miércoles, 16 de septiembre de 2026

 

Valdivia

de la Novela: “Alrededor del Ombligo”

 


 

Alberto Carbone

La región chilena está conformada por un vasto y estrecho corredor encajonado. Al este las montañas andinas, gigantes moles sempiternas que como inmensos paredones del color del firmamento y de los riscos peregrinan de norte a sur su superficie. Por el oeste, la rotunda inmensidad del mar océano, azul verdoso y bravío, que por impulso paradojal, la voz universal lo ha bautizado como Pacífico. Entre el este y el oeste equidistantes, se extiende la mínima superficie que el territorio reconoce. Como un capricho de la naturaleza, de norte a sur la tierra se dilata en extensa longitud desde la altura asfixiante del salar impredecible, hasta los helados perennes de la patagonia incalculable.

Valdivia no podía perderse ese espectáculo. Además, con singular expectación como veremos más adelante, los propios aborígenes del Perú lo habían soliviantado.

Previamente, otro peninsular había intentado infructuosamente su ingreso a ese territorio oblongo que esperaba su turno para ser descubierto. Pero don Pedro sin embargo estaba convencido de que para él otra ventura lo encandilaría. Desde el embarque en la península se presintió competente para aquella misión. Inclusive, aquella vastedad había significado una excelente alternativa para los hermanos Pizarro, quienes mantenían en el Perú la situación bien conformada y etiquetada para su propio gusto y placer y excesivamente previsores evaluaban que poco resto quedaba por satisfacer. En otras palabras, el imperio del sol, con sus tierras y habitantes tenía propietario. Para Valdivia en cambio, el objetivo era peregrinar como adelantado no sólo por el oro, después de todo, también el bronce posee un valor intrínseco cuando de perpetuar la memoria se trata, tanto en las estatuas como en los agasajos.

Algunas corrientes de pensamiento, tenaces defensoras de la dominación europea en el nuevo continente han intentado justificar, según su punto de vista y los intereses sustentados, los pormenores referidos al descubrimiento americano. La conquista del Perú fue tremendamente motivadora consignaron, en el impulso, constancia y decisión de cientos de peninsulares intrépidos que acometieron aquella esperanza estimulante. Evidentemente esa aseveración no alcanza para explicarlo todo, pero de todas maneras, es probable asimismo que contenga una porción de certidumbre.

También es cierto que la repentina evidencia suscitada a partir de la inmensa cantidad de metálico proferida por la conquista del territorio quechua, rápidamente enfervorizó voluntades en ambas orillas del mar océano. Sobre todo en las ansias de aquellos españoles pletóricos por tropezar con fortuna y que habiendo realizado un extenuante viaje transoceánico se encontrarían con una tierra inesperada e indómita, aguardando la ocasión urgente que los condujese a tomar su propia iniciativa, a ganar terreno y gloria traducida en cuantioso numerario.

Fue precisamente lo que aconteció con don Pedro de Valdivia. Entusiasta y esperanzado, se hizo a la mar acompañando las huestes de un ignoto Jerónimo de Ortal, quien se había empeñado en organizar de su propio peculio, una expedición en búsqueda del Dorado. Lugar irredento en las nuevas tierras y que en forma de deseada utopía sobrevivía girando dentro de las cabezas de cientos de castellanos.

Aquel afán enloquecedor, enigmático que estremecía los egos, se constituyó en el impulsor abarcativo de un cúmulo de leyendas de todo tipo y color, que motivaría a cientos de hombres a cruzar el mar Atlántico para instalarse en la isla de Cubagua, al norte de Venezuela, ambiente idílico y promisorio, asentado sobre un depósito de ostras y de piedras preciosas, que enceguecería en ansias de poder a los recientes colonos y se constituiría en justificadora residencia de quienes iban recalando al paraíso para abordarlo y conquistarlo.

Un gigantesco y fantástico ambiente de interminable riqueza y de exuberante belleza natural. Epicentro de infinidad de joyas en bruto que se acumulaban con suma facilidad en las palmas de las manos de quien decidiera cosecharlas y que además, como malvado contagio, redundarían en la aparición de desavenencias entre los propios españoles.

Aquellos resquemores no demoraron mucho tiempo en suscitarse.

Durante casi dos años los residentes europeos soportaron directivas y exabruptos de aquel tal Ortal, desesperado el hombre como estaba por hacer realidad la famosa leyenda de El Dorado y de recuperar con creces el dinero invertido en la aventura. En consecuencia, andando el tiempo, se ventilaron los inconformismos y las discordias.

Un grupo constituido por más de cuarenta hombres organizó un alzamiento contra la administración de la isla y del conquistador. En total acuerdo entre ellos, los alzados decidieron perfilar un nuevo rumbo. Una estrategia común, autónoma y propiciatoria, direccionada a satisfacer los intereses levantiscos.

Entre ellos, aparecía dubitativo pero también inquieto y abrumado ante las novedosas perspectivas, don Pedro de Valdivia.

Cuando el grupo tomó la decisión se hizo a la mar y se dirigió a tierra firme.

Inmediatamente desembarcados en territorio venezolano, intentaron sin fortuna trabar relación con los Welser. Esa familia que se había establecido como dignataria de la corona de Augsburgo. Porque usted imaginará que no eran solamente españoles quienes vislumbraban el negocio de las indias e intentaban acapararlo. Por otra parte, la realeza poseía en sus venas más sangre similar a la de los Welser que a la de cualquier otro peninsular y que además, a través de sus inversiones en la fabricación de armas y de naves habían logrado acceder a la excelsa responsabilidad de regentear esas tierras. Los responsables de Venezuela, entonces, consideraron que el arribo de hombres envalentonados y solicitantes de asilo, podría perjudicarlos en su negocio. Por lo tanto evitaron mezclarse en las divagaciones de aquel núcleo humano que no conocían bien y se desembarazaron rápidamente de la problemática. Contundentes y decididos, extraditaron a los cabecillas del airoso levantamiento, enviándolos detenidos a la isla de Santo Domingo. Allí serían procesados por un tribunal hispano acusados de haberse atrevido a separarse de sus legítimos líderes, residentes en Cubagua.

Pero la orden de confinamiento y extradición había sido dirigida únicamente a los caudillos. En realidad los Welser, como cualquier digno europeo que se preciara, demandaban mano de obra y precisamente por ello, el resto de los insubordinados quedó libre de culpa y cargo. Los exculpados entonces accedieron al asentamiento en el territorio. Entre ellos, justamente, Pedro de Valdivia. Poco tiempo después, astuto y convencedor, obtuvo la confianza de uno de los administradores a quien fue entusiasmando con promesas de metálicas andanzas. Poco tiempo después, por intermedio del entusiasta inversor, organizaría su propia expedición con el aporte de dinero de aquel oportuno prestamista.

Sin embargo, un tiempo antes de hacer efectiva su osadía de conquista y por iniciativa propia, decidió trasladarse al Perú.

El territorio quechua, a esa altura de los acontecimientos, presumía de Edén. Varios hispanos autopercibidos como conocedores, conjeturaban al Perú como un lugar legitimado como designio divino. Superabundante en metálico, en producción cerealera, en mano de obra dócil.

Tierra de promisión y de porvenir venturoso para los peninsulares afincados. Caballeros de mérito autogenerado pero que sin embargo no les retaceaban los inconvenientes. Sobre todo al más sufrido y empoderado líder en territorio del inca, don Francisco victorioso, asumido de honor, de gloria y adinerado junto con sus hermanos,  tenaces mentores de la consolidación de una aristocracia del dinero en la tierra que usurpaban.

Sucedía sin embargo, que insidiosamente, la fraternal cofradía se hallaba inquieta y recelosa por culpa de una rencilla doméstica suscitada entre dos bandos, que se azuzaban y hostigaban con la pretensión de obstaculizar al otro y quedarse con el poder omnímodo.

La controversia pasaba de castaño oscuro. Se caracterizaba por una disputa salvaje despojada de toda honra, sostenida por la humillación y el desprecio hacia el respectivo contendor. Porque usted sabe. Si la fortuna es inmensa, tan grande como ella es la aspiración a poseerla en su totalidad, demoliendo al contrincante sin miramientos pero si el tesoro es mínimo, la eliminación de aquel otro que también reclama es el objetivo y la razón indispensable. En este particular, un equívoco o artimaña de la corona generó el exabrupto entre esos personajes empeñados en perpetuar su heredad. Ambos, sintiéndose imbricados por la inspiración divina, habían dispuesto la recreación en tierra aborigen de su linaje exclusivo de cuño imperial hispano. Una decisión impropia en un territorio como el andino recientemente revelado como propio por el viejo continente, que comenzaba a escribir su nueva historia en castellano, apenas deletreándola.

Pero evaluado como justo o injusto, lo cierto es que las facciones estaban lanzadas a todo o nada, con el objeto de consolidar sus anhelos y consagrarlos. Así fue entonces que se expresaron manifiestamente como gente capaz y comprometida a entregar hasta su propia vida.

Se trata de la famosa guerra intestina entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro.

El primero, poseedor de todos y cada uno de los documentos que le garantizaban suficientemente el favor de la corona española respecto de sus aquiescencias.

El segundo, blandiendo la exigencia de su reclamo tenaz y prepotente. Reclamando que se le compute el permiso del monarca para desplazarse al nuevo mundo, reconociéndosele aún no haber accedido al deseo final y prístino de consolidarse económicamente debido a un infortunio. Ese mal recuerdo de su infausto y escabroso intento de conquista de Chile. Propósito éste por el que fuera paradójicamente estimulado en especial, por el propio don Francisco, quien esperaba que aquella ocurrente expedición eliminara a su principal contendor.

Un peregrinar fracasado para don Diego, que desembocó en el convencimiento personal de que la solución a su dilema la zanjaría su retorno al Perú, para reclamar por una porción del oro de los incas como redención justificadora de todos sus anhelos y con el objetivo de comenzar a saldar las deudas originadas en sus andanzas americanas. Para lograr revertir su frustración y recuperarse económicamente, le pareció imprescindible la decisión de volver tras sus pasos y reingresar al Cusco.

En medio de esas infaustas desavenencias, en el epicentro de los embates belicistas de los pretenciosos, se incorporaría Pedro de Valdivia a las convulsionadas tierras del inca. Sin dudarlo, el recién llegado se decidió por el apoyo a Francisco Pizarro en aquella contienda de títulos. Consecuentemente, se granjeó la confianza del círculo de leales al conquistador.

Valdivia evaluó ventajas y desventajas de la controversia. Inmediatamente constató la condición de inferioridad de Almagro e intuyó aquello de que andar con perdedores no estimula demasiado el ego, entonces se acercó a los Pizarro, aún a sabiendas de que debería tolerar unos años de infortunio y de letargo, al verse obligado a aceptar el liderazgo de los presumidos extremeños, pero convencido también, lo que no era poca cosa, que no bien lograra el beneplácito del mayor de los hermanos, el auténtico jefe, conformaría su ejército por cuenta propia y se lanzaría por fin a la conquista de aquella región, casi imperceptible, que el pobre de Diego de Almagro no había podido sostener, muy a pesar de todo aquel esfuerzo realizado y por el cual derrochó tantas vidas y tantas inversiones.

Don Pedro de Valdivia lo lograría. Se adentraría en tierras irredentas y se empaparía de las extrañas costumbres de aquellos pueblos desconocidos e inestimados.

Porque las diferencias culturales entre españoles y nativos eran tantas y tan diversas, que evaluadas en conjunto se asemejaba más a una inclaudicable discrepancia.

Pero aquellos impíos, no por salvajes adolecían de algún líder. Colocolo y don Pedro eran de la misma edad. El americano era lonco venerado como sabio y conductor del pueblo mapuche por casi medio siglo. El europeo no lo conoció personalmente pero sin dudas lo padecería. La orientación política y militar del cacique era estimada en todos los rincones del territorio y sus directrices se ventilaban en virtud de la variedad de aprontes y de estímulos verificados en la lucha sostenida por los naturales. Estrategias de combate que habían surgido de las opiniones sugeridas por el viejo y querido lonco.

Colocolo poseía la virtud de enhebrar la estrategia, la elaboración de un plan y su sistematización. A la capacidad de razonar con sentido común y afianzar objetivos compartidos ante la aparición de lo desconocido, se le sumaba su decisión y cautela para enfrentar una realidad que se manifestaba novedosa y desafiante. Una vivencia original que debía ser resuelta frente a un contendor ignoto, ante la incertidumbre, la perplejidad y la ignominia.

Dos historias disímiles, dos culturas contrapuestas, dos rostros que probablemente jamás hubieran debido confrontarse. Pero la historia la escriben aquellos que la viven mientras la van forjando y en ese andar se entrecruzan sus avatares y hasta los imprevistos caprichos del azar.

Pero don Pedro había llegado preparado para el combate. Era noble y como hijo de hidalgos, no desconocía sus deberes y su inclinación por las armas. Había nacido en las postrimerías del Siglo XV, pero el año de 1520 lo encontró conformando filas en el ejército del emperador Carlos primero de España y quinto de Alemania, guerreando alternativamente en las campañas libradas en las comunidades de Castilla. Entre las idas y venidas, también se animó al entrevero en otras tierras europeas.

Formó parte del grupo que partió primero a Flandes y luego a Italia con el objeto de consolidar la expansión del imperio ibérico. Un gigantesco e inabarcable dominio castellano que parecía precipitarse a un tiempo único e infinito de triunfos y festividades.

A los veintiocho años, constituido como un eminente militar, se estableció en Salamanca junto con la mujer que tomó en matrimonio. Solamente diez años extendió su ociosidad en compañía marital. En 1535, partió hacia América, para nunca más volver a ver a su esposa.

Establecido en las indias occidentales, las primeras experiencias americanas asentaron su carácter, le dieron a conocer una nueva sociedad que se iba formalizando y comprendió la gama de intereses y de valores que se habían puesto en juego sobre el nuevo mundo. Un fantasmagórico hemiciclo que cada vez menos representaba una tierra de promisión, para asemejarse paulatinamente a un improvisado campo de batalla entre los propios nativos.

Una apesadumbrada y elocuente sinrazón para aquellos indoamericanos que constreñidos o apremiados padecieron de una paradoja. Se entregaron sumisos al poder y al proyecto extranjero con voluntad de desembarazarse del rigor impuesto por los pueblos locales más poderosos, sin advertir que habían renunciado definitivamente a su libertad y a su cultura. Valores que desaparecieron postrados por el propósito de los invasores.

Los sucesivos episodios en el nuevo mundo fueron fijando un rumbo específico en el porvenir de don Pedro. Los entretelones expuestos y desarrollados durante los lances entre rencores y vanidades desgajados por los españoles en territorio venezolano le hicieron cambiar muchas de sus actitudes. Cobijado en el continente, reescribió y repensó sus objetivos. Estimó vital fortalecerse, ganar confianza de quienes convenía para calibrar, medir y elucidar estrategias.

Envuelto en aquel juego de comparaciones, Pedro de Valdivia descubrió que debería atender más el plano personal que el interés de conjunto.

La decisión de partir hacia el Perú, puso en valor precisamente, la razón de luchar por un proyecto propio.

Cuando los hermanos Pizarro vencieron a Diego de Almagro, por la puja y reclamo de los dominios riquísimos de los Andes, precipitadamente procedieron a juzgarlo. Su pretensión descomedida dijeron, debería ser castigada conforme rezaban las leyes de la península. Lo encarcelaron y posteriormente lo condenaron. Aquella trama, que había quedado definitivamente resuelta, ensalzó por un lado las apetencias pizarristas, pero por el otro significó para Valdivia un importante primer escalón en su propio crecimiento. Haberse inclinado en favor del triunfador de la compulsa fue una decisión muy bien resarcida con una importante porción del territorio boliviano y con minas de plata de la ciudad de Potosí.

Sin embargo, aunque parezca un juego de palabras, a veces lo conforme se torna disconforme si no conforma suficientemente y convierte entonces en insatisfechas las apetencias. El noble e ilustre español pretendía todavía algo más que riqueza y territorio.

 Su familia era poseedora en España de suficientes títulos y blasones que le hubieran garantizado una vida plácida y distendida sin necesidad de haberse trasladado a la tierra nueva. Pero don Pedro reclamaba para sí otra cosa. Un halago mayor que la pretendida tranquilidad del metálico y la dicha de las vastas extensiones.

Se había desplazado de continente envuelto en la esperanza de que el tiempo que le restaba por vivir lo cubriera de gloria. Estaba convencido de que su función en el nuevo mundo equivaldría a cumplir con un mandato del altísimo. Un precepto muy superior al mero beneficio terrenal.

Resuelto a que su nombre quedara plasmado en la historia, se constituyó en uno de los pocos peninsulares entusiasmados con avanzar sobre una tierra sin certezas. Chile era todavía una incógnita. El ejército del inca jamás había quebrantado su frontera. El mapuche era un pueblo aguerrido, indómito y no existía seguridad respecto de que su animosa intromisión le deparara demasiadas satisfacciones económicas, ni que se viese colmado de vastedad de territorio, ni que lo compensara con miles de brazos esclavos para el laboreo rural. Sin embargo, aquella zona que los quechuas denominaban Chile y que no poseía siquiera significativas extensiones con acreditadas zonas de labranza, lo aguardaba. No para sembrar seguramente. Pero quizás sí para intentar implantar la gloria del señor, como exigía la santa iglesia y por qué no, a través de su briosa intención, el deslumbrante milagro de la incorporación de la cultura, la lengua y las artes de comunidad castellana.

Chile representaba en el ideario de conquista de los peninsulares un lánguido y angosto paso entre montes elevados y el mar brioso. Un angosto cinturón conformado entre la ladera de montaña y la playa de arena áspera bañada por las olas, que necesariamente habría que ir descubriendo, conquistando y colonizando, sorteando avatares belicosos contra indios de poca amistad y ganando territorio cada vez más hacia el sur, consolidando el triunfo a expensas de la fundación de asentamientos, garantizando heredad para cada predio y afianzando en cada victoria el buen nombre del adelantado, caballero e hidalgo, instalado en el sitial de honor, en el centro del poder político y en clara representación de la autoridad del monarca.

La marcha hacia Chile significó también, debemos recordarlo, cuantiosa acumulación de deudas para Valdivia, quien no fue precisamente beneficiado económicamente por Pizarro. El líder peruano se limitó a dar rienda suelta a las intenciones expansionistas del pretendido conquistador, pero lo abandonó en medio del esfuerzo de sus preparativos y lo supeditó a su propio esfuerzo, librándolo a su suerte.

Por esa razón tal vez, don Pedro recordó su padecimiento en su antiguo confinamiento cuando recién llegado de ultramar, recurrió a la ayuda de aquel prestamista del grupo Welser que había conocido en Venezuela llamado Francisco Martínez. El financista acordó invertir en aquella extraña campaña hacia el sur del Perú, con la promesa de que se repartiesen entre ambos las utilidades en metálico que fuesen encontrando.

La escandalosa empresa en cantidad de hombres, revuelta y enajenada, promovida por una esperanza lejana y poco convincente, partió del Cusco con pertrechos de todo tipo, caballos, carpas de campaña y armas.

Desde mucho tiempo atrás, Chile se había transformado en una región desesperanzadora para los españoles, en un bastión miserable e inaccesible. Una tierra reconocida como exenta de oro y ocupada por habitantes hostiles y belicosos.

Después de la fallida y malograda expedición de Diego de Almagro, que había calado hondo en los colonos residentes y que fuera mencionada como la travesía más infructuosa e innecesaria de todas las que se habían intentado en el nuevo mundo, no quedaban peninsulares decididos o interesados en participar de aquella aventura.

A pesar de todos los empeños de Valdivia y de los aportes en metálico de ese tal Martínez, fueron muy escasos los soldados que se inscribieron al convite y muy pobres las cantidades de raciones de alimentos acumuladas para la expedición.

Finalmente, ante la evidencia de la exigua participación y del alicaído entusiasmo, el jefe español aceptó incluir en la repartija de los beneficios a un nuevo y potencial financista. Un hombre recién llegado de España que también blandía la autorización del rey para gobernar las tierras consignadas al sur del Perú hasta el Estrecho de Magallanes. Muy poca sopa para tantas cucharas. Era evidente a todas luces que a Valdivia le había surgido en este Pedro Sánchez de la Hoz, un nuevo competidor que también poseía legítimos títulos reales. Habilitación comprobada y suficiente como para poder resarcirse con el futuro territorio a conquistar.

Desde luego que desde el primer atisbo entre ambos, los dos peninsulares advirtieron que tenían para ganar y para perder porciones equitativas y que por ello sería sumamente necesario reconocer que deberían llegar a un acuerdo.

A instancias del propio Pizarro, quien merodeaba, intercedía, opinaba y hasta recelaba entre los caballeros, los interesados resolvieron que la campaña de conquista recaería específicamente en Pedro de Valdivia y que los pertrechos militares, los soldados y hasta los caballos, serían aportados por Sánchez de la Hoz. El hombre conocía bien el ambiente desde tiempo atrás, había participado en la conquista del Perú, luego retornado a España cargado de oro, para posteriormente regresar al nuevo mundo con el objeto de continuar acumulando tesoros para su propio peculio.

Parece ser frecuente que el alma de los hombres se torne inconstante, dubitativa, temerosa, antes de optar por algún sendero promisorio. Una situación que acontece invariablemente hasta que el individuo se deslumbra y reconoce frente a su persona la luminosidad del oro. A partir de ese instante presiona para abrir todas las puertas y junto con aquella azarosa avanzada van desapareciendo todas las indecisiones. Entonces el camino comienza a desplegarse, a orientarse hacia el único y legítimo objetivo.

El deseado financiamiento, que había parecido inalcanzable hasta ese entonces para Valdivia, se había conseguido con la misma condición que había impuesto el primer inversionista, dividiendo en partes iguales los futuros beneficios. Una sola cuchara para tres comensales.

Por fin y a regañadientes la expedición se puso en marcha.

Pero don Pedro de Valdivia solamente deseaba construir un imperio personal que le otorgara fama, poder y un lugar en la historia. El hombre sabía perfectamente que jamás obtendría los beneficios pecuniarios que los Pizarro habían hallado en el Perú. Pero quizá, tal vez, el reconocimiento imborrable de su nombre y de sus hazañas quedara signado para siempre entre los futuros españoles.

Andando la comitiva, comenzado el desgranamiento de leguas hacia el sur del continente, una desagradable sorpresa tiñó de oscuro el emprendurismo. Por una razón o por otra se declararon ausentes a la cita ambos socios capitalistas. Fuera como fuese, la comitiva persistió en la marcha. Sugestivamente, como veremos después, varios españoles iban sumándose a la expedición. Grupos humanos de diversos rincones se fueron animando a incorporarse, llegados de otras latitudes peruanas y con objetivos disímiles, mostrándose interesados por la travesía consignada.

Poco a poco la caravana incrementó a más de cien europeos caminando y soñando posesos con el mismo encantamiento. Junto con ellos y con quienes iban a caballo, miles de indios deambulaban a pie y descalzos.

 La escandalosa novedad constituyó la puesta en marcha del innumerable elenco o compañía. Esa desaforada pandilla, las huestes de Valdivia transitando por una estrecha angostura de la costa hacia el sur y sobre el camino del inca. La inenarrable épica sorprendió a todos quienes se iban enterando de tamaña epopeya.

Al conjuro de la caravana, la noticia se fue extendiendo y aquellos españoles desperdigados sobre el territorio, como falsos héroes de antiguas batallas, fueron incrementando el convoy.

Entre ellos Francisco de Villagra.

Mientras descansaban de su peregrinación habiendo establecido campamento muy cerca de san Pedro de Atacama, Valdivia fue informado de que muy próximo a ese lugar se encontraba un viejo amigo, un compañero de antiguas campañas bélicas europeas, quien había obtenido la libertad de discernir respecto de sus propias determinaciones en el continente por descubrir y por consiguiente, había decidido encarar sus propios proyectos de conquista e iba redactando pormenorizadamente todas sus andanzas personales.  Don Pedro sintió el deseo de reencontrarlo, de recordar las trayectorias compartidas. Se propuso entonces llegarse hasta su morada acompañado por un grupo de jinetes con la intención de saludarlo.

Como sucede en otras ocasiones empapadas con paradojas, aquel sorpresivo, inesperado y entusiasmado empeño por establecer una reunión con su respetado camarada, le salvó la vida.

Una de esas noches, Pedro Sánchez de la Hoz, quien como recordamos debería haberlo acompañado en la peregrinación al sur como socio y parte del proyecto, pero que por el contrario había decidido estacionarse demorado en el Cusco, se precipitó en forma sorpresiva dentro del campamento con un nutrido grupo de acompañantes. Una vez allí, sigiloso, se acercó a la tienda supuestamente ocupada por Valdivia con la intención de asesinarlo, de separarlo definitivamente del proyecto de conquista para apoderarse personalmente del mando de la expedición.

En aquella sencilla y rústica tienda de campaña, lugar que había sido elegido como propio aposento por el conquistador, se encontraba descansando su amante, doña Inés Suárez, una española de familia de artesanos y viuda consuetudinaria de un marido que había viajado al continente redivivo sin ella, había sido encandilado por la apetecible oferta que representaba el imperio peruano y no había retornado jamás a España. Por consiguiente, doña Inés, jamás había vuelto a verlo con vida.

Mucho tiempo después de que el hombre partiera al nuevo mundo, la sufriente y joven dama fue capaz de acceder y alcanzar con sus súplicas al monarca. La regia intermediación habilitó la posibilidad de que la pobre mujer obtuviese la gracia del rey para realizar el ansiado viaje del reencuentro. Pero al llegar a la ciudad de Lima, espléndida y jubilosamente preparada para vivir en comunión con el amor de su vida, recibió la infausta noticia de que su esposo había muerto en batalla.

La atribulada doña Inés entonces, como la llamaban cariñosamente, compareció de cuerpo presente ante Pizarro, el adelantado, representante del ilustrísimo monarca hispano en el imperio andino. El muy distinguido y servicial con las damas, don Francisco, educado y magnánimo con aquella notable, refinada y todavía bella viuda y como consecuencia de las muchas penas y avatares por los que había atravesado, la muy bien gratificó, satisfaciéndola con una suerte en encomiendas y con una parcela a su nombre en la ciudad de Cusco.

Vecina de su heredad, se localizaba el terreno concedido a Pedro de Valdivia. Las voces soliviantas se atrevieron a decir que esa fortuita situación los unió en intensa afinidad y profundo clamor íntimo y compartido. Pero no podemos afirmarlo a ciencia cierta y tan sueltos de cuerpo.

Lo que podemos asegurar entonces es que cuando el extremeño accedió a la obtención del beneficio de la reclamada, exigida y pretendida expedición hacia Chile, la dedicada, finísima y tan amable vecina solicitó de inmediato la autorización para acompañarlo. Pizarro le otorgó la dispensa pero en carácter de doméstica del conquistador. Usted se imaginará, no vaya a ser que los dignatarios de la iglesia se opusieran a que un hombre casado viajara con una supuesta amante. Que dios no lo permita.

La doña Inés entonces, sumisa y devota, resignada a la palabra del hombre vestido de negro y sacrosanto y de la santa iglesia, aceptó la hipocresía y a través de aquel embuste piadoso y comprensible, se transformaría con el tiempo en la primera mujer europea en pisar suelo chileno.

 Pero volviendo nosotros al escabroso tema de la inquina entre peninsulares, que sin presumir o adivinar hipótesis para ventilarlas como confirmaciones inexactas nos estamos figurando como el posible asesinato de uno de ellos, podríamos deducir que la mujer, muy a pesar de permanecer sumida en sueños, fue absolutamente capaz de escuchar voces y observar asimismo movimientos inesperados dentro del humilde y sencillo recinto noctámbulo que habitaba. Hasta que por fin hubo confirmado el ingreso de los atacantes a la elemental toldería y sin dudarlo ni demorar un instante, habría encendido la alarma a través de agudos y vociferados  griteríos e improperios que sobresaltaron inmediatamente a los adormilados cristianos de las tiendas vecinas, quienes fieramente enardecidos, acabaron con el desgraciado episodio arrestando y engrillando al tal Sánchez de la Hoz junto con sus cómplices.

Por supuesto, como era de esperar, al descubrir que el líder de los capturados era nada más ni nada menos que aquel mismo ser humano a quien todavía consideraban socio del que debería haber perdido la vida asesinado, los rescatistas optaron por convocar urgente al titular de la tienda en cuestión para que decidiera sobre el futuro de aquellos quienes inmediatamente después de apresados, fueron declarados como contumaces y porfiados asesinos, extremados y recalcitrantes miserables.

A su regreso varios días después de los acontecimientos, el extremeño obró con la cautela de un enjundioso calculador. Pudiendo haber declarado culpable al reo y sentenciado al patíbulo, Valdivia en cambio prefirió perdonarle la vida al tan renombrado Sánchez de la Hoz, pero a condición de su renuncia a todos los beneficios que le hubieran correspondido. De esa forma se excusó de los posibles reclamos pecuniarios de quien había aportado algunos emolumentos en la campaña chilena. Con el resto del grupo tomó otra decisión, lisa y llanamente los desterró de Chile. Sólo perdonó y sumó a su contingente a uno de ellos, Francisco de Ulloa, porque el muchacho, ya veremos de qué manera, se ganó su confianza.

Este Francisco Ulloa, era un joven pero experimentado soldado de varias y disímiles campañas. Había pertenecido a los desmedidos ejércitos de Cortés en México y por su propia cuenta y orden había recorrido el golfo de California. Posteriormente se había unido también al grupo de Pizarro en Perú. A partir de aquella circunstancia, se relacionó con Sánchez de la Hoz y fue enviado junto con él a territorio chileno. Cuando Valdivia escuchó su experiencia en el continente, decidió sostenerlo en su grupo.

Terminado el período de reposo y concluidas aquellas turbulencias relatadas y originadas en móviles inconfesables, la caravana reinició el trayecto a través del desierto de Atacama.

La inmensa romería en forma de tropel estaba conformada por más de ciento cincuenta hombres, de los cuales cien iban a caballo. Además, alrededor de mil aborígenes a pie descalzo formando parte del convoy que se completaba con dos sacerdotes para beneplácito y regocijo de las almas.

Había que aprender a caminar de a miles, despacio, a los tumbos y tratar también de soportar aquel infierno de hervores, de fríos, de olores pestilentes y de hambrunas. Pero, como suele ocurrir siempre ante los imponderables emanaban de repente cuestiones inasequibles. A expensas del calvario del calor sobre todo, se iba revelando una cuestión crucial, acuciante, cada vez más evidente, la muchedumbre no podría cruzar al mismo tiempo aquel desierto infatigable.

La gran mayoría de los españoles lo había advertido. Valdivia comenzaba a padecer parte del calvario que había soportado Almagro.

Envueltos en la vastedad de la nada, en el vacío de la necesidad, en la perplejidad de lo desconocido, una multitud desprotegida e inmanejable no debería haberse lanzado a caminar sobre terreno inhóspito, inhabitable. Sobre todo teniendo en cuenta cómo había definido aquel territorio la gran mayoría de los peninsulares. Nada más ni nada menos que un ámbito expulsivo antes que contenedor.

Los trashumantes hispanos sabían a través de la experiencia anterior de Diego de Almagro e inclusive por las aseveraciones de los propios aborígenes que marchaban junto con ellos, que distanciadas por un día de camino, era probable que encontraran fuentes de agua, oasis naturales en pleno desierto que probablemente se agotarían sin piedad si los miles de caminantes llegaban simultáneamente.

Pedro de Valdivia discutió el futuro proceder con el resto de los ibéricos y entonces tomó la decisión. Decidido, optó por la misma estrategia que eligiera don Diego en la experiencia anterior y sobre todo después de reconfortase vivamente en parlamento con los reverendos padres de la iglesia se encomendó al señor y a su señora madre.

El proyecto consistía en dividir la comparsa de hombres y animales en cuatro grupos que partirían separados en otros cuatro días sucesivos, para que los cúmulos de agua se fuesen recuperando jornada tras jornada.

El clima árido e hirviente se descompensaba entre el día y la noche y esa eventualidad dificultaba el trayecto. Varios de los españoles presentes lo habían experimentado en la malograda travesía anterior. La jornada era tórrida con el sol entre cuarenta y cuarenta y cinco grados centígrados, pero a la luz de la luna la temperatura descendía entre menos diez y menos cinco grados.

Los escasos estanques se agotaban cada vez que llegaba un grupo, era cierto. Pero bastaba un solo día para que se recuperaran, ese lapso permitía que el nuevo enjambre humano que lo abordaba, se abasteciera del preciado líquido.

En el camino fueron encontrando cuerpo de animales y de humanos seccionados, los restos cristianos por así decirlo, no eran otros que los denominados como los “rotos” del grupo fallido y frustrado de Almagro, que por millares fueron pereciendo en ese lento y doloroso itinerario. Yacían allí todavía sin otra suerte que lamer el sol caliente y la sombra mortecina de la noche.

Para desventura del propio Valdivia, había uno de aquellos entre la marejada humana de sus actuales caminadores, Juan Ruiz se hacía llamar, sobreviviente de aquello y después, durante todo el tiempo posterior, un hambreado y abandonado a su mala suerte, solitario de soledad absoluta.

Un “rotito” de don Diego que se había animado a volver a intentar la misma aventura a través del empadronamiento con don Pedro, porque no tenía ningún otro entretenimiento o razón mejor con la cual justificar su infelicidad.

Ese pobre incauto, desventurado y doliente, desató su cálculo o previsión personal sin que absolutamente ninguno de los desgraciados partícipes se lo reclamara e inundó con su alegato de desaliento la mínima esperanza entre los hombres. El infeliz promovía el regreso al Perú en forma precipitada. Auguraba desdichas e incapacidad de alimentación para todos. Indefectiblemente morirían, advertía, tal y como había sucedido en la anterior expedición.

En cuanto Valdivia fue enterado de la desafortunada apuesta que blandía en forma permanente y en estado de desesperación aquel desgraciado soldado, tomó una decisión ejemplar y urgente, decretándole la horca como castigo y acusándolo de traición.

Concluido aquel desagradable episodio, ordenó de inmediato que la interminable marea humana, que paradójicamente no se había percatado, ni escuchado, ni reconocido en su totalidad, esas intenciones pronunciadas por aquel destemplado, se desplazara ante el cadalso e identificara con sus propios ojos el remedio recetado por el líder benemérito y gran caballero español para aquellos quienes se animaban a enfrentar su reglamentación. Posteriormente, habiéndose asegurado que cada uno había reconocido e identificado aquella recompensa final, extendió la orden de continuar con la peregrinación.

De esa manera se sucedieron alrededor de dos meses largos de camino desértico. El primero de los grupos, que marchaba bastante más adelantado con el objeto de reconocer el rumbo, descubrió que las famosas fuentes naturales que iban apareciendo en el sendero estaban totalmente secas y que los renombrados pozos de agua que los indios identificaban claramente estaban agotados. Ante aquella infortunada circunstancia, la avanzada estimó abortar la prosecución del trayecto y decidió entonces retroceder, procurando el reencuentro con los demás contingentes atrasados.

La cautela y el repliegue aparecían como precisas y pertinentes opciones. Mientras tanto se iría considerando una nueva maniobra. Una acción aleatoria que proveyera el intento de salvación para la inmensa cantidad de hombres y animales, envueltos en esa encrucijada del destino, atrapados y sin ninguna esperanza de sobrevida.

En medio de aquella aguda consternación, los caminantes se percibieron como revueltos en la perplejidad, desesperanzados. Casi subyugados por las inclemencias de la naturaleza. La coyuntura se había tornado incierta. Pero es verdad también que en ciertas ocasiones la  inesperada contingencia de la realidad desencadena circunstancias que en forma de espasmos el sentido común no alcanza a descifrar.

Para sobresalto de los inminentes condenados, un acontecimiento inédito e improcedente convulsionó la jornada y forma repentina precipitó un inopinado cambio.

Ensimismada y distante, como obnubilada alrededor de sus meditaciones y sobrecogida dentro de un pozo de arena, se hallaba aposentada nuestra siempre evocada señora doña Inés, quien como todos los abandonados de la gracia divina, yacía atormentada. En silencio, entonces, afligida, casi inmóvil, giró su mirada en derredor y atropelladamente convocó a un indio yanacona a excavar debajo de la superficie donde permanecía asentada, vaya a saber uno haciendo qué determinada cuestión.

 El aborigen comenzó a despejar el lugar exacto con sus manos resecas, descoloridas, deshidratadas. En silencio pero con movimientos desacompasados y enérgicos aquella porción de arena que había servido de habitáculo de la mujer hasta ese instante, gradualmente fue amparando el milagro.

El agua cristalina, turgente, impetuosa, comenzó a brotar a empellones desacompasados y todo el cuenco natural que hasta ese momento ella había ocupado con una de las partes pudorosas de su cuerpo, desbordó con el líquido elemento tan transparente y abundante que superó las expectativas de la totalidad del gentío impávido, abasteciéndolo inagotable y sin límite.

 Las caprichosas versiones de la historia, impondrían un reconocimiento merituado a ese emplazamiento sacramentado. Con el correr del tiempo el paraje prodigioso comenzaría a renombrarse como la aguada de doña Inés, por demás justificado el asunto y respetando agradecidos al designio divino que había socorrido de tremenda emergencia a tantos seres humanos y animales anónimos.

Aquella oportuna y conveniente experiencia de vida, acreditada como la pericia o destreza de la transmigración humana a través del desierto, fue asemejada categóricamente por los dignísimos caballeros castellanos a una célebre parábola bíblica. Era el señor dios de los ejércitos que marcaba el itinerario a los penitentes y eran sus discípulos terrenales, entonces, como apasionados sacerdotes peregrinos, quienes recibían la bendición celestial del camino transitado.

Mientras tanto, los días se sucedían como un despropósito. Las noches sorprendían ateridos a cientos de seres humanos y animales. Los hombres sencillamente se estremecían, se congelaban o morían de frío. Los indios y los negros, más fuertes o más conocedores del ambiente desapacible, de todas maneras también caían como racimos. La gran mayoría de los hombres quedaban rígidos, tiesos sobre el camino. Los cuerpos exánimes iban dejando una estela lúgubre, señalando el trayecto, como un reguero atroz de carne y podredumbre. Exactamente el mismo contexto y circunstancia que había acontecido durante la anterior peregrinación almagrista.

Recién en el mes de octubre de 1540 se asomaron a las estribaciones del valle de Copiapó. Habían iniciado la travesía en enero de ese año. Allí se asentaron, hombres y animales reposaron unos días. Pero el relajamiento fue abruptamente cercenado. Fueron sorprendidos por los diaguitas, el pueblo local los identificó y los embistió con alrededor de ocho mil guerreros. A pesar de la fatiga y el agotamiento, la refriega fue un triunfo español sobre los millares de hombres que combatieron semidesnudos. El arcabuz y las espadas de hierro pudieron sobreponerse a pesar de la debilidad y de la mala alimentación. Valdivia entonces, congratulado por la victoria y facilitado en su proceder por la inacción de algún que otro lonco que lo dejó hacer, estableció que toda aquella región se denominara como Santiago de la Nueva Extremadura, en homenaje a su tierra natal española.

Ante una colosal cruz de madera ordenó la formación de su ejército y dictaminó que se oficiara un tedeum. Con la bandera de Castilla enarbolada, entonces, tomó posesión del valle con profundo homenaje y sentimiento para el rey Carlos primero de España. En realidad, el pretencioso y soberbio capitán debería haber formalizado el acto en nombre de su jefe directo en el continente. El adelantado don Francisco Pizarro, de quien Pedro todavía era su lugarteniente. Aquella circunstancia desenmascaró la intención de Valdivia. No era otra que la misma que perseguían todos los peninsulares puestos a mandar y negándose a obedecer, apoderarse de las jurisdicciones que se iban ocupando a partir de cada nueva fundación.

Quiérase o no, la instauración de la Nueva Extremadura contribuyó a cimentar los egos un poco alicaídos del ilustre capitán, quien observaba con acompasados lamentos lo infausto y oneroso que resultaba cada avance de la travesía.

Posteriormente retomaron el camino del inca. Valdivia refrendó su más ansiado objetivo, continuar avanzando hacia el sur hasta el Estrecho de Magallanes.

Sobre aquel rumbo fueron surgiendo conglomerados dispersos de aborígenes que intentaron sin suerte oponerles resistencia. Desorganizados y de improviso aparecían. Al experimentar en el propio cuerpo la descarga de aquel instrumento de muerte descomunal y desconocido, se desconcentraban de inmediato.

Tampoco fue que en todos los parajes sucedió lo mismo. Fue insoportable para los peninsulares, por ejemplo, la enérgica actitud del cacique Michimalonco que persistía en privarlos de continuar su peregrinaje. En realidad se estaba gestando un conflicto al interior de la comunidad amerindia. Había estallado la discordia entre caciques. El líder aborigen, que no se resignaba a que los extraños avanzasen sin contención ni prejuicios, no había tolerado el silencio y la parsimonia demostrada por el lonco Vitacura, cuando estático se limitó a observar el emplazamiento de la formación militar que bautizaba con palabras inconcebibles aquel valle de su comarca.

Es que don Pedro se había apoderado sin miramientos de toda aquella zona como si estuviese desértica. No de almas, sino de instalaciones. Sin embargo, desde el sitio en el cual implantó la cruz colosal hasta la confluencia del río Picunche, que posteriormente bautizarían como Mapocho, bien entrado el territorio en los Andes, la zona estaba ocupada por aldeas que se referenciaban con los incas. Comunidades derrotadas primero e incorporadas después al imperio del sol bajo la configuración de mitimaes o colonias. Esas localizaciones estaban obligadas por el rey peruano a pagar su tributo en oro y a conducirlo personalmente al Cusco. Por esa razón, justamente, algunos caciques aceptaron de buen grado que aquellos fulanos, quienes anteriormente habían vencido precisamente a los quechuas, ingresaran a Chile. Otros jefes indios en cambio observarían con recelo aquel peregrinaje y lo definirían como una auténtica expansión invasora que estaban decididos a evitar.

Fue precisamente en medio de aquella soledad y en muy pocos días, sobre lo alto del Huelén, que don Pedro de Valdivia estableció para siempre la ciudad española de Santiago de la Nueva Extremadura, aprovechando que la bifurcación del Mapocho, provocada por el cerro en cuestión, dejaba plantada una suerte de isla, como un valle entre ríos, que los españoles calculaban que obstaculizaría los aprontes belicosos de los aborígenes. Se establecía así la ciudadela sobre la ruta de varias aldeas con numerosos habitantes que hasta entonces circulaban cotidianamente por ese camino a ofrendarle tributo y a agradecerle a Viracocha, esencialmente durante la festividad del Inti Raymi desde el cerro El Plomo. Hombres sencillos y humildes que a partir de aquel instante y consolidada la dominación, se transformarían sin presentirlo siquiera, en mano de obra barata para la explotación de las minas que los españoles continuamente añoraban encontrar y apoderarse.

El día 12 de febrero de 1541 entonces, Valdivia fundó Santiago de la Nueva Extremadura a los pies del Huelén, que en Mapudungún quiere decir piedra del dolor. Cerro que inmediatamente rebautizó con el nombre de santa Lucía por tratarse de esa fecha santoral. Sin embargo, algún tiempo después y por estricto interés pecuniario, como quedará dicho, el propio adelantado se asentará en la ciudad de Concepción, cautivado por la inmensa cantidad de habitantes aborígenes y por el pasmoso circular del oro entre sus callejuelas.

Todos los fundos, ciudadelas, aldeas, repoblaciones, eran diagramadas en damero. Los invasores estaban convencidos de que esa estrategia les garantizaría el férreo control militar de todo el perímetro habitacional.

Pasado unos meses de haberse establecido, llegó una noticia desde el Perú que sobresaltó a los peninsulares chilenos. La especulación alertaba respecto de que los almagristas habrían asesinado a Pizarro y una vez comunicada la especie a la corona, el rey podría destacar para ese cargo a otro dignatario. De ser cierto, las suertes de tierra asignadas por Valdivia y hasta su propio cargo en Chile delegado por el supuesto asesinado, podrían quedar en vano. Por ello, el extremeño acordó con sus más allegados una resolución de apuro pero tranquilizadora para con la justificación de todos sus beneficios, se hizo nombrar en junio de 1541 gobernador general de Chile por el cabildo, consolidando de esa forma y dando por justa reglamentación sus propias decisiones políticas establecidas hasta entonces.

Probablemente fuera cierto que el rumor de la desaparición física del máximo jefe del Perú lo hubiese precipitado a tomar determinaciones prontas y aceleradas. Pero el propio don Pedro no se resignó con esa especie. No aceptó lisa y llanamente aquel rumor. En consecuencia prefirió organizar un viaje para corroborar en el Perú y personalmente lo sucedido. No toleraría extraviar las suertes de tierra otorgadas en el Cusco por el viejo líder hipotéticamente abatido.

La nueva aldea santiaguina iba creciendo y ampliándose, tapizada de construcciones de barro, piedra, madera y paja. Una plaza central a cuyos lados se erigieron los edificios administrativos. La iglesia principal incólume regía el ambiente por el cual circulaban la mayoría de los vecinos. Más apartado, se distinguía el ámbito del gobernador y un poco más lejos la cárcel y la acequia que vertía desde el Huelén y abastecía el poblado.

Casi todas las semanas, el adelantado se agenciaba de un nutrido grupo de hombres a caballo y salía a reconocer el terreno. Estaba convencido de que alguna aldea le señalaría el sitio desde el cual se recababa el oro que en grandes cantidades aquellos aborígenes dispensaban al inca en forma de tributo. En ciertas oportunidades, el jefe y sus hombres, habían demorado todo un mes en volver a la ciudadela, por lo cual Valdivia dejaba encargado como gobernador suplente a un confidente de mucha certidumbre. Toda una garantía de confianza que ostentaba los cargos de presidente del cabildo de Santiago y de teniente general. Además de ser un íntimo consejero que lo había secundado durante el proceso de reclutamiento de soldados en el Perú, en vísperas de la campaña hacia Chile. Se trataba de Alonso de Monroy.

En una de aquellas intempestivas incursiones de sable y caballada, le cupo a Valdivia enfrentarse al cacique Michimalonco, decidido como estaba a impedir el avance español por su territorio. El líder indio poseía el registro en su memoria. Recordaba muy bien que tiempo atrás había recibido primero y expulsado después al primero de los extraños, don Diego de Almagro y estaba convencido de que en esa oportunidad sucedería lo mismo.

El enfrentamiento se transformó en una batalla tremenda. Durante tres horas mantuvo en vilo a los contendores aborígenes de ambos bandos. Tan elocuente fue la lucha encarnizada de indio contra indio que en la refriega murió solamente un español.

El gobernador ordenó capturar vivo al cacique para que indicara el sitio en el cual se extraía el preciado mineral. La pretensión y el argumento de don Pedro establecían que todo el pueblo del jefe indio trabajase para extraer aquel oro del que a partir de entonces, únicamente dispondrían los peninsulares.

Michimalonco apresado fue intimado a negociar, a cambio de la libertad propia y la de su pueblo. En consecuencia guió a los españoles hasta las quebradas de Marga Marga. Durante meses más de mil indios trabajaron extrayendo y lavando el precioso mineral ante la supervisión del propio jefe supremo de Santiago. Además, a orillas del Aconcagua, el despabilado líder extremeño ordenó construir un bergantín para enviar el oro al Perú y desde allí hacia España. Ventilando y enrostrando intensamente el color y brillo áureo en la península, don Pedro estaba convencido de que el regreso de la nave de velamen acarrearía españoles entusiasmados con la experiencia americana y con sus resultados positivos, decididos a participar en la conquista de Chile.

Pero a veces el destino desacredita las decisiones de aquellos mortales que creían forjarlo y a principios del mes de marzo, unos meses después del comienzo de la labor extractiva, le fue entregado intempestivamente al señor gobernador un recado especial de Monroy, que como recordarán, reemplazaba a Valdivia en la ciudad santiaguina. Su estimado aliado y hombre de confianza le advertía que una conjura contra su vida se estaría gestando desde el Perú. Un atentado con aroma a venganza, alentado nuevamente por su antiguo socio Sánchez de la Hoz. Ese mismo que el porfiado y especulador don Pedro ahora amenazado había dejado en libertad en la patética oportunidad que consignáramos anteriormente y que con tamaña empresa el tal Sánchez de la Hoz, evidenciaba no resignarse a perderlo todo y por consiguiente buscaba justo resarcimiento.

Valdivia entonces dejó apostado a un responsable en las quebradas de Marga Marga y regresó inmediatamente a Santiago. Se hizo fuerte en la ciudadela apoyado por sus lugartenientes y aguardó que los acontecimientos se precipitaran. Pero sin embargo no fue aquella la novedad que recibiría. No. Fue otra información desesperante la que puso en alarma al ilustre gobernador que a esa altura de los acontecimientos, no ganaba para sustos ni para suspiros. Una desastrosa escena bélica aparentemente se había producido a orillas del Aconcagua, en el lugar preciso y desde el cual se trabajaba con el mineral áurico. Los únicos dos sobrevivientes de la masacre aborigen perpetrada por los loncos Trajalonco y Chigaimanga, habían llegado espantados a Santiago para avisarle al desconcertado don Pedro que el epicentro de operaciones extractivo establecido en Marga Marga se había perdido estrepitosamente.

Pero cómo podía suceder aquello. Qué infortunio habría acontecido como para que el precioso lugar de los anhelos se truncara para siempre.

Los loncos habían sublevado a su pueblo con la esperanza de desembarazarse de los españoles antes de que llegase un grupo mayor desde el Perú. Confabulados sobre la base de un ardid, los aborígenes condujeron a los hispanos a un despeñadero simulando mostrarles un lugar secreto pletórico en mineral precioso. Instalados la inmensa mayoría de los castellanos ante el barranco, fueron despeñados en masa por presión de la muchedumbre, luego de lo cual los indios incendiaron todo el sitio hasta hacerlo desaparecer.

Con el retorno cauteloso y timorato de Valdivia a la ciudad de Santiago, sumado a la noticia posterior producida en la quebrada de Marga Marga, regresó también la sensación de baja autoestima en los moradores santiaguinos y el deseo de algunos de terminar esa experiencia y regresar al Perú, de donde pensaban tal vez, no deberían haber salido nunca hacia la pobres y vanas tierras chilenas. Las amargas frustraciones y las dudas sembradas para el futuro, generaron que un grupo de peninsulares diera inicio a una sublevación. El adelantado inmediatamente interpretó esas consideraciones como una afrenta personal y decidió castigar aquella osadía que consideraba casi como una blasfemia. Dio la orden entonces de aprehender a los injuriosos y condenarlos a muerte con el cargo de conspiradores. Así se hizo. Sus cuerpos permanecieron en la horca varios días como muestra de lo que podía suceder con quienes no cumpliesen los designios del gobernador, colgados ante la vista del que quisiera enterarse y en lo más alto del paradójico peñón del Dolor.

Pero de todas maneras, la gente no había quedado suficientemente tranquila después de lo sucedido en la minera y comenzaba a temer por la reacción general de los aborígenes. Aquella circunstancia del barranco, convulsiva, de aristas oníricas o novelescas, por la cual se había producido una masacre entre los invasores circuló por todo el valle, se cimentó entre los naturales y terminó robusteciendo la identidad y la postura indígena. Varios caciques se propusieron ejecutar su sensatez, establecieron un cónclave y se conjuraron vencer o morir por la defensa de la libertad.

La expulsión definitiva o la destrucción final de los invasores se transformó en una consigna definitiva y definitoria.

El cacique Michimalonco tomó la iniciativa y convocó a sus pares. Expuso un plan estratégico estructurado mentalmente a partir del cual las huestes confederadas aborígenes cercarían las adyacencias de Santiago neutralizando cualquier respuesta española, inhabilitándolos a salir de la ciudadela e incapacitándolos a pertrecharse de los insumos básicos. La expectativa de los líderes indios era que los hispanos se vieran obligados a salir en búsqueda de sus  bastimentos, de los enseres imprescindibles para tantos miles encerrados entre las murallas imaginarias de un poblado que carecía de respuesta para los europeos y para los millares de yanaconas peruanos que tampoco se alimentaban y apenas subsistían con sus desgracias. Una estrategia pergeñada al conjuro de aquella dilatada y tediosa labor, conduciría invariablemente a que los invasores se fueran dividiendo, obcecando, derrumbándose moralmente hasta que por fin se encontraran derrotados en forma sencilla y definitiva por las fuerzas conjuntas de los loncos, quienes entrarían a la ciudad para observarla desaparecer entre las cenizas.

Pero don Pedro de Valdivia no había pasado por la experiencia bélica europea en vano. Muy claramente adivinó el planteo de la batalla y esperó el momento exacto para demostrar que todavía poseía incólume el manejo de la táctica y la estrategia de la guerra aprehendida en el viejo mundo.

Con las últimas providencias y recursos que pudo tomar en consideración, ordenó que un grupo de hombres fuertemente armados saliera de la ciudadela a campo abierto dispuesto a cazar literalmente a la gran mayoría de caciques que sus esfuerzos le permitieran. Así se hizo. Varias jornadas después regresaron aquellos peninsulares a la ciudad de Santiago con siete líderes capturados con vida, a los cuales se los presionó para que los miles de aborígenes que rodeaban la ciudadela trajeran provisiones para los avecinados. Alimentos que negociarían a cambio de las vidas de los loncos. Pero sorpresivamente para el gobernador, los naturales no se rindieron ante la expectativa o necesidad de recuperar a sus líderes, antes bien, parecieron sostener y endurecer el planteamiento del cerco urbano, procurando que aquella espera desesperada derrumbara a los odiosos europeos.

Como la impaciencia es justamente la hija dilecta de la desesperación y el jefe español preveía el infortunio, el desgraciado desabastecimiento y hasta calculaba y temía una sublevación de sus propios coterráneos, se precipitó en tomar una angustiosa decisión probablemente no bien balanceada, evaluando las condiciones fácticas y las probabilidades de victoria de uno y otro bando en pugna. Sin lugar a dudas, una arriesgada e intrépida iniciativa, mientras todavía permanecía envuelto en la duda respecto de la determinación sobre la vida o la muerte de los jefes indios cautivos.

Fue así entonces que el adelantado resolvió salir al exterior de la ciudadela acompañado por noventa hombres de a caballo bien armados, para tratar de influir de alguna manera en las decisiones de quienes desde afuera sólo aguardaban que la derrota peninsular aconteciera por su propio peso.

Posiblemente el jefe español se convenció de que lo indios no arriesgarían la vida de los rehenes y que entonces por ello se animó a reclamar parlamento con las fuerzas opositoras con el objeto de intentar confluir en un acuerdo beneficioso para ambos bandos.

Alonso de Monroy por supuesto, volvió a sentarse en el trono de Santiago en calidad de regente sustituto en nombre del extremeño, protegido por un reducido grupo de soldados armados y con apenas unos cientos de naturales peruanos hambrientos, desnudos y desconcertados. Unos pobres infelices empujados a sobrevivir inmersos en una escena impensada, utilizados como carne de cañón y prefigurando una barricada de huesos empobrecida, famélica, amontonada y enferma. Una desgraciada marea de penitentes, miserable y solitaria entre miles de famélicos. Una corroída humanidad desabastecida y abandonada a su escasa consolación.

Solamente medio centenar de soldados españoles y poco más de treinta jinetes protegían la joven aldea levantada de barro, piedra y paja humedecida. Los yanaconas, por ejemplo, transpiraban aterrados, escondidos, agitados y azotados si intentaban escapar de la empalizada defensiva constituida por sus desgraciados huesos.

Agazapados en los conglomerados en que se hallaban repartidos para defender con el cuerpo la insolente plaza castellana, oteaban el horizonte y seguramente iban prefigurando en qué se transformaría el evento, al momento de divisar pasmados la avanzada de los lanceros enemigos. Esmirriados y atónitos entonces, se apresuraron a advertirle al sustituto de Valdivia.

 Los indios enemigos habían comenzado a acercarse a la ciudad desde cuatro flancos distintos y Monroy entre desesperanzado y desesperado aceleró su decisión. Dividió por el mismo número a su reducido, escaso y limitado grupo, especulando con la capacidad de resistir la embestida inminente y por supuesto, también se encomendó a la santísima virgen. Pero era demasiado tarde. Además, la diferencia en cantidad de antagonistas era exasperante. Las fuerzas de Michimalonco, conformadas por veinte mil guerreros con lanzas fueron la evidencia de que el desenlace tendría un final anunciado.

El domingo 11 de septiembre de 1541 amanecería rojo sanguinolento, como combinando ese color con las marcas del dolor de quienes serían los próximos abatidos. El sol, despuntaba gigante y opaco, envuelto en una aureola salmón profundo, entre rosa y anaranjado. Así aparecía sobre el horizonte ecléctico, heterogéneo, como quizás nunca antes se había observado.

Las primeras y pequeñas luces naturales arremetieron impávidas, sin muestras de dolor alguno, en silencioso espasmo entablillando esporádicas el cielo sobre el cúmulo de sombras de distinta dimensión y diverso calibre. Prominentes oscuridades heredadas salvajes de una noche que no se resignaba a desaparecer.

Michimalonco evaluó la situación y se convenció de que debido a la escasa visión del día que despuntaba, la minúscula defensa de arcabuceros no resultaría efectiva al intentar el derribo de sus bravos y heroicos luchadores. Muy probablemente los temblorosos traidores que las empuñaban sin conocer aquellas armas extrañas, serían incapaces de acertar en el blanco después de toda una noche velando por lo que aconteciera. Mientras tanto, sus aborígenes, grises hombres de estirpe labradora y alfarera, como novatos soldados aguerridos y envalentonados por la íntima superioridad de sus fuerzas, ingresarían a Santiago a todo o nada, como manada incontrolable, como irrefrenable tornado, como salvajes defensores de la libertad popular y a través de aquellos dos pares de flancos  que se divisaban claramente abiertos.

En medio de los gritos de los unos y de los otros, de las corridas y los apurones precipitados, del escándalo de voces ante el tenor de los cabildeos y revueltos todos entre los apretujones sobre las callejuelas, por fin amanecía.

 Los exacerbados y atropellados lances esquivando las posibles heridas o la laceración de los músculos adormecidos por la resolana, sofocaban a los menesterosos luchadores, que lastimados y lanceados, evitaban o padecían el calor de las antorchas encendidas trasladadas por los guerreros junto con sus lanzas.

El desacompasado castigo de los cuerpos, la embriaguez de la locura, el violento temor inaudito, el escándalo, la desesperación y el espasmo de los salvajes de Europa y la avanzada decisiva, fulminante y comprometida de la valerosa América chilena.

Una atormentada tragedia que irremisiblemente se fue tornando inevitable. El humo primero adormeció y turbó la respiración, el incendio después como fuego fatuo, lo cubrió todo.

Con los primeros fulgores del día, las llamas incandescentes se apoderaron de la luminosidad de toda la villa.

Quillicanta y el resto de los loncos encerrados escucharon y percibieron el desasosiego. El tumulto embravecido de la calle ingresó potente, poderoso, como aullido bestial dentro de aquel improvisado cautiverio. Los apresados reclamaron inquietos su urgente libertad y sus enfebrecidos rescatistas desde el exterior de aquel repentino presidio, anunciaban a clamor batiente que estaban dispuestos a todo o nada por recuperarlos.

El exabrupto, el escándalo de gritos, el atropello de cuerpos, los reclamos histéricos, se pronunciaban dentro del solar donde moraba Valdivia. Era el lugar elegido en el cual permanecían recluidos los cautivos, cada uno de ellos encajado con firmeza, cuellos y manos dentro de un cepo, un dispositivo de madera que los sujetaba inmóviles, retorcidos, humillados. En el interior del recinto, la desesperación y la inquietud se respiraban convulsas ante el factible ingreso de los liberadores. La expectación se discernía estática, frenética, congelada. En las calles no, por el contrario, allí reinaba el incendio mordaz, las llamaradas, el fragor de la resistencia que se develaba incontrolable.

Los aborígenes apremiaban por ingresar a la casa cautiverio y desde el interior del recinto, los caciques inertes, descompuestos por el calor apremiante, vociferaban con alaridos exigiendo por su liberación.

De pronto, enredados en medio de la confusión general, doña Inés reaparecía en escena, y una vez más pugnaría por manifestarse. Enclaustrada también como los prisioneros, aislada de responsabilidades, se aferraba a la labor más prudente que creía como propia, lavando heridas, curando enfermos, instalando una enfermería repentina de campaña valiéndose de la absoluta sumisión de yanaconas y evaluando atentamente el desenlace de los tenebrosos acontecimientos. En medio del devenir de opiniones, de espasmódicos escarnios e improvisados insultos, de cuestionamientos y pretextos percibidos como desordenados y hasta contradictorios por los hombres de su capitán Valdivia, quienes cuestionaban y debatían con vehemencia desesperada la propuesta de liberación de los desangelados en forma brusca y repentina, la mujer escuchaba todo y extraía sus propias conclusiones. Fuera de sí consideró que aquella decisión de libertad para los reos, desacertada y cobarde, demostraría un pernicioso signo de debilidad entre los peninsulares y un corolario inaudito que invariablemente apuntalaría la moral indígena. Inés entonces, comenzó a extrañar la palabra y orden de su señor ausente, don Pedro de Valdivia, porque estaba convencida de que el resultado de aquella factible victoria del salvaje produciría la matanza indiscriminada de todo español que estuviese al alcance de los infieles dentro de la ciudad. Ante esa circunstancia y a sabiendas de la necesidad de su gobernador ausente en ese instante crucial, interminable como único ser humano capaz de tomar decisiones rápidas y concluyentes, apretó la espada de su valiente capitán entre sus manos y penetró en la habitación que mantenía aprehendidos a los caciques junto a sus improvisados e incapaces guardias cárcel. Con atención observó el panorama y presintió humillados y horrorizados a los soldados del rey de España. Exacerbada entonces reclamó con bríos que aquellos loncos fuesen asesinados de inmediato y sin piedad, antes de que su gente ignorante y atropellada ingresara a liberarlos y desbarrancara la situación definitivamente.

Ante los gritos desafiantes y enérgicos de doña Inés, varios españoles se agolparon en el recinto y la rodearon de inmediato cautelosos y precavidos. Erguido frente a los cuerpos estáticos y contenidos de los aborígenes sujetados e inmóviles, uno de soldados cristianos se animó a preguntarle a la dama cómo y de qué manera pensaba que los deberían asesinar a los infelices retenidos. En un abrir y cerrar de ojos, entonces, con una inminente decisión que no resistió la voz de alto de autoridad alguna, doña Inés se abrió paso y levantó su espada y al grito “¡De esta manera!”. Así los fue decapitando uno por uno. Luego ante el estupor de los presentes, tomó de los pelos la última de las cabezas cercenadas y ganó la calle para enfrentar la osadía salvaje y despiadada de los insurgentes, con toda la indefensión de su cuerpo y con el estremecedor recado entumecido entre sus manos, azuzando a los gritos a aquellos mismos indios que atropellaban las puertas de la casa, profiriéndoles insultos y echándolos del lugar, para demostrarles que todos sus esfuerzos de liberación habían caído en saco roto, porque aquellos líderes por lo que reclamaban ya habían sido ajusticiados.

Después de observar lo acontecido, atónitos y perplejos, los bravos aborígenes fueron abandonando la ciudadela paulatinamente y en absoluto silencio. Aquellos quienes a pesar de todo continuaban siendo identificados como salvajes, habían descubierto con desesperanza la banalidad de sus fatigas.

Con el correr la tarde, don Pedro de Valdivia retornó a la ciudadela y anoticiado de lo acontecido, designó una partida de voluntarios para que rastreara por los alrededores con el objeto de combatir a los naturales que perplejos permanecieran desperdigados y acongojados a raíz de la pérdida tremenda y definitiva de sus valiosos líderes. Más o menos así habrían sido los sucesos.

La crónica satírica de una inexplicable victoria dejó al descubierto la personalidad desafiante y valerosa de una mujer, que después de tantos años de peregrinación continuaba distinguiéndose por su excelente y decisiva utilidad para el gobernador. Una dama de armas tomar que todavía y a pesar de todo lo expuesto, tendría por delante una firme labor de colaboración a través de su activa y compulsiva intervención de progresiva recuperación de la villa destartalada. Una tarea de reconstrucción a partir de lo ínfimo que se había mantenido en pie dentro de la aldea. Una ciudadela arrasada y abatida que revestida por el esfuerzo de innumerables yanaconas habría de volver poco a poco a erigirse desde sus cimientos.

Santiago fue reconstruida, sus casas reedificadas con adobe, sus terrenos vueltos a sembrar con el poco trigo que quedaba. Una labor empedernida que por imperio del esfuerzo y cooperación multitudinaria habría de multiplicarse. Sus selectos reductos y galpones, algunos reservados como inmensos depósitos, también fueron reutilizados, destinándose para la cría de cerdos y de otros animales.

A falta de otra mujer, doña Inés Suárez fue la encargada de todas las tareas femeninas. Poco tiempo después, fue reconocida en el ambiente social como toda una institución. Había decisiones que tomaba ella personalmente y que posteriormente consultaba con su señor Valdivia. Pero en realidad el gobernador, envuelto en las permanentes pasiones inherentes a su exacerbado estado emocional, relacionado en especial con sus propios apetitos personales, le dejaba a la graciosa dama el libre albedrío en aquellos menesteres, que de todas maneras no le cambiaban el objetivo primigenio y por supuesto tampoco, le quitaban el sueño.

Existían sin embargo otras sensibles preocupaciones que laceraban, presionaban y torturaban la cabeza de Valdivia. El futuro de sus dominios por ejemplo, la clarividencia y perspicacia de su imagen en la posteridad, la definitiva consolidación de su poder político.

 El tiempo transcurría y no había podido aún viajar al Perú. Motivado en ello precisamente, su joven ladero Monroy fue enviado al Cusco a solicitar recursos y a convencer a los hombres para sumarse a la travesía chilena con el objeto de volver a incorporar manos para la labranza.

 Recordemos que por muchos menos altibajos, desbandadas, empellones y contratiempos, don Diego de Almagro y su gente habían abandonado ese porfiado proyecto andino. Pero no serpia de esa manera en esta oportunidad. Los pobladores del Nuevo Extremo, la gente de Valdivia, habían plantado sus propias raíces en esa tierra indómita y estaban conjurados en que deberían quedarse a dar batalla, aun alimentándose de raíces y alimañas si hiciera falta.

Cuando Monroy partió hacia la tierra del inca, el adelantado lo conminó a que llevara consigo una importante porción de oro en forma de barras, vasos y amuletos diversos, con el objeto de entusiasmar y promover a que la gente se identificara con el plan y con la pretensiosa intención expansionista del territorio chileno.

El gobernador aguardó esperanzado. Pasaron unos cuantos meses hasta que volvió a tener noticias del grupo. Durante todo aquel tiempo, una innumerable cantidad de habladurías circularon libremente. También se instalaron en forma aviesa todo tipo de peripecias protagonizadas por el enviado de don Pedro. Se afirmó por ejemplo, que el grupo padeció severamente el hostigamiento y la persecución del pueblo diaguita hasta desangrarse, que los miembros de la expedición estuvieron prisioneros en medio de un calvario del que por puro milagro pudieron escapar solamente algunos, entre ellos el propio Monroy.

Entre los comentarios diversos que iban y venían, después de haber transcurrido todo el año de 1543, el navío tan esperado retornó a la bahía de Valparaíso con un importante cargamento registrado en la bodega. Algo más de setenta españoles de a caballo. Hombres y animales que sumados a los que moraban desde tiempo atrás en el valle del Mapocho representaban en total doscientos soldados armados.

El tiempo se sucedía a veces azaroso y en otras oportunidades hasta sarcástico y monótono. Habían pasado dos años después de aquel incendio, de ese exabrupto indígena en la ciudad de Santiago y durante ese período se había establecido una política de convivencia entre castellanos y naturales, permitiéndoseles a los aborígenes la libertad de mantener su autonomía económica y de perpetuar su libertad cultural, a través de la ocupación de amplios territorios que ellos mismos sostenían a fuerza del trabajo en comunidad, alcanzando a solidificar de esa manera, una especie de cohabitación entre las facciones opuestas y una suerte de equilibrio inestable, que fue propiciando paulatinamente el intercambio entre ambas comunidades culturales.

Hasta el líder Michimalonco había promovido en el cónclave de loncos la aceptación de aquella especie de paz en equilibrio, a cambio de un arreglo socioeconómico. Los aborígenes habían decidido clausurar definitivamente la política de hostigamiento bélico contra la población europea.

Como satisfacción por la consumación de aquella insospechada armonía después de tantos años de marchas y contramarchas, el gobernador dispuso edificar una ermita en homenaje a nuestra madre virgen María en el lugar donde posteriormente se levantaría la catedral de Santiago, erigiendo en el centro del retablo una imagen trabajada en madera que había viajado a América precisamente con el propio Pedro de Valdivia desde Europa. Imagen santa y purísima, que lo había acompañado en la grupa de su caballo desde que iniciara su periplo en cada una de sus incursiones por el territorio del nuevo mundo.

Con la paz del Nuevo Extremo en las alforjas, tenaz y decidido en favor de la expansión, resolvió avanzar más al sur. El famoso Estrecho que llevaba el nombre de Magallanes lo obnubilaba. Sabía bien que adentrarse en territorio inhóspito significaba ser capaz de fundar a cada paso. Por esa razón ordenó la edificación de La Serena en el valle aborigen de Coquimbo, muy cercana de la bahía de Valparaíso y de las minas de Andacollo. Precioso sitio aquel de donde los naturales chilenos habían extraído desde tiempos inmemoriales el mineral requerido para tributar a los quechuas. Región central de Chile. Recordaba además la epopeya del desbarranco, como ha quedado dicho. Aquel suceso épico duramente fijado en la memoria hispana. Es cierto, episodios con derrotas circunstanciales, pero no por ello menos dolorosos.

Las naves iban y venían desde y hacia ultramar, orientadas a los puntos neurálgicos del continente descubierto, capturado y conquistado. Chile continuaba descatalogado dentro de las apetencias de aquellos quienes se hacían a la mar. No existía opción concreta como para que el entusiasta u osado navegante se debatiera entre la posibilidad de asentarse en Chile o en algún otra región del nuevo mundo. Para sorpresa de muchos, sin embargo, sorpresivamente recaló en el puerto de Valparaíso un buque denominado san Pedro que navegaba al mando del genovés Juan Bautista Pastene. Un experimentado marino, ávido por internarse en territorio recóndito, a quien Pedro de Valdivia nombró teniente general de la mar del sur y le asignó como tarea que inspeccionase aquellos territorios sureños, orientando la proa hacia el Estrecho de Magallanes.

El italiano invirtió su esfuerzo y su nave, confeccionó mapas pormenorizados de toda la zona visitada. En varios sitios que consideró aptos, divisó y fundó en nombre de su adelantado y del rey de España. Así se establecieron las bahías de Penco y de Valdivia, en las desembocaduras de los ríos Cautín y Biobío. El navegante fue interiorizándose poco a poco a través de los relevamientos de mayor trascendencia, respecto de la valoración de los sitios descubiertos en cada una de sus visitas. De esa manera comprobaría y evaluaría dependiendo de lo que encontrase. Un ambiente más poblado y más rico en virtudes naturales, llanuras que aparecían como una interesante oferta de territorio verdaderamente fértil, extensas planicies cuya puesta en producción justificaría con creces el firme accionar expansivo acordado con aquellos españoles desmesurados y presuntuosos por beneficios tesaurizados imposibles de extraer en cantidad del paupérrimo territorio que representaba Chile. A esos hombres se les podría ofrecer una propuesta generosa en tierras, en producción agrícola y en labranza.

Con la incorporación del genovés, una nueva extensión de tierra para el sembradío se habría de incorporar a las pretensiones de conquista. Circunstancia que demandaría muchos más brazos europeos para trabajar y para repeler militarmente a las poblaciones nativas, que en mayor número, hacían su aparición desafiantes.

De resultas de aquellas incursiones, Pastene y Monroy fueron enviados a tierra del inca con todo el oro extraído de las minas de Marga Marga y de Quillota. La desesperación del conquistador de Chile por incrementar mano de obra en el territorio mapuche, derivó en que el propio Valdivia decidiera abandonar la costumbre de repartir las ganancias entre sus subalternos, para reservarla como precioso caudal de oferta para aquellos españoles del Perú que adoptasen a Chile como nueva residencia. Pero además, dio inicio a una campaña de renunciamiento por parte de los españoles chilenos, con el objeto de incrementar las arcas del tesoro a repartir entre los europeos que se animasen a vivir en la ciudad de Santiago y aledaños.

Previamente intimó a los vecinos a que se desprendiesen de sus beneficios áuricos a través de la inestimable colaboración sacerdotal. Los clérigos fueron quienes se abocaron en cada homilía a consagrar la alegría y la satisfacción del auto despojo y de la entrega. De esa manera, aquella porción de mineral, desposeída de sus legítimos dueños por convencimiento eclesiástico y para regocijo divino, también le fue enviada a los españoles del Perú, con el pretendido objetivo de convencerlos a que mudaran sus fantasías de riqueza hacia Chile.

Con la íntima y pretendida vocación de que su graciosa majestad el rey de España lo nombrara por fin gobernador de Chile, porque se había hecho nominar en ese cargo en su momento por el cabildo sin refrenda ni autorización del monarca, Valdivia envió a Sánchez de la Hoz a Europa para que suplicase a la corona que ratificara aquel valioso título. Se trataba justamente del mismísimo osado español, de aquel porfiado agresor que una vez hasta había intentado asesinarlo, el que imprevistamente era gratificado por la confianza del agredido para que requiriera del rey una recompensa extremadamente personal.

Habían pasado cinco largos años. Pedro de Valdivia permanecía endeudado con quienes le habían ayudado con algunos pertrechos en su lanzamiento como explorador y tarde o temprano debería pagar con oro o con tierras. Responsabilizarse de las deudas y obtener los instrumentos indispensables para hacerse cargo de ello configuraba el corolario de toda esa experiencia. El adelantado sabía de sobra que el enviado no era de total confianza, pero entendía también que se trataba de un tremendo obstinado que con tal de recibir un suculento beneficio, trabajaría en pos del logro del beneplácito regio.

También don Pedro estaba convencido de que la continuidad de su peregrinación hacia el sur posibilitaría ampliar sus dominios. Sumado a ello, los españoles nuevos residentes habían comenzado a exigirle que cumpliera con sus promesas a través de la entrega de parcelas en propiedad. Por eso mismo advirtió casi inmediatamente que no podría esperar a que retornase el italiano con más voluntarios, antes bien, debería reiniciar la aventura expansiva junto con los casi ciento setenta peninsulares que reclamaban territorios y encomiendas como preciado reconocimiento a su heroicidad y valentía por proponerse a sí mismos para contribuir con la ocupación inmediata y eficiente de aquellas tierras tan alejadas de dios y hasta de los incas, en nombre de la corona de España y de la santa iglesia.

Por los comentarios que le había compartido el genovés, sabía muy bien que aquellas zonas más al sur eran ricas en vegetación y que estaban densamente pobladas.

Poco tiempo esperó para ponerse en marcha. Una caravana andando a pie y constituida por cientos de españoles y de yanaconas, se había impuesto como objetivo llegar a las poblaciones fundadas por el italiano y cerciorarse respecto de la verosimilitud de sus palabras. Con más territorio y mayor cantidad de indios para las encomiendas, se cerraría el círculo entre la inversión y el beneficio. El gobernador, por fin, consolidaría su liderazgo político tan ansiado.

Pero el lento peregrinar no significó un simple paseo. Porque los aborígenes presentaron resistencia. Ante aquel emplazamiento imprevisto, Valdivia decidió el envío de un grupo de indios propios, para parlamentar con los resistentes, pero esos correos fueron recibidos y salvajemente castigados, humillados, atormentados y devueltos vivos para que sumidos en ese situación fueran capaces de comentar al europeo de que iba ese cuadro de situación.

Pero el español no podía retroceder. Ante tamaña circunstancia estimó que debería jugarse por una decisión. En medio de un cónclave donde el gobernador comprometió la responsabilidad de la mayoría de los interesados decidió tomar el toro por las astas. La premisa fue atacar primero. El grupo de pertrechados se puso en marcha totalmente decidido. Pero al llegar a la bahía de Penco, cansados y a la luz de la luna, descubrieron que los estaban esperando. La batalla desatada fue salvaje, despiadada, el griterío sofocante, los aullidos de dolor desgarradores, la matanza impredecible, frenética, inenarrable. Más de doscientos indios entregaron sus vidas esa noche contra el arcabuz de los españoles que recibieron solamente una docena de bajas.

El cacique Malloquete perdió la vida guerreando junto con su gente, pero los miles de naturales que quedaron en pie se comprometieron a regresar con la luz del día y terminar la faena. Enterado el gobernador Valdivia de aquella estrategia por boca de varios indios prisioneros, decidió ordenar el pronto alejamiento del lugar. Aquel día le había enseñado dos cosas. Que los mapuches peleaban hasta morir y que la retirada le dispensaba por la pérdida de varias vidas más antes de que llegara el alba.

La experiencia catatónica de aquella visita, había reservado además una sorpresa. Al fin de cuentas se llevaba un recuerdo interesado de aquel trance por tierra bravía. Un niño de once o doce años, hijo del lonco al que ordenó atormentar junto con toda su familia, se iría con él. A la fuerza, sin elección, como remedio a sus posibles percances diarios y como estímulo gratificante a todas sus tribulaciones.

Leftrarú, quien se convertiría en su paje, aprendería a montar, a cabalgar, a servir a su señor tanto en la paz como en la guerra durante más de cuatro años.

Pero ese joven, hijo del cacique Curiñancu, aprendería las costumbres de los invasores y se familiarizaría con su cultura y con su forma de vida. Unos años más tarde, convertido en el gran cacique Lautaro, se cobraría a su modo el despojo, el maltrato, la mezquindad y la actitud rapaz de tanto español con insignias de gran castellano.

Mucho tiempo después, casi dos años, en 1547, asentado en Santiago como el gran gobernador que creía ser, recibió las noticias lapidarias que el genovés se había dignado a traer desde el Callao.

Su leal Monroy había muerto de peste en Perú. El otro, Sancho o Sánchez de la Hoz, a quien había enviado a España con las cartas para el rey y con la solicitud de su nombramiento, como buen aventurero lo había traicionado y se había aquerenciado en tierra del inca, apoyando a los almagristas en contra de los hermanos Pizarro y por supuesto contra el propio Valdivia.

Paralelamente, al compás del avance en España de las exigencias por mejoras en la situación de los aborígenes, el Virreinato del Perú se había transformado en el epicentro de las reclamaciones de los indigenistas y de los exabruptos de los encomenderos, quienes vociferaban y defendían sus derechos legalmente otorgados por la corona de España.

La realidad ardió ante la tirantez de las facciones. Gonzalo Pizarro se enteró en Quito del finalmente verídico asesinato de su hermano Francisco y a tenor de aquello edificó su propia excusa, propiciando un levantamiento en contra de España y quejándose por las exigencias de los tribunales que reclamaban por una mejora en el comportamiento de los encomenderos de indias a expensas de las continuas presentaciones y persistentes reclamos vertidos por el sacerdote fray Bartolomé de las Casas.

Quejas en contra del desenvolvimiento de los españoles en el manejo de las encomiendas, reclamos contra el sometimiento de los indios por esclavitud forzada, por la absoluta desconsideración a la que eran sometidos. Centenares de protestas que disgustaron a los peninsulares en América, pero que sin embargo, un siglo después serían reconocidas a través de la articulación de las Leyes de Indias.

El rey español había escuchado expresamente a fray Bartolomé, conociendo muy bien que no debería desatender ninguna de las dos demandas. Ni las penurias de los aborígenes ni los reclamos de los peninsulares. La circunstancia derivó en que se decidiera enviar a la zona al sacerdote Pedro de La Gasca, radicado en América, quien se trasladó desde el istmo de Panamá.

Enterado Gonzalo Pizarro del viaje del enviado del monarca a sus dominios, decidió enfrentarlo con su ejército.

Las novedades llegaron a oídos de Pedro de Valdivia. El aventurero de Chile concluyó inmediatamente que debería preparar una estratagema para viajar al Cusco y plegarse a las aspiraciones y propósitos de La Gasca, protegiéndolo y apuntalándolo para inhibir al esforzado Gonzalo y derrotar a los pizarristas. Sabía que le bastaría con atiborrar un barco con metálico para abastecer con creces al plenipotenciario del rey, ayudarlo a vencer a Pizarro y por último reclamarle por toda compensación a sus esfuerzos, que en nombre de la corona lo proclamara gobernador de Chile, título anhelado en cada uno de sus requerimientos.

Le urgía a Valdivia hacerse a la mar con proa hacia el Perú, con nave y bodega acaudalada. Debería agenciarse tesoro suficiente para cumplir ese objetivo. Pedro conocía muy bien de dónde recabarlo. Para obtenerlo entonces, ofreció realizar un viaje a los españoles que desearan enseñorearse de sus ganancias auríferas. Partirían desde Chile a la ciudad de Lima y desde allí, si lo deseaban, retornarían a Europa con su riqueza en las alforjas. Más de veinticinco personas se inscribieron y estibaron la nave del renombrado Pastene.

 El gobernador organizó una velada de despedida para los viajeros quienes con emoción y agradecimiento retornarían a la península definitivamente. Una celebración de camaradería regada de abundante licor, carne asada y alegría que escondía en realidad una sórdida confabulación.

La nave del italiano mientras tanto se saturaba con los tesoros recabados por los viajantes. La noche caía profunda y destemplada. En lo mejor del ágape, respaldado y sostenido por Francisco de Villagra, de quien hablaremos más adelante como enérgico protector del sitial en Chile ante su ausencia, Valdivia se apoderó de un bote, alcanzó el barco y partió hacia el Callao, acompañado por un reducido grupo de hombres y con todo el material áureo de los estupefactos pasajeros.

El sacerdote La Gasca lo aguardaba sin saberlo. No era otra cosa más que un clérigo inexperto en aprontes bélicos a quien Valdivia pretendía imponérsele, abasteciéndolo suficientemente con el jugoso aporte que trasladaba, para que el hombre de dios hiciese el milagro de trocarlos por pertrechos, caballos y soldados. Como contrapartida, don Pedro le solicitaría que cumpla con su maravilloso sueño.

Embarcado y en viaje a tierra de incas, Valdivia declaró ante escribano que había decidido hacerse a la mar en secreto acuerdo con un pequeño grupo de acompañantes y con algunos otros adherentes quedados en Chile, con el pretexto de trasladarse en búsqueda del sacerdote Pedro de La Gasta para contribuir a su instalación en el Perú, respetando las intenciones de su majestad el rey de España, quien había comisionado al clérigo como nuevo virrey. Para esa finalidad, confirmaba don Pedro, había decidido hacerse del metálico de los peninsulares residentes, con el objeto de cumplimentar con todas las erogaciones que deriven de aquella premeditada colaboración con la decisión monárquica. Consecuentemente y en absoluto reconocimiento de la deuda que se agenciaba con los particulares, había ordenado expresamente a don Francisco de Villagra, que en su carácter de gobernador interino, fuera devolviendo la cantidad de mineral secuestrado a sus legítimos dueños conforme se fueran extrayendo de las minas las cantidades reclamadas.

El escribano refrendó la notificación y la dio a conocer en Chile. Aquella circunstancia no impidió la respuesta virulenta de los engañados, quienes enfervorizados, resolvieron levantarse en armas contra el gobernador viajero y también contra el interino.

Ante lo que aparecía como una cruenta confabulación popular, Francisco Villagra respondió haciendo uso de toda su potestad. No demoró la respuesta más virulenta. Ordenó apresar primero y decapitar después a los más significativos sediciosos. Con ese proceder acalló casi de inmediato el entusiasmo levantisco. De cualquier manera, la tremenda situación no culminó con aquellos procederes vandálicos. Poco tiempo después, aquellas tribulaciones y actitudes intempestivas llegaron a Lima consignadas como acusaciones contra el gobernador y su reemplazante.

Cuando el barco que conducía a Valdivia llegó por fin al Callao era tarde. Le comunicaron que el benemérito La Gasca, a la sazón el nuevo virrey, había partido con su ejército a enfrentarse con Pizarro a la ciudad de Cusco. Entonces don Pedro, sobresaltado y urgido, muy precavido pero sin muchas precauciones, invirtió todo el oro gestionado en Chile para apuntalar un contingente bien armado, pertrechado y montado de españoles que aún esperaba en el lugar por menesteres, debido a que el enviado del rey no los había podido llevar consigo por falta de recursos.

A tranco rápido alcanzó a La Gasca en Andahuaylas, habían pasado varios días. Se presentó ante el comisionado y puso su gente a servicio. La Gasca, que no esperaba otra ayuda que la del señor de los cielos, se congratuló por la buena nueva de aquel señor de carne y hueso y lo nombró como su maestro de campo, con ello el esforzado don Pedro obtuvo la responsabilidad de dirigir el futuro combate. Así armados y constituidos ambos grupos en uno sólo, llegaron a las afueras del Cusco sobre el valle de Xaquixahuana, lugar en donde Valdivia parapetó todo su contingente sobre un monte. Desde allí ordenó fuego a discreción contra las carpas donde se suponía moraba Gonzalo Pizarro.

Un tal Francisco de Carvajal, muy renombrado en América por su salvajismo y brusquedad contra los naturales, era justamente el maestro de campo del ocasional enemigo. Ambos se conocían de Europa de épocas pretéritas, habían sido compañeros durante las guerras en Italia.

 El demonio de los Andes, como le decían a Carvajal, comprendió que la tenacidad del gobernador chileno y la superioridad numérica de sus uniformados, no le permitiría ningún logro.

Así fue, el instinto de supervivencia primó entre los hombres cultos europeos. Los soldados rebeldes se fueron pasando por grupos al ejército del virrey, confiados en la promesa del perdón. La contienda concluyó sin excesivas bajas para ninguno de los bandos. Cuando Valdivia regresó al campamento con Carvajal prisionero, el devoto sacerdote La Gasca lo recibió como gobernador de Chile. Había logrado la nominación que buscaba después de tan afanoso itinerario.

Podría regresar a Santiago ungido como creía merecerlo.

Con las mismas ínfulas pero con nuevos bríos, el renombrado gobernador comenzó a preparar el retorno a su tierra prometida. Incorporó para sí a un contingente de cien hombres y ordenó reclutamientos en las zonas de Atacama y Arequipa. Adquirió naves, caballos y pertrechos militares. Un mes después decidió volver para retomar la campaña hacia el lejano y deseado sur del nuevo continente.

En su afán de fortalecer con mano de obra el capítulo de la conquista, reunió miles de indígenas a los que hizo trasladar a pie por el camino del inca, demorasen lo que demorasen. Esa actitud disgustó al reciente virrey La Gasca, porque la mano de obra escaseaba también en el Perú. El enviado del rey estaba deseoso de satisfacer a los españoles residentes en Cusco con indios en encomienda para retribuirles su apoyo a la nueva administración.

Pero Valdivia sin embargo, no se amilanó. Inclusive no desestimó además la incorporación de antiguos pizarristas en sus intenciones de colonizar Chile con hispanos, circunstancia que La Gasca por supuesto, tampoco aprobó, en virtud de que la gran mayoría de aquellos peninsulares estaba signada como traidora a la corona española.

Los hombres de Gonzalo estaban inculpados por sucesivos atropellos contra la propiedad de los avecinados y por constantes robos coordinados en el territorio de las comunidades aborígenes. En medio de esas decisiones que habían disgustado al virrey, se ventiló en Lima aquella tremenda noticia que no por antigua dejaba de ser preocupante. El gobernador interino de Chile había ejecutado sin juicio alguno a los dirigentes de un grupo de vecinos amotinados contra la autoridad luego de que Valdivia hubiera abandonado Santiago en barco hacia el Callao, trasladando sin autorización sus pertenencias áureas.

Las novedades se sucedían copiosamente y apuntaban todas contra el desmanejo del gobernador chileno en sucesivos procederes que se amontonaban unos sobre otros.

Paralelamente don Pedro de Valdivia regresaba a Santiago muy suelto de cuerpo y verdaderamente complacido. Pero en el puerto de la ciudad de Tacna, camino de retorno a su ciudadela añorada, en 1548, comenzó a desmoronarse el castillo de naipes del extremeño. Hasta la nave anclada dentro del embarcadero llegó el enviado del virrey encomendándole que regresase a Lima para que sea investigado por el supuesto hecho de sangre concertado con Francisco de Villagra y por el improcedente proceder de su persona relacionada con actitudes que convocaron severamente la atención del virrey.

Se trataba del comisionado don Pedro de Hinojos, un enviado de La Gasca que se apersonó ante Valdivia y le extendió la hoja de papel de puño y letra con el reclamo del virrey.

Sin embargo, al retornar urgente a Lima, el benemérito La Gasca lo recibió amablemente, perdonó sus desplantes, le confesó que creía en su palabra y no lo retuvo detenido. Antes bien, le asignó un lugar muy cómodo como morada, para que aguarde plácidamente el veredicto del tribunal.

Mientras se desarrollaba la investigación, llegaron a Lima dos barcos desde Santiago de Chile. El primero repleto con un contingente de vecinos que habían promovido las denuncias contra Valdivia y su reemplazante ante el virrey acusándolos de tiranos, crueles, codiciosos y estafadores. La otra nave, con Francisco de Villagra al mando llegó con los representantes del cabildo profiriendo loas al gobernador y bregando por su pronto restablecimiento.

 Pedro y Francisco eran primos. Usted sabe bien que la familia es el símbolo de la integridad y la confianza. Además, el gobernador interino oficiaba como corregidor del cabildo. Por ello, los funcionarios políticos habían armado su propia tropa, con el objeto de amortiguar la campaña en contra de las autoridades legítimas que marchaba a paso firme orquestada por los vecinos engañados.

A fines de octubre de 1548 La Gasca aceptó el escrito de defensa que Valdivia realizara de puño y letra. Un mes después el gobernador de Chile sería absuelto con el expreso pedido de que tomara a su mujer en matrimonio o devolviera a España a la tal Inés Suárez, previamente reasignando sus encomiendas.

La santa iglesia había metido la cuchara y reclamaba aptitud, respeto y buen comportamiento cristiano en la vida del señor gobernador. Pero sobre todo se le intimaba a que restituyera la totalidad de los valores tomados prestados a los vecinos cuando iniciara su campaña contra Gonzalo Pizarro.

Pedro de Valdivia se comprometió entonces a cumplir con todo lo ordenado por el tribunal, aun a sabiendas, como veremos luego, que debería cambiar de mujer.

El retorno fue un calvario, en Arequipa se enfermó y convaleciente decidió continuar la travesía. En enero de 1549 ingresó con doscientos soldados a La Serena. Estaba incendiada y con cadáveres de españoles en sus callejuelas. Decidido a no retroceder, ordenó a un grupo de soldados que se estableciera en el lugar para reconstruir la ciudad y les encomendó que no dudaran en castigar las rebeliones aborígenes. Desde allí partió hacia Valparaíso para centrarse como objetivo final en la ciudad de Santiago, donde fue recibido con toda algarabía por Francisco de Villagra.

Pedro de Valdivia retomó el cargo de gobierno y envió de urgencia a su reemplazante hacia el Callao con la pretendida intención de reincorporar más soldados y de reclamar más pertrechos. De regreso, siempre por orden de su gobernador, Villagra visitó el sitio donde diez años después se instalaría la ciudad de Mendoza. Una construcción urbana fundada en la otra banda de la cordillera, que también dependería de la gobernación de Chile.

Por otra parte, a la misma altitud pero del otro lado del macizo cordillerano la ciudad de La Serena sería definitivamente pacificada, por obra del enviado del gobernador. Un tal don Francisco de Aguirre, quien dispuesto a acallar las quejas, resistencias y recriminaciones de los nativos ordenaría una solución drástica y final, encerrar a toda la población aborigen en sus chozas y prenderles fuego.

Una táctica que Aguirre justificaba como apaciguadora y que paradójicamente a las tremendas hogueras obtuvo sus frutos, porque alcanzó con creces para sembrar el terror en cientos de familias. Las mismas que con posterioridad desestimaron cualquier otra iniciativa reaccionaria en contra de sus agresivos visitantes.

Tranquilizada y en paz aquella región, por obra y decisión del sensato de Aguirre, sólo era menester poner proa hacia el sur y continuar la expansión.

A comienzos de 1550 entonces, se lanzó la conquista de la zona meridional y a finales del mes de enero alcanzó el Biobío, mientras lo cruzaban fueron atacados sorpresivamente por alrededor de dos mil indios. Una batalla campal, estremecedora. Los españoles sin embargo pudieron sostenerse en pie y establecerse en el sitio un mes más. Valdivia había enfermado. Era sin dudas una complicación adicional. Se hacía trasladar postrado por medio de yanaconas y su caballo custodiado y guiado por su paje Lautaro, quien atento lo asistía en todo momento.

Casi al finalizar el mes de febrero, la tarde que aparecía como desacompasada fue arremolinando inadvertidamente a la muchedumbre. El contingente ensimismado y entumecido resolvió guarecerse en el lugar y pasar la noche a orillas del río Andalién. La profunda oscuridad y el clima desapacible contribuyeron a la urgida promoción del descanso. Extrañamente entumecidos, agarrotados en plena canícula, conciliaron el sueño columpiando en medio del silencio pasmoso y de la sombría lobreguez.

Pero en aquel lugar taciturno, casi reservado, absolutamente cobijado por la insondable nocturnidad fueron sorprendidos y ferozmente atacados por alrededor de diez mil mapuches que escandalizaron violentamente la madrugada durante más de tres intensas e interminables horas. Los gritos desacompasados y las atropelladas maniobras sonámbulas, casi comprometieron la seguridad personal del propio adelantado, pero la superioridad del armamento, la intrépida instalación de los arcabuces entre los involuntarios no videntes provocó la diferencia y los naturales optaron por disgregarse.

Amanecía y el calor propiciatorio de la época estival recuperaba su natural encanto. Sin descanso suficiente, la tropa se reagrupaba. Valdivia ordenó concentrar toda su fuerza y recluirse en el lugar, cercarse, hacerse fuerte en el sitio. No podía permitir que los salvajes le marcaran el terreno. Vallado por un enjambre de cuerpos indígenas, dispuso aquel lugar para la fundación de la ciudad de Concepción.

Diez días después de instalados en aparente parsimonia, una virulenta carga de enceguecidos aborígenes atacó con lanzas, masas, piedras, cuchillos y flechas. La caballería se constituyó rápidamente e irrumpió con tremenda virulencia sobre la humanidad salvaje, sobre los atónitos e inexpertos indios no familiarizados con las tácticas bélicas de los invasores, consumando una multitudinaria matanza de más de mil mapuches.

El mayor mérito consagró a un joven jinete quien arriesgando su propia vida alcanzó a identificar y a secuestrar del teatro de operaciones al lonco Michimalonco, quien fue tomado prisionero, puesto a resguardo apartado del combate masivo y a mansalva. Concluido el evento extenuante el líder popular fue ejecutado sin piedad.

La aldea se había salvado de desaparecer en manos de los defensores del territorio.

Los aborígenes que quedaron vivos no fueron hechos yanaconas ni ejecutados. Valdivia, que presumía permanentemente respecto de su creatividad y de su intrepidez, consideró que de su proceder debería emanar un enérgico mensaje y un aprendizaje definitivo para los endemoniados infieles. En consecuencia, ordenó que a los prisioneros se les amputara la mano derecha y la nariz como escarmiento y se los dejara en libertad, con la firme intención de sembrar el terror entre las poblaciones.

Una ocurrencia personal que paradójicamente el propio gobernador pagaría muy caro poco tiempo después, cuando la reorganización aborigen obtuviese repentinos triunfos y decidiera familiarizarse con las prácticas de la guerra difuminadas por los españoles.

La ciudad de Concepción se erigió como la plaza fuerte de la guerra del Arauco. Allí se asentaría la real audiencia dentro del fuerte de Penco, erguido como orgulloso guía y símbolo de la ciudadela.

Con nueva mujer llegada especialmente desde la ciudad de Lima y con fuertes dolores articulares que le imposibilitaron el andar durante varios meses, el adelantado aguardó todo el año a restablecerse, ocupando el fuerte de Penco.

En 1551 reemprendió la marcha hacia el sur con Francisco de Villagra. A orillas del río Valdivia, nominado en su honor por el genovés siete años antes, fundó en febrero de 1552 la ciudad que también llevó su apellido.

Mientras divagaban entre una fundación y otra, el joven paje Lautaro tomó la decisión de escaparse montado sobre el mejor equino español, el de don Pedro, con una pieza de armadura para proteger la cabeza y con la famosa e inquietante corneta de órdenes para guiar la avanzada del ejército en batalla.

Partió en soledad. Ningún soldado peninsular decidió acometerlo. Anduvo en medio de la noche durante horas en compañía de una nutrida caballada al conjuro de atravesar el tiempo y la distancia frente a la inmensidad de su territorio, sabiendo además que la amenaza de una terrible reprimenda por aquella decisión lo estaría acompañado para siempre.

Sin embargo, el ansioso don Pedro de Valdivia no se inquietó. Persistió en su periplo fundador mientras continuaba descendiendo por el mapa estableciendo ciudadelas que calculaba que atraerían a muchos paisanos. Pronto surgieron dos nuevos asentamientos, La Imperial y Villarrica. La primera abundante en madera y satisfactoria en valles y sembradíos. La segunda eminentemente minera sobre todo extracción de plata.

A esa altura los españoles se habían localizado muy cerca de la isla de Chiloé. Además, para el año 1553, todo Chile aparecía como un territorio pacificado, quizá se debía al castigo sanguinario recibido por los mapuches años atrás a orillas del río Andalién.

Como el ambiente parecía aquietado, el gobernador ordenó que se efectivice un viaje a España. Pedro depositó dos recomendaciones en el enviado, que trajese a su mujer legítima que había quedado a la espera en Salamanca y que se dispusiera a entregar el quinto real, tal como consignaban los acuerdos firmados con la corona.

Todavía en el año 1553, el aquilatado extremeño continuó estableciendo los fuertes de Tucapel, Arauco y Purén, cercanos a Angol, la última ciudad que fundaría el conquistador.

Una sublevación de mineros en Villarrica lo despertó del adormecimiento. Se detuvo entonces a meditar respecto de la política de defensa. Estableció que las ciudades de Concepción y la Imperial fueran reforzadas en su seguridad sobre la base de un contingente armado.

Paralelamente, los nativos no se resignaban a soportar cómo y de qué manera iban perdiendo territorio en favor de los invasores. Impulsados por Lautaro y por los consejos de Colocolo, cientos de indios al mando de Caupolicán se animaron a introducirse en el fuerte de Purén. Un yanacona logró divisarlos y como pudo, a media lengua, los delató, era la hora de la siesta y el ámbito sobrecogido y silencioso invitaba más a la pausa monótona que a la actividad bravía.

Los españoles comenzaron a levantarse de la cama y ante la farfullada y los sobresaltados emprendieron la defensa con lo que encontraron a mano, mientras tanto, otro grupo armado con arcabuces, se parapetaba en las entradas del fuerte.

 La estrategia diagramada por los naturales no triunfó por muy poco. La escena hubiese significado una descomunal emboscada, un despropósito sanguinario. De no haberse escuchado esa voz de aviso repentina y yanacona, los adormilados peninsulares hubieran sido asesinados mientras reposaban.

Los europeos no se amilanaron, urgentemente despabilados se reagruparon y resistieron, pero advirtieron también con sorpresa varios cambios observados en el proceder aborigen. Los guerreros nativos habían comenzado a implementar otras tácticas. No eran esas las referenciadas. Modificaciones que incluían la utilización del caballo y diversas estrategias de combate modernas. Evidentemente se trataba de procedimientos asimilados de la modalidad europea que de alguna manera habían sido estudiados e incorporados.

Lautaro estaba detrás de cada una de aquellas decisiones.

Los aborígenes habían modificado su metodología. Controlaban y estudiaban puntillosamente todas las acciones españolas e iban haciendo inteligencia y acopiando información por medio de la infiltración de guerreros en el grupo peninsular a partir de diversas artimañas.

Así por ejemplo, las huestes mapuches atraparon a un emisario con una nota de Valdivia ordenando que lo esperara en una fecha precisa en el fuerte de Tucapel. Hasta ese sitio entonces se dirigieron los chilenos al mando del joven toqui para esperar la llegada de Valdivia.

El 23 de diciembre de 1553, totalmente ajeno de aquella circunstancia, el sobreactuado gobernador partió hacia Tucapel desde la ciudad de Concepción acompañado por cincuenta jinetes. Con profunda perplejidad, el día de Navidad ingresaría a un fuerte incendiado y revuelto en pleno silencio y devastación. Nadie en las inmediaciones lo estaba esperando y todo el predio se hallaba sumido en medio de la destrucción, de olor sanguinolento y del marasmo.

Perplejos y sin más que hacer, se cobijaron de la noche que caía abruptamente bajo las ruinas todavía tibias, acaloradas por el voraz incendio. Mientras preparaban el reposo enredados entre la apatía y el agotamiento, fueron sorprendidos por el ataque fulminante de cientos de hombres armados con lanzas, cuchillos y boleadoras.

Los escasos españoles reaccionaron en defensa de su integridad y con denodado esfuerzo y cubiertos por la oscuridad de la noche lograron contener aquella carga vibrante. Los indios entonces, repentinamente fueron retrocediendo. Un profundo silencio, inquietante y estentóreo obnubiló los sentidos. Hombres y animales estáticos y todavía perplejos, abrumados por la profundidad de las sombras, aguardaron sorpresivas novedades. Valdivia ordenó encender fogones para utilidad de los ojos y para esperar un tiempo más alguna posible envestida. Pero la opacidad y el desamparo persistieron.

En el momento preciso en el que los europeos se recomponían y volvían a confiar en su aislamiento, ingresó al predio chamuscado otra carga multitudinaria de aborígenes que con salvaje estruendo fulminante y ensordecedor, en acalorado griterío, les impidió reordenar sus filas, provocando con su avance estremecedor una tremenda demolición de cuerpos, de bastimentos y de contusiones ejecutadas con mazas y con lanzas.

Por sorpresa, en medio de la invidente bataola y ante la extrañeza de los agobiados invasores, los naturales abandonaron el sitio repentinamente, dejando a su paso un impresionante número de cuerpos exánimes correspondientes a ambos bandos.

Apenas se estaban readaptando a la nueva situación y a la abrupta profundidad del silencio generado ante el abandono del lugar por parte de los atacantes, cuando los cegados y maltrechos peninsulares advirtieron que un tercer grupo más fresco arremetía con bríos renovados sobre sus humanidades absortas y extenuadas. Entonces la situación se descompensó definitivamente. Todo el poder frenético y violento estuvo concentrado en este último batallón de refresco en el cual también participó Lautaro.

Asqueados de tanto abatimiento, rodeados de tantos muertos, desbandados, Valdivia ordenó la urgente retirada. Como respuesta a la decisión de abandono del lugar, Lautaro dispuso y desplegó el ensimismamiento de sus hombres sobre los grupos diezmados. Los nativos fueron asesinando uno por uno a los castellanos adormilados, agobiados de excesivo frenesí, indecisos ante tanta pulsión entre matar o morir.

Cansado e incrédulo, don Pedro se sintió sólo. La batalla se había convertido en una segmentación de diversos enfrentamientos sucesivos y autónomos. Entonces, desesperado por su sobrevivencia optó por la huida. Se lanzó a todo galope sobre la tierra arbolada, velada, ensombrecida, junto con un sacerdote de apellido Pozo y montado cada uno sobre su respectivo corcel. Una ciénaga impidió que se alejaran demasiado. Descompuestos, revolcados en el barro, fueron apresados con vida por los indios.

El destino final del hombre fuerte de Chile estaba escrito.

La historia, la fabulación, las habladurías que fueron ventilándose a través del tiempo, han determinado demasiadas versiones respecto de su muerte. Un desenlace que por lo menos podría definirse como diverso.

Se compusieron dramáticas versiones que en algunos casos han servido para edificar leyendas. Quizá la más difundida haya sido la hilvanada alrededor de la crónica un tanto romántica y novelesca, que enfatizó el amor propio del aborigen y remarcó la fijación por el metal precioso de los peninsulares.

Se ha divulgado por ejemplo, que atado de pies y manos y recostado en el terreno virgen, se lo forzó a injerir al pobre don Pedro el oro en polvo mesturado con tierra y agua hirviendo.

Pero otra versión, un relato hispano tendencioso evocador de escenas de típico sadismo, resaltó prácticas de antropofagia ritual, describiendo que los dignatarios aborígenes en reunión plena de toquis, estimaron que la aplicación de la sentencia debería estar relacionada con un castigo proporcional con las mutilaciones ordenadas por el reo después de la batalla del Andalién.

En la manipulación de esa versión, los propios españoles, contemporáneos y futuros, se enardecieron al narrar que Valdivia fue torturado durante tres días y que en ese lapso cercenaron su cuerpo emulando el singular proceder que el propio conquistador había adoptado para con los mapuches.

Además, los redactores peninsulares destacaron especialmente que fueron los mismos toquis quienes le amputaron parte de su cuerpo en vida, utilizando caparazones de almeja bien afilados y posteriormente devoraron asadas las partes ante su pasmada presencia.

Como siempre sucede, la interpretación de lo que acontece en la historia es más poderosa que lo efectivamente haya ocurrido. Además, usted ya lo habrá advertido, una misma narración se va nutriendo a través del tiempo con distintas versiones según el beneficio o la utilidad del relator.

Es razonable entonces que la argumentación de los mapuches respecto del acontecimiento haya sido distinta a la ventilada por los defensores de los intereses peninsulares. En este caso, el suceso fue descripto como un procedimiento frío y fulminante promovido a partir del reclamo de uno de los caciques en plena reunión de las máximas autoridades aborígenes, exigiendo a viva voz la inmediata ejecución del reo.

 El episodio fue reseñado conciso y revelador. Se describió al grupo sentado o en cuclillas, dispuesto alrededor de un improvisado fogón. Junto con ellos, en el centro del hemiciclo y casi adosado al crepitar de la hoguera, maniatado, postrado sobre la tierra, agobiado y abatido, yacía don Pedro, el único arruinado y harapiento con vida que había presenciado previamente el definitivo calvario del infeliz sacerdote que lo había secundado en la desasoseda huida. Precipitadamente, aprovechando un pronunciado silencio en medio del cónclave, uno de los convocados alzó su palabra vociferando erguido y en favor de que se pronuncie una diligente decisión con respecto a la humanidad del acusado y a continuación habría tomado un mazo entre sus manos y enérgico, acercándose al recluso, le habría partido el cráneo intempestivamente frente a todos sus pasmados paisanos, aduciendo que no había más lugar y tiempo para ningún acuerdo con los invasores.

Verdad o leyenda, lo cierto fue que la desaparición física de don Pedro de Valdivia no desembocó en la culminación de la conquista del territorio chileno, antes bien, fue utilizada como expresa evidencia para proseguirla y para justificar con aquel deceso, la multiplicidad de aberraciones que los españoles infligieron a los naturales durante la prosecución de la llamada guerra del Arauco.