miércoles, 16 de septiembre de 2026

 

Epílogo

del libro "Alrededor del Ombligo"


Alberto Carbone

Persiste todavía un interrogante en el suelo americano.

Desde el sur del Río Grande hasta la Patagonia austral. Una interpelación consolidada en el tiempo a partir de que el nuevo continente hiciera su ingreso en la historia oficial. Un enigma que se ha constituido además, en una significativa incógnita para la reflexión y para el razonamiento. Una consideración que aún perdura como una duda existencial anclada en el epicentro del pensamiento de quienes con sensibilidad social interpelan la realidad y se preguntan respecto de la ubicuidad de los padecimientos de millones de personas que perviven exentos de subsistencia y acompañados sin nada más que su precariedad. Aquellos seres que sólo comparten la postergación de sus necesidades básicas y la desatención permanente.

Una problemática que únicamente se sustancia como preocupación en aquellos individuos que persisten comprometidos con la verdad y la justicia. Un cuestionamiento íntimamente relacionado con la pregunta por el deber ser:

¿Qué hacemos con la gente que no es como uno?

Para intentar acceder a la respuesta deberíamos pensar también:

¿Qué significa ser como uno?

¿Por qué hay gente que es como uno y otra que no lo es?

¿En qué se basa la diferencia entre los unos y los otros?

Desde hace más de quinientos años, desde que los europeos iniciaron la invasión sobre los territorios que, sorpresivamente o no tanto, iban desvelando al compás de su atípica expansión, los antiguos habitantes de aquellas autóctonas locaciones fueron ignorados, alejados de toda competencia o derecho, erradicados de sus propias decisiones.

Sin embargo, los inservibles e inadaptados, tal como los consideraban los apropiadores, fueron sarcásticamente reservados para una sola y conveniente actividad, única prebenda que en forma premeditada comenzaría a desgranarse como una semilla significativa y que paradójicamente los iría acreditando como valiosos, conceptualizándolos como seres útiles. La razón clave que los convirtió en indispensables fue también su estigma, porque su oportuna valoración se identificó con exclusividad por su carácter de dispensadores, depositarios y ejecutores de los intereses concretos de los amos de la nueva realidad en los territorios usurpados.

La voluntad de los afortunados y recientes adquirientes de todo un continente, grande como inesperado, se había impuesto.

Nos referimos a la comodidad de haberse agenciado gratuitamente una cantidad ingente de mano de obra dócil para todo servicio. Una masa uniforme destinada a la resolución de los requerimientos cotidianos de los invasores.

Gente de pueblo sometida y gozada, que se constituyó en la estimada porción de algún séquito propio o hasta en el típico harén de algún mandamás.

Una cohorte personal que de manera elocuente y dignificadora, se destinaba a congratular a sus amos autopercibidos, desde las antípodas de su origen, con el derecho y el deber de apisonar y hacer desaparecer las costumbres ancestrales de la novísima región, destruyendo a todos aquellos que se animaran a envalentonarse contra la realidad impuesta promoviendo resistencia.

 La instauración de la ley del más fuerte y del más apto.

Se procedió de acuerdo con una evaluación necesaria, urgente y justificadora, privilegiando la totalidad de los requerimientos de quienes ostentaban el derecho de mando y procediendo a contemplar en el trato para con los indios del nuevo continente, el mismo axioma utilizado para con los esclavos del mundo antiguo.

 La esmerilada y sempiterna conducta de tiempos inmemoriales, a través de la cual a los sectores sociales considerados inferiores se les reconocía su condición de existencia si demostraban como único sentido de sus vidas una vocación de permanente trabajo servil.

La otra impostura promovida contra los naturales y devenida de la anterior, se caracterizó por la estrategia de la imposición como regla, como conducta y como dogma. Aconteció que si los indígenas no acataban voluntariamente la actitud de servicio que se les exigía coercitivamente, como única opción, su obstinación y negativa sólo los conminaba a luchar hasta morir por sus convicciones.

El proceder del conquistador se explicitó como la actitud del privilegiado. Aquel que conducía, administraba y transportaba su destino manifiesto, su privilegio, naturalizado y garantizado además por las páginas de su libro sagrado.

Aldeas íntegras fueron sometidas, familias desmembradas, pueblos completamente desposeídos, culturas arrasadas.

Pero además, aquella voluntad del señor de los cielos y la de los señores de la tierra, no se hizo efectiva exponiendo en grado sumo la seguridad de los peninsulares. Los europeos aprendieron a proteger sus vidas y haciendas.

El proceso expansivo fue consumado a través de la sangre indígena, promoviendo encuentros bélicos entre pares, batallas entre aldeanos de culturas similares. Guerreando ellos con el objetivo de alcanzar particulares deseos exógenos.

En Centroamérica aquella circunstancia se vivenció más claramente, la numerosa población aborigen se resignó sin alternativas. No pudo impedirlo. El sistema de servidumbre se fue expandiendo hacia los cuatro puntos cardinales.

La peregrina preocupación de los ocupantes invasores convalidada a través de la lucha del hombre contra el hombre había rendido sus frutos.

La tierra, el agua, los cultivos, el oro, la plata, las construcciones, dejaron de ser el centro de irradiación del valor de una cultura milenaria, para transformarse en bienes de Capital de los colonos conquistadores.

El paradigma de la controvertida organización humana aborigen. Seres vernáculos con caracterizadas reminiscencias de vocación humanitaria, justificadas por la espontánea cooperación entre algunas aldeas a través del consenso  y por el sometimiento de otras, fue domesticado y pasó a ser escrito por los vencedores.

El sistema de cooptación y de cooperación peruano, por ejemplo, que fuera abruptamente abortado después del descabezamiento del inca, indujo a que las comunidades andinas extravíen su natural condición con el compromiso de solidaridad entre las comarcas.

Ese acuerdo de interacción que garantizaba una armonía tutelar desapareció. La razón de existencia del incanato se fue diluyendo ante el predicamento de la lógica hispana. El tawantinsuyo quedó herido de muerte y sus poblaciones destinadas a la servidumbre del nuevo régimen.

En México se padeció un desmembramiento y una desvalorización similares. Proceso también cimentado en la demolición y demonización de las culturas milenarias.

Aquel axioma invasor se extendió sobre todo el continente sin importar el nombre de quien lo condujese.

Los centros de irradiación sociocultural amerindia fueron pulverizados hasta un nivel tan bajo que la historia no pudo reconstruir eficientemente la evolución de los pueblos originarios.

El conosur americano en cambio, adquirió una impronta diferente.

 No existieron allí las grandes civilizaciones andinas de elevada raigambre cultural forjadoras de sociedades multifacéticas.

Para ese momento, agónico y crucial, en que se produjo el arribo español, no se habían consolidado aún en su totalidad las comunidades locales sobre la base de una legalidad consuetudinaria que garantizara el orden, la armonía y hasta el equilibrio cósmico.

No había tampoco estrafalarias ornamentaciones con minerales codiciados, tampoco auténticas fortunas tesaurizadas con formatos y relieves asombrosos.

Sin embargo, los recién llegados fueron tropezando con núcleos de organización social dentro de las localidades. A su paso, frecuentaron algunos colectivos más estructurados que otros. Sin embargo, cada uno de ellos, lucía de menores proporciones que los del área andina y muy minoritarios en relación con su volumen poblacional.

Pero lo que palmariamente descubrieron con satisfacción los europeos, atravesando el sur de la actual Bolivia hasta el Estrecho de Magallanes, fue un desmesurado y desproporcionado territorio.

Un hallazgo majestuoso, que significó una diferencia radical con relación a todo lo observado anteriormente.

Fue aquella enorme vastedad, que esencialmente se conjeturó vacía, la que posteriormente configuraría un importante provecho para la producción y explotación de las actividades agropecuarias.

La aventura hacia el extremo sur americano se inició desde la ciudad de Lima y persiguió los mismos afanes confiscatorios de cualquier otro grupo de europeos llegado al nuevo continente.

Al inicio de la experiencia sureña, la caravana de hombres y animales se involucró con el esfuerzo del peregrinaje sin acusar excesivos altercados.

Lo más dificultoso del proceso se puso en evidencia tiempo después de haber comenzado la marcha desde los llanos de Iquique.

El punto de inflexión surgió en la mitad del recorrido llegando a orillas del Biobío. La estrategia de articulación territorial expansionista hizo eclosión en el centro de Chile.

Un sitial significativo que albergaba una novedad inesperada.

 Lo que hasta ese momento había aparecido para el europeo como una vibrante oportunidad se fue transformando sucesivamente en un proceso temible.

Empezaba a ocurrir la multiplicación de los “salvajes”. Los invisibles emergían ante la vista de los recién llegados.

Más de cien años padecería el conquistador rebuscando aquel remanido objetivo, alcanzar a fuerza de arcabuz la desaparición efectiva del indio.

Todo aquel inmenso territorio, de un lado y del otro de la Cordillera, justificaba la presencia española en el nuevo mundo por hacer eficiente la pretensión de obtener la cima de la gloria a través de la posesión de extensas regiones.

 Recónditos lugares que aguardaban para ser vindicados legalmente sobre la base de títulos de propiedad.

Extensas heredades que en soledad, encanto y desasosiego, reclamaban por un poseedor que se dignara a establecerse para hacer prosperar tremenda riqueza.

Pero ¿y la gente? ¿Alguien se interesó por aquellos seres humanos moradores originarios?

La América del extremo sur fue naturalizada por los conquistadores como un continente vacío. Los mismos exploradores ansiosos y desesperados por la heredad del territorio ansiado sin ocupación, sin la instalación de aquella muchedumbre amorfa, patética e ignorante.

Algo era cierto. No había palacios, ni centros ceremoniales, ni ciudades pujantes en pleno bullicio. No desarrollaban ocupaciones heterogéneas. Pero también era verdad que su existencia, no inducía al desarrollo de las libres y particulares aspiraciones de los invasores.

Porque esencialmente, las vivencias de ese conglomerado autóctono, transcurría en derredor de otros valores, de distintas actividades primordiales, de otras preeminencias.

Aquella circunstancia de escasa solidez organizacional, justificó para la mentalidad española la decidida negación de las sociedades primitivas básicas, la justificación de su desmantelamiento y la cruel interpretación del ambiente natural aborigen como continente vacío.

Tiempo después, ese razonamiento se impondrá como una postura trascendente, apropiada y eficaz para interpretar la esencia del corpus ideológico que se consolidaría con el pomposo nombre de Organización Nacional.

La Argentina configuraría en la historia de América un ejemplo arquetípico.

Los conquistadores españoles homologaron la palabra riqueza con el concepto: posesión de heredad. Se repartieron territorio de acuerdo con titulaciones calificadas como suertes de tierra.

Esos documentos nominativos fueron distribuidos por los jefes militares y por los funcionarios regios. Sus adjudicatarios, quienes los acumularon e incrementaron, los extendieron como beneficio hereditario a sus descendientes.

El transcurso del tiempo instaló en el territorio a cientos de familias con suficiente capacidad y respaldo económico, como para constituirse en el centro de atención político.

Como portadores de apellidos de novedoso prestigio, se erigieron con facultad de opinión y decisión sobre los asuntos de Estado.

A partir de entonces se fue estableciendo una nueva tipificación social. Un patriciado sin títulos nobiliarios caracterizado por la dotación de riqueza sobre la base de la producción de la tierra.

Un sector social de elevada consideración, de merecimiento autopercibido que podríamos denominar como  “aristocracia de la propiedad”.

En forma criteriosa fue consolidándose la Organización de la Nación.

Un grupo de apellidos constituyeron la base fundacional del país, cuyo territorio, su patrimonio, les pertenecía en carácter de dominio privado.

El reparto y la administración de la tierra constituyeron dos actividades que se instalaron, se perpetuaron y naturalizaron al resguardo de sus poseedores durante los siglos subsiguientes.

Los herederos de los conquistadores, sus descendientes, sus parientes más cercanos, las nuevas familias establecidas en derredor de aquella fortuna basada en la territorialidad, consumaron el cariz fundacional de la Nación.

Trescientos años después del establecimiento europeo en América, los acreedores de apellidos ilustres, proclamados como auténticos padres epónimos, decidieron dar por concluidas sus luchas intestinas. Estimaron que perpetuarlas podría atomizar el poder político y acabaría por inducir una probable fragmentación de las regiones en sectores de provecho disímil, perjudicando sus particulares intereses económicos. Entonces resolvieron en común acuerdo, edificar sus bases programáticas.

Pocos años después de celebrar la independencia del continente, consolidados los grupos criollos en el gobierno del país, los líderes de las nuevas sociedades reglamentaron su mandato, amparándose en la elaboración de una Constitución Nacional.

Cada Nación celebró su Carta Magna como un símbolo fundacional en relación directa con los intereses de sector comprometido con las particularidades específicas del país.

La Argentina, por ejemplo, evaluó las propias, reconoció el valor intrínseco de sus vastas extensiones productivas, consignando específicamente su escasa población.

La Constitución Nacional argentina de mitad del Siglo XIX, organizó el territorio como Estado Federal conformado sobre la base de provincias autónomas reguladas por tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Los miembros de la elite propietaria, las familias latifundistas, adecuaron sus intereses con la instrumentación de esa trilogía institucional y ocuparon los cargos específicos.

Pocos años después de haberse promulgado la Ley Fundamental, el gobierno dictaminó ampliar los límites territoriales del Estado Nación. Se dio inicio entonces a una competencia por la instalación y posesión contra el aborigen.

La campaña al Desierto, ordenada por el gobierno de Nicolás Avellaneda en 1879, desalojó, asesinó, esclavizó y neutralizó las culturas amerindias, distribuyendo los territorios enajenados entre las familias que ya eran poseedoras de innumerables vastedades y repartiéndose a los aborígenes que quedaron vivos como objetos de uso.

Esas regiones contribuyeron a ampliar la superficie cultivada y la explotación ganadera, amparándose en el procedimiento por excelencia adoptado por la elite latifundista, actividad conocida con el nombre de expansión de la frontera agrícola.

 El proceso de avance militar contra el indio fue justificado en el provecho de incrementar la producción para ofrecerla al mercado externo.

La actividad productiva del recurso económico de la tierra se consolidó desde entonces como el instrumento indispensable para equilibrar la balanza de pagos y el nivel general de la política económica nacional.

El país se dividió en dos grupos bien definidos con intereses contrapuestos.

 Un sector minoritario, poseedor e instrumentador de las decisiones de política económica y social más importantes de la Nación y otro grupo, mayoritario  ligado al trabajo e instalado durante los primeros años en el campo, con carácter de brasero, campesino agrícola.

Posteriormente, al compás de la inversión urbana en la industria fabril, aquel hombre común, sin apellido ni posesión alguna, se fue trasladando paulatinamente a la ciudad en carácter de trabajador asalariado para las incipientes industrias en formación.

Ambas inversiones productivas, la rural y la urbana, se consolidaron al amparo del Capital destinado para su evolución. Dinero invertido en los dos casos por la elite. Sector excluyente, contralor de los resortes económicos y de las decisiones políticas.

El incremento de la producción agrícola se precipitó, fue en ascenso continuo. Posteriormente los excedentes devengados por aquella actividad se fueron volcando en forma paulatina en la generación de la industria fabril urbana, especialmente durante las épocas en que el mercado externo se mostraba sufriente, alicaído, clausurado, producto de algún colapso significativo, tal como sucediera  durante el período de las dos guerras mundiales y con la caída de Wall Street.

Con el mercado mundial en retroceso, el rol del Estado se interpuso a la debacle e insufló con Capital propio al sistema productivo, configurando el rol de máximo influyente sobre las inversiones locales con el objeto de mantener con vida al mercado interno.

Ese fue el origen del proceso de sustitución de importaciones.

Durante aquel ciclo histórico iniciado en la década de 1930, se fue configurando la impronta actual de carácter diversificado de la economía argentina.

Aquella característica de inversión productiva diversa, jamás fue del agrado de la elite agropecuaria, quien hubiera preferido mantenerse ajena al proceso industrial urbano, en razón de que los beneficios percibidos por el agro, debido a la demanda constante del mercado externo, cubrían con creces sus expectativas de crecimiento patrimonial y los gastos de mantenimiento de un Estado mínimo con muy baja demografía.

No debemos olvidar que la Argentina poseía ventajas comparativas con relación al resto del mundo en función de la superficie sembrada y el rendimiento de su producción. Aún posee esos atributos.

Sin embargo, las denominadas fuerzas del mercado del sistema capitalista mundial ejercieron presión modificando los términos de intercambio internacional. La crisis internacional sistemáticamente desemboca en el colapso del equilibrio siempre inestable en el que orbitan los factores económicos, naturalmente, nuestro país también acusó el golpe perpetrado a raíz del quiebre de Wall Street. En consecuencia, los responsables de la ejecución de las medidas económicas del gobierno nacional de aquel entonces, guarecidos en el subterfugio del factor tierra como único garante de sus recursos económicos y financieros, vivenciaron las consecuencias del congelamiento del comercio exterior e incorporaron en su esquema un recurso metodológico eficiente con el objeto de incrementar las divisas que no ingresaban por la exportación de comodities. Recurrieron al programa de sustitución de importaciones. Producción nacional de aquellos artículos que no ingresaban a través de la importación. Esa circunstancia generó la demanda de mano de obra fabril de carácter urbano y potenció el surgimiento de las pequeñas y medianas empresas.

 El proceso de diversificación de la economía que experimentó la Argentina no fue voluntario ni deseado. Ni por los productores locales, ni por los oportunos inversionistas extranjeros.

Al comparar con el resto del continente, observaremos que la base de la economía de los alrededor de treinta países de América Latina y el Caribe se consolidó durante años por un proceso monocultivador. Un modelo de crecimiento estrechamente ligado a los intereses y requisitos de los Estados centrales. Es la estrategia de las naciones líderes que basan su equilibrio económico y productivo interno, recurriendo a los países periféricos, demandando algún recurso extractivo necesario para su propio desarrollo.

Aún en la actualidad, los únicos tres países del área latinoamericana que poseen su economía diversificada, son México, Brasil y Argentina. El resto se caracteriza por la especialización.

La población autóctona, mientras tanto, fue sobreviviendo dentro de los márgenes que le permitió una realidad económica y social que seguramente no hubiese elegido y que palmariamente no hubiera esperado vivir.

Sucede que los pobres de la tierra constituyen en América una significativa paradoja.

Por antonomasia, por derecho consuetudinario, por evidente relación directa con su lugar de origen, son los aborígenes de la región quienes deberían imponer razones suficientes para que se los valore como efectivos poseedores del territorio que habitan y habitaron desde tiempos inmemoriales.

Sin embargo, aquel razonamiento fue extraviado, abolido y defenestrado  por los primeros colonizadores europeos y por quienes los sucedieron y consolidaron la premisa originaria y fundacional.

 Después de poco más de quinientos años, quienes deberían ser legítimos herederos de la tierra y dueños del derecho a decidir qué hacer sobre ella, permanecen empobrecidos, inhabilitados para ejercer su formación intelectual, desnaturalizados culturalmente y continúan con escaso o ningún derecho a seguir subsistiendo.

Una circunstancia que como expresáramos, se ha consolidado como un hecho paradojal.

Las repúblicas modernas instauradas en el territorio aborigen americano, son hijas legítimas de la Nación que les diera vida. Pero esa nacionalidad se estructuró a través del acuerdo entre las familias propietarias, quienes radicaron apellidos ilustres. Notables herederas de los conquistadores y de quienes se instalaron durante los siglos subsiguientes, los posteriores inmigrantes europeos. Esos núcleos arraigados a la tierra, arrebataron, se adueñaron, legitimaron por medio de la violencia, por la devastación, el ultraje y el genocidio, la posesión del territorio ancestral de las comunidades autóctonas del nuevo mundo.

Comunidades nativas originarias para quienes la tierra posee aún hoy un significado preponderante para el leguaje, sus costumbres y creencias.

Los actuales Estados nacionales ejercieron usurpación legal de los remotos territorios americanos y los consignaron y definieron como tierra fiscal. Andando el tiempo los fueron liquidando o traspasando al mejor postor.

La posteridad se benefició económicamente con aquella tierra enajenada. Los sucesivos herederos de los primeros poseedores peninsulares, alguno que otro inmigrante establecido con dinero suficiente y los miembros de la elite, dignos y justificados garantistas del pensamiento republicano, que fuera instalado por ellos mismos para satisfacción propia y por formar parte de la clase política acaparadora del poder real.

Mientras tanto a los aborígenes no les reconocieron en absoluto legitimidad de derecho y de origen sobre el territorio en el que estaban asentados.

Los abogados constitucionalistas, caracterizados y señalados como garantistas, continúan reclamando modificaciones de preceptos y valoraciones en las Cartas Magnas de cada Nación americana. La imperiosa necesidad de que sea incluido en el articulado legal un reconocimiento al derecho de posesión territorial para aquellos pueblos que deberían reconocerse como culturas preexistentes, enumerando todos sus fundamentos y razones de origen ancestral.

Pero además debería puntualizarse también, con carácter indispensable y urgente, la obligación de cumplimentar y respetar lo que específicamente refiere la Ley Fundamental en virtud de las consideraciones taxativamente consignadas, de las que sin embargo se hace caso omiso.

Porque el propósito de una república no debe estar restringido a los intereses de un sector social en particular, al grupo propietario que constituye el núcleo de mayor trascendencia en las decisiones y determinaciones nacionales. Un abigarrado sector de reputadas personalidades que durante los últimos doscientos años ha decidido disponer, constituir y formalizar sus propias intencionalidades, sus individuales intereses. Una aristocracia del dinero que se ha homologado con el concepto de patria. Una elite patrimonial que direcciona sus intereses hacia la finalidad específica de sus objetivos centrales, amparada en su particular concepto de  Nación y nacionalidad.

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

 

Gracias por el Fuego



 

Alberto carbone

 

Los acontecimientos suscitados en el puente de la Avenida Gral. Paz promovidos por la dirigencia política nacional de San Martín, el día 20 de mayo de 2026

 

 

No voy a nombrar a nadie No hace falta.

La presencia de la dirigencia política sobre la orilla del Distrito de general San Martín, reclamándole al gobierno nacional y peloduro que supimos conseguir habla por sí misma.

¿Sabe por qué?

Porque los dirigentes no son ocasionales.

Demuestran con su actitud lo que defienden y el porqué de su empecinamiento.

La gente de bien, que somos nosotros, justamente, deseamos un país normal.

Una república con derechos vigentes.

Un país con trabajo y producción.

Una educación que reavive las ganas de vivir y de participar.

Una salud responsable, abarcativa y amplia, que sane y defienda el derecho a estar vivo.

El domingo último pasado, alcancé de casualidad a divisar la actitud de Katopodis con una familia en situación de calle. Hablaban todos, sobre calle San Lorenzo. Los pobres habían pernoctado en la entrada de un salón aggiornado como iglesia evangélica. Katopodis los escuchó, entabló un diálogo con ellos y los ayudó.

No actuó para la gilada. Nadie lo veía. Yo, desde enfrente permanecí en silencio. Nadie me descubrió. Nadie miró a ningún lado más que a los ojos del otro.

¿Qué dice? Sí. Tiene razón.

Posiblemente Dios haya visto todo.

¿Se da cuenta?

Esa es nuestra dirigencia, reflejada hoy en la actitud de Katopodis.

¿Y del otro lado que tenemos?

Idiotas que creen ser uno de los tres seres humanos más importantes del planeta.

Especuladores que ejercen su ministerio para realizar prebendas personales a expensas del hambre de la población.

Incapaces con título comprado por el papi y andan por la pobre vida de infelices que logran comprar, auto convencidos de ser importantes.

Pero ojo.

También hay estúpidos que gritan su necedad votando imbéciles.

Ignorantes que solo reconocen la palabra política cuando Magneto les ordena a quien deben culpar de asesinos o chorros. Y posteriormente votan en consecuencia.

Sabe una cosa.

El país no se desangra, no padece la ignominia de los poderosos.

¡NO!. Ya le sucedió. El país está destruido.

Esa es la verdad.

Quienes utilizaron el voto para castigar a los delincuentes inculpados por los grandes Medios de comunicación, colaboraron para que los intereses privados, los grandes intereses económicos se queden con todos los beneficios.

Ahora, nuestra dirigencia levanta la voz unánime.

¡Ya Basta!

No hay tiempo. El drama se convirtió en tragedia y habrá que recomenzar.

Porque un drama puede resolverse, pero una tragedia no tiene remedio

Yo quiero agradecer a los representantes del país que alguna vez supimos instrumentar A esos hombres y mujeres que convencidos todavía tienen fe en recuperar de las llamas el tesoro valioso de la nacionalidad.

A todos ellos gracias por el fuego de la palabra y de la acción.

Gracias por los argentinos que viven y nacen hoy y por los hijos que de sus hijos vengan.

 

 

 

domingo, 19 de abril de 2026

 

El Pacto de Cristina


 Alberto Carbone

La opinión del periodista Horacio Verbitsky referida a que Cristina apoyará a cualquier candidato peronista que no sea Kicillof, me recuerda al libro de Conrado Nalé Roxlo: “El Pacto de Cristina”.

El drama escrito por el autor nacido en Caballito ciudad de Buenos Aires y publicado en el año 1965, revive en forma creativa el remanido tema del pacto con el diablo.

Los más o los menos, sabemos bien que los Medios hegemónicos han destrozado la imagen de la ex presidenta a un nivel muy poco conocido en la historia argentina.

No existe vilipendio mayor contra una figura política nacional.

Recordemos por favor.

Leandro N. Alem, forjador de la Unión Cívica a finales del siglo XIX se suicidó al verse traicionado por quienes se decían sus correligionarios. A partir de entonces, la UCR abandonó sus principios rectores a pesar de los esfuerzos del Peludo.

Hipólito Yrigoyen, el Peludo, fue despreciado por los Medios hegemónicos y por la tenaz confrontación de quienes se titulaban como propios, los pseudo radicales alvearistas como los actuales, hasta que por fin entre ellos y los intereses extranjeros lo destituyeron, invadieron su humilde departamento y arrojaron desde la ventana a la calle sus pertenencias.

Juan D. Perón estuvo al borde de ser asesinado. Escapó en la famosa cañonera paraguaya, salvó su vida pero no pudo evitar que la “gente de bien”, como proclama el Peloduro presidente, se ensañara con los peronistas, generando centenares de muertos durante la proscripción del Movimiento Político que se extendió dieciocho años.

Como dato ilustrativo me permito recordar que aquellos mismos argentinos que tuvieron responsabilidad directa en apoyar con su voto a la primera magistratura al descerebrado, caprichoso e ignorante ingeniero con título comprado por el papi, no dudaron en afirmar que el cajón mortuorio de Néstor Kirchner estaba vedado a la exposición pública porque había muerto de un disparo a quemarropa atribuido a su hijo en defensa de su madre golpeada.

Porque la denigración orientada a la persona de Cristina Fernández había comenzado. Recuerde por favor la proclamación de asesinato de Nisman, el intento de magnicidio contra ella. Recuerda, no.

Los factores de poder económico y sus instrumentos mediáticos no descansaban ni descansan hoy en día.

En una oportunidad, hace unos años, prefigurándose una interna peronista del Distrito, un concejal de San Martín que dialogaba con un periodista recibió un llamado telefónico. Era un político de nuestra localidad, vilipendiado y caído en desgracia, que le propuso hacerse presente en el acto partidario opositor, estimando que al verlo en ese lugar, diera comienzo el éxodo de los acólitos.

El concejal en cuestión desestimó la artimaña.

Yo sin embargo estimo y le pregunto a usted.

¿Este exabrupto actual de Horacio Verbitsky no estará calculado, preparado y ajustado  a la lectura de la realidad?

Le comento esto porque sinceramente creo que la ex Presidenta no podrá recuperar la imagen y el nivel de credibilidad en la opinión de la población en general. Cierto es que los argentinos pensantes son capaces de evaluar estas consideraciones, estimar que efectivamente los intereses económicos concentrados han recreado evidencias con sus Medios periodísticos para culpabilizarla y promover una escena mediática que la estigmatice y la extraiga del interés general. Pero quienes estiman estas consideraciones son los menos. La ignorancia, la necedad, el desinterés, la proclamación de los particularismos es la nota más amplia. La gente cree en sí misma nada más. No le interesa otra cosa que su mejor pasar y goce.

Los obtusos, que los hay entre la clase media a borbotones. Aún entre quienes poseen titulación universitaria sin comprar el título, se han dejado convencer por los Magnetos de la vida. Mucha clase media que pedalea para comer, es un rappi con mentalidad de jugador de polo.

¿No será posible entonces, que Cristina haya formalizado un pacto a través del cual al manifestarse contra Axel promueva la intención de cooptar el favor de los peronistas renuentes al voto kirchnerista de las provincias y a la vez le blinde el apoyo de los suyos propios?

Porque usted sabe que de todas maneras el Kirchnerismo votará al candidato peronista.

No sé. Le dejo esta intuición para que lo piense. Porque si bien parece una extraña elucubración, también sabe que pasan cosas en este país inesperadas. Como dijera el gran autor del Quijote.

“Cosas Veredes Sancho que non Saperes”.

domingo, 14 de diciembre de 2025

 


Sostenedme que me caigo

 

La sostenibilidad financiera para el toto Caputo.

La mirada del corto plazo.

La economía sostenida a través de deuda.


Alberto Carbone

 

 

Frase elocuente que parecería decir Caputito.



Pero no. No dice eso. ¡Ni loco!



En cambio dice lo que debe decir.

Aquello que específicamente le ordenaron decir quienes le dijeron expresamente que diga lo que debe para beneficio propio y para beneficio también de esos mismos mandantes que ordenan decir.

 

¿Juego de palabras?

 

¡Si!

 

Pero si usted votó al Peloduro seguro que está conforme.

Como seguramente lo estuvo con el abombado Macriano.

 

Ya lo imagino a usted disfrutando de estos divertimentos silábicos.

 

Espere. Espere no se vaya a ir. Porque todavía falta.

Espere la digo porque todavía no han vendido todo.

 

¡Si recién empiezan!

 

¡Ya va a ver lo contentos que van a estar vendedores y compradores!

Porque esto es así.

Aparte de los jugosos dividendos, los Peloduros y los compradores se garantizan su propio futuro.

Se garantizan por ejemplo que ningún extraviado populista que eventualmente asuma el gobierno posteriormente pueda revertir esta debacle.

 

¡Si!. Debacle.

 

¿Qué dice?. No lo escuché bien.

¿Está conforme dijo? ¿Debacle era con el Kirchnerismo?

 

¡Si! ¡Ya presté oídos a los pseudo periodistas de Magneto!

¡Ya leí Clarín también!

 

Pero ¿Sabe una cosa? ¡Soy lerdo de entendederas!

¡Todavía no entro en razones!

¡No me doy cuenta que endeudando el país obtendremos brillantes beneficios!

 

Pero no se preocupe. ¡Cuando Caputín nos endeude hasta el caracú y debamos pagar cifras fantasmagóricas los argentinos que quedemos vivos me voy a dar cuenta de los beneficiosos emolumentos que habremos obtenido y que ahora no alcanzo a vislumbrar!

 

Por ello precisamente les digo:

¡Gracias a todos los sufragantes!

¡Gracias además a todos los que van a votar a Dany en 2027 para bien de San Martín!

¡Yo ya aprenderé!

¡Algo va a suceder que va a abrir mis ojos para bien!

¡Porque acuérdese que todavía no vimos nada!

¡Acuérdese que sucederán cosas inesperadas que definitivamente contribuirán a encausarme!

 

¡Es así nomás!

Es como dijera el gran Don Miguel de Cervantes Saavedra en su Obra cumbre.

 

Ese libro de andanzas que Dany y su Pareja todavía no leyeron.

¡Pero no le cuente a nadie esto por favor! ¡Esta insignificancia!

¡Por favor! ¡No importa!

Lo importante es lo que adelanta y reseña esa frase de la Obra mencionada.

Lo más valioso es lo que augura el Quijote. Lo que parece insinuar que fuese para relatar nuestra realidad social y política, cuando lo mira a los ojos a su compañero para decirle:

 

"Cosas Veredes Sancho que non Saperes"