lunes, 17 de noviembre de 2025

 

De Pascualitos y de Javos



 Alberto Carbone

 

Pascualito le llamaban los más íntimos.

Papi llevaba su mismo nombre y años antes había sido entronizado con ribetes de prohombre.

No era para menos.

Absolutamente sólo andaba ese joven coronel. Papi, como le digo. Empuñando ferviente aquella férrea intención expansionista, justiciera y reivindicadora en favor de la gente de bien.

Así fue que se convirtió en el espléndido adalid de la alucinante Campaña al Desierto. Bajo su férula, a través de su ímpetu y virtud, miles de leguas se incorporaron al laborioso menester de la producción cerealera. Porque aquel esfuerzo desproporcionado y avasallante fue satisfactoriamente financiado. Tanto el propio líder como sus valerosos combatientes, uno a uno recibieron lo correspondiente a través del dinero agenciado en gratitud por el grupo social acomodado y como siempre, muy bien intencionado. Esa ofrenda económica por el bien del país, obtendría como retribución la propiedad de aquellas tierras irredentas y solitarias, tan necesitadas de compañías e inversión.

Pascualito abrevó de todo aquello.

Papi había logrado en un año de sacrificio contra el indio salvaje dos cucardas significativas. El ascenso a general del ejército y el cargo de Presidente de la Nación.

Pascualito aprendió de papi. Lo bien que hizo. Estudió mucho o hizo como que lo hacía y obtuvo a cambio un oneroso título universitario tan merecido como el alcanzado posteriormente por otro digno hijo de su papá que en nuestro Siglo fuera premiado también con la Primera Magistratura del país.

Pero Pascualito no deseaba en absoluto pasar a la historia solamente como el hijo de papi. Por supuesto que pretendía trascender. ¿Y qué mejor que lo hiciese justamente abrevando de la posibilidad que le otorgaba su eximia presentación como el digno hijo de su papi, portando además su ilustre nombre y apellido?

Julio Argentino Pascual Roca alcanzó entonces el reconocimiento como miembro de la primera magistratura de la Patria en el año 1932, acompañando en la fórmula presidencial al general ingeniero Agustín Pedro Justo. La convulsión económica mundial se había desatado unos años antes y se precipitó después, bruscamente, sobre nuestro país cuando Gran Bretaña, resentida financieramente, se decidiera al ahorro de divisas, promoviendo abastecerse de la producción agrícola de sus colonias y de los territorios incorporados al Commonwealth. La gente de bien, aquella multitud a la que pertenecía Pascualito y por la cual su padre y el propio gobierno al que el hijo representaba, trabajaba y se esforzaba denodadamente, se resentiría demasiado por la crisis internacional. Era menester entonces abrigar la esperanza de un acuerdo con Londres por el bien de todos, propios y extraños, si acaso fuera que pudiese definirse a alguien como partícipe del segundo término. Pascualito entonces en carácter de vicepresidente de la Argentina, celebró una reunión con el vizconde de Doxford, a la sazón encargado de negocios en nuestro país de la renombrada isla del Mar del Norte, reconocida como rubia Albión.

Pascualito viajó a Londres especialmente, rogó y logró un acuerdo de comercio de carnes con Gran Bretaña. Los ingleses fueron adjudicatarios de varias satisfacciones. El setenta y cinco por ciento del producto exportado se enviaría desde frigoríficos propios asentados en Buenos Aires. Además la cuota de ese producto adquirido lo decidirían los propios compradores como fuera menester, según sus necesidades. Nuestro país además se comprometió a abastecerse del carbón inglés para todo consumo. El dinero correspondiente al comercio recíproco se depositaría de acuerdo con los requerimientos y urgencias que Gran Bretaña tuviese en cada situación.

El famoso Pacto Roca Runciman, fue denunciado por el senador Lisandro de la Torre y el proceso escandaloso y vergonzante terminó agenciándose un asesinato en el mismo recinto legislativo.

En la actualidad, casi cien años después, el acuerdo de comercio que lleva adelante el desgobierno de Milei con los Estados Unidos de América adquiere ribetes de horror y exhibe actitudes propias de gente ignorante, estafadora o sencillamente enferma.

La Argentina actual es entregada definitivamente sin atenuantes, exteriorizando un proceder lacayo y vergonzoso más impune que el de la “década infame”.

 Pascualito por lo menos se comprometió a ello con el objeto de conjurar el temor de los sectores ganaderos. Milei en cambio se entrega sin ambages ni reembolsos, decidido a cumplir con su parte dentro del proyecto norteamericano que enaltece y define su autoproclamado “destino manifiesto”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario