miércoles, 8 de junio de 2022

 

Xocoyotzin y Cuitláhuac



por Alberto Carbone

 

 

Xocoyotzin

Moctezuma II

Moctezuma Xocoyotzin hijo de Axayácatl era nieto de Moctezuma I por línea paterna y de Nezahualcóyotl por la materna, el primero, de origen mexica, antiguo Tlatoani de Tenochtitlan y el segundo, chichimeca, también había sido gran señor en la ciudad de Texcoco.

Casi cien años después, le correspondió a él heredar el poder de parte de Ahuizotl, su tío, gran reformador, ejemplar y prolífico constructor también, como sus antecesores.

Etapa vibrante de transformaciones sucesivas y constantes que la ciudad vivenció en permanente cambio y remodelación.

La urbe fue engrandeciéndose sobre la base de obras de restauración y nuevos emplazamientos, que fueron solucionando dificultades surgidas a raíz del incremento poblacional y de las necesidades de abastecimiento.

Fueron implementándose poco a poco considerables cambios que modificaron la vida cotidiana. Recursos novedosos surgidos a través de revolucionarias técnicas y mejoras que se fueron integrando al compás de una intensa labor sobre los lagos de agua dulce, que significaban la oferta de ese preciado líquido a la ciudad y el lago salado Texcoco que la rodeaba, configurándola con las características similares a la de un islote.

Moctezuma II asumiría el cargo recién comenzado el Siglo XVI, para la contabilidad europea, en el año de 1503 a raíz de la muerte de su tío en un accidente doméstico, cuando la casa habitación que ocupaba el Tlatoani, colapsara a causa de las fuertes inundaciones de la época.

Xocoyotzin fue también un fuerte protagonista de su tiempo y como lo describía su nombre, descolló como un extraordinario ejecutor y un decidido innovador de carácter fuerte y recia personalidad. Tan así fue que como característica significativa, decidió mantener las costumbres impuestas por los anteriores Tlatoani respecto de la forma o actitud con la cual debían conducirse al presentarse frente a él.

Moctezuma Xocoyotzin


 De fuerte temple y clara decisión, cualidades que lo identificaban, había establecido que cualquier persona que deseara entablarle una relación o diálogo, debería observar una serie de preceptos, como por ejemplo acercársele con la cabeza gacha y descalzo, sosteniendo un tratamiento de cortesía muy elevado, o manteniendo la prohibición de que lo tocaran o de que le dirigieran la palabra sin su autorización. Además, hombres y mujeres debían presentársele desprovistos de joyas y en sencillas vestimentas sin fatuo alguno. Incluso había fijado un estricto protocolo para el ingreso al Palacio, residencia que únicamente podía ser frecuentada por los nobles.

Con respecto a las relaciones políticas, el Tlatoani mantuvo y agudizó el control tributario sobre las demás aldeas, a las cuales les fue reclamando y exigiendo paulatinamente que cedieran su personal adiestrado para las acciones militares, para que pudiese hacer uso de una cantidad de efectivos permanentemente a disposición por si surgía alguna eventualidad en derredor al territorio. De esa manera el ejército náhuatl se había ido componiendo con guerreros originarios de comarcas vecinas en su mayoría.

Enseguida de la asunción fue expandiendo su sed de conquista que siempre se iniciaba a partir de un sólido control tributario pero que proseguía apuntalando la estrategia de dominación que sus antecesores habían instaurado, abarcando cada vez mayor cantidad de comarcas vecinas.

Todavía más allá de la vecindad había pretendido estirar su dominio. Las zonas que frecuentaban los mercaderes aztecas por ejemplo, como Guatemala, Honduras y Nicaragua, fueron invadidas por el ejército náhuatl. Sin embargo en aquellos ambientes jamás lograría triunfo alguno, primero porque la confederación maya estaba muy consolidada, y posteriormente porque, cuando tiempo después se derrumbó la Liga Mayapan, las ciudadelas se concentraron en sí mismas y generaron una fuerte resistencia a la pérdida de su autonomía. La misma situación de respuesta enérgica y tenaz se evidenció en el momento en que el Tlatoani decidió el ataque contra la ciudad de Tlaxcala. La comunidad, que se sintió fuertemente agredida articuló en forma rápida y precisa un fabuloso tridente defensivo junto con otras comarcas vecinas que al sentirse fortalecidas se decidieron al combate contra Tenochtitlan con la esperanza de no perder su independencia. Aquellas acciones bélicas que la Capital mexica no desoyó y sostuvo por medio de una alianza similar con otras dos comunidades, fueron actividades que se extendieron en el tiempo a lo largo de más de cincuenta años. Hernán Cortés tomaría nota de esa conflictiva realidad y utilizaría a su favor aquel disgusto concentrado durante tanto tiempo.

 Cuando llevaba poco más de tres lustros en el poder, Moctezuma II fue informado de la llegada de extraños a la costa de Yucatán, en la zona gobernada por el cacique Tabscoob, específicamente al país de Potonchán.

Aconteció que la avidez del gobernador de Cuba se había adentrado en tierra maya a través del envío de un emisario, Juan de Grijalva, que tendería lazos entre los aborígenes y volvería a la isla con información respecto de lo encontrado. Moctezuma dudó mucho al respecto, conversó con los ancianos que lo secundaban y resolvió que su gente se acercara a conocer más sobre la situación y oportunamente tomasen contacto con los expedicionarios. Extraños personajes que se asemejaban demasiado a una profecía que hubiera deseado no conocer.

 Durante más de diez años, el Tlatoani había percibido señales que le fueron anunciando que algún suceso inesperado o inexplicable podría acontecer. Cierta vez, había visto una línea de fuego con sus propios ojos cruzar el cielo nocturno; en otra oportunidad, en pleno incendio repentino del templo en honor a Huitzilopochtli, las llamas parecieron incrementarse cuanto más agua se les arrojaba encima; en otra ocasión un informante logró divisar cómo la caída de un rayo había encendido la noche de una luz brillante semejando pleno día sin que se escuchara sonido alguno; en otra jornada diurna, clara y serena, había surgido sorpresivamente otro sol que se dividió en tres partes, generando un gran estruendo semejante a grandes cascabeles; una mañana como cualquier otra el agua del lago Texcoco hirvió y ascendió su caudal, provocando una inundación inesperada; otra vez, en medio de una procesión en honor de Huitzilopochtli, una mujer apareció en medio de la multitud y comenzó a emitir fuertes gritos y llantos anunciando destrucción y muerte; por último, en medio de una salida de caza, el propio Moctezuma alcanzó a flechar un pájaro que en sus pupilas reflejaba la figura de hombres montados en venados.

Los avisos y las señales indicaban desde varios años atrás que algo especial acontecería. El Tlatoani se daba por avisado. Pensativo, dudaba respecto de estas visiones y las relacionaba con los extraños visitantes. De todas formas, el estado de ánimo se calmó cuando la situación pareció regresar a su cauce original, toda vez que después del repentino acercamiento los hombres de Grijalva dieron por concluida la relación y se perdieron en el mar, camino a Cuba.

Pero un año después, en 1519, se produjo el desembarco de Hernán Cortés.

Moctezuma volvió a vivir aquella sensación de curiosidad e inquietud y hasta evaluó la probabilidad de que efectivamente se tratara de Quetzalcóatl que regresaba, tal y como había prometido en aquella antigua ocasión fundacional, cuando en circunstancia de haber dejado a su pueblo asentado sobre el territorio elegido en medio del lago Texcoco con la indicación de que se gobernaran por sí mismos, les mencionó que se marchaba pero advirtiendo que regresaría a evaluar sus procederes. Por ello, después de meditarlo, volvió a enviar un contingente para conocer mejor a los extraños.

Hernán Cortés y quienes llegaron con él hasta el Istmo de Yucatán, habían iniciado una cautelosa pero firme visita a cada aldea con puerto en donde iban recalando con sus naves. En más de una oportunidad se encontraron con las canoas enviadas por Moctezuma que en sentido contrario se apeaban a las embarcaciones españolas con el objeto de iniciar una aproximación y conocer bien aquellas intenciones que perseguían los peninsulares.

Cuando debido a una decisión de carácter personal, Cortés decidió cortar relaciones con Cuba y aventurarse por propia voluntad dentro de las nuevas comarcas, ordenó deshacerse de las naves para evitar que su gente se arrepintiera de seguirlo y retornara a la isla.

A partir de ese entonces, la peregrinación continuó a pie. Sin tregua y sin descanso, los europeos fueron al frente de una importante caravana completada con miles de nativos asignados a los españoles por sus líderes para que los acompañaran en aquella desopilante aventura sobre las novedosas comarcas.

Cuando Moctezuma fue advertido de que los visitantes no descansarían en su andar hasta ingresar a la ciudad de Tenochtitlan, decidió salir al camino raudamente para cruzarlos acompañado por varios de sus principales y con los señores de otras comunidades, entre ellos su hermano Cuitláhuac, jefe político de Iztapalapa.

Ambas delegaciones se encontraron sobre el puente de ingreso a la ciudadela. Cortés bajó de su caballo y se arrojó sobre el Tlatoani con los brazos abiertos. Cuitláhuac se entrometió y no lo dejó avanzar. Nadie podía tocar al líder mexica.



Penacho de Moctezuma II


Ambos contingentes ingresaron juntos a la urbe y los españoles fueron alojados en el Palacio de Axayácatl. Los tres mil aliados tlaxcaltecas fueron acomodados en residencias familiares o destinados junto con los caballos a los galpones de abastecimientos de granos que estaban en las afueras.

El Tlatoani se mostró dócil y comprensivo desde el comienzo de la relación, mientras que Cuitláhuac, definía como remiso a su hermano y apostaba a impedir que Cortés se saliera con la suya. La diferencia de apreciación se manifestó en oportunidad de que el español fuera ataviado con el atuendo tradicional de Quetzalcóatl, mientras que para el Tlatoani se trataba de un reconocimiento a la envestidura del recién llegado, para el líder de Iztapalapa significaba el colmo de la indignación. Cuitláhuac jamás habría aceptado concebir a Cortés como el enviado de Huitzilopochtli sino a lo sumo como un extraño y desconocido Quetzalcóatl al que sin lugar a dudas se lo podría vencer e impedir que gobernara sobre los náhuatl. 

Los acontecimientos se precipitaron después de un enfrentamiento producido en la ciudad de Veracruz entre mexicas y totonacas.

El ejército náhuatl había penetrado a esa ciudad para hacerse cargo de ella en nombre de Moctezuma, pero los naturales, aliados a los europeos se resistieron con ayuda de las huestes españolas.

El evento dejó como saldo cientos de caídos de ambos bandos, e incluso la muerte de varios castellanos, entre ellos el responsable de la ciudad que había sido nombrado por el propio Hernán Cortés.

La inesperada refriega resultó más que significativa para los aborígenes, porque había demostrado que los supuestos dioses no eran intocables, que morían como cualquiera y que cuando arriesgaban sus vidas sólo era por la avidez de obtener riquezas.

La noticia no tardó en llegar a Tenochtitlan y el extremeño decidió la cárcel para Moctezuma haciéndolo responsable por aquellos hechos, despertando la indignación de la gente principal que no toleraba la cárcel para su Tlatoani.

Con aquel proceder, Cuitláhuac había obtenido justificación suficiente como para comenzar a programar la contraofensiva. Posteriormente a esos sucesos le siguió la matanza del Templo Mayor. Ese acto fue la gota que derramó el vaso.

La matanza precipitó la reacción popular, esa reacción determinó la muerte de Moctezuma, el deceso del Tlatoani derivó en el nombramiento de su hermano como jefe principal revolucionario mexica.

El pueblo alzado parecía expresar una esperanza para el futuro a través de la conducción de Cuitláhuac. La esperanza de que con la ayuda de Huitzilopochtli y la participación heroica del pueblo en las calles, el Altépetl recuperaría su condición de normalidad y la historia volvería a ser escrita en náhuatl.

 

Cuitláhuac


 

                    Cuitlahuac


La lluvia persistió todo el día. Durante la tarde se temió por la seguridad de la circulación dentro de la ciudad. Alguien había insinuado dudas al respecto al evaluar el estado de consolidación del apisonamiento de las calles, presintiendo que tal vez cederían ante tanta agua.

No es que se haya precipitado una lluvia con las características de las que fluían tiempos atrás, tan temibles en otras épocas y que hacía años no sucedían. Aquellas eran tan fuertes y persistentes que habían generado el alza de la cota de los lagos y la consecuente inundación de la ciudadela. Hubo que vaciar las casas y vivir en otros ambientes hasta que la labor continua de secado y los rayos del sol fueron recuperando poco a poco la normalidad de Tenochtitlan.

El episodio se repetía también en la vecina ciudad de Texcoco, su Tlatoani, que en ese entonces era  Nezahualcóyotl, ordenó la construcción de varios diques que solucionaron para siempre la controversia y resolvieron definitivamente el antiguo problema habitacional. Pero las inundaciones persistían igualmente cuando las lluvias se tornaban escandalosas, por eso, el propio Tlatoani mexica Ahuizotl, a pesar de que había dispuesto lo mismo que su par vecino, el proyecto y la construcción de un dique en su ciudad, perdería la vida en medio de una de aquellas tremendas precipitaciones, al inundarse la habitación donde dormía, golpeándose la cabeza al tratar de escapar de esa situación. Lo sucedería su sobrino Moctezuma II Xocoyotzin, hermano de Cuitláhuac. Recién había comenzado el Siglo XVI, casi dos décadas antes de la entrada de Hernán Cortés a Tenochtitlan.  

Aquella lluvia de fines del mes de junio, último día del mes Tecuilhuitontli, era extenuante. Remembraba las viejas anécdotas con el Tlatoani pereciendo en un accidente doméstico, pero esta vez se manifestaba poco intensa aunque sí persistente. De todas formas, la celebración por el cambio del mes no se suspendería. No estaba en la ciudad el jefe se los extraños, el señor Malinche, era cierto, pero había dejado como autoridad a quien se hacía llamar Tonatiuh y éste había permitido aquella congregación festiva. Toda la dignidad mexica se había ataviado bien para el evento y no se resignaba a suprimirlo sólo por una llovizna.

La humedad lo traspasaba todo. El aroma intenso y penetrante de la vegetación se imponía con su presencia y junto con aquel vaho y con la neblina que habían aparecido desde la mañana, y que los árboles no dejaban que se difuminaran, reaparecía invariablemente ese desacostumbrado hedor, inaugurado por los invasores y que se había instalado, era el olor a la pólvora y a la fusilería.

Pero cuando los acontecimientos se precipitaron no hubo excusas de olores ni de ningún otro menester. Había sucedido al parecer que Pedro de Alvarado, desenfrenado, se había descontrolado al ordenar a su gente arcabucear a los nativos arremolinados frente al Templo Mayor, sin razón alguna.

Cientos de indios que estaban celebrando vaya a saber qué gran cosa, según decían en honor a Tezcatlipoca,  fueron atacados sin que mediara excusa alguna por las huestes de Alvarado, por esos días responsable de la ciudadela, quien después justificaría esa reacción al explicar que lo había amedrentado observar tantos indios a los gritos, vociferando en lengua extraña, sumado a que le habían llegado supuestos indicios de que estaban preparándose para una ofensiva contra los representantes de España.

Sea como haya sido, aquello no les impidió, después del desastre que pergeñó,  deambular por encima de los muertos e irlos despojando de sus atuendos de valor.

La derrota del Tlatoani


Los españoles dejaron a los caídos apenas vestidos con sus prendas básicas, sin ornamentos y los desnudaron de todo el oro que portaban, después de asesinarlos a sangre fría mientras realizaban aquel incomprensible homenaje vaya a saber a quién.

La sin razón y el desafortunado calvario vivido por los naturales, muchos de elevada condición social, que yacientes en medio de la Plaza Mayor fueron, además de asesinados, desprovistos de sus enseres, provocaría una severa reacción de quienes alrededor del suceso habían observado la actitud de los peninsulares.

La muchedumbre se precipitó contra los agresores. En gran número se abalanzaron sobre ellos y los despojaron de sus armas. Algunos españoles pudieron organizarse dentro del estupor provocado y lograron apresar a varios nativos de raigambre significativa, conduciéndolos a la fuerza hacia adentro del Palacio en el que moraban. Otros cayeron en las garras de los tenaces reivindicadores, pero la gran mayoría de los europeos huyó precipitadamente, sin armamentos y sin otro bastimento hacia adentro de aquel Palacio del viejo Axayácatl, que se había convertido sin quererlo en un fuerte amurallado, protector de los invasores.

El aguerrido Cuitláhuac, hermano del Tlatoani, fue encarcelado y llevado a la misma habitación que ocupaba Moctezuma, quien también permanecía encerrado por orden de Cortés, después de lo que había sucedido unos días atrás, a raíz del enfrentamiento entre los grupos náhuatl y totonaca en la joven ciudad de Veracruz.

Cuando regresó el extremeño con sus hombres y con los de Narváez se encontró con un panorama pésimo. La ciudadela levantada en guerra contra el español, por culpa de una interpretación malhadada de un atolondrado como Pedro de Alvarado que se había dejado llevar por los resquemores de totonacas y tlaxcaltecas aliados, quienes aventuraban la posibilidad de que los mexicas estuvieran preparando una agresión.

Sin armas de ninguna índole y en poco tiempo más sin víveres suficientes, la inmensa cantidad de españoles debería actuar urgentemente para salvar su vida.

Hernán Cortés dialogó sobre ese dilema con el Tlatoani y ambos resolvieron como una posibilidad dejar ir a Cuitláhuac, calculando que la decisión de liberarlo ayudaría a entrar en razón a la gran cantidad de levantiscos que habían rodeado la Plaza y el Palacio.

Sin embargo, una vez libre, Cuitláhuac se reunió con los señores y los sacerdotes de la gran Altépetl que era Tenochtitlan y fue nombrado por los Pillis el nuevo Huey Tlatoani en lugar de su hermano, a quien la población mexica consideraba y había castigado como cobarde y traidor.

A partir de entonces organizó un numeroso ejército, intensificado por el aporte de varias comunidades vecinas. Mientras se iba armando, esperaba que las ratas invasoras murieran como tales.

La estrategia fue aguardar que los cobardes visitantes encerrados, comenzaran a salir por sus propios medios desesperados por el hambre.

Cuitláhuac no quiso exponer más vidas. Su hermano había encontrado la muerte al intentar resolver la situación por medio del diálogo. Apedreado e impactado por alguna de las varias flechas que le fueron destinadas, se derrumbó frente a la muchedumbre y los pocos españoles que lo habían acompañado a la entrada del Palacio, reingresaron al edificio con el cuerpo exhausto de Moctezuma. El diálogo estaba terminado y el reciente Tlatoani estaba convencido de que la situación se explicaba por sí misma, que los extraños encerrados y sin bastimentos habían sido derrotados.

Mientras tanto, la vida siguió su curso.

Las cientos de canoas intensificaron su deambular por los lagos adyacentes. Fue mantenida la actividad de la pesca en el lago salado de Texcoco y continuado el proceso de extracción de agua dulce de los demás lagos no salitrales circundantes. Se siguieron comerciando los mismos productos que habían circulado por el Altépetl desde hacía tiempo atrás,  obsidiana, pescado, cacao, calabaza, maíz, cayote, tabaco, algodón y porotos, actividades que se desarrollaban sobre la base del trueque con las demás aldeas pertenecientes a la misma entidad política y territorial.

Los jóvenes que integraban los sectores sociales más altos mantuvieron su concurrencia al Calmécac, donde se los preparaba para la vida relacionada con las decisiones de poder y los hijos de los macehuales o artesanos, continuaron desarrollando su formación en el Telpochcalli, donde se desplegaba el aprendizaje del arte de los oficios.

Una de las labores esenciales que los mexicas valoraban con entusiasmo, expresada por medio de las continuas festividades de carácter mensual, eran las relacionadas a la confección de los instrumentos de música. Para quienes demostraban esas dotes y además se inclinaban por el canto, se había conformado el Cuicacalco, que permanecía recibiendo alumnos y brindando sus clases.

Los jóvenes mayores eran artesanos, alfareros, pescadores, constructores de chinampas, zapateros, músicos, artistas en general. La población de un extracto más bajo que el de los macehuales y los esclavos, la base más ancha de la pirámide social, formaba parte del abultado número de la milicia. Cada uno de ellos por igual, ocupaba además parte del día en el laboreo de la tierra comunal.

El tiempo iba transcurriendo y a los españoles se le acababa la estrategia de racionar la alimentación. Se iba consumiendo definitivamente la posibilidad de subsistencia.  Hernán Cortés se decidió entonces por un recurso extremo, esperaría la noche y en silencio dirigiría la gran comparsa de hombres y caballos hacia las afueras de la ciudad.

Cuando llegó aquel último día del mes de junio de 1520, lluvioso y oscuro, tomó la decisión. Preparó a aquellos individuos en fila de a dos, de a tres y sigilosos, para que comenzaran la retirada del Palacio, aprovechando que el grueso de aborígenes no se encontraba apostado a la intemperie a raíz de lo desacompasado del clima. Para ello midió muy bien sus fuerzas y sopesó lo abigarrado de su conglomerado, sabiendo que debería elegir el rumbo que llevaría por una de las seis calzadas que cruzaban Tenochtitlan, tres de norte a sur y las otras de este a oeste. El líder español elegiría la orientada hacia el poniente, a la ciudad de Tlacopán cruzando el puente de chichimecapán, con la pretensión de escapar sin prisa pero sin pausa hacia la ciudad de Tlaxcala, cuyos habitantes se habían constituido en aliados incondicionales después de haber sido derrotados a través de salvajes batallas.

En medio de la oscuridad de la noche, comenzó a salir esa hambrienta troupe de su auto encierro. Muchos de los hombres avanzaban con sigilo con la responsabilidad de proteger a los animales, otros cansados como estaban por la falta de alimentación iban extremadamente pesados, caminando nerviosos y a los tumbos, llevando consigo numeroso peso en oro en sus alforjas.

La casualidad dicen, es hija de la oportunidad. La voz de una anciana dio el aviso y urgentemente una inmensa cantidad de naturales se fue acercando acaloradamente al lugar, impidiendo a través de dardos, golpes de palo, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que los españoles y sus aliados continúen por el camino. Muchos estaban adelantados en su peregrinación, otros fueron bloqueados en su andar. Entre forcejeos y empujones, los menos iban avanzando muy pesadamente por el sendero, los más, iban cayendo rendidos por el peso, asfixiados por el tumulto, ahogados al precipitarse al lago desde los puentes, ensartados por las boleadoras, las lanzas o las flechas de los mexicas.

Un grupo muy menor pudo escapar, pero por supuesto, fueron indios la mayoría de muertos, entre náhuatl y  pro españoles.

Cuitláhuac había antepuesto la defensa de su ciudad a la posibilidad de recuperar el tesoro famoso de su padre Axayácatl, que el extremeño había encontrado empotrado en una pared del Palacio y con el que se regocijaran los peninsulares novatos, los recién llegados, aquellos que habían sido convencidos por Cortés y que en el desembarco continental habían pertenecido al ejército de Narváez.

Aquel tesoro desapareció en su mayoría desperdigado en las aguas del lago Texcoco, abandonado por los españoles en el apuro de salvar sus vidas o extraviado junto con la humanidad de aquellos europeos ávidos de riqueza.

Confundidos en medio del campo, los sobrevivientes de tamaña empresa de salvamento y socorro, descansaron. Cuentan que Hernán Cortés, debajo de un árbol junto con la Malinche, se detuvo a llorar por tamaña derrota.

Sin consuelo, pasando revista a todas y cada una de las adversidades por la que había sobrevivido desde su llegada a la ciudadela azteca, para sostener en alto su rara mezcla de tozudez e intemperancia, le preguntó a su Marina si conocía el nombre de quien había liderado aquella ofensiva contra los europeos.

Malintzin, que sentía muy poco amor por su pueblo náhuatl, desde que habían decidido entregarla como prenda de paz después de una derrota mexica contra el pueblo maya de Potonchán, miró a los ojos a su amo y le contestó: Cuitláhuac, el hermano de Moctezuma y recientemente elegido como Tlatoani.

Pero el verdadero nombre del líder azteca era  Cuauhtláhuac, que en lengua náhuatl significa "águila sobre el agua".

Por rencor, por desprecio, o en forma de venganza personal, la Malinche había decidido que la expresión para nombrar al gran caudillo resistente de Tenochtitlan fuese Cuitláhuac, que casualmente o no, en náhuatl quiere decir estiércol. Así lo dejaría asentado su hija María Bartola, transformada en la primera mujer historiadora de México y que jamás recibiera algún reconocimiento de parte de la Corte española como hija de uno de los últimos Tlatoani, de la misma forma que recibieron reconocimientos de la España imperial los descendientes de Moctezuma II, que sí había manifestado condescendencia en favor de la conquista europea.

El nuevo Tlatoani, al decir de su hija María, sobreviviría ochenta días en el poder. La viruela, llegada al Istmo de Yucatán a través de las tropas de Pánfilo de Narváez, que habían sido enviadas por el gobernador de Cuba contra el mismísimo Hernán Cortés, se enseñoreó en el territorio y fue generando en forma subrepticia, una tragedia que acumuló miles de muertos, sobre todo en los aborígenes, que no tenían inmunidad contra ella.

Cuitláhuac fallecería el 28 de noviembre de 1520, el último día del mes de Quecholli. Poco después, las tropas reorganizadas por el español, volverían a atacar Tenochtitlan en el mes de agosto de 1521, asediándola durante los dos meses y medio previos, promoviendo muerte y hambruna, capturando por fin a su último Tlatoani, Cuauhtémoc, primo hermano de los dos anteriores.

Los ochenta días de Cuitláhuac


La maravillosa fisionomía de la gran urbe que había sido Tenochtitlan, con sus calzadas ordenadas hacia los cuatro puntos cardinales, sus puentes levadizos preparados para coordinar la interacción de los diversos islotes, sus asombrosas construcciones, su diagramación ejemplar que permitía distinguir a cada barrio por su  zona circundante, su majestuoso paseo público central, que unía el Palacio Real con el Templo Mayor en un único ámbito de relación integrado, su fabuloso mercado central, que nucleaba a diversidad de gentes de varias regiones aún de aldeas vecinas, todo eso dejó de ser lo que había sido antes de la crucial hecatombe, para dar lugar a un espacio corrompido, a raíz de la ocupación de los españoles.

Cuando el asedio se dio por concluido, terminó también el fastidio y el sinsabor del propio Cuauhtémoc, que presentía que a pesar de todo el empeño puesto en fortalecer la resistencia y agigantarla, no lograría hacer subsistir aquel objetivo de liberación ante la sinrazón y la desesperanza por la supervivencia.

Tenochtitlan se acabó cuando se le agotaron los esfuerzos por sostener su libertad. Llegó un momento en el cual no había más excusas, el hambre y la sed arreciaban. La muerte que estaba en todos lados, era la medida de todas las cosas.

El derrumbe de Tenochtitlan fue el triunfo de la dominación política y militar, pero también significó el inicio de un calvario fenomenal e inaudito que condujo a la debacle de costumbres, religión, lengua y cotidianidades que juntas resumían la antigua y consolidada idea de libertad con dignidad, de todo un pueblo acostumbrado como estaba a sostener de pie sus valores y que nunca jamás volvió a ser como había sido.

 

lunes, 30 de mayo de 2022

 

NOCHE TRISTE

Introducción





por Alberto Carbone

 

No parece existir la posibilidad de medir triunfo alguno en las relaciones humanas, si ensimismados detrás de aquella pertinaz interacción no se pone en juego, de alguna manera, la estrategia por la dominación.

La civilización ha atravesado miles de años y ese derrotero que se ha desplegado a través de la incansable sucesión de siglos, nos ha demostrado que independientemente del sistema económico establecido en cada época, la tenaz lucha del ser humano contra sí mismo ha guardado significativas similitudes.

Desde la antigüedad más remota hasta la consolidación del sistema capitalista el hombre se ha constituido en el lobo del hombre.

Con respecto al tema que nos ocupa, podríamos decir que es imposible argumentar respecto de la campaña de colonización española en América, en favor o en contra, sin tener en cuenta las apetencias reales de quienes comprometieron su rol protagónico en la escena.

Sin aquel contumaz deseo de conquista y dominación desplegado por los europeos, sin ese afán de lucro desmedido y de accionar impune, sin aquella avidez desproporcionada por satisfacer sus apetencias más aletargadas, quizá España no hubiera obtenido resultados tan rápidos y enérgicos sobre el teatro de operaciones.

Esa actitud procaz, licenciosa, propia de quienes se sentían con fueros suficientemente inmunes y con derechos naturales para resolver, hacer y deshacer sobre la vida y hacienda de los naturales, desembocó en esta historia humillante y desangelada, por la cual millones de almas se vieron envueltas en el juego y en la satisfacción de cientos de peninsulares que con la valiosa imagen de la Cruz y de la Iglesia y la efectiva reacción de la espada y el arcabuz, demostraron que podían hincar a toda América de rodillas.

  Pero esta historia, larga y penosa, desarrollada y extendida durante más de tres siglos, permanece colmada de episodios ambivalentes. La Noche Triste, por ejemplo, fue como se dio en llamar a la narración histórica de una derrota. ¿O podíamos llamarla una derrota histórica?.

Las más apropiadas definiciones o juegos de palabras que se ponen en contexto  con respecto a la descripción de un acontecimiento parecieran jugar un rol preciso dependiendo de quién sea el que los describa o mencione.

Fue cierto, al menos todos los protagonistas coincidieron que era de noche y muy triste resultó por otra parte para sus narradores.

Había caído derrumbado el poder imperial europeo en aquella región americana por el impulso decisivo de millares de indios que no toleraron más tanta presión, tanta impunidad y tanta injusticia.


Hernán Cortés lloró la noche e la derrota


Noche lluviosa y oscura, saturada de humedad, de neblina. Triste también porque fueron derrotados, tuvieron que huir, escondidos, sigilosos, cobardes, quienes hasta ese momento triunfadores y después asediados por la realidad, habían dejado de escribir su historia colmada de victorias.

Sabían que esa noche tenían todo para perder. La vida misma entre otras cosas. Pero en aquel momento había algo que valoraban más que su propia humanidad, no querían extraviar la pequeña fortuna que creían haber acumulado.

Se lanzaron a las calles entonces, huyendo descontrolados y cargados de piezas de metal, calculando que podrían hasta regresar a España con algún beneficio.

En ese andar torpe y descompasado se les caían en el camino pequeñas y medianas mercancías de oro puro que no fueron capaces de dejar en su estancia de reclusión y con las cuales llenaron sus alforjas.

La pérdida de aquella carga también constituyó una derrota.

 Muchos no lo notaron, envueltos como estaban dentro de aquel gigantesco impulso arremetedor, porque también iban extraviando sus propias vidas.

Los naturales habían decidido que todos deberían perecer.

Probablemente, esa convicción aborigen se haya constituido en el compromiso tácito más claro y definitivo en la historia de la conquista. Un juicio categórico. Los españoles no deberían haber ingresado jamás al continente, así pensaban los líderes mexicas que entusiastas habían expulsado a los extraños. Con ellos había llegado la muerte sin causa, la obsesión por el oro, la avaricia, la gula, la desesperación por las mujeres, la imposición en creencias inauditas, la ambición por el territorio.

Por otra parte, también era cierto que los aborígenes náhuatl creían tener derecho a la expansión, a subordinar aldeas, a incluir en el reparto del mantenimiento del imperio a otras comunidades que formaran parte de su Altépetl.

Esa dependencia política y económica que explotaba Tenochtitlan con sus suburbios, confluyó en la presión que originó el levantamiento y el apoyo de aquellos grupos de aldeanos a los extranjeros, quienes con falsas promesas o a la fuerza, los habían incluido como motor de combate contra la comunidad mexica.

El Conquistador y Adelantado


Cuando Moctezuma les permitió el ingreso a la ciudadela, no fue a raíz de un acuerdo generalizado entre sus dignatarios, muchos integrantes de aquellos grupos recelaban respecto al proceder español.

La matanza del Templo Mayor, fue la gota que rebalsó el vaso y los sucesos en la Noche Triste, su corolario.

Penacho de Moctezuma


Probablemente, una buena relación de los aztecas con sus comunidades vecinas, hubiera posibilitado que la recuperación de Tenochtitlan por parte de los españoles jamás hubiera acontecido en los términos en que ocurrió.

Pero de todas formas aparece como improbable que no hubiera ocurrido en algún tiempo más. España estaba afincándose cada vez en mayores regiones del continente. Es muy verosímil que el rumor respecto del enorme flujo de oro que circulaba en México se hubiera extendido sobre América, de la misma forma que se habían ventilado los jugosos beneficios en metálico que obtenían los europeos en Perú. Es dable pensar que se hubiera proyectado una unidad de fuerzas de todos los peninsulares, con el objeto de promover una estrepitosa derrota dentro de la sociedad náhuatl.

La Noche Triste entonces, fue lo que fue. Un capítulo menor dentro del gigantesco rumbo descarnado que había tomado España en América.

Un rumbo feroz, sin miramientos, destinado a la conquista total de esas regiones y al triunfo palmario y definitivo de una nueva concepción de la economía y de la sociedad en el mundo.

 

martes, 24 de mayo de 2022

 


Caupolicán

 

 

 


por Alberto Carbone

 

Su historia se confundió con la leyenda.

 Participó de las etapas más relevantes de la denominada Guerra del Arauco, una angustiosa instancia, calvario desolador, desvariada alquimia controvertida y convulsa.

Brutal experiencia multitudinaria conformada por extensos episodios extenuantes y desesperanzadores.

Toda una epopeya en sí misma, una calamidad definitiva y estresante que hizo eclosión con posterioridad a la desaparición física de Lautaro.

Cuentan que precisamente fue aquel histórico Toqui quien habría contribuido a una extrema reformulación de la estrategia aborigen en las batallas, sucedidas en aquella dilatada guerra que desarrollara su pueblo.

Tácticas birladas al ejército de ocupación, en virtud de haber aprendido sumido a disgusto en las fauces del enemigo, su formación militar de los propios españoles.

 Su historia podría ser novelada.

Siendo niño había sido extraído de su comunidad con prepotencia y a los tirones. Los peninsulares que lo frecuentaron cotidianamente lo fueron reformateando en forma secuencial, imponiéndole otras creencias, lengua, instrucción y cotidianidad. Sin embargo, cuando pudo acumular suficiente coraje y fugarse de su cautiverio, lo intentó y lo consiguió.

Partió hacia el Sur, al epicentro de aquel territorio aborigen ancestral que no había dejado de extrañar a pesar de las presiones y de lo duro que significaran en su pequeña vida otras costumbres y otra lengua.

No bien llegado al sitio acompañado de una recua de caballos, se entregó al dictamen de los Loncos, que en reunión, lo recibieron, lo escucharon y lo recuperaron como propio dentro de la comunidad.

Lautaro participó con fuerte presencia y decisión en la recomposición organizativa bélica de las huestes amerindias y aquel aporte, sumado a su profunda convicción y fuerza de voluntad, contribuyó al aliento, certidumbre y consolidación de los futuros aprestos en batalla y de los alcances de los objetivos de lucha de los defensores del territorio chileno.

Constituido en el gran Toqui de su pueblo, participó en las luchas más encarnizadas y violentas, convenciendo a su gente de que todavía era posible recuperar terreno y vencer al invasor.

Tanto valor y predicamento no se había dimensionado dentro de la organización aborigen hasta que su pérdida desembocó en un gran vacío que paulatinamente fue resintiendo las convicciones de los guerreros.

Puestos a pensar, los Loncos no podían encontrar un reemplazante para semejante conductor y aquella rémora, redundó en una seguidilla de fracasos en el campo de batalla.

El aporte del viejo sabio de la comunidad, el cacique Colocolo, conduciría a destrabar aquel contratiempo.

Los mapuches precisaban la voz de mando de un nuevo Toqui, un sustituto para quien aparecía como un irremplazable, alguien que se había configurado en el mentor de una historia de triunfos, de satisfacciones y de copiosa fe en las fuerzas propias.

 En reunión plenaria, Colocolo, habría sugerido un método de sacrificio y voluntad para seleccionar al postulante al cargo. El elegido sería aquel que demostrara mayor esfuerzo y tesón a través de su conducta frente a una tremenda prueba de coraje de dificultad y de fatiga.

Debería sostener durante mayor cantidad de tiempo un pesado y voluminoso tronco sobre sus hombros.

Las pruebas de selección se pusieron en marcha entre los pretendientes. Cuentan que Colocolo conocía perfectamente el caudal de fortaleza que acumulaba su preferido.

El viejo líder tenía sus ojos puestos en Caupolicán.

Caupolicán. Biblioteca Nacional de Chile


Varios Loncos pasaron por la experiencia y la superaron. Un grupo de interesados entre los que se contaba al propio Lincoyán, controló el tronco durante varias horas seguidas.

Sin embargo, la sorpresa se multiplicó entre los presentes, al comprobar que el cacique Caupolicán había sido capaz de contenerlo sobre su espalda durante dos días y dos noches.

Como lo había augurado Colocolo, la destreza del caudillo promisorio, contumaz y porfiado lo había logrado.

 Caupolicán lograría a través de su valioso esfuerzo personal instalarse como el nuevo Toqui y tendría sobre si la más alta responsabilidad, recuperar la confianza y el valor de su pueblo que estaba siendo avasallado por las inclemencias de un tiempo desgraciado, que le estaba robando todo lo que por derecho propio le pertenecía, la tierra, la cultura, la normalidad de la vida cotidiana.

El nuevo líder había pertenecido a las huestes de Lautaro y participado junto con él en la batalla de Tucapel, sitio aquel donde hubo perdido la vida el entonces Gobernador Valdivia.

El Fuerte había quedado en ruinas, como un símbolo preciso de lo que el valor de la defensa de un pueblo decidido podía lograr si se lo proponía.

Después de la muerte de Lautaro, los Toquis más aguerridos como Lincoyán y Galvarino, no pudieron vencer en la batalla de Lagunillas. Habían conformado una fuerza de doce mil indios que esperanzados y decididos esperaron en una especie de ciénaga a las tropas de García Hurtado de Mendoza.

La fuerza de los españoles estaba constituida por seiscientos soldados bien armados, sumados a miles de yanaconas que peleaban en el frente en la primera línea. La lucha fue cuerpo a cuerpo, los mapuches se desconcertaron en medio de una tremenda desorganización.

No hubo conducción serena y confiada y los guerreros mal direccionados se precipitaron en desbandada.

Una atiborrada cantidad de cuerpos totalmente destrozados y más de ciento cincuenta prisioneros, entre ellos el cacique Galvarino, había quedado esparcida en el campo de batalla.

Hurtado de Mendoza ordenó cortarle mano derecha y nariz a todos los guerreros apresados, una costumbre que tiempo atrás había inaugurado en Chile con singular vanagloria Don Pedro de Valdivia.

Hurtado observó especialmente al Toqui entre los apresados y lo seleccionó, como escarmiento procedió a rebanarle la mano, seguramente le habría parecido un gran espectáculo delante de los prisioneros. Como Galvarino en muestra de valentía y esfuerzo, demostrando ausencia de dolor le extendió la otra, se la cercenó también. Mutilado fue abandonado a su suerte en medio de la llanura.

En total habían sido contabilizados más de un centenar y medio de indios que quedaron estropeados en derredor de aquel campo después del recurso aleccionador de los europeos.

Los Loncos interpretaron ese proceder como una advertencia. Era su obligación elegir a un nuevo líder que recuperara el valor de la confianza popular.

La reunión de los Principales en la sierra de Pilmaiquen, dentro de la extensa y rica zona del Biobío, definió el nombre del Toqui que conduciría la avanzada bélica.

Pilmaiquen en mapudungun significa golondrina y todo aquel episodio se transformaría en un simbólico mensaje de la resistencia centenaria de un pueblo que se había negado a morir o a transformarse en esclavo de una civilización impuesta a fuerza de violencia y sadismo.

Mientras tanto García, con sus tropas y pertrechos, continuaba su avance hacia el interior de lo que denominaba la Araucanía. Aquella no era otra que la tierra que habitaban los mapuches, a quienes los españoles denominaban araucanos al tergiversar la voz promaucaes, con la cual mencionaban los incas a los naturales del Norte chileno.

Inmersos en la Araucanía, los europeos establecieron campamento en los llanos de Millaraupe. Enterado de ello el líder Caupolicán decidió dar un ataque por sorpresa.

Al frente de miles de jinetes chilenos permanecería asentado el cacique Galvarino, que aunque falto de sus dos manos azuzaría a sus compañeros a dar batalla.

Galvarino con sus manos amputadas


Toda la noche fueron parapetándose alrededor del vivac invasor.

 Era el Día de San Andrés, 30 de noviembre de 1557. Al iniciar el alba, comenzaron a escucharse desde el centro del campamento vibrantes sonidos de diana y trompetas en honor al Santo. Estrépitos arrolladores que proferían la invitación al inicio de una fiesta devota. Los indios, que jamás interpretarían aquellas costumbres, se creyeron descubiertos, confundidos y apurados entonces, se precipitaron al ataque.

Aquella circunstancia azarosa decretó su derrota. Los españoles fueron capaces de contener la embestida mal preparada, lanzada a los tumbos y peor estructurada tácticamente.

Los mapuches fueron contenidos en el frente, en pleno avance, pero paralelamente fueron sorprendidos también desde la retaguardia. A pesar de contar con más de quince mil guerreros no pudieron o no supieron sofrenar una estrategia bélica que en forma de pinzas arruinó lo que podría haber sido un brillante triunfo, transformándolo en una desgraciada carnicería.

La batalla se desarrolló cuerpo a cuerpo y se extendió hasta después del mediodía. Entre los gritos y la fusilería perecieron más de mil aborígenes.

Dicen que Caupolicán observó todo aquel tenebroso espectáculo, multicolor y angustiante desde la altura de un promontorio, sobre su caballo blanco. Aquel día, el proyecto de defensa del territorio perdería demasiadas vidas, entre las cuales sobresalió la de Galvarino que en esa ocasión no fue perdonada.

Unos meses después, en enero de 1558, Caupolicán rearmó su tropa y elucubró la posibilidad de atacar la ciudadela de Cañete, edificada donde había estado instalado el Fuerte de Tucapel. Ese emplazamiento significaba poco más que un reconocimiento a la figura del asesinado ex Gobernador Valdivia pero de paso aportaba también una significativa presencia española en la zona del Biobío.

Caupolicán, Cerro Santa Lucía


Una versión de aquel hecho sería narrada a partir de la descripción de una estrategia planificada por los españoles, quienes utilizando el accionar de un yanacona de nombre Andresito, habrían convencido a Caupolicán a fuerza de engaños a preparar un ataque a la ciudadela.

Se habría tratado de una estrategia especulativa, porque paralelamente, los españoles se iban armando y organizando con el objeto de acelerar una contraofensiva apoyada en la invasión del vivac aborigen.

Según esa referencia, los europeos se habrían abalanzado sobre el campamento indígena antes de que los chilenos se aventuraran al ataque de la fortificación. Ante el fenomenal estrépito de aquel operativo sorpresa los guerreros nativos habrían quedado imposibilitados de concretar una defensa sólida, desbordados por la infiltración castellana en medio de su campamento.

Otra versión, por el contrario, aseguró que fue Caupolicán quien se acercó al emplazamiento fortificado con más de quince mil guerreros con el objetivo de generar una encerrona.

Dicen que el Toqui había planificado una estrategia basada en la desesperación de los peninsulares provocada por un estado de situación famélica, ante las penurias por el hambre y por no poder salir fuera de las fronteras de la ciudad.

 El Toqui especulaba con que la intolerancia los llevara a salir a campo abierto y que desenvueltos allí ambos contendores, el triunfo mapuche sería ostensible.

Según Caupolicán, si los españoles iban saliendo de su encierro serían meticulosamente cazados por los guerreros chilenos.

 Ese minucioso procedimiento proyectado por el Toqui se debía exclusivamente al temor que le confería un posible fracaso de su ataque puertas adentro de la ciudadela. Según el criterio de Caupolicán, si los mapuches avanzaban a toda carga contra la fortificación, sus guerreros podrían quedar exhaustos ante el peligro de ser acribillados por los arcabuces, instrumento generador constante de un sinnúmero de bajas.

La versión relata que Andresito llegó hasta el Toqui y lo convenció de que debería finalizar con la espera y atacar a la hora de la siesta, con el objeto de encontrar desprevenidos a los realistas.

Caupolicán, el Héroe Mapuche


Trascendió también que Caupolicán solicitó observar con sus propios ojos la certeza del silencio y el descanso en todo el Fuerte después del mediodía y por ello se convino una fecha para que un grupo de indios se infiltrase en el emplazamiento y garantizara aquella aseveración.

El yanacona estaba arreglado con Reinoso el responsable del Fuerte, quien ordenó silencio y pasividad para ese día. Los aborígenes penetraron en la fortificación y comprobaron la veracidad de los dichos de Andresito.

Todo en calma y en silencio sepulcral.

El día 5 de febrero fue fijado como fecha del ataque. Andresito continuaría con la farsa y abriría las compuertas del Fuerte para que los naturales fueran ingresando a lo que se transformaría en una trampa mortal.

Así sucedería.

Una vez en el interior de las murallas, los españoles fueron saliendo de sus escondites y vaciando sus cargadores sobre la humanidad aborigen, produciendo un desbande total y desesperado.

Nuevamente ingentes pilas de cadáveres se fueron amontonando, mientras un grupo especialmente conformado, siguió los pasos del Toqui que había retornado a su campamento y desde allí proyectaba otra ofensiva.

Ese mismo día apresaron con vida a Caupolicán en Pilmaiquen en medio de una batalla conocida con el nombre de Antihuala.

El final de una historia tenebrosa escrita con sangre aborigen estaba llegando a su fin. 

Todo lo sucedido posteriormente modeló un relato morboso y canallesco. Cuentan que Caupolicán fue ajusticiado sin miramientos a través de una salvaje tortura derivada de las peores enseñanzas de la Edad Media europea.

Para ese episodio también hubo dos versiones.

La primera ceñida en la búsqueda de compasión, justificándola como el sentimiento más humano de la víctima, la mortal debilidad de quien se encuentra perdido y es capaz de renunciar a todo a cambio de su libertad.

En esa relación fueron descriptos los reclamos y las expresiones del Toqui solicitando clemencia a sus carceleros.

La segunda configura una interpretación más heroica.

Narra por ejemplo la actitud de su mujer Fresia que frente al reo, indignada, habría repudiado la decisión de su marido de entregarse con vida ante el invasor y le habría arrojado a su hijo a los pies, para retirarse a continuación de la escena.

También la versión relata que una vez dictaminada la pena contra Caupolicán, habría sido él mismo quien decidido realizó la descabellada acción por sus propios medios, sentándose por propio impulso en la pica, sin dejar de colmar de improperios a sus verdugos.

Sea como haya sido, lo cierto es que después de Caupolicán, las esperanzas del pueblo mapuche de lograr victoria alguna se fueron derrumbando.

Si bien existieron todavía algunos asaltos esporádicos, Chile estaba perdido.

Debemos concluir que después de su calvario, jamás se recuperó la capacidad de organización ni el espíritu elevado de lucha que la nación chilena ancestral había sabido edificar durante más de los cien años en que se extendió la Guerra del Arauco.