensación a sus esfuerzos, que en nombre de la corona lo
proclamara gobernador de Chile, título anhelado en cada uno de sus
requerimientos.
Le urgía a Valdivia hacerse a la mar con proa hacia el Perú, con nave y
bodega acaudalada. Debería agenciarse tesoro suficiente para cumplir ese
objetivo. Pedro conocía muy bien de dónde recabarlo. Para obtenerlo entonces,
ofreció realizar un viaje a los españoles que desearan enseñorearse de sus
ganancias auríferas. Partirían desde Chile a la ciudad de Lima y desde allí, si
lo deseaban, retornarían a Europa con su riqueza en las alforjas. Más de
veinticinco personas se inscribieron y estibaron la nave del renombrado
Pastene.
El gobernador organizó una velada de despedida
para los viajeros quienes con emoción y agradecimiento retornarían a la
península definitivamente. Una celebración de camaradería regada de abundante
licor, carne asada y alegría que escondía en realidad una sórdida
confabulación.
La nave del italiano mientras tanto se saturaba con los tesoros recabados
por los viajantes. La noche caía profunda y destemplada. En lo mejor del ágape,
respaldado y sostenido por Francisco de Villagra, de quien hablaremos más
adelante como enérgico protector del sitial en Chile ante su ausencia, Valdivia
se apoderó de un bote, alcanzó el barco y partió hacia el Callao, acompañado
por un reducido grupo de hombres y con todo el material áureo de los
estupefactos pasajeros.
El sacerdote La Gasca lo aguardaba sin saberlo. No era otra cosa más que
un clérigo inexperto en aprontes bélicos a quien Valdivia pretendía
imponérsele, abasteciéndolo suficientemente con el jugoso aporte que
trasladaba, para que el hombre de dios hiciese el milagro de trocarlos por
pertrechos, caballos y soldados. Como contrapartida, don Pedro le solicitaría
que cumpla con su maravilloso sueño.
Embarcado y en viaje a tierra de incas, Valdivia declaró ante escribano
que había decidido hacerse a la mar en secreto acuerdo con un pequeño grupo de
acompañantes y con algunos otros adherentes quedados en Chile, con el pretexto
de trasladarse en búsqueda del sacerdote Pedro de La Gasta para contribuir a su
instalación en el Perú, respetando las intenciones de su majestad el rey de
España, quien había comisionado al clérigo como nuevo virrey. Para esa
finalidad, confirmaba don Pedro, había decidido hacerse del metálico de los
peninsulares residentes, con el objeto de cumplimentar con todas las
erogaciones que deriven de aquella premeditada colaboración con la decisión
monárquica. Consecuentemente y en absoluto reconocimiento de la deuda que se
agenciaba con los particulares, había ordenado expresamente a don Francisco de
Villagra, que en su carácter de gobernador interino, fuera devolviendo la
cantidad de mineral secuestrado a sus legítimos dueños conforme se fueran
extrayendo de las minas las cantidades reclamadas.
El escribano refrendó la notificación y la dio a conocer en Chile.
Aquella circunstancia no impidió la respuesta virulenta de los engañados,
quienes enfervorizados, resolvieron levantarse en armas contra el gobernador
viajero y también contra el interino.
Ante lo que aparecía como una cruenta confabulación popular, Francisco
Villagra respondió haciendo uso de toda su potestad. No demoró la respuesta más
virulenta. Ordenó apresar primero y decapitar después a los más significativos
sediciosos. Con ese proceder acalló casi de inmediato el entusiasmo levantisco.
De cualquier manera, la tremenda situación no culminó con aquellos procederes
vandálicos. Poco tiempo después, aquellas tribulaciones y actitudes
intempestivas llegaron a Lima consignadas como acusaciones contra el gobernador
y su reemplazante.
Cuando el barco que conducía a Valdivia llegó por fin al Callao era
tarde. Le comunicaron que el benemérito La Gasca, a la sazón el nuevo virrey,
había partido con su ejército a enfrentarse con Pizarro a la ciudad de Cusco.
Entonces don Pedro, sobresaltado y urgido, muy precavido pero sin muchas
precauciones, invirtió todo el oro gestionado en Chile para apuntalar un
contingente bien armado, pertrechado y montado de españoles que aún esperaba en
el lugar por menesteres, debido a que el enviado del rey no los había podido
llevar consigo por falta de recursos.
A tranco rápido alcanzó a La Gasca en Andahuaylas, habían pasado varios
días. Se presentó ante el comisionado y puso su gente a servicio. La Gasca, que
no esperaba otra ayuda que la del señor de los cielos, se congratuló por la
buena nueva de aquel señor de carne y hueso y lo nombró como su maestro de
campo, con ello el esforzado don Pedro obtuvo la responsabilidad de dirigir el
futuro combate. Así armados y constituidos ambos grupos en uno sólo, llegaron a
las afueras del Cusco sobre el valle de Xaquixahuana, lugar
en donde Valdivia parapetó todo su
contingente sobre un monte. Desde allí ordenó fuego a discreción contra las
carpas donde se suponía moraba Gonzalo Pizarro.
Un tal Francisco de Carvajal, muy renombrado en América por su salvajismo
y brusquedad contra los naturales, era justamente el maestro de campo del
ocasional enemigo. Ambos se conocían de Europa de épocas pretéritas, habían
sido compañeros durante las guerras en Italia.
El demonio de los Andes, como le
decían a Carvajal, comprendió que la tenacidad del gobernador chileno y la
superioridad numérica de sus uniformados, no le permitiría ningún logro.
Así fue, el instinto de supervivencia primó entre los hombres cultos
europeos. Los soldados rebeldes se fueron pasando por grupos al ejército del
virrey, confiados en la promesa del perdón. La contienda concluyó sin excesivas
bajas para ninguno de los bandos. Cuando Valdivia regresó al campamento con
Carvajal prisionero, el devoto sacerdote La Gasca lo recibió como gobernador de
Chile. Había logrado la nominación que buscaba después de tan afanoso
itinerario.
Podría regresar a Santiago ungido como creía merecerlo.
Con las mismas ínfulas pero con nuevos bríos, el renombrado gobernador
comenzó a preparar el retorno a su tierra prometida. Incorporó para sí a un
contingente de cien hombres y ordenó reclutamientos en las zonas de Atacama y
Arequipa. Adquirió naves, caballos y pertrechos militares. Un mes después
decidió volver para retomar la campaña hacia el lejano y deseado sur del nuevo
continente.
En su afán de fortalecer con mano de obra el capítulo de la conquista,
reunió miles de indígenas a los que hizo trasladar a pie por el camino del
inca, demorasen lo que demorasen. Esa actitud disgustó al reciente virrey La
Gasca, porque la mano de obra escaseaba también en el Perú. El enviado del rey
estaba deseoso de satisfacer a los españoles residentes en Cusco con indios en
encomienda para retribuirles su apoyo a la nueva administración.
Pero Valdivia sin embargo, no se amilanó. Inclusive no desestimó además
la incorporación de antiguos pizarristas en sus intenciones de colonizar Chile
con hispanos, circunstancia que La Gasca por supuesto, tampoco aprobó, en
virtud de que la gran mayoría de aquellos peninsulares estaba signada como
traidora a la corona española.
Los hombres de Gonzalo estaban inculpados por sucesivos atropellos contra
la propiedad de los avecinados y por constantes robos coordinados en el
territorio de las comunidades aborígenes. En medio de esas decisiones que
habían disgustado al virrey, se ventiló en Lima aquella tremenda noticia que no
por antigua dejaba de ser preocupante. El gobernador interino de Chile había
ejecutado sin juicio alguno a los dirigentes de un grupo de vecinos amotinados
contra la autoridad luego de que Valdivia hubiera abandonado Santiago en barco
hacia el Callao, trasladando sin autorización sus pertenencias áureas.
Las novedades se sucedían copiosamente y apuntaban todas contra el
desmanejo del gobernador chileno en sucesivos procederes que se amontonaban
unos sobre otros.
Paralelamente don Pedro de Valdivia regresaba a Santiago muy suelto de
cuerpo y verdaderamente complacido. Pero en el puerto de la ciudad de Tacna,
camino de retorno a su ciudadela añorada, en 1548, comenzó a desmoronarse el
castillo de naipes del extremeño. Hasta la nave anclada dentro del embarcadero
llegó el enviado del virrey encomendándole que regresase a Lima para que sea
investigado por el supuesto hecho de sangre concertado con Francisco de
Villagra y por el improcedente proceder de su persona relacionada con actitudes
que convocaron severamente la atención del virrey.
Se trataba del comisionado don Pedro de Hinojos, un enviado de La Gasca
que se apersonó ante Valdivia y le extendió la hoja de papel de puño y letra
con el reclamo del virrey.
Sin embargo, al retornar urgente a Lima, el benemérito La Gasca lo
recibió amablemente, perdonó sus desplantes, le confesó que creía en su palabra
y no lo retuvo detenido. Antes bien, le asignó un lugar muy cómodo como morada,
para que aguarde plácidamente el veredicto del tribunal.
Mientras se desarrollaba la investigación, llegaron a Lima dos barcos
desde Santiago de Chile. El primero repleto con un contingente de vecinos que
habían promovido las denuncias contra Valdivia y su reemplazante ante el virrey
acusándolos de tiranos, crueles, codiciosos y estafadores. La otra nave, con
Francisco de Villagra al mando llegó con los representantes del cabildo
profiriendo loas al gobernador y bregando por su pronto restablecimiento.
Pedro y Francisco eran primos.
Usted sabe bien que la familia es el símbolo de la integridad y la confianza.
Además, el gobernador interino oficiaba como corregidor del cabildo. Por ello,
los funcionarios políticos habían armado su propia tropa, con el objeto de
amortiguar la campaña en contra de las autoridades legítimas que marchaba a
paso firme orquestada por los vecinos engañados.
A fines de octubre de 1548 La Gasca aceptó el escrito de defensa que
Valdivia realizara de puño y letra. Un mes después el gobernador de Chile sería
absuelto con el expreso pedido de que tomara a su mujer en matrimonio o
devolviera a España a la tal Inés Suárez, previamente reasignando sus
encomiendas.
La santa iglesia había metido la cuchara y reclamaba aptitud, respeto y
buen comportamiento cristiano en la vida del señor gobernador. Pero sobre todo
se le intimaba a que restituyera la totalidad de los valores tomados prestados
a los vecinos cuando iniciara su campaña contra Gonzalo Pizarro.
Pedro de Valdivia se comprometió entonces a cumplir con todo lo ordenado
por el tribunal, aun a sabiendas, como veremos luego, que debería cambiar de
mujer.
El retorno fue un calvario, en Arequipa se enfermó y convaleciente
decidió continuar la travesía. En enero de 1549 ingresó con doscientos soldados
a La Serena. Estaba incendiada y con cadáveres de españoles en sus callejuelas.
Decidido a no retroceder, ordenó a un grupo de soldados que se estableciera en
el lugar para reconstruir la ciudad y les encomendó que no dudaran en castigar
las rebeliones aborígenes. Desde allí partió hacia Valparaíso para centrarse
como objetivo final en la ciudad de Santiago, donde fue recibido con toda
algarabía por Francisco de Villagra.
Pedro de Valdivia retomó el cargo de gobierno y envió de urgencia a su
reemplazante hacia el Callao con la pretendida intención de reincorporar más
soldados y de reclamar más pertrechos. De regreso, siempre por orden de su
gobernador, Villagra visitó el sitio donde diez años después se instalaría la
ciudad de Mendoza. Una construcción urbana fundada en la otra banda de la cordillera,
que también dependería de la gobernación de Chile.
Por otra parte, a la misma altitud pero del otro lado del macizo
cordillerano la ciudad de La Serena sería definitivamente pacificada, por obra
del enviado del gobernador. Un tal don Francisco de Aguirre, quien dispuesto a
acallar las quejas, resistencias y recriminaciones de los nativos ordenaría una
solución drástica y final, encerrar a toda la población aborigen en sus chozas
y prenderles fuego.
Una táctica que Aguirre justificaba como apaciguadora y que
paradójicamente a las tremendas hogueras obtuvo sus frutos, porque alcanzó con
creces para sembrar el terror en cientos de familias. Las mismas que con
posterioridad desestimaron cualquier otra iniciativa reaccionaria en contra de
sus agresivos visitantes.
Tranquilizada y en paz aquella región, por obra y decisión del sensato de
Aguirre, sólo era menester poner proa hacia el sur y continuar la expansión.
A comienzos de 1550 entonces, se lanzó la conquista de la zona meridional
y a finales del mes de enero alcanzó el Biobío, mientras lo cruzaban fueron
atacados sorpresivamente por alrededor de dos mil indios. Una batalla campal,
estremecedora. Los españoles sin embargo pudieron sostenerse en pie y
establecerse en el sitio un mes más. Valdivia había enfermado. Era sin dudas
una complicación adicional. Se hacía trasladar postrado por medio de yanaconas
y su caballo custodiado y guiado por su paje Lautaro, quien atento lo asistía
en todo momento.
Casi al finalizar el mes de febrero, la tarde que aparecía como
desacompasada fue arremolinando inadvertidamente a la muchedumbre. El
contingente ensimismado y entumecido resolvió guarecerse en el lugar y pasar la
noche a orillas del río Andalién. La profunda oscuridad y el clima desapacible
contribuyeron a la urgida promoción del descanso. Extrañamente entumecidos,
agarrotados en plena canícula, conciliaron el sueño columpiando en medio del
silencio pasmoso y de la sombría lobreguez.
Pero en aquel lugar taciturno, casi reservado, absolutamente cobijado por
la insondable nocturnidad fueron sorprendidos y ferozmente atacados por
alrededor de diez mil mapuches que escandalizaron violentamente la madrugada
durante más de tres intensas e interminables horas. Los gritos desacompasados y
las atropelladas maniobras sonámbulas, casi comprometieron la seguridad
personal del propio adelantado, pero la superioridad del armamento, la
intrépida instalación de los arcabuces entre los involuntarios no videntes
provocó la diferencia y los naturales optaron por disgregarse.
Amanecía y el calor propiciatorio de la época estival recuperaba su
natural encanto. Sin descanso suficiente, la tropa se reagrupaba. Valdivia
ordenó concentrar toda su fuerza y recluirse en el lugar, cercarse, hacerse
fuerte en el sitio. No podía permitir que los salvajes le marcaran el terreno.
Vallado por un enjambre de cuerpos indígenas, dispuso aquel lugar para la
fundación de la ciudad de Concepción.
Diez días después de instalados en aparente parsimonia, una virulenta
carga de enceguecidos aborígenes atacó con lanzas, masas, piedras, cuchillos y
flechas. La caballería se constituyó rápidamente e irrumpió con tremenda
virulencia sobre la humanidad salvaje, sobre los atónitos e inexpertos indios
no familiarizados con las tácticas bélicas de los invasores, consumando una
multitudinaria matanza de más de mil mapuches.
El mayor mérito consagró a un joven jinete quien arriesgando su propia
vida alcanzó a identificar y a secuestrar del teatro de operaciones al lonco
Michimalonco, quien fue tomado prisionero, puesto a resguardo apartado del
combate masivo y a mansalva. Concluido el evento extenuante el líder popular
fue ejecutado sin piedad.
La aldea se había salvado de desaparecer en manos de los defensores del
territorio.
Los aborígenes que quedaron vivos no fueron hechos yanaconas ni
ejecutados. Valdivia, que presumía permanentemente respecto de su creatividad y
de su intrepidez, consideró que de su proceder debería emanar un enérgico
mensaje y un aprendizaje definitivo para los endemoniados infieles. En consecuencia,
ordenó que a los prisioneros se les amputara la mano derecha y la nariz como
escarmiento y se los dejara en libertad, con la firme intención de sembrar el
terror entre las poblaciones.
Una ocurrencia personal que paradójicamente el propio gobernador pagaría
muy caro poco tiempo después, cuando la reorganización aborigen obtuviese
repentinos triunfos y decidiera familiarizarse con las prácticas de la guerra
difuminadas por los españoles.
La ciudad de Concepción se erigió como la plaza fuerte de la guerra del
Arauco. Allí se asentaría la real audiencia dentro del fuerte de Penco, erguido
como orgulloso guía y símbolo de la ciudadela.
Con nueva mujer llegada especialmente desde la ciudad de Lima y con
fuertes dolores articulares que le imposibilitaron el andar durante varios
meses, el adelantado aguardó todo el año a restablecerse, ocupando el fuerte de
Penco.
En 1551 reemprendió la marcha hacia el sur con Francisco de Villagra. A
orillas del río Valdivia, nominado en su honor por el genovés siete años antes,
fundó en febrero de 1552 la ciudad que también llevó su apellido.
Mientras divagaban entre una fundación y otra, el joven paje Lautaro tomó
la decisión de escaparse montado sobre el mejor equino español, el de don
Pedro, con una pieza de armadura para proteger la cabeza y con la famosa e
inquietante corneta de órdenes para guiar la avanzada del ejército en batalla.
Partió en soledad. Ningún soldado peninsular decidió acometerlo. Anduvo
en medio de la noche durante horas en compañía de una nutrida caballada al
conjuro de atravesar el tiempo y la distancia frente a la inmensidad de su
territorio, sabiendo además que la amenaza de una terrible reprimenda por
aquella decisión lo estaría acompañado para siempre.
Sin embargo, el ansioso don Pedro de Valdivia no se inquietó. Persistió
en su periplo fundador mientras continuaba descendiendo por el mapa
estableciendo ciudadelas que calculaba que atraerían a muchos paisanos. Pronto
surgieron dos nuevos asentamientos, La Imperial y Villarrica. La primera
abundante en madera y satisfactoria en valles y sembradíos. La segunda
eminentemente minera sobre todo extracción de plata.
A esa altura los españoles se habían localizado muy cerca de la isla de
Chiloé. Además, para el año 1553, todo Chile aparecía como un territorio
pacificado, quizá se debía al castigo sanguinario recibido por los mapuches
años atrás a orillas del río Andalién.
Como el ambiente parecía aquietado, el gobernador ordenó que se
efectivice un viaje a España. Pedro depositó dos recomendaciones en el enviado,
que trajese a su mujer legítima que había quedado a la espera en Salamanca y
que se dispusiera a entregar el quinto real, tal como consignaban los acuerdos
firmados con la corona.
Todavía en el año 1553, el aquilatado extremeño continuó estableciendo
los fuertes de Tucapel, Arauco y Purén, cercanos a Angol, la última ciudad que
fundaría el conquistador.
Una sublevación de mineros en Villarrica lo despertó del adormecimiento.
Se detuvo entonces a meditar respecto de la política de defensa. Estableció que
las ciudades de Concepción y la Imperial fueran reforzadas en su seguridad
sobre la base de un contingente armado.
Paralelamente, los nativos no se resignaban a soportar cómo y de qué
manera iban perdiendo territorio en favor de los invasores. Impulsados por
Lautaro y por los consejos de Colocolo, cientos de indios al mando de
Caupolicán se animaron a introducirse en el fuerte de Purén. Un yanacona logró
divisarlos y como pudo, a media lengua, los delató, era la hora de la siesta y
el ámbito sobrecogido y silencioso invitaba más a la pausa monótona que a la
actividad bravía.
Los españoles comenzaron a levantarse de la cama y ante la farfullada y
los sobresaltados emprendieron la defensa con lo que encontraron a mano,
mientras tanto, otro grupo armado con arcabuces, se parapetaba en las entradas
del fuerte.
La estrategia diagramada por los
naturales no triunfó por muy poco. La escena hubiese significado una descomunal
emboscada, un despropósito sanguinario. De no haberse escuchado esa voz de
aviso repentina y yanacona, los adormilados peninsulares hubieran sido
asesinados mientras reposaban.
Los europeos no se amilanaron, urgentemente despabilados se reagruparon y
resistieron, pero advirtieron también con sorpresa varios cambios observados en
el proceder aborigen. Los guerreros nativos habían comenzado a implementar
otras tácticas. No eran esas las referenciadas. Modificaciones que incluían la
utilización del caballo y diversas estrategias de combate modernas.
Evidentemente se trataba de procedimientos asimilados de la modalidad europea
que de alguna manera habían sido estudiados e incorporados.
Lautaro estaba detrás de cada una de aquellas decisiones.
Los aborígenes habían modificado su metodología. Controlaban y estudiaban
puntillosamente todas las acciones españolas e iban haciendo inteligencia y
acopiando información por medio de la infiltración de guerreros en el grupo
peninsular a partir de diversas artimañas.
Así por ejemplo, las huestes mapuches atraparon a un emisario con una
nota de Valdivia ordenando que lo esperara en una fecha precisa en el fuerte de
Tucapel. Hasta ese sitio entonces se dirigieron los chilenos al mando del joven
toqui para esperar la llegada de Valdivia.
El 23 de diciembre de 1553, totalmente ajeno de aquella circunstancia, el
sobreactuado gobernador partió hacia Tucapel desde la ciudad de Concepción
acompañado por cincuenta jinetes. Con profunda perplejidad, el día de Navidad
ingresaría a un fuerte incendiado y revuelto en pleno silencio y devastación.
Nadie en las inmediaciones lo estaba esperando y todo el predio se hallaba
sumido en medio de la destrucción, de olor sanguinolento y del marasmo.
Perplejos y sin más que hacer, se cobijaron de la noche que caía
abruptamente bajo las ruinas todavía tibias, acaloradas por el voraz incendio.
Mientras preparaban el reposo enredados entre la apatía y el agotamiento,
fueron sorprendidos por el ataque fulminante de cientos de hombres armados con
lanzas, cuchillos y boleadoras.
Los escasos españoles reaccionaron en defensa de su integridad y con
denodado esfuerzo y cubiertos por la oscuridad de la noche lograron contener
aquella carga vibrante. Los indios entonces, repentinamente fueron
retrocediendo. Un profundo silencio, inquietante y estentóreo obnubiló los
sentidos. Hombres y animales estáticos y todavía perplejos, abrumados por la
profundidad de las sombras, aguardaron sorpresivas novedades. Valdivia ordenó
encender fogones para utilidad de los ojos y para esperar un tiempo más alguna
posible envestida. Pero la opacidad y el desamparo persistieron.
En el momento preciso en el que los europeos se recomponían y volvían a
confiar en su aislamiento, ingresó al predio chamuscado otra carga
multitudinaria de aborígenes que con salvaje estruendo fulminante y
ensordecedor, en acalorado griterío, les impidió reordenar sus filas,
provocando con su avance estremecedor una tremenda demolición de cuerpos, de
bastimentos y de contusiones ejecutadas con mazas y con lanzas.
Por sorpresa, en medio de la invidente bataola y ante la extrañeza de los
agobiados invasores, los naturales abandonaron el sitio repentinamente, dejando
a su paso un impresionante número de cuerpos exánimes correspondientes a ambos
bandos.
Apenas se estaban readaptando a la nueva situación y a la abrupta
profundidad del silencio generado ante el abandono del lugar por parte de los
atacantes, cuando los cegados y maltrechos peninsulares advirtieron que un
tercer grupo más fresco arremetía con bríos renovados sobre sus humanidades
absortas y extenuadas. Entonces la situación se descompensó definitivamente.
Todo el poder frenético y violento estuvo concentrado en este último batallón
de refresco en el cual también participó Lautaro.
Asqueados de tanto abatimiento, rodeados de tantos muertos, desbandados,
Valdivia ordenó la urgente retirada. Como respuesta a la decisión de abandono
del lugar, Lautaro dispuso y desplegó el ensimismamiento de sus hombres sobre
los grupos diezmados. Los nativos fueron asesinando uno por uno a los
castellanos adormilados, agobiados de excesivo frenesí, indecisos ante tanta
pulsión entre matar o morir.
Cansado e incrédulo, don Pedro se sintió sólo. La batalla se había
convertido en una segmentación de diversos enfrentamientos sucesivos y
autónomos. Entonces, desesperado por su sobrevivencia optó por la huida. Se
lanzó a todo galope sobre la tierra arbolada, velada, ensombrecida, junto con
un sacerdote de apellido Pozo y montado cada uno sobre su respectivo corcel.
Una ciénaga impidió que se alejaran demasiado. Descompuestos, revolcados en el
barro, fueron apresados con vida por los indios.
El destino final del hombre fuerte de Chile estaba escrito.
La historia, la fabulación, las habladurías que fueron ventilándose a
través del tiempo, han determinado demasiadas versiones respecto de su muerte.
Un desenlace que por lo menos podría definirse como diverso.
Se compusieron dramáticas versiones que en algunos casos han servido para
edificar leyendas. Quizá la más difundida haya sido la hilvanada alrededor de
la crónica un tanto romántica y novelesca, que enfatizó el amor propio del
aborigen y remarcó la fijación por el metal precioso de los peninsulares.
Se ha divulgado por ejemplo, que atado de pies y manos y recostado en el
terreno virgen, se lo forzó a injerir al pobre don Pedro el oro en polvo
mesturado con tierra y agua hirviendo.
Pero otra versión, un relato hispano tendencioso evocador de escenas de
típico sadismo, resaltó prácticas de antropofagia ritual, describiendo que los
dignatarios aborígenes en reunión plena de toquis, estimaron que la aplicación
de la sentencia debería estar relacionada con un castigo proporcional con las
mutilaciones ordenadas por el reo después de la batalla del Andalién.
En la manipulación de esa versión, los propios españoles, contemporáneos
y futuros, se enardecieron al narrar que Valdivia fue torturado durante tres
días y que en ese lapso cercenaron su cuerpo emulando el singular proceder que
el propio conquistador había adoptado para con los mapuches.
Además, los redactores peninsulares destacaron especialmente que fueron
los mismos toquis quienes le amputaron parte de su cuerpo en vida, utilizando
caparazones de almeja bien afilados y posteriormente devoraron asadas las
partes ante su pasmada presencia.
Como siempre sucede, la interpretación de lo que acontece en la historia
es más poderosa que lo efectivamente haya ocurrido. Además, usted ya lo habrá
advertido, una misma narración se va nutriendo a través del tiempo con
distintas versiones según el beneficio o la utilidad del relator.
Es razonable entonces que la argumentación de los mapuches respecto del
acontecimiento haya sido distinta a la ventilada por los defensores de los
intereses peninsulares. En este caso, el suceso fue descripto como un
procedimiento frío y fulminante promovido a partir del reclamo de uno de los caciques
en plena reunión de las máximas autoridades aborígenes, exigiendo a viva voz la
inmediata ejecución del reo.
El episodio fue reseñado conciso y
revelador. Se describió al grupo sentado o en cuclillas, dispuesto alrededor de
un improvisado fogón. Junto con ellos, en el centro del hemiciclo y casi
adosado al crepitar de la hoguera, maniatado, postrado sobre la tierra,
agobiado y abatido, yacía don Pedro, el único arruinado y harapiento con vida
que había presenciado previamente el definitivo calvario del infeliz sacerdote
que lo había secundado en la desasoseda huida. Precipitadamente, aprovechando
un pronunciado silencio en medio del cónclave, uno de los convocados alzó su
palabra vociferando erguido y en favor de que se pronuncie una diligente decisión
con respecto a la humanidad del acusado y a continuación habría tomado un mazo
entre sus manos y enérgico, acercándose al recluso, le habría partido el cráneo
intempestivamente frente a todos sus pasmados paisanos, aduciendo que no había
más lugar y tiempo para ningún acuerdo con los invasores.
Verdad o leyenda, lo cierto fue que la desaparición física de don Pedro
de Valdivia no desembocó en la culminación de la conquista del territorio
chileno, antes bien, fue utilizada como expresa evidencia para proseguirla y
para justificar con aquel deceso, la multiplicidad de aberraciones que los
españoles infligieron a los naturales durante la prosecución de la llamada
guerra del Arauco.
