domingo, 8 de mayo de 2022

 

Rumiñahui




por Alberto Carbone

 

En el centro de una Plaza de la ciudad de Quito, descubrí sorprendido, un monumento en forma de busto inmenso. Ese rostro homenajeado a quien no conocía, que llamó poderosamente mi atención.

 

Su verdadero nombre era Pillahuaso II. Lo había heredado de su abuelo, el viejo Pillahuaso, padre de su madre. En condiciones normales hubiera sido el heredero del poder político de su comunidad. Pero a partir de su abuelo, la historia de su pueblo tomaría ribetes desconocidos.

El niño era hijo también del Sapa Inca Huayna Cápac, que como se acostumbraba, había aceptado tener de concubina a la joven Nary Ati, hija de Pillahuaso, jefe de los Quitus, del territorio de Píllaro, que en el idioma de su pueblo significaba “altar del trueno”.

Desde que Huayna Cápac con su ejército se apoderara del reino norteño, el pueblo había quedado sometido al Inca.

Era de usos y costumbres para la constitución de la tradición quechua, que el Inca tomara por esposa a la hija del cacique del pueblo vencido. Se frecuentaba ese proceder como predicamento indispensable para fomentar los lazos de amistad entre dominadores y dominados. Una estrategia de orden simbólica y siempre necesaria después de haber experimentado los roces lógicos entre quienes disputaban divergencias de carácter bélico.

Pillahuaso era su nombre en lengua local, pero Ati, que en quechua quiere decir jefe, era como llamaba el Inca al jefe vencido.

Para comenzar a narrar las andanzas del niño, la emprendimos con la tarea de conocer la historia de su abuelo. Nos estamos refiriendo a un cacique que aceptó su derrota ante un ejército que estaba más preparado para el combate, y con ello asimiló el descenso de su poder y se avino a demostrar su leal vasallaje, entregándole su hija a Huayna Cápac en demostración de paz. Como corolario, la pareja le dio un nieto que llevó su nombre, pero que con el tiempo fue reconocido por la voz popular como Rumiñahui, “Cara u Ojo de Piedra”  debido a un velo o catarata que le nublaba la visión, aunque también dijeron quienes lo conocían frente a frente, que el mote estaba relacionado a la seriedad con que el joven desplegaba su actividad cotidiana, organizando y adiestrando a cientos de hombres de edad diversa, que iban nutriendo una parte del grueso del ejército de Quitus, que después de la sumisión política y cultural, también podríamos sentenciar como porción indiscutible de las huestes del propio Inca.

En definitiva, por más explicaciones de índole diversa que se aventurasen, lo cierto era que Rumiñahui desplegaba con aptitud su voluntad de dirección y conducción de aquellos hombres predestinados a la tarea de las armas, que él denominaba como su gente.

Estaba orgulloso de pertenecer a una nobleza de privilegio. Sin integrar aquella otra que era de cuño original establecida en el Cusco, compartía beneficios propios de ese linaje, a sabiendas de que su nacimiento era parte de un arreglo político entre sometidos y dominadores.


Rumiñahui. Jefe de Hombres


El Inca practicaba esa costumbre desde tiempos inmemoriales.

El propio Huayna Cápac había nacido en Tomebamba, fruto de la relación de su padre el Inca Túpac Yupanqui con una concubina hija de otro rey derrotado. Una joven princesa del pueblo cañarí.

Los más ancianos, cultivadores de las más viejas tradiciones e importantes transmisores de los valores y de la cultura popular, comentaban en aquella época que el mismísimo Huayna Cápac había descubierto los beneficios de los matrimonios poligámicos y que estaba convencido de sus efectos entre las comunidades que el reino incorporaba. Que fue por ello que allí mismo, en la tierra de los Quitus, estableciera nuevas y variadas relaciones parentales. Fue allí también por ejemplo, que vio la luz Atahualpa, fruto de la relación con otra concubina de selecto origen matricial.

A pesar de la multiplicidad de hijos dispersos alrededor de todo el Incanato, esos dos jóvenes adoptarían un protagonismo singular en la región norteña y serían unos de los promotores de una etapa de vértigo y convulsión única dentro del Tawantinsuyo, una historia de dos hermanos quiteños, que llevaría ínsita una aventura de lealtad filial y conciencia política.

De alguna manera, Atahualpa y Rumiñahui fueron el corolario de un mismo amor, que unificó la dignidad de un pueblo con su cultura y su idiosincrasia.

Aunque hijos de dos madres, los hermanos de sangre se criaron juntos.

Varios estudios se abocaron a la ímproba tarea de entrometerse en las alcobas reales de aquel período histórico. Las consideraciones más osadas afirmaron que de ambas concubinas el Inca habría preferido siempre a la madre de Atahualpa, pero esa circunstancia solamente, aleatoria y sin ninguna garantía de confirmación, no alcanzaría para comprender el complejo tramo de relaciones humanas que se fueron desperdigando entre el rey y sus consortes.


Plaza Cívica Rumiñahui


 La vida de este líder como de cualquier otro, habría sido muy azarosa y pletórica en abundante descendencia, aún dentro de las propias murallas de la ciudad del Cusco, donde paralelamente ostentaba la paternidad de varios críos de una cantidad bastante significativa de otras concubinas. Se insiste todavía con que el número calculado de hijos del último gran Sapa Inca es de aproximadamente quinientos. Para nuestra historia, será suficiente por ahora mencionar la existencia de un hijo cusqueño  en particular, que representará un papel protagónico en los acontecimientos relativos con la descendencia del padre Inca fallecido, de la misma edad de los nombrados, nacido en la Capital del Imperio, y del vientre de una primera esposa, que habría sido oportunamente legitimada por la nobleza.

Para comenzar a entender la problemática que se fuera desenvolviendo a partir de lo que podríamos llamar, la puja por la investidura, habría que agregar que de la rica y múltiple producción hereditaria que se expandía en cada una de las poblaciones donde el Inca sentaba sus reales, no todos los hijos estaban en condiciones de reclamar derechos políticos heredables del padre. Era el Inca quien tenía la última palabra al respecto y quien podía sembrar esperanzas en alguno u otro descendiente. Así las cosas, el futuro iluminó una etapa en la cual el propio Atahualpa estuvo en condiciones de disputar la herencia del Cetro con el hermano nacido en Cusco. Sólo dos entre tantos hijos. Ocurrió a partir de la muerte repentina del padre y casi estamos en condiciones de afirmar, que fue la propia decisión de éste, la generadora de esa circunstancia.

Como casi siempre sucede, también en esa oportunidad, los acontecimientos inesperados, se precipitaron.

Fue de una manera imprevista e impensada. Después de más de cien años de estabilidad política, resultaba prácticamente imposible creer que el afortunado heredero habría de surgir de una guerra fratricida.

Una compulsa entre hermanos con aprestos bélicos, que provocaría muerte y desolación en el imperio.

El Imperio del Sol. Un territorio pujante y armonioso, que no había frecuentado otra cosa más que avances y consolidaciones durante las sucesivas administraciones anteriores.

La intempestiva desaparición física del líder, significó como era de esperar, una calamidad para todo el pueblo, pero representó un profundo malestar dentro de la elite, que debería resolver la continuidad sucesoria interpretando las últimas, imprecisas y esporádicas palabras de quien se iba muriendo irremisiblemente.

Los residentes cusqueños disputaron aquella herencia como propia. Los quiteños interpretaron la voz de Huayna Cápac, como una abdicación en beneficio de su región. No bien comenzara a manifestarse aquel acontecimiento desgarrador, incalculable y único, el guerrero de su pueblo, Rumiñahui, apoyaría a su hermano de sangre quiteña.

La guerra por la sucesión se mostró a la luz, salvaje y despiadada, ambos contendores se reforzaban en su verdad, la estabilidad social y administrativa se dilapidó a tal punto que se fueron incrementando los recelos entre los dos bandos, Quito en el norte y Cusco en el sur.

Los primeros avances fueron sureños. Las intenciones de Huáscar eran concretas, la consolidación de la unidad en todo el imperio de un solo golpe. Armó el Inca del Cusco a un ejército de miles, entusiasmados como estaban por el apoyo de las aldeas norteñas que se le sumaban, deseosas por derrumbar definitivamente la supremacía quiteña sobre sus regiones. Pero aconteció que en medio de una tumultuosa hesitación de tantos paisanos peleando cuerpo a cuerpo, levantando polvareda en medio de un campo abierto entre una ciudad y la otra, una estrategia fenomenal y muy bien diagramada se extendió sobre el terreno de lucha, volcando las acciones en favor de uno de los contendientes. Los norteños desplegaron una acción de pinzas contra el ejército enemigo, desarrollada y gestada entre sus generales, que produjo el definitorio triunfo de Quito, ciudad fuertemente controlada por Rumiñahui. Ese accionar, resolvió la caída definitiva del Cusco.

El golpe fue mortal, la rendición multitudinaria y el costo de la derrota altísimo, porque incluyó el apresamiento de Huáscar, el heredero vencido, quien intentó reaccionar en soledad, por amor propio, repeliendo con sus brazos armados a quienes llegaban para sujetarlo, hasta que comprendió con dolor el pesar por su derrota y cedió a la perplejidad.

Mientras tanto Atahualpa alojado en Cajamarca, esperaba las noticias que iban llegando desde el campo de batalla a través de sus chasquis.

Bien acompañado y atendido por sus cortesanas, las noticias que recibía solamente informaban el rumbo del triunfo. Radiante transitaban esas jornadas, con la seguridad de que Pachacámac protegía a sus hombres en la batalla, guiados por esos tres combatientes líderes guerreros, que cumplirían con su cometido.


Rumiñahui. Plaza de la Resistencia

Hasta allí, sorpresivamente, llegaron las huestes españolas dirigidas por Francisco Pizarro, que sin mediar excesivos obstáculos, resolvió con determinación la prisión del joven y reciente Inca y de todo su séquito. Un epílogo increíble al que sin embargo algunos contemporáneos creyeron encontrar una explicación.

Se ha sostenido como justificativo del trance acaecido en Cajamarca, que fue definitorio el factor sorpresa y la aparición del concepto de novedad como elemento disuasivo. Además, habría aparecido como un lenguaje tremendo y evidente la utilización de la violencia a través del poder de fuego.

El evento, por sorpresivo e inesperado, no estuvo exento de repentinos combates o refriegas.

Ante la esperada y convenida visita española al predio ocupado por el Inca en Cajamarca, los nativos planearon una recepción multitudinaria y locuaz, vívida en expresiones de júbilo y elocuencia. Para ello, los aborígenes fueron desplegándose en masa sobre la plaza donde esperaban a los europeos, se dice que habían calculado que bastaría tan sólo con mostrarse en suficiente cantidad de almas para que los visitantes acabaran por convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos y de sus pretensiones.

 Al principio, aquellos extraños visitantes no representaron ningún peligro extraordinario para los americanos. Para el aborigen, sólo configuraban gente extraña montada sobre animales exóticos, tratando de hacerse entender a través de una lengua desconocida. Los naturales no esperaban que sucediese otra cosa más que un mero intercambio, después de mostrarse por cientos y miles danzando y cantando sobre la plaza consignada para la reunión. Lo inaudito y extemporáneo aconteció momentos después de la llegada al lugar, instalados sobre el terreno y en pleno goce de su algarabía.

Parecía que los extranjeros no habían llegado a la cita, sin embargo, fueron saliendo sigilosos de sus escondites y se enseñorearon frente al grupo blandiendo objetos que escupían fuego y cambiaban rugido por sangre y muerte. La excusa peninsular fue que Atahualpa habría rechazado a la Biblia con malos tratos. El resultado de esta acción atroz generó un desbande total. La muerte fue conformando pilas de cuerpos en varios ángulos de la plaza. La litera que conducía al Inca se derrumbó y el líder no fue asesinado allí mismo, solamente por el deseo de los españoles de parlamentar con él personalmente. Ante semejante situación los naturales se vieron obligados a aceptar los parámetros de discusión exigidos por el invasor.

El líder aborigen negoció su libertad a cambio de un rescate en oro y plata, después de conocer el verdadero interés de sus secuestradores, y ordenó liberar a su séquito y encomendarlo a los cuatro puntos cardinales del imperio en busca del preciado metal. El resto de la multitud quedó prendada a las puertas de la edificación, esperando la resolución final del parlamento y la liberación del Inca.

La convocatoria por el acopio de metales preciosos llegó a Quito a oídos de Rumiñahui, quien al enterarse del proceder de los extraños visitantes para con el Inca, intuyó que su hermano ya estaba condenado a muerte, y prefirió no entregar los tesoros de la ciudad, fortalecerse y repeler a los invasores.

Rumiñahui receló desde el primer momento contra los peninsulares. Consideró esos aprestos bélicos decididos, como una intimidación hacia el pueblo todo, para que aceptara sus reclamos y exigencias y procurara con avidez promover la mayor acumulación de metal precioso en el menor tiempo posible. Estaba seguro que ante esas condiciones, la vida del Inca para el español, no valía nada.

El guerrero interpretó muy bien la situación de inestabilidad política en la que había ingresado el reino. Intuyó que su rey no tenía espacio de negociación.

Día después, le llegó la información de la muerte de Atahualpa. Estaba seguro que sucedería. Lo que no sabía era hasta donde estaban dispuestos a llegar los peninsulares con su accionar despiadado.

No sabemos bien por qué, los restos del Inca fueron llevados camino al Cusco desde Cajamarca peregrinando por un gran número de aldeas. Es cierto que se aventuró en la creencia de que los españoles pensaban que conduciéndose con ese despojo mortal, serían más fácilmente escuchados en sus reclamos por oro en las poblaciones que visitaran. Fuera como fuese, los enviados por Rumiñahui lograron hacerse del cuerpo y lo sepultaron con honores reales en un lugar desconocido, muchos dicen, junto con aquel tesoro no entregado. Otros en cambio, aventuraron la posibilidad de que el líder militar se quedara con el tesoro en Quito, como garantía de Poder Real y como justificativo de su derecho a la defensa de la ciudadela.

Rumiñahui volvió veloz junto a su pueblo y durante un tiempo se hizo del control de Quito y evitó su caída en manos europeas. Personalmente había reconocido invasores en los caminos que llevaban a Quito, aun después de que los peninsulares se hubieran retirado hacia el Cusco. Calculaba que en cualquier momento los extraños tratarían de fortalecerse frente a las puertas de su aldea defendida. Finalmente, un ejército combinado con españoles del Cusco, con otros llegados del Océano Pacífico y multiplicado con población cañarí aliada, sitió la ciudadela.


Rumiñahui  y Sebastián Belalcazar

Producido el asedio por la avanzada peninsular contra Quito, Rumiñahui dirigió una batalla crucial y definitiva, rodeando con miles de guerreros de a pie los flancos del invasor que fue reciamente atacado y malherido. Pero a veces los sucesos no resisten una lectura lineal. Lo que podría haber sido una derrota catastrófica de doscientos españoles y miles de cañarís aliados, se transformó en estruendosa victoria invasora y humillante huida del líder aborigen. Sucedió que casi al final del día y con los naturales saboreando la victoria, se produjo un acontecimiento repentino y sorprendente, la erupción del volcán Tungurahua.

La tarde se volvió noche. La noche se llenó de humo y cenizas. El olor a azufre lo invadió todo. Fue fatal.

 El ejército defensor huyó desesperadamente ante el temor a Dios, a ese Dios que hablaba a través del clamoroso Tungurahua, quien parecía castigar a su pueblo por la flagrante actitud de acometer contra los visitantes.

Ante la crudeza de la confirmación de soledad y despojo y del triunfo del temor como aliado imprevisible, Rumiñahui logró escapar junto a algunos de sus hombres, pero la ciudad de Quito, que iba a caer de un momento a otro en manos de los agresores, fue incendiada hasta las cenizas por decisión del gran jefe aborigen, con el objeto de que el despiadado Sebastián de Belalcázar, que entraría al predio triunfador, no encontrase piedra sobre piedra.

Los testimonios de la época afirmaron que Rumiñahui ordenó un éxodo casi total y que partió en medio del incendio llevándose el pretendido tesoro que tanto buscaban los europeos, con el objeto de extraviarlo definitivamente en el fondo de uno de los lagos circundantes.

Poco tiempo después, quienes habían triunfado y se enseñoreaban ante el pueblo empobrecido y temeroso de la destruida y refundada ciudad de Quito, se abocaron a la persecución del mentor de la heroica defensa.

Rumiñahui fue buscado en cada aldea vecina, no podía estar tan lejos. Su cabeza era el precio final que debía pagar su osadía.

Las poblaciones aledañas a la nueva San Francisco de Quito, denominada así por su fundador, Sebastián de Belalcázar, en homenaje a Francisco Pizarro, lo guarecieron algún tiempo, pero con su ejército diezmado y apenas un batallón de leales, poco podía intentar contra la fusilería y los cañones enemigos.


Cantón Rumiñahui


Al final, los propios agresores dejaron descripción de la forma en que fue atrapado y salvajemente torturado con la única pretensión de que respondiese dónde se encontraba enterrado aquel famoso tesoro en oro y plata, que vertiginosamente había hecho desalojar de Quito, según lo habían consignado los datos proporcionados por algunos informantes leales a los españoles.

Rumiñahui no respondió a ninguna demanda que le realizaran bajo tortura sus captores. Eso dicen.

Cuentan que cerró su boca y la mantuvo así, soportando en silencio incluso los alaridos que hubiesen sido necesarios para desahogar tanta crueldad.

Posteriormente, y ante la vista de todo el pueblo convocado frente a ese importante suceso, fue quemado vivo en una hoguera preparada para tal fin sobre la Plaza Grande de Quito.

Sin embargo, como la transmisión oral es tan rica y fluida en versiones, algunos contemporáneos fueron capaces de aseverar otro final para la vida de ese gran representante aborigen.

Afirman que una noche, a plena luz de las estrellas y a sabiendas de que transitaba por uno de los últimos espectáculos lumínicos tan brillantes de los varios que había frecuentado en esa última época, agobiado y solo, varios días después de la última batalla, se atavió con las mejores vestimentas propias de un dignatario real, cubrió su cuerpo de la reliquias más valiosas de su pueblo y así vestido, como príncipe del Imperio que se negaba a ver desaparecer, subió hasta el cerro más alto de la ciudad de Quito y desde allí se precipitó hacia el vacío.

Así, sumido en la soledad y en extensos días de vigilia y perplejidad, concluyó con él, uno de los últimos baluartes de la lucha por la dignidad y la defensa de la cultura de los Incas.

sábado, 7 de mayo de 2022

 

Cuitláhuac

 

por Alberto Carbone


La lluvia persistió todo el día. Durante la tarde se temió por la seguridad de la circulación dentro de la ciudad. Alguien había insinuado dudas al respecto al evaluar el estado de consolidación del apisonamiento de las calles, presintiendo que tal vez cederían ante tanta agua.

No es que se haya precipitado una lluvia con las características de las que fluían tiempos atrás, tan temibles en otras épocas y que hacía años no sucedían. Aquellas eran tan fuertes y persistentes que habían generado el alza de la cota de los lagos y la consecuente inundación de la ciudadela. Hubo que vaciar las casas y vivir en otros ambientes hasta que la labor continua de secado y los rayos del sol fueron recuperando poco a poco la normalidad de Tenochtitlan.

El episodio se repetía también en la vecina ciudad de Texcoco, su Tlatoani, que en ese entonces era  Nezahualcóyotl, ordenó entonces la construcción de varios diques que solucionaron para siempre la controversia y resolvieron definitivamente el antiguo problema habitacional. Pero las inundaciones persistían igualmente cuando las lluvias se tornaban escandalosas, por eso, el propio Tlatoani mexica Ahuizotl, a pesar de que había dispuesto lo mismo que su par vecino, el proyecto y la construcción de un dique en su ciudad, perdería la vida en medio de una de aquellas tremendas precipitaciones, al inundarse la habitación donde dormía, golpeándose la cabeza al tratar de escapar de esa situación. Lo sucedería su sobrino Moctezuma II Xocoyotzin, hermano de Cuitláhuac. Recién había comenzado el Siglo XVI, casi dos décadas antes de la entrada de Hernán Cortés a Tenochtitlan.  

Aquella lluvia de fines del mes de junio, último día del mes Tecuilhuitontli era extenuante. Remembraba las viejas anécdotas con el Tlatoani pereciendo en un accidente doméstico, pero esta vez se manifestaba poco intensa aunque sí persistente. De todas formas, la celebración por el cambio del mes no se suspendería. No estaba en la ciudad el jefe de los extraños, el señor Malinche, era cierto, pero había dejado como autoridad a quien se hacía llamar Tonatiuh y éste había permitido aquella congregación festiva. Toda la dignidad mexica se había ataviado bien para el evento y no se resignaba a suprimirlo sólo por una llovizna.



Cuitláhuac. Tlatoani Heroico

La humedad lo traspasaba todo. El aroma intenso y penetrante de la vegetación se imponía con su presencia y junto con aquel vaho y con la neblina que habían aparecido desde la mañana, y que los árboles no dejaban que se difuminaran, reaparecía invariablemente ese desacostumbrado hedor, inaugurado por los invasores y que se había instalado, era el olor a la pólvora y a la fusilería.

Pero cuando los acontecimientos se precipitaron no hubo excusas de olores ni de ningún otro menester. Había sucedido al parecer que Pedro de Alvarado, desenfrenado, se había descontrolado al ordenar a su gente arcabucear a los nativos arremolinados frente al Templo Mayor, sin razón alguna.

Cientos de indios que estaban celebrando vaya a saber qué gran cosa, según decían en honor a Tezcatlipoca,  fueron atacados sin que mediara excusa alguna por las huestes de Alvarado, por esos días responsable de la ciudadela, quien después justificaría esa reacción al explicar que lo había amedrentado observar tantos indios a los gritos, vociferando en lengua extraña, sumado a que le habían llegado supuestos indicios de que estaban preparándose para una ofensiva contra los representantes de España.

Sea como haya sido, aquello no les impidió, después del desastre que pergeñó,  deambular por encima de los muertos e irlos despojando de sus atuendos de valor.

Los españoles dejaron a los caídos apenas vestidos con sus prendas básicas, sin ornamentos y los desnudaron de todo el oro que portaban, después de asesinarlos a sangre fría mientras realizaban aquel incomprensible homenaje vaya a saber a quién.

La sin razón y el desafortunado calvario vivido por los naturales, muchos de elevada condición social, que yacientes en medio de la Plaza Mayor fueron, además de asesinados, desprovistos de sus enseres, provocaría una severa reacción de quienes alrededor del suceso habían observado la actitud de los peninsulares.

La muchedumbre se precipitó contra los agresores. En gran número se abalanzaron sobre ellos y los despojaron de sus armas. Algunos españoles pudieron organizarse dentro del estupor provocado y lograron apresar a varios nativos de raigambre significativa, conduciéndolos a la fuerza hacia adentro del Palacio en el que moraban. Otros cayeron en las garras de los tenaces reivindicadores, pero la gran mayoría de los europeos huyó precipitadamente, sin armamentos y sin otro bastimento hacia adentro de aquel Palacio del viejo Axayácatl, que se había convertido sin quererlo en un fuerte amurallado, protector de los invasores.


Los ochenta días de Cuitláhuac

El aguerrido Cuitláhuac, hermano del Tlatoani, fue encarcelado y llevado a la misma habitación que ocupaba Moctezuma, quien también permanecía encerrado por orden de Cortés, después de lo que había sucedido unos días atrás, a raíz del enfrentamiento entre los grupos náhuatl y totonaca en la joven ciudad de Veracruz.

Cuando regresó el extremeño con sus hombres y con los de Narváez se encontró con un panorama pésimo. La ciudadela levantada en guerra contra el español, por culpa de una interpretación malhadada de un atolondrado como Pedro de Alvarado que se había dejado llevar por los resquemores de totonacas y tlaxcaltecas aliados, quienes aventuraban la posibilidad de que los mexicas estuvieran preparando una agresión.

Sin armas de ninguna índole y en poco tiempo más sin víveres suficientes, la inmensa cantidad de españoles debería actuar urgentemente para salvar su vida.

Hernán Cortés dialogó sobre ese dilema con el Tlatoani y ambos resolvieron como una posibilidad dejar ir a Cuitláhuac, calculando que la decisión de liberarlo ayudaría a entrar en razón a la gran cantidad de levantiscos que habían rodeado la Plaza y el Palacio.

Sin embargo, una vez libre, Cuitláhuac se reunió con los señores y los sacerdotes de la gran Altépetl que era Tenochtitlan y fue nombrado por los Pillis el nuevo Huey Tlatoani en lugar de su hermano, a quien la población mexica consideraba y había castigado como cobarde y traidor.

A partir de entonces organizó un numeroso ejército, intensificado por el aporte de varias comunidades vecinas. Mientras se iba armando, esperaba que las ratas invasoras murieran como tales.

La estrategia fue aguardar que los cobardes visitantes encerrados, comenzaran a salir por sus propios medios desesperados por el hambre.

Cuitláhuac no quiso exponer más vidas. Su hermano había encontrado la muerte al intentar resolver la situación por medio del diálogo. Apedreado e impactado por alguna de las varias flechas que le fueron destinadas, se derrumbó frente a la muchedumbre y los pocos españoles que lo habían acompañado a la entrada del Palacio, reingresaron al edificio con el cuerpo exhausto de Moctezuma. El diálogo estaba terminado y el reciente Tlatoani estaba convencido de que la situación se explicaba por sí misma, que los extraños encerrados y sin bastimentos habían sido derrotados.

Mientras tanto, la vida siguió su curso.

Las cientos de canoas intensificaron su deambular por los lagos adyacentes. Fue mantenida la actividad de la pesca en el lago salado de Texcoco y continuado el proceso de extracción de agua dulce de los demás lagos no salitrales circundantes. Se siguieron comerciando los mismos productos que habían circulado por el Altépetl desde hacía tiempo atrás,  obsidiana, pescado, cacao, calabaza, maíz, cayote, tabaco, algodón y porotos, actividades que se desarrollaban sobre la base del trueque con las demás aldeas pertenecientes a la misma entidad política y territorial.

Los jóvenes que integraban los sectores sociales más altos mantuvieron su concurrencia al Calmécac, donde se los preparaba para la vida relacionada con las decisiones de poder y los hijos de los macehuales o artesanos, continuaron desarrollando su formación en el Telpochcalli, donde se desplegaba el aprendizaje del arte de los oficios.

Una de las labores esenciales que los mexicas valoraban con entusiasmo, expresada por medio de las continuas festividades de carácter mensual, eran las relacionadas a la confección de los instrumentos de música. Para quienes demostraban esas dotes y además se inclinaban por el canto, se había conformado el Cuicacalco, que permanecía recibiendo alumnos y brindando sus clases.

Los jóvenes mayores eran artesanos, alfareros, pescadores, constructores de chinampas, zapateros, músicos, artistas en general. La población de un extracto más bajo que el de los macehuales y los esclavos, la base más ancha de la pirámide social, formaba parte del abultado número de la milicia. Cada uno de ellos por igual, ocupaba además parte del día en el laboreo de la tierra comunal.

El tiempo iba transcurriendo y a los españoles se le acababa la estrategia de racionar la alimentación. Se iba consumiendo definitivamente la posibilidad de subsistencia.  Hernán Cortés se decidió entonces por un recurso extremo, esperaría la noche y en silencio dirigiría la gran comparsa de hombres y caballos hacia las afueras de la ciudad.

Cuando llegó aquel último día del mes de junio de 1520, lluvioso y oscuro, tomó la decisión. Preparó a aquellos individuos en fila de a dos, de a tres y sigilosos, para que comenzaran la retirada del Palacio, aprovechando que el grueso de aborígenes no se encontraba apostado a la intemperie a raíz de lo desacompasado del clima. Para ello midió muy bien sus fuerzas y sopesó lo abigarrado de su conglomerado, sabiendo que debería elegir el rumbo que llevaría por una de las seis calzadas que cruzaban Tenochtitlan, tres de norte a sur y las otras de este a oeste. El líder español elegiría la orientada hacia el poniente, a la ciudad de Tlacopán cruzando el puente de chichimecapán, con la pretensión de escapar sin prisa pero sin pausa hacia la ciudad de Tlaxcala, cuyos habitantes se habían constituido en aliados incondicionales después de haber sido derrotados a través de salvajes batallas.

En medio de la oscuridad de la noche, comenzó a salir esa hambrienta troupe de su auto encierro. Muchos de los hombres avanzaban con sigilo con la responsabilidad de proteger a los animales, otros cansados como estaban por la falta de alimentación iban extremadamente pesados, caminando nerviosos y a los tumbos, llevando consigo numeroso peso en oro en sus alforjas.

La casualidad dicen, es hija de la oportunidad. La voz de una anciana dio el aviso y urgentemente una inmensa cantidad de naturales se fue acercando acaloradamente al lugar, impidiendo a través de dardos, golpes de palo, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que los españoles y sus aliados continúen por el camino. Muchos estaban adelantados en su peregrinación, otros fueron bloqueados en su andar. Entre forcejeos y empujones, los menos iban avanzando muy pesadamente por el sendero, los más, iban cayendo rendidos por el peso, asfixiados por el tumulto, ahogados al precipitarse al lago desde los puentes, ensartados por las boleadoras, las lanzas o las flechas de los mexicas.

Un grupo muy menor pudo escapar, pero por supuesto, fueron indios la mayoría de muertos, entre náhuatl y  pro españoles.

Cuitláhuac había antepuesto la defensa de su ciudad a la posibilidad de recuperar el tesoro famoso de su padre Axayácatl, que el extremeño había encontrado empotrado en una pared del Palacio y con el que se regocijaran los peninsulares novatos, los recién llegados, aquellos que habían sido convencidos por Cortés y que en el desembarco continental habían pertenecido al ejército de Narváez.

Aquel tesoro desapareció en su mayoría desperdigado en las aguas del lago Texcoco, abandonado por los españoles en el apuro de salvar sus vidas o extraviado junto con la humanidad de aquellos europeos ávidos de riqueza.

Confundidos en medio del campo, los sobrevivientes de tamaña empresa de salvamento y socorro, descansaron. Cuentan que Hernán Cortés, debajo de un árbol junto con la Malinche, se detuvo a llorar por tamaña derrota.

Sin consuelo, pasando revista a todas y cada una de las adversidades por la que había sobrevivido desde su llegada a la ciudadela azteca, para sostener en alto su rara mezcla de tozudez e intemperancia, le preguntó a su Marina si conocía el nombre de quien había liderado aquella ofensiva contra los europeos.

Malintzin, que sentía muy poco amor por su pueblo náhuatl, desde que habían decidido entregarla como prenda de paz después de una derrota mexica contra el pueblo maya de Potonchán, miró a los ojos a su amo y le contestó: Cuitláhuac, el hermano de Moctezuma y recientemente elegido como Tlatoani.

Pero el verdadero nombre del líder azteca era  Cuauhtláhuac, que en lengua náhuatl significa "águila sobre el agua".


Cuitláhuac Arqueología Mexicana


Por rencor, por desprecio, o en forma de venganza personal, la Malinche había decidido que la expresión para nombrar al gran caudillo resistente de Tenochtitlan fuese Cuitláhuac, que casualmente o no, en náhuatl quiere decir estiércol. Así lo dejaría asentado su hija María Bartola, transformada en la primera mujer historiadora de México y que jamás recibiera algún reconocimiento de parte de la Corte española como hija de uno de los últimos Tlatoani, de la misma forma que recibieron reconocimientos de la España imperial los descendientes de Moctezuma II, que sí había manifestado condescendencia en favor de la conquista europea.

El nuevo Tlatoani, al decir de su hija María, sobreviviría ochenta días en el poder. La viruela, llegada al Istmo de Yucatán a través de las tropas de Pánfilo de Narváez, que habían sido enviadas por el gobernador de Cuba contra el mismísimo Hernán Cortés, se enseñoreó en el territorio y fue generando en forma subrepticia, una tragedia que acumuló miles de muertos, sobre todo en los aborígenes, que no tenían inmunidad contra ella.

Cuitláhuac fallecería el 28 de noviembre de 1520, el último día del mes de Quecholli. Poco después, las tropas reorganizadas por el español, volverían a atacar Tenochtitlan en el mes de agosto de 1521, asediándola durante los dos meses y medio previos, promoviendo muerte y hambruna, capturando por fin a su último Tlatoani, Cuauhtémoc, primo hermano de los dos anteriores.

La maravillosa fisonomía de la gran urbe que había sido Tenochtitlan, con sus calzadas ordenadas hacia los cuatro puntos cardinales, sus puentes levadizos preparados para coordinar la interacción de los diversos islotes, sus asombrosas construcciones, su diagramación ejemplar que permitía distinguir a cada barrio por su  zona circundante, su majestuoso paseo público central, que unía el Palacio Real con el Templo Mayor en un único ámbito de relación integrado, su fabuloso mercado central, que nucleaba a diversidad de gentes de varias regiones aún de aldeas vecinas, todo eso dejó de ser lo que había sido antes de la crucial hecatombe, para dar lugar a un espacio corrompido, a raíz de la ocupación de los españoles.

Cuando el asedio se dio por concluido, terminó también el fastidio y el sinsabor del propio Cuauhtémoc, que presentía que a pesar de todo el empeño puesto en fortalecer la resistencia y agigantarla, no lograría hacer subsistir aquel objetivo de liberación ante la sinrazón y la desesperanza por la supervivencia.

Tenochtitlan se acabó cuando se le agotaron los esfuerzos por sostener su libertad. Llegó un momento en el cual no había más excusas, el hambre y la sed arreciaban. La muerte que estaba en todos lados, era la medida de todas las cosas.

El derrumbe de Tenochtitlan fue el triunfo de la dominación política y militar, pero también significó el inicio de un calvario fenomenal e inaudito que condujo a la debacle de costumbres, religión, lengua y cotidianidades que juntas resumían la antigua y consolidada idea de libertad con dignidad, de todo un pueblo acostumbrado como estaba a sostener de pie sus valores y que nunca jamás volvió a ser como había sido.

domingo, 20 de marzo de 2022

 

El Acuerdo de la Discordia

por Alberto Carbone

Las cavilaciones referidas al esfuerzo de interpretaciones relacionadas con la historia contra factual no son recomendables.

Porque ante la incertidumbre frente a la realidad tendemos a pensar generalmente que en contextos disímiles seguramente hubieran acontecido procesos diversos.

En consecuencia, la incertidumbre de la vivencia cotidiana va abriendo paso a una nueva vacilación, al comprobar que indiscutiblemente se torna imposible dilucidar otra realidad que en forma invariable confluya con una escena paralela para cualquier acontecimiento. En definitiva, abrirse a esta presunción, a esa posibilidad de otorgarle potencia en acto a la contra factualidad, nos remitiría como único resultado a la viabilidad de abrir una caja de Pandora integrada con diversidad de oportunidades o eventos que seguramente conducirían hacia controvertidos resultados.

Pero la historia es la sucesión de hechos verificables y la realidad es una invariablemente.

No se puede elucubrar ningún evento basándonos en lo que no sucedió.

Sólo la realidad nos va determinando un camino razonable que nos impone interpretarla según y conforme se vayan precipitando los acontecimientos.

Sin embargo, a partir de la palmaria dicotomía argentina que sucesivamente se va expresando en las urnas y que constantemente traduce con una ecuación similar los apoyos para ambos bandos de un lado y otro de la grieta, podríamos animarnos a evaluar la actitud que hubiera desarrollado la oposición para con la responsabilidad de la firma del malhadado Acuerdo en caso de haber sido oficialismo. Nos ampara para ello la justificación de que el beneplácito recibido por Cambiemos en las dos últimas elecciones ha sido elocuente y significativo. Una razón más que suficiente como para sopesar la cuota de responsabilidad política que debería corresponderle a la actual oposición,  toda vez que ha sido Macri quien tomó el fabuloso crédito y que además sus legisladores han avalado con su voto favorable en una estimable participación, la firma de la restructuración actual por diez años.

Esta implicancias, decisiones no forzadas sino consensuadas en la Fuerza Cambiemos, nos anima a atrevernos a justipreciar la actitud que hubieran desenvuelto los miembros de Juntos por el Cambio de haber tenido la responsabilidad de refinanciar semejante erogación si hubiesen sido los responsables del Poder Ejecutivo.

Me animo a confesarle que a mi entender ambas coaliciones políticas hubieran llegado a los mismos resultados.

 

¿Usted se puso a pensar qué hubiera sucedido si la reestructuración de la deuda macriana la hubiera encabezado el propio responsable de haberla tomado?.

Seguramente Macri en cinco minutos lo hubiera resuelto. Hubiese firmado cada una de las exigencias históricas del Fondo para con los deudores y se habría terminado la conversación.

Pero la cuestión formal es otra. El problema constituyó en realidad que el propio Fondo Monetario le reclamó al gobierno que ese Acuerdo fuese avalado por el Honorable Congreso Nacional.

Seguramente el Frente de Todos en el lugar de oposición, jamás hubiera aceptado apoyar una refinanciación de la deuda histórica y humillante, que incluyera las considerables reformas sociales recesivas, las reducciones salariales, los recortes en las jubilaciones y en las inversiones destinadas al gasto público e infraestructura.

En consecuencia, el Frente de Todos en el lugar de la oposición, se hubiese negado a apoyar ese Acuerdo estableciendo la imperiosa necesidad de incluir modificaciones oportunas y urgentes que atendiesen la emergencia de los sectores vulnerables de la sociedad.

¿Usted cree de verdad que el FMI no pensó en ello?.

Imagine por un instante el papel sobredimensionado que ocupa aquel Organismo Internacional de Crédito en la vida de la dolorosa Argentina, capaz de haber recibido como préstamo sin apreciación ni cálculo de posibilidad alguno cuarenta y cuatro mil millones de Dólares que desaparecieron de las arcas del Estado y que ahora deberá comenzar a devolver sin posibilidad de cuestionamiento a los responsables, cuando paralelamente la Reserva Federal de los EE.UU ha estimado que la recuperación de Ucrania, que está en guerra, podría resolverse con aproximadamente trece mil quinientos millones de Dólares.

Evidentemente el FMI se ha convertido casi en un Dios para nosotros.

Pero usted sabe que Dios aprieta pero no ahorca.

El Organismo de Crédito ¡Quiere y necesita cobrar!.

¿En qué términos puede lograrlo si endurece sus reclamos?.

 

Es muy probable que los tecnócratas del Fondo Monetario Internacional hayan calculado dejarle al país alguna posibilidad de reacción, para que, como se dice vulgarmente, asomara la nariz por encima del agua.

Que hayan advertido la evidencia.

No podían presionar más sobre un cuerpo exánime.

Acuérdese: Los muertos no pagan, dijo el mismísimo Néstor Kirchner.

 

De todas maneras, si aflojó la presión de la pierna contra la cara, no alejó el pie del rostro.

Recuerde:

Este gobierno solicitó una quita en los montos nominales de la deuda.

Luego, ante la negativa del Organismo, reclamó una extensión de diez a veinte años en las facilidades de pago. Tampoco consiguió una respuesta favorable.

Al final, reclamó que no se le computaran intereses extra por la demora en el inicio de la fecha de del pago. La respuesta también fue negativa.

 

Con todos los vaivenes, a tiempo con los tiempos del FMI, el affaire ingresó al Poder Legislativo.

Al final el Honorable Congreso Nacional se expresó.

La Argentina ha resuelto comenzar a abonar la cuantiosa deuda macriana, reestructurada por el Frente de Todos, que a partir de ahora se constituirá en el único responsable de lo acordado.

Un triunfo brillante para Cambiemos y para el propio Fondo Monetario Internacional, porque ambos se desembarazan de su inobjetable responsabilidad. Uno por peticionar en forma desmedida, el otro por dejar hacer y no controlar el auténtico destino de los dineros entregados graciosamente.

Para cuando comience el desembolso es muy probable que Cambiemos o como se denomine en aquella oportunidad, tenga la vista buena de un electorado desconcientizado, desmotivado y profundamente ignorante de todo este proceso impúdico, desnaturalizado, desesperanzador y humillante y proclame la urgente reestructuración de los pagos incumplidos de una reciente refinanciación de  deuda, cuya responsabilidad será imputada al malogrado y desaparecido Frente de Todos.

 

 

Ruinas Circulares

por Alberto Carbone




“Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia que otro estaba soñando”

 

Nuestro país recuerda y reconoce dos fechas significativas de su historia, dos episodios que ha elevado a una categoría considerable, enalteciéndolos al imponerles un carácter fundador y epónimo.

El 25 de Mayo de 1810 que conmemora la instalación del primer gobierno de origen criollo y el 9 de Julio del año de 1816, que rememora el grito de Independencia de España de nuestro territorio, que a pesar de los sucesivos gobiernos de carácter autónomo que sobrevendrían a partir de aquella decisión, permanecería políticamente inestable, ocupado en sobrellevar alzamientos, distensiones, distanciamientos y conciliaciones entre las administraciones provinciales y el poder central.

Sin embargo, ambos episodios configurados en los inicios del Siglo XIX, fueron instalados dentro del conocimiento de la opinión pública local, como auténticos adalides o artífices en la pretensión de consolidar un país independiente, una sociedad emancipada, una Patria insoslayable.

Pero el Siglo XIX que recién comenzaba, todavía persistiría en su inequívoca pretensión de instaurar una racionalidad socioeconómica. Una lógica que estableciera una ubicación para cada grupo humano o sector según su origen, su estrato social, su preparación académica, su orientación cultural y sobre todo, su basamento económico.

En toda América y específicamente en nuestra Argentina, no se formalizó la jerarquía social a partir del surgimiento de una aristocracia de sangre. Fue por ello, seguramente, que los sectores de la elite intelectual, descendientes directos de la sangre conquistadora, se robustecieron y afirmaron a sí mismos, diferenciándose del grueso de la población colonial, mestiza y aborigen, a través de la tenencia, goce o disfrute de lo que casi inmediatamente consideraron como propio.

No fue otra cosa que la configuración del poder político derivado de la posesión económica, lo que marcó la diferencia.

Las decisiones de aquel entonces fueron tomadas por la gente más sana de la población. Aquella sanidad era una apariencia otorgada por el poder económico.

El verdadero poder que desde el principio de los tiempos confería el basamento real.

Aquella alucinación que propugnó por la configuración de una metamorfosis para toda nuestra región, que aún disgregada persistía en otorgársele forma de país se sostuvo inestable hasta la mitad del Siglo XIX, sobreponiéndose a luchas intestinas, a infinidad de muertes por imposición de un bando frente a otro. Batallas persistentes que no traducían otra cosa que las discrepancias entre intereses entre clases sociales y hasta fulminantes divergencias entre el mismo sector de poder.

 Por eso mismo, la segunda parte del Siglo XIX dispondría una justificación legal para la imposición de las elites. La estrategia se desarrollaría dando por finalizado el tedioso enfrentamiento entre facciones amparado en provecho de cada  región y orquestando el inicio de un nuevo tiempo basado en la confluencia de los intereses de la facción dominante.

La derrota del último caudillo con fuerte ascendente político y social, implicó la decisión de establecer un Corpus Legal que garantizara la supremacía política de quienes ostentaban el control económico.

La redacción de la Constitución Nacional del año 1853 fue determinante para afianzar la legalidad de la posesión del territorio por parte de las elites y para garantizar a sus poseedores el definitivo respeto a la propiedad privada. La razonable  tranquilidad de que sus tenencias serían legítimamente respetadas por las futuras generaciones.

Con la emergencia de la elite al interior de los tres poderes constitucionales, el resguardo de la supremacía económica estuvo garantizado.

Un inmenso territorio considerado vacío, pletórico en riqueza agrícola, proyectado para ser concebido como receptor de mano de obra europea. Un inmenso caudal de hombres y mujeres que llegarían a esta tierra, ávidos de conocer ambientes que le permitiesen vivir del esfuerzo de su trabajo.

Pero antes de introducir manos para la labranza, los dueños de la tierra irían por la ampliación de sus posesiones. Pocos años después se internarían hacia el profundo, vasto e interminable país pulverizando al indio por medio de la avanzada hacia el desierto, consolidando territorio a partir de la instalación de fortines cuyos soldados constituidos por gauchos fueron obligados a luchar contra los aborígenes.

Así, a través de la sangre de la paisanada, la Campaña al Desierto extendió la frontera agrícola.

La expectativa productiva configuró una estrategia fenomenal. Por ello durante el último tercio del Siglo XIX se proveyó de mano de obra europea a los campos arrebatados a los naturales, a través de la Ley de Inmigración.

Para la elite el indio era un salvaje, un invasor chileno; el gaucho un pendenciero mal entretenido desprovisto del interés por el trabajo; el inmigrante, la fuente indispensable de donde abrevar el esfuerzo humilde y dócil por la laboriosidad.

Ellos mismos, grandes triunfadores de un país que nacía a su imagen y semejanza, configuraron su propia apariencia justificada en la razón imperiosa de que debían esforzarse y obligarse a gobernar por el bien del territorio, al que denominaban como Nación, otorgándole aquella significativa apariencia, como si las características esenciales de la nacionalidad estuviesen asentadas en la idiosincrasia de cada uno de los sectores sociales extraños y diversos, habitantes del suelo común pero inhibidos de reclamarlo como propio. Un territorio que habitaban pero que no les pertenecía ni les pertenecería.

 

El Siglo XX comenzaría tal y como había concluido el anterior. Con la convicción en los mismos valores, con la instalación en el poder real de la misma jerarquía social, con la imposición de una Nación para el Desierto Argentino.

Los cálculos de la elite fueron precisos y forzosamente interesados.

Aquella apariencia estaba destinada a persistir.

Al conjuro de la proclamación de una Patria agrícola productora para el mercado externo, la elite terrateniente declamó, fundó y fundamentó la Nación.

Se percibieron y soñaron como grandes hacedores de un país pujante y productivo, instalado entre los primeros en el mundo, con ingresos per cápita de excelencia. Lo lograron.

Pero ese triunfo fue solamente para ellos. El bienestar y la prosperidad, también permanecieron privatizados. Ambos beneficios se constituyeron como exclusividad de aquel reducido sector.

El grupo selecto que se juramentó ante la Constitución Nacional de 1853 consolidó un territorio de pocos productores en vastas extensiones, apuntalados por miles de brazos de labranza de origen europeo, hombres y mujeres que habían llegado ansiosos con toda su pobreza a intentar construir un futuro distinto del que les ofrecía el viejo continente. Trabajadores pobres que jamás se atrevieron a preguntar la razón por la cual eran terratenientes aquellos propietarios y que se conformaron con vivir en improvisadas barracas, en percibir el jornal que le asignaran y en acatar dócilmente las órdenes y demandas de sus contratistas.

Tierra de promisión nuestra Argentina. Un bello designio destinado para pocos. Un objetivo singular e idílico que se iba manifestando como realidad para sus mentores conforme se iba incrementando el caudal y la variedad de la producción sobre la maravillosa extensión de la pampa húmeda que había comenzado al conjuro de la actividad agrícola y que a finales del Siglo XIX ampliaría su esfera a la ganadería.

Cuando parecía que la ecuación estaba finalizada y que la estructura de poder estaba firmemente condicionada a los designios de la oligarquía agrícola y ganadera, apareció el Peronismo.

Este razonamiento a través del cual ingentes cantidades de obreros rurales y de incipientes núcleos urbanos, originados al clamor de la novedad fabril alrededor de las ciudades, podrían ser considerados como agentes de derecho y en consecuencia ser objeto de percepción de beneficios sociales y laborales impensados hasta esa fecha, corrompió la natural parsimonia y la lógica y estable tranquilidad de los propietarios rurales y fabriles, que en términos generales significaban el mismo grupo de interés.

Debemos tener en cuenta que aún los mismos partidos políticos auto referenciados con los sectores ideológicos de izquierda, conjugaban idénticos verbos y mentaban las mismas expresiones despectivas con referencia a la definición de los grupos más humildes de la población.

Como funcionario de un gobierno originado de un Golpe Militar, el entonces coronel Juan D. Perón implementaría una serie de decretos destinados a mejorar las condiciones de vida del núcleo del trabajo. Esta circunstancia haría estallar la racionalidad del beneficio económico del sector propietario y postularía una abierta contradicción con los intereses de quienes se sentían legítimos dueños del poder real.

Por ello sería el propio Juan Domingo Perón en el cargo de Presidente de la República quien instruiría a los funcionarios y a toda la sociedad civil con el objeto de propugnar un cambio de la Constitución Nacional de 1853. No una simple reforma. Una nueva Constitución que debería incluir a los históricamente excluidos y naturalmente invisibilizados por la Constitución de mediados de Siglo XIX.

Ese cambio de Carta Magna enunció y definió un cambio radical de país. Por ello cuando el Golpe de Estado en el año 1955 derrocó al gobierno constitucional del general Perón, su primer paso fue la recuperación de la modalidad de la apariencia.

 La auto denominada Revolución Libertadora dispuso dejar sin efecto la Constitución de 1949 y retomar la del año 1853. La decisión no era otra que devolverle a la oligarquía terrateniente, poseedora del poder económico, el poder político que había ostentado hasta el año 1943.

Aparentemente, el gobierno constitucional de Perón había conformado un régimen dictatorial y el Golpe Militar de 1955 que implantó una dictadura en lugar del gobierno constitucional, no había sido otra cosa que la recuperación del camino democrático para la Argentina.

Con la misma excusa el general Juan Lavalle hubo decretado en Navarro el fusilamiento del coronel Dorrego en el año 1828. Se consignaba en aquel entonces el esfuerzo por la recuperación de la libertad que en apariencia devolvía Lavalle a Buenos Aires acompañado por los intereses de la Patria agroexportadora. Libertad que aparentemente Dorrego se resistía a respetar y que los latifundistas estaban decididos a defender.

Los intereses concentrados de la actualidad han provocado tres tipos de votantes. Una nutrida cantidad de gente que ignora quienes son los verdaderos dueños del poder real. Otro grupo definido por aquellos a quienes no les interesa el tema en cuestión y votan conforme lo que escuchan en los medios de información concentrados. Por último, los miembros de la clase política enrolados con los partidos de derecha que perciben un salario y beneficios derivados de su acción y apuntalan con su voto en el Poder legislativo los requerimientos de los sectores del poder económico.

Estos tres grupos de opinión pública, acompañados celosamente en la consecución de su acción por los medios de difusión concentrados, se envalentonan auspiciados y protegidos por el Poder Judicial, lugar en donde un número considerable de sus miembros han sido diligenciados por representantes del poder económico.

Tenemos un país en ruina. Los mentores de esta tragedia deambulan en el anonimato. Aparecen y desaparecen, se hacen ver cuando son recompensados por dirigir la palabra, por estructurar un mensaje de conveniencia para quienes los remuneran.

Los medios de comunicación concentrados se han ensimismado en hacer desaparecer la historia. Los trabajadores han asumido los beneficios sociales logrados a través de la lucha de sus ancestros con la naturalidad de algo dado y permanente. Ni siquiera adivinan que envueltos en tamaña ceguera, más temprano que tarde, serán usurpados de aquellos logros.

El conservadurismo disfrazado de liberal no perdona. Vendrá una y otra vez en busca de su redención, de su gloria, de su beneficio.

Las mayorías populares pagarán por su osadía o por su inacción. Obnubilados o ciegos son incapaces de ver que la realidad que se impone no defiende la historia, no respeta su dignidad. Pero en este estado de la situación, no se les permitirá recuperar la memoria, luchar por su bienestar, reclamar sus derechos.

Una y otra vez ha sucedido lo mismo en nuestra historia. Está pasando en Latinoamérica. Un gobierno popular, reivindicador de derechos es tildado como dictatorial porque se opone a la voluntad de los factores de poder económico.

La paradoja es tal que acontece que algunos parecen querer disimular su ascendente peronista por lo que pueda juzgar la opinión del nutrido grupo  ignorante, a quien se les ha enseñado que peronismo es mala palabra y lo ha acatado sin opinión personal, porque sólo distingue la realidad actual de acuerdo con los ojos de quienes le indican hacia dónde mirar.

El país está en ruina.

La tragedia tiene contornos circulares.

Una y otra vez se reiteran los procedimientos.

Si alguna vez atesoramos un futuro distinto, si aún hoy, a pesar de todo, creemos que existe esa posibilidad, debemos construirlo con nuevos instrumentos.

Los actuales están servidos en bandeja para que los dueños del poder real persistan enseñoreándose.

Las nuevas generaciones no merecen este entorno de necedad e ignorancia.

La actual generación, los jóvenes, la mediana edad que debe construir un futuro mejor para sus hijos no debería dejar pasar por alto la ignominia de quienes votan sin evaluación propia, a quienes pretenden conservar sus privilegios blandiendo el título de liberales.

La ignorancia lo confunde todo.

El país debe construir a la Nación con quienes trabajan.

No con quienes viven y se enriquecen de quienes trabajan.