De Pascualitos
y de Javos
Pascualito le llamaban los más íntimos.
Papi llevaba su mismo nombre y años antes había sido entronizado con
ribetes de prohombre.
No era para menos.
Absolutamente sólo andaba ese joven coronel. Papi, como le digo.
Empuñando ferviente aquella férrea intención expansionista, justiciera y
reivindicadora en favor de la gente de bien.
Así fue que se convirtió en el espléndido adalid de la alucinante
Campaña al Desierto. Bajo su férula, a través de su ímpetu y virtud, miles de
leguas se incorporaron al laborioso menester de la producción cerealera. Porque
aquel esfuerzo desproporcionado y avasallante fue satisfactoriamente financiado.
Tanto el propio líder como sus valerosos combatientes, uno a uno recibieron lo
correspondiente a través del dinero agenciado en gratitud por el grupo social
acomodado y como siempre, muy bien intencionado. Esa ofrenda económica por el
bien del país, obtendría como retribución la propiedad de aquellas tierras
irredentas y solitarias, tan necesitadas de compañías e inversión.
Pascualito abrevó de todo aquello.
Papi había logrado en un año de sacrificio contra el indio salvaje dos
cucardas significativas. El ascenso a general del ejército y el cargo de Presidente
de la Nación.
Pascualito aprendió de papi. Lo bien que hizo. Estudió mucho o hizo como
que lo hacía y obtuvo a cambio un oneroso título universitario tan merecido
como el alcanzado posteriormente por otro digno hijo de su papá que en nuestro
Siglo fuera premiado también con la Primera Magistratura del país.
Pero Pascualito no deseaba en absoluto pasar a la historia solamente
como el hijo de papi. Por supuesto que pretendía trascender. ¿Y qué mejor que lo
hiciese justamente abrevando de la posibilidad que le otorgaba su eximia
presentación como el digno hijo de su papi, portando además su ilustre nombre y
apellido?
Julio Argentino Pascual Roca alcanzó entonces el reconocimiento como
miembro de la primera magistratura de la Patria en el año 1932, acompañando en
la fórmula presidencial al general ingeniero Agustín Pedro Justo. La convulsión
económica mundial se había desatado unos años antes y se precipitó después, bruscamente,
sobre nuestro país cuando Gran Bretaña, resentida financieramente, se decidiera
al ahorro de divisas, promoviendo abastecerse de la producción agrícola de sus
colonias y de los territorios incorporados al Commonwealth.
La gente de bien, aquella multitud a la que pertenecía Pascualito y por la cual
su padre y el propio gobierno al que el hijo representaba, trabajaba y se
esforzaba denodadamente, se resentiría demasiado por la crisis internacional.
Era menester entonces abrigar la esperanza de un acuerdo con Londres por el
bien de todos, propios y extraños, si acaso fuera que pudiese definirse a
alguien como partícipe del segundo término. Pascualito entonces en carácter de
vicepresidente de la Argentina, celebró una reunión con el vizconde de Doxford,
a la sazón encargado de negocios en nuestro país de la renombrada isla del Mar
del Norte, reconocida como rubia Albión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario