Si es Bayer es Bueno
Alberto Carbone
Voy a recordar por siempre aquella
singular tarde-noche en la cual tuve el privilegio de reencontrarme con el
profesor Osvaldo Bayer en nuestro Partido de Gral. San Martín.
Fue precisamente en la
localidad de Villa Ballester dentro de la Escuela Número Siete en oportunidad
de una charla en la cual el prestigioso investigador se prestó con toda voluntad
y calidez para compartir sus agudas reflexiones respecto de la vituperada
historia de los argentinos.
Una vez más y gracias a su
prudente alocución, su bonhomía y sinceridad, la íntima oratoria posibilitó a
muchos de los presentes a recuperar anécdotas, entender la realidad,
interpretar la mirada de las mayorías nacionales claudicantes y doloridas a
través del tiempo. En fin, nos motivó a aprender.
Una alocución que se extendió
varias horas y que fue introducida con la particularidad de una conversación previa
entre nosotros mientras esperábamos que el recinto creciera en oyentes, porque
Osvaldo había llegado como siempre llegaba a todas partes: urgente y puntual.
Mientras esperábamos
entonces, sólo estábamos allí, junto con él, el presidente del Concejo
Deliberante y la señora que iba y venía y nos convidaba con un café a cada uno.
Durante aquel prolegómeno
decía, tuve la oportunidad de compartirle que proyectábamos el cambio de nombre
de la calle Ramón Falcón del Distrito y sus ojos brillaron mientras me
contestaba a viva voz: “muy bueno eso muchacho, muy bueno”.
Claro, en realidad para el
gran profesor, todos éramos jóvenes, sin importar la edad cronológica, porque a
cada uno nos miraba con esa calidez propia del educador sincero, motivador y
realista.
En la pequeña reunión no
había comunistas hijos de tal por cual, zurdos de eme, anarquistas reventados, o
algún otro personaje tan despectiva y cruelmente definido por el por ahora
presidente del país.
Nosotros, quienes lo
escuchábamos atentamente, éramos y seguimos siendo admiradores del temple y
carácter de ese precursor de la palabra justa, del equilibrio medido y de la
convicción de pensamiento y obra.
Piense usted, señor señora,
que persiste todavía en plena Capital de la República, el imponente monumento
al general Julio Argentino Roca. A muy pocas cuadra de aquel portento, cuando recién
comienza la Avenida Rivadavia, al frente del histórico Cabildo, una placa recuerda con caracteres de prohombre
al ilustre ex presidente don Bernardino, como “estadista genial”.
Una u otra manifestación
laudatoria dedicada a aquellos personajes, no ha sido removida jamás de sus
sitiales.
¡Lógico! Están implantadas
por quienes mandan.
Y no importa acaso quien sea
el que gobierne.
Lo más significativo y
característico sea tal vez el hecho de que quienes mandan siempre, de una forma
u otra también gobiernan siempre.
Lo concreto esta vez es que fue
precisamente el “Día de la Memoria”, el 24 de marzo de 2025, la jornada en la
cual el individuo que actualmente ocupa el famoso Sillón de Rivadavia, decidió
sin miramiento alguno, la destrucción de un maravilloso símbolo que
precisamente proclama la supervivencia de la tan mentada y odiada memoria.
No es casualidad sabe.
No es un atrevimiento
inoportuno del excéntrico Peloduro.
Porque es una convicción.
Don Osvaldo lo supo siempre.
Lo más importante para consolidar
el simple interés por el presente y bregar por la supervivencia de uno contra
otro, es que las generaciones sucesivas no conozcan el pasado de nadie ni el
propio o que la interpretación de esos acontecimientos se limite a una
sumatoria de vulgar anecdotario.
Pero se me hace que la
historia de verdad transcurre.
Acuérdese lo que le digo. Los
idiotas útiles no se acabarán, seguro, pero es muy probable que no sean idóneos
para perpetuar una idea que no son capaces de explicar por sí mismos.
Porque se trata
invariablemente de una punzante y permanente compulsión por el razonamiento.
Una necesidad de los seres normales que sobrevive y recupera vigencia aunque
los estúpidos que gritan se desgañiten tratando de impedirlo.
Cierta vez, el gran escritor
José María Arguedas escribió:
“La Memoria es una viejecita
ciega que por las noches y a los tumbos, se aprende el camino”.
Y quiere que le diga una
cosa.
Don Osvaldo Bayer,
permanecerá.
Porque está impregnado de
Memoria.

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