miércoles, 19 de marzo de 2025

 

Cuando gime un bandoneón



por Alberto Carbone

 

si tenés sentimiento lo tenés adormecido pues todo lo has conseguido pagando como un chabón.

…del Tango “Muchacho” de Celedonio Flores

 

La Argentina es un país habitado por el diez por ciento de la población que potencialmente podría alimentar. Donde casi el ochenta por ciento de su gente se define como miembro de la Clase Media. Cuando votan, eligen candidatos referenciados con el diez por ciento más adinerado, asumiendo como propia la ideología de quienes en el Poder atentan contra sus propios votantes. Esta controversia es más que una paradoja, es una tragedia alimentada en una convicción, hija de un deseo inmaduro y caprichoso, basado en apoyar a la “gente bien” contra el impulso avasallante de los sectores bajos que se creen con derecho a subsistir del esfuerzo de quienes viven del trabajo y sostienen la Patria. La Clase Media argentina vota a los vagos ricos, a los nenes de mamá que jamás han trabajado, para que los pobres, o no puedan trabajar o se resignen a no conseguir un trabajo digno. Esta ecuación, que limita la conciencia del electorado e impide que los sectores medios se identifiquen consigo mismos, enluta el presente y el futuro de un país siempre adolescente, que permanece lejos de definirse con el concepto de Nación.

 

 

Parece otra vez un Fin de Ciclo.

 

Hace mucho que lo veo venir. Somos varios quienes lo intuimos. Claro, hay algunos, demasiados para mi insatisfacción, que viven toda esta situación política y social, como si estuvieran al margen de los acontecimientos. Como si se tratara de la historia de cualquier otro país. O como si las peripecias de su propio país les fueran ajenas.

Por ello quiero contarle esta vez la historia de la defraudación.

No, no. Quédese tranquilo.

No me refiero al accionar del gobierno. A la caída de la industria, a la implosión del mercado interno, a la debacle sanitaria, a la hecatombe de los salarios, a la explosión de los precios, al escándalo de las tarifas.

 

No, no. Le adelanto que en esta oportunidad el tema refiere a una defraudación, no a una estafa.

Porque a mí, como a tantos otros que piensan como yo, quienes podríamos decir literalmente ¡los que intentamos que se imponga la razonabilidad!, nos ha defraudado el escaso nivel de conciencia política que evidencia la Clase Media argentina.

Usted estará pensando: ¿Pero quién se cree que es este hombre? O sencillamente: ¡Qué otra cosa esperaba de un conglomerado social que desde su origen es meramente aspiracional?

Sabe una cosa. Quiere que le diga.

¡Tiene razón!

La Clase Media representa a ese sector social que continúa navegando entre dos aguas. Surgida de la matriz más humilde del proletariado incipiente nacional, de las  fábricas minimalistas de los primeros años del Siglo pasado. Descendientes de los europeos más pobres que se vieron obligados a emigrar a América para subsistir y multiplicarse.

Hombres y mujeres asimilados por el país de los argentinos del primer tercio del Siglo XX, simplemente tolerados por la urgente necesidad de mano de obra barata y que muy a pesar de haber sido recompensados con nula dignidad., con esfuerzo y progresivamente, sólo una porción minoritaria lograría el ascenso social de sus hijos, sobreponiéndose paulatinamente a un penoso y paupérrimo origen, hasta formalizar naturalmente la impensada y novedosa Clase Media

Gracias al denuedo del inmigrante, por imperio de su explotación, la Argentina del Centenario fue uno de los cinco o diez países más importantes del mundo de acuerdo con la estimación de su PBI y contabilizando la distribución del ingreso.

Cuantiosas ganancias ingresaron al país en la primera década del Siglo XX.

Pero la riqueza se concentró en muy pocas manos.

La prole mayoritaria trabajaba para sobrevivir.

La minoría poseedora de la tierra, aquella que paradójicamente había redactado la Constitución Nacional a mitad del Siglo XIX a su imagen y semejanza, gozaba de buena ventura.

Seguramente, estimado lector, habrá atisbado que la escena dramática que estamos recuperando de la memoria colectiva, fue y sigue siendo la misma.

Sin embargo, acompañando el último  fin de Siglo y en el comienzo del actual, no atrevemos a preanunciarle en carne propia que aquel drama revisitado, ha devenido en tragedia.

Porque los descendientes de aquellos europeos pobres, herederos de una historia de dolor y penurias que persisten en negar o que sencillamente no reconocen, fueron capaces de consolidar el espíritu y mentalidad de la Clase Media, esgrimiendo valores de otros, ejemplaridades, méritos y reconocimientos del grupo social enriquecido, concentrador de valor, patrón de sus ancestros.

Por eso mismo, cuando este fenomenal e imponente sector social sufraga, expresando su legítimo derecho democrático, apoya en su mayoría, invariablemente, sin objeciones y hasta con aspavientos a los representantes herederos de los antiguos patrones que explotaron a sus antecesores.

¿Un trabalenguas le parece?

Parece que así es. Debe ser cierto.

Muy complicado de entender.

Porque de otra manera no se explicaría racionalmente el proceder de esa importante porción del electorado.

Todo o casi todo lo edificado en nuestra tierra, es herencia de aquella masa informe de inmigrantes pobres de principios del Siglo pasado. Hasta el bandoneón que nombra el título de esta nota.

La cultura que recibimos de nuestros mayores, las costumbres, la valiente y forzada filosofía que pregona el mérito por salir adelante comprometiendo el coraje personal.

Pero, si me permite, ¿A usted le parece que exista algún valor que a través del tiempo hayamos aportado nosotros, los hijos y nietos, de los antiguos trashumantes, para enriquecimiento de lo aprendido?

¡Creo que sí! ¿Se imagina a qué me refiero?

¡La estrategia del “sálvese quien pueda” es toda nuestra!

¿Sabe por qué se lo digo?

Porque hace cien años, el inmigrante llegaba a nuestras tierras tentado por las noticias de algún pariente o amigo ya radicado. Quien recién llegaba vivía al principio de la hospitalidad del que se había instalado primero.

El concepto de solidaridad estaba vivo, acompañaba la subsistencia del otro, del nuevo, del recién llegado.

En el primer Censo Nacional del año 1868, época de Sarmiento, se contabilizaron un millón ochocientos mil habitantes.

Para el Censo de José E. Uriburu en 1895, casi treinta años después, había más de cuatro millones. La mitad eran europeos y de ellos, el setenta por ciento italianos.

La cultura del trabajo y el vínculo de matriz solidaria estaban al orden del día. Pero sin embargo, los descendientes de aquellos sufridos pioneros pusimos el acento en otro criterio de interpretación de la realidad.

Aceptamos, por ejemplo, el apotegma del magnate: “Vive mejor quien lo merece, por haberse esforzado más que otro”.

Paulatinamente, la solidaridad se convirtió en un concepto vacío y los descendientes de aquellos abnegados trabajadores, copiamos el modelo de los jefes de los pioneros.

El que tiene más es porque tiene más. ¡Qué tanto!

El que tiene menos y quiere más tendrá que sacrificarse, sin red de contención, sin ambages. ¿Y si no tiene ayuda alguna? ¡Dios proveerá!

Hablo de la época en la cual la Argentina era un territorio dispensador de producción agrícola y ganadera para el mercado externo y los dueños del capital tierra, los únicos “hacedores”.

A través de una política de inclusión y a partir del esfuerzo de sus padres, los hijos de aquellos pobres de principio de Siglo XX que habían descendido de los barcos, constituyeron, conformaron, instituyeron la auspiciosa y aspiracional Clase Media.

En la actualidad, sus descendientes votan ente otras,, contra la política de inclusión. Un plafón oportuno que permitió el acceso e integración del inmigrante dentro de la sociedad agrícola y ganadera de finales del Siglo XIX.

¿Es paradójico verdad?

¿Se puso a pensar acaso en aquellas circunstancias limitantes o decisiones ponderables que sin mucho esfuerzo demostrarían que al eliminar la política de inclusión se iría consolidando fuertemente la miseria de los pobres de hoy?

¿Alcanzará a advertir que esa pobreza definida en la actualidad como estructural y congénita de la que hablamos es la madre de los tres peregrinos  conceptos que siempre andan engarzados, constituidos por  marginalidad, inseguridad y  violencia?

¿A qué no lo pensó?

Mientras tanto, los otros descendientes de mejor cuna. Me refiero al grupo de herederos de la riqueza, se las entienden perfectamente bien para consolidar su perpetuidad y como corolario extienden su conducta discriminatoria también hacia la Clase Media. ¡No se lo iban a perder!

¿O se piensan acaso que la elite toleraría a los sectores medios encumbrándose?

¡Jamás de los jamases! Diría mi abuela.

Por eso mismo se envalentonan y justifican, declamando su leal convicción y su idoneidad del saber, exprimiendo a los más pobres como debe ser e inhibiendo las impropias pretensiones de la Clase Media, que desde su aparición ha deseado asimilárseles sin legitimidad de nacimiento ni de posesión, frenándola, aletargándola, reprimiéndola, aleccionándola, como si su postulado se anclara en una singular: “tribuna de doctrina”.

Por ello, permanentemente continúa naciendo gente “bien” que justifica y  justificará, por ejemplo, que hasta la nimia pretensión de cambiar el celular todos los años es y deberá ser oprobioso para la Clase Media.

¡Porque no sé todavía si lo advirtió, pero ahora vienen por usted!

¡Hoy existen algunos miembros de ese sector social más encumbrado que se candidatean a Presidentes y ganan por los votos de la Clase Media!

¿Y la excusa cuál es?, ¿que el país no es de los pobres?

Bueno, Está bien ¿Pero entonces de quién es?

¿Será de usted o de los que usted vota en contra de los pobres?

¿Vota en contra de los pobres o de usted mismo?

¿A favor de quién? ¿De ese grupo social que todo lo tiene?

 ¡Porque el voto de usted no parece suyo!

¿O en realidad al votar usted así como vota, usted está hablando de usted?

¡Otro trabalenguas! ¿Será que intento confundirlo?

No me crea entonces. Siga confiando en los Medios de Comunicación concentrados que eluden reconocer que los herederos del sector encumbrado de la sociedad, esos a quienes usted vota porque cree parecerse, no han trabajado jamás, tienen “todo pago” y “todo justificado”

¿Pensó quien los justifica?

Nos inculcaron que este es un país edificado a través de la cultura del trabajo, del esfuerzo mancomunado, del afán de realización de la Clase Media, después de que los “olvidados” ancestros fueran explotados en beneficio de los dueños de la riqueza.

Pero en realidad, si votamos a los mismos siempre seremos lo mismo.

Quienes trabajan merecen un estándar de vida mejor y quienes no trabajan merecen trabajo para incorporarse a un sistema prolífico, a un círculo virtuoso que los incluya dentro de un espectro social amplio.

Si aislamos a los pobres a su miseria, obtendremos un país dividido en tres compartimentos estancos. El de arriba opulento, muy diminuto y enriquecido, el de abajo mucho amplísimo y paupérrimo, el del centro cuantioso, prolífico, individualista y único. Porque en soledad,  mantiene a los otros dos.

¿Está seguro que continuará eligiendo este camino?

El “niño bien” reverendo hijo de la alta sociedad, cree en la cultura del trabajo para que sea realizado por quienes trabajan para su propia  comodidad, para que él no tenga que hacerlo.

¿Sabía usted que las Naciones Unidas establecen hoy cuatro estándares de países en todo el mundo?:

Primero el grupo muy industrializado, segundo el medio industrializado, tercero el poco industrializado y cuarto el no industrializado. ¿Sabe en qué grupo estamos nosotros?

¡En el primero!

Entre los cincuenta y ocho países de la primera camada la Argentina figura en la posición cuarenta y siete.

Esta consideración está basada en el promedio salarial, en su evolución del PBI, en el desarrollo de la educación y nivel sanitario.

Sin embargo en la Argentina, más de la tercera parte de su población es pobre.

¿Sabe por qué?

Porque no existe un correcto sistema de redistribución de la riqueza y por consiguiente, una escasa cantidad de ricachones se ve obligada a regañadientes a convivir con una inmensa mayoría de pobres.

En el medio de toda esa banalidad, ansiados por saltar el insondable laberinto, por supuesto estamos nosotros, padeciendo ante el tremendo esfuerzo de que no decaiga nuestro nivel de vida, sobre todo cuando nos surge subrepticio el terror por la cercanía de la indeseada pobreza.

Sin embargo, paralelamente, a nivel ideológico aplaudimos las políticas impuestas por los gobiernos de la elite que destrozan oportunamente a los sectores bajos mientras no dejan de fustigar al nuestro

 Piense por favor en esta contradicción.

No soportamos los “Planes” para la pobreza, porque estamos convencidos de que se trata de dinero disponible para que los vagos no trabajen. Pero sin embargo toleramos que los ricos gobiernen, hagan negocios privados manipulando los resortes del Estado al que por supuesto desean destruido y continúan engrosando sus arcas.

¡Todo ello, sin haber trabajado jamás!

Parece que el aroma del Fin de Ciclo viene asomando.

Se permite otear, se hace intuición.

Esperemos que por el bien de todos, por la sana costumbre de vivir y dejar vivir, también se constituya en un aroma que nos deje respirar.

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