jueves, 27 de marzo de 2025

 

Si es Bayer es Bueno



Alberto Carbone

 

Voy a recordar por siempre aquella singular tarde-noche en la cual tuve el privilegio de reencontrarme con el profesor Osvaldo Bayer en nuestro Partido de Gral. San Martín.

Fue precisamente en la localidad de Villa Ballester dentro de la Escuela Número Siete en oportunidad de una charla en la cual el prestigioso investigador se prestó con toda voluntad y calidez para compartir sus agudas reflexiones respecto de la vituperada historia de los argentinos.

Una vez más y gracias a su prudente alocución, su bonhomía y sinceridad, la íntima oratoria posibilitó a muchos de los presentes a recuperar anécdotas, entender la realidad, interpretar la mirada de las mayorías nacionales claudicantes y doloridas a través del tiempo. En fin, nos motivó a aprender.

Una alocución que se extendió varias horas y que fue introducida con la particularidad de una conversación previa entre nosotros mientras esperábamos que el recinto creciera en oyentes, porque Osvaldo había llegado como siempre llegaba a todas partes: urgente y puntual.

Mientras esperábamos entonces, sólo estábamos allí, junto con él, el presidente del Concejo Deliberante y la señora que iba y venía y nos convidaba con un café a cada uno.

Durante aquel prolegómeno decía, tuve la oportunidad de compartirle que proyectábamos el cambio de nombre de la calle Ramón Falcón del Distrito y sus ojos brillaron mientras me contestaba a viva voz: “muy bueno eso muchacho, muy bueno”.

Claro, en realidad para el gran profesor, todos éramos jóvenes, sin importar la edad cronológica, porque a cada uno nos miraba con esa calidez propia del educador sincero, motivador y realista.

En la pequeña reunión no había comunistas hijos de tal por cual, zurdos de eme, anarquistas reventados, o algún otro personaje tan despectiva y cruelmente definido por el por ahora presidente del país.

Nosotros, quienes lo escuchábamos atentamente, éramos y seguimos siendo admiradores del temple y carácter de ese precursor de la palabra justa, del equilibrio medido y de la convicción de pensamiento y obra.

Piense usted, señor señora, que persiste todavía en plena Capital de la República, el imponente monumento al general Julio Argentino Roca. A muy pocas cuadra de aquel portento, cuando recién comienza la Avenida Rivadavia, al frente del histórico Cabildo,  una placa recuerda con caracteres de prohombre al ilustre ex presidente don Bernardino, como “estadista genial”.

Una u otra manifestación laudatoria dedicada a aquellos personajes, no ha sido removida jamás de sus sitiales.

¡Lógico! Están implantadas por quienes mandan.

Y no importa acaso quien sea el que gobierne.

Lo más significativo y característico sea tal vez el hecho de que quienes mandan siempre, de una forma u otra también gobiernan siempre.

Lo concreto esta vez es que fue precisamente el “Día de la Memoria”, el 24 de marzo de 2025, la jornada en la cual el individuo que actualmente ocupa el famoso Sillón de Rivadavia, decidió sin miramiento alguno, la destrucción de un maravilloso símbolo que precisamente proclama la supervivencia de la tan mentada y odiada memoria.

No es casualidad sabe.

No es un atrevimiento inoportuno del excéntrico Peloduro.

Porque es una convicción.

Don Osvaldo lo supo siempre.

Lo más importante para consolidar el simple interés por el presente y bregar por la supervivencia de uno contra otro, es que las generaciones sucesivas no conozcan el pasado de nadie ni el propio o que la interpretación de esos acontecimientos se limite a una sumatoria de vulgar anecdotario.

Pero se me hace que la historia de verdad transcurre.

Acuérdese lo que le digo. Los idiotas útiles no se acabarán, seguro, pero es muy probable que no sean idóneos para perpetuar una idea que no son capaces de explicar por sí mismos.

Porque se trata invariablemente de una punzante y permanente compulsión por el razonamiento. Una necesidad de los seres normales que sobrevive y recupera vigencia aunque los estúpidos que gritan se desgañiten tratando de impedirlo.

Cierta vez, el gran escritor José María Arguedas escribió:

“La Memoria es una viejecita ciega que por las noches y a los tumbos, se aprende el camino”.

Y quiere que le diga una cosa.

Don Osvaldo Bayer, permanecerá.

Porque está impregnado de Memoria.

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