lunes, 9 de mayo de 2022

 


Lautaro

 


 

por Alberto Carbone

 

El día despuntaba. Un inmenso horizonte había encendido con su luz los últimos resquicios de una noche sin luna, esmerilada y resplandeciente por influjo del centelleo de su enjambre estrellado. Esa claridad y placidez del verano que discurría jornada tras jornada compitiendo con la monotonía y el letargo que se sucedían, aparecía una y otra vez cada mañana. Los muchachos más jóvenes sobre todo, muy lentamente se iban acostumbrando a copiar los pasos de sus padres, salían temprano de la aldea acompañándolos y desarrollaban junto con ellos las actividades cotidianas de la caza y de la pesca. Los otros, los mayores, por el contrario, se quedaban en la considerable estancia planificada como aldea, empecinados en la reparación de alguna ruka o de  algún que otro sendero, familiarizándose con prácticas que compartían con todos los vecinos.

Pero Leftraru no. Saltaba de la cama, se precipitaba hacia el exterior de su morada y suavemente se iba desperezando. Mirando el sol que lo inundaba todo, sumergido en aquella luz abarcadora, rearmaba sus retazos nocturnos y volvía a descubrir su mundo.

Nadie jamás hasta ese entonces lo había entusiasmado para alguno de aquellos menesteres que ejercitaban los otros weñi. Con apenas once años recién cumplidos estaba en la mitad del camino, entre desembarazarse del ambiente festivo de la infancia y comprometerse con la faena que realizaban los muchachos y los adultos. Poco faltaba en realidad para que tuviera que responsabilizarse de esas actividades que frecuentaban los adolescentes, pero todavía estaba muy cerca de la edad de los juegos, los paseos, las improvisaciones.

Los chicos de su edad corrían por la orilla del río, se escondían entre los arbustos, arrojaban piedras al agua y a los pájaros. Para aquella actividad Leftraru era un chico más, pero para el resto de sus quehaceres se regía por otro patrón de costumbres. La razón la evidenciaba el hecho de que su padre era nada más y nada menos que el cacique de la comunidad y consecuentemente toda su familia sobresalía del resto de los pobladores.

Los principales, los caciques, los destacados socialmente,  tenían la obligación de dedicarse a las actividades típicamente administrativas o de índole socializadora, consagradas a la participación de Lonco como moderador de reuniones de los vecinos más considerados, caracterizados por su edad o por la tipicidad de sus labores dentro de la organización social.

Así y todo, Leftraru no dejaba de ser un niño y volvía a levantarse de la cama cada día, con la misma desenvoltura que lo caracterizaba desde que había nacido, contrastada por la fluidez que le dio su nombre. En su idioma, el mapudungun, con la palabra lef se describe al pelado, al calvo y traru significa veloz. Este joven aborigen, a quien el tiempo y los avatares de la vida le depararían un futuro singular, de muy niño se había identificado con ambas peculiaridades. Era un peladito rápido para desplazarse y muy dúctil también para aprender cada nueva actividad.

Curiñancu, su padre, era el cacique de la región de Ñuble en la zona del Biobío. Cuando Pedro de Valdivia llegó al lugar, el líder mapuche se desconcertó. No esperaban allí a ninguna persona con aquellas características fisonómicas y no necesitaban tampoco de gente nueva que cargara con novedosas revelaciones que implicaran una imposición sobre las costumbres y la vida cotidiana de los nativos.

El pueblo chileno sabía lo que había que saber. Los extraños visitantes, llegados de improviso junto con desconocidos animales y un sinnúmero de hermanos aborígenes acompañándolos, quienes cumplían con una función lamentable y lastimosa, transformados en la carga de avanzada bélica de aquellos invasores, no obtendrían lo que reclamaban como si se tratase de algo propio.

El territorio era del pueblo y el pueblo era la gente de la tierra y consecuentemente defendería su lugar ante los reclamos perfilados de aquel grupo o de cualquier otro conformado por un enjambre de forasteros estrafalarios.

Para incorporar particularidades de carácter exótico, los mapuches tenían para abrevar de sus propias historias.

Trewaco era una zona cautivante, hija dilecta de la región del Biobío,  montañosa, rica en tierras de labranza, colmada de vegetación y hasta poseedora de una laguna encantada, que conservaba una leyenda cautivadora trasladada de generación en generación.

Los antiguos pobladores referían que en determinadas situaciones y bajo específicos influjos, su inmenso caudal de agua descendía hacia el mar. Aquella vicisitud ocurría ocasionalmente y sólo ante el conjuro de los versos improvisados por una hermosa y joven mujer. En el centro de la laguna vaciada, aparecía entonces, recostado y como aguardando a su amor, el trewaco, que para mayor complicación en esto de interpretar leyendas, era descripto como un esbelto animal de pelaje negro semejante a un perro y con cabeza de pez. Un sofisticado personaje, habitante del centro de la laguna que se aparecía convocado por la mujer. En primer término se saciaba de la belleza de la joven, para luego reclamar imperativo el retorno del agua desalojada, promoviendo el reingreso de los afluentes por medio de aullidos, mientras se reinstalaba nuevamente en el centro del lago para permanecer cubierto en lo profundo hasta la próxima visita.

Hasta aquel bardo llegó Pedro de Valdivia con sus huestes.

Se adentró hasta las más próximas posiciones aborígenes y desde allí reclamó el territorio, la producción de la tierra, los recursos humanos, que por propia iniciativa transformaría en yanaconas y por supuesto, todo el oro que fuera menester.


Leftraru. Hijo de Curiñancu

La respuesta de Curiñancu, o águila negra, tal su nombre en mapudungun,  fue violenta pero no improvisada. Reunió a las gentes principales de su colectividad y juntos resolvieron que las determinaciones colectivas se destinarían a erradicar las intenciones abruptas e imperativas de los visitantes. Desde el principio de las exigencias de los peninsulares, los aborígenes coordinados intentaron erradicarlos, expulsarlos.

Los españoles habían organizado un vivac de miles.

Una auténtica toldería propia de un antiguo ejército romano. Un reducto cercado por una muralla humana, enmarcado por un espacio central y guarecido, útil para sitio habitación del Adelantado. Asentados allí, en las afueras de la aldea, aguardaron que los mapuches comprendiesen la nueva realidad, la aceptasen y se avinieran a admitir el dominio de los invasores.

Los guerreros chilenos no accederían a ninguna bravuconada o intención que los precipitara a modificar su realidad, su estilo de vida, su cultura. La decisión de los nativos fue la de arremeter contra los invasores a tambor batiente, con palos, con lanzas, atropellando con el cuerpo y trenzándose en lucha frente a frente. Pero los  soldados de Valdivia sortearon la embestida.

Los aborígenes resistentes fueron doblegados por el poder de fuego que llevaban los españoles, fueron atravesados por sus hierros, fueron apisonados por sus animales, desgarrados, abrumados, destrozados.

Horas después de finalizada la faena, el Adelantado tomó una decisión que claramente definiría su personalidad, una resolución intrépida y audaz. Una sentencia brutal e impune, que el propio Valdivia no sabía hasta donde redundaría en el futuro como justificación para comprender lo que sería su propio calvario.

En primer lugar ordenó rebanar los dedos de los pies de todos los principales de la comarca, en especial los del cacique y su familia.

A partir de aquella decisión, los españoles, muy afectos a la implantación de motes y apodos, comenzarían a reconocer toda la zona en la cual estaba emplazada la aldea con el nombre del Valle de la Mocha. Posteriormente, el firme ejecutor y comandante irredento, resolvió llevarse consigo un premio a su satisfacción. Dispuso el secuestro del joven Leftraru de su hábitat natural, a quien decidió perdonarle el sacrificio de sus dedos, con la excusa de que a partir de entonces lo acompañaría en sus correrías cumpliendo el rol de paje, secundándolo para todo menester, como si a través de su vida se estuvieran describiendo las andanzas de un caballero español con su sirviente, triste emulador de Don Quijote de la Mancha.

Una ecuación que lo describía y lo definía a su usanza, caracterizándose a sí mismo como un valiente conquistador con aspiración de reconocimiento epónimo.

Durante seis años compartiría el jovencito las peripecias de aquel atribulado caballero andante, quien a pesar de sus méritos y victorias, de sus variados triunfos y escasas derrotas, se sentiría sólo y apesadumbrado, en una tierra hostil de la que solamente esperaba consolidarse para establecer su propia justicia y sus beneméritos  principios.

Muy joven y en pleno cambio entre la niñez y la pubertad, el niño recibió su primera imposición con la variación de su nombre.

Un tema recurrente entre los invasores era la implantación de la pira bautismal, una acción que en sí misma no solamente efectivizaba la incorporación a la grey católica sino que también imponía un apelativo castizo al recién ingresado.

No sólo para mayor facilidad de expresión de los castellanos, a quienes se les dificultaba la pronunciación de su nombre, sino además por propia satisfacción y beneplácito del conquistador de Chile, Leftraru pasó a llamarse Lautaro. Más aún, teniendo en cuenta la época y el año en cuestión, se le impusieron dos, el primero fue el de Felipe, en honor al hijo del Rey Carlos I, que además se constituiría en el sucesor del trono español pocos años después.


El gran líder del pueblo mapuche.
 Domesticador del caballo

El joven Lautaro fue aprendiendo poco a poco la usanza española. Por ejemplo  a convivir con el caballo, ese animal extraño y desconocido, factor de las primeras sorpresas entre los naturales. Aprendió a montar, a prepararlo para los lances belicosos, a alimentarlo. Incorporó también las muchas o pocas tácticas que los conquistadores habían traído de Europa. La economía de recursos, la factibilidad del uso de alguna estratagema en plena contienda, la disposición de las huestes en el campo de batalla, los tiempos que debían utilizarse para la carga de caballería o para la agitación convulsa de la retaguardia.

Marcos Veas, un muchacho español de su misma edad y también asistente de Valdivia, le enseñó la gran mayoría de aquellos recursos y lo familiarizó con la lengua castellana.

Así pues, acontecería, que todo lo que fue aprendiendo sobre el terreno, posteriormente el joven guerrero lo compartiría como normativa con su propia cultura, junto con el recelo y el odio a los peninsulares, cuestiones que se iban acreditando poco a poco como parte de sus sentimientos, al conjuro de la sucesión de batallas emprendidas, territorios anexados y asesinatos sucesivos.

Entre los meses de febrero y marzo de 1550 tuvieron lugar dos batallas significativas para el muchacho y para la posteridad de Valdivia. La batalla del río Andalién y la defensa del asentamiento de Penco, donde se fundaría la ciudad de Concepción.

Las atrocidades orquestadas por los españoles, el ensañamiento proferido a los cuerpos de los prisioneros, las actitudes lacerantes y lascivas, hicieron eclosión en la personalidad del joven, quien observaría las dantescas escenas y se iría armando de coraje para premeditar el escarmiento.

Los guerreros indios eran salvajemente mutilados. Se les hacía extender la mano derecha y a golpe de hacha se la rebanaba. Luego se dejaba en libertad a los desgraciados para escarmiento del resto de la población.

Cuentan que el Lonco Galvarino, valiente y bravío, les extendió la mano izquierda luego de que le hubiesen profanado la derecha. Los españoles, que observaron su gesto adusto, su postura serena, su tranquilidad de espíritu desembarazada de dolor o apenas manifestado, cruzaron las miradas e inmediatamente procedieron a cortarle la otra.

En silencio y erguido sobre sus pies a pesar del tremendo dolor, alargó su cuello inclinándose sobre sus torturadores, para que de un solo golpe acertaran a darle término a su vida. Por el contrario, así como con el resto, los castellanos procedieron también a liberarlo.

Un año más demoró Lautaro en tomar la decisión. Concepción era una ciudad orgullosamente castellana y el muchacho sobrevivía ausente de sus creencias y costumbres en esa tierra que por derecho consuetudinario le pertenecía a su gente.

Lo sabía. Deseaba que la redención final se hiciera presente. Elucubraba formar parte de aquella recuperación necesaria, por derecho y por justicia ancestral.

Una madrugada tibia y clara se levantó temprano y se acercó al corral donde pastaba la caballada. Liberó un cierto número y se montó al más familiar, al del propio Valdivia. Despacio, sigiloso, envuelto por lo que quedaba de la noche y por un silencio esencial y necesario, enfiló hacia las afueras del campamento. En el exterior, emprendió ligero el camino del retorno con su pueblo.

Las primeras luces del nuevo día arremetían sobre el impetuoso jinete y sobre el resto de los animales. Lautaro volvía, recuperaba con aquella decisión valiente y libertaria, el abrazo unánime de su cultura, forjada por miles de años y de almas.

Los españoles estaban habituados a estos desplantes. Para ellos, convencidos como estaban que eran capaces de entregar todo de sí con el objeto de que los salvajes más jóvenes aprendieran la pasión de nuestro Señor y las costumbres castellanas, consideraban como una acción vulgar e impropia la actitud de aquella gente con tan bajo nivel cultural, que no aceptaba aquellos aprendizajes.

El joven prófugo configuró para ellos el ejemplo de uno más de tantos que no resistían, escapaban y volvían a unirse al pobrerío, sin otra satisfacción que persistir viviendo alejados del sentido ético de la vida y de la buena Fe.

Lautaro llegó con su mensaje y su racimo de caballos hasta los Loncos reunidos, que lo recibieron extrañados, pero no le impidieron sin embargo llegar hasta el mismísimo Colocolo.

El grupo de principales estaba conformado por hombres como Pelantaro y Lincoyán, pero también había mujeres, Wacolda, que formaría pareja con Lautaro y Fresia, compañera de vida de Caupolicán.

El grupo de Toquis aprobó el ingreso del joven a la lucha y aceptó la caballada y las instrucciones que sucesivamente fuera brindando para organizar la resistencia, sobre la base de la constitución de un ejército de línea que no arremetiera en forma de malón, como tradicionalmente acostumbraban los naturales, sino estructurando grupos ordenados que atacasen y se retiraran conforme con un plan preestablecido.

Además, el nuevo Toqui, elaboró un procedimiento de combate destinado a provocar la carga y el asedio aun estando en inferioridad numérica o de armamento, estableciendo el ataque por sorpresa en forma de guerrilla.

Los peninsulares, anclados en Concepción, se habían autoproclamado dueños y señores de la zona del Biobío. Lautaro, sin embargo, les bajó su petulancia, empoderado por la firmeza de un ejército adestrado a la usanza europea, signado por un dominio total de la cabalgadura, el arco y flecha, la lanza y el mazo.

La estrategia de combate al estilo europeo no significó ninguna dificultad de aprendizaje para los guerreros chilenos. Los valientes defensores de la dignidad americana se adiestraron en la defensa y en el ataque y progresivamente fueron incorporando novedosos elementos suministrados a través de la información del joven Toqui, quien a falta de pólvora y arcabuces introdujo prácticas desconocidas en el nuevo mundo, entre ellas, la utilización de la corneta como guía de combate para diagramar las posiciones en el campo de batalla.

Descubrieron por ejemplo, que la retirada también podía ser una estrategia para facilitar el reagrupamiento y el contraataque, que los avances y concentraciones de tipo foquista, fomentaban la sorpresa en el enemigo y resguardaban a los atacantes ante la posibilidad de sufrir un número elevado de bajas, que la distribución de escuadrones en diversos puntos cardinales aseguraba el logro del objetivo, cuando la prioridad era alcanzar un punto estratégico confluyendo desde distintas bandas.

Lautaro se convirtió en un brillante estratega. Adiestró a un grupo de guerreros especialmente escogido para que simulara ser yanacona, o un simple campesino cooptado por los invasores, o simplemente un traidor de su propio pueblo. Bajo ese manto de simulación se realizarían tareas de inteligencia procurando información valiosa respecto de movimientos o posibles acciones diagramadas por los españoles.

También acostumbró a un pequeño grupo de elite a que aprendiera a desplazarse a la luz de la luna, con el objetivo de que incursionaran durante la nocturnidad dentro del campamento enemigo, para la pesquisa o sencillamente para llevar a cabo alguna acción sorpresiva que atentara contra la seguridad y confianza de los peninsulares. Un jefe de investigaciones designado por Lautaro se encargó de supervisar el adiestramiento del que participaban hombres y mujeres de todas las edades. Ellas enamoraban europeos, se hacían pasar por sirvientas, simulaban no entender el castellano, cada situación rendía sus frutos, de cada caso se extraía algún detalle importante para elevar al conocimiento del joven Toqui.

La táctica de la guerra impuesta por Lautaro, fue un recurso preciso e inteligente que confirmó sus dotes de genial estratega y configuró su ascendente como líder indiscutido dentro de su pueblo.

Después de la batalla del Fuerte de Tucapel comenzó a vestir los símbolos característicos del Toqui, como la insignia collar de piedra denominada Toki Kura  y el bonete de cuero rojo como su camisa, que lo distinguían como el gran jefe guerrero.

La victoria en Tucapel configuró una auténtica expresión estratégica, porque se utilizaron diversidad de recursos durante la diagramación del ataque. El primer paso fue proceder al secuestro del responsable del Fuerte, a quien logró hacer confesar que Valdivia llegaría en corto tiempo desde Concepción para parlamentar.

Lautaro ordenó la vigilancia de las afueras de esa ciudad, advirtió el momento en que el Adelantado se pondría en camino hacia el lugar y lo hizo seguir en todo el recorrido por sus guerreros, quienes lo controlaron desde la altura de los cerros, midiendo sus movimientos y calculando su demora en llegar a destino.

Valdivia advirtió que era observado.

Ese proceder y la extrañeza ante la ausencia de quienes deberían haber llegado a encontrarse con su comitiva, le hizo dudar respecto de su seguridad. Replanteó su marcha y solicitó refuerzos. Pero cuando llegó al Fuerte de Tucapel lo encontró abandonado e incendiado, envuelto en una soledad apabullante y en un devastado despropósito.

La sórdida melancolía y el cansancio pudieron más. Cuando llegó la noche, tendieron las carpas en medio del persistente humo y de los olores penetrantes y procuraron el descanso mientras esperaban los refuerzos.

Era la noche de Navidad del año de 1553. Los españoles no alcanzaron a acomodarse dentro de sus tiendas, porque súbitamente un agresivo nucleamiento de aborígenes se precipitó dentro del campamento y a golpes de mazo y lanza arremetieron contra los forasteros.

La avanzada indígena se pareció más a una representación teatral que a una carga bélica. Porque en el preciso momento en que los peninsulares se preparaban para responder a la sorpresiva agresión, las huestes de nativos emprendían la retirada.

Pero una hora después, cuando el silencio había recuperado su profundidad y los europeos se disponían al reinicio de su intento de descanso, un nuevo grupo de aborígenes irrumpió en medio de aquella soledad y desolación.


Lautaro. Toqui mapuche

Aunque la respuesta española fue más rápida que la anterior, no pudieron evitar otro gran número de bajas motivadas sobre todo por lo sorpresivo de la incursión.

Sin embargo, los aborígenes volvieron a retirarse en manada, abandonando de un plumazo el teatro de operaciones.

A pesar de que la calma volvió a adueñarse de la situación, los españoles prepararon la caballería. Pero en medio de aquellos aprestos se escuchó el sonido de un cuerno que dio inicio al asedio mapuche desde tres flancos distintos. La desesperación se empoderó de la escena. Valdivia ordenó la retirada porque sus soldados caían heridos con todo y cabalgadura, La matanza se extendía y la única salida era la huida.

Escapando sobre su caballo entre las sombras de la nocturnidad, fue apresado vivo en medio de la frondosidad de la vegetación y conducido prisionero hasta el campamento aborigen.

Dicen que Valdivia pidió por su vida, juró que se retiraba de Chile, imploró hasta desmoronarse. Dicen también que los Toquis dudaron respecto del futuro de aquel hombre. Estaban convencidos de que debería morir, pero especulaban respecto de la forma en que procederían para consumarlo.

Lautaro sabía que su palabra sería definitoria, por eso desestimó opinar y convocó a los Toquis para que decidieran al respecto.

El cacique Leucotón, Toqui de Purén, tomó la iniciativa.

Las propuestas fueron atroces. Cargados de odio y envueltos en un dolor justificable ante el cúmulo de vivencias que enfrentaban como pueblo, unos proponían cortarle las piernas, otros despedazarle los músculos poco a poco. En general coincidían todos en verlo sufrir y en hacerle padecer las penurias e injusticias que habían vivido a raíz de su llegada a Chile.

Es cierto que también hubo quienes prefirieron el diálogo, la negociación y propusieron devolverlo con vida, para forzar un acuerdo de paz duradera entre ambos bandos.

Al final, en medio del cruce de opiniones, Leucotón se adelantó. Se puso de pie, tomó un mazo y le destrozó la cabeza. Esa decisión atropellada colmó de silencio la noche de los observadores. Ante el cadáver exhausto, todavía armado y de pie, el Toqui les advirtió a los gritos a sus pares que no había que creer en la palabra del español y que en lo sucesivo deberían mostrarse implacables y obrar con decisión y coraje.

La versión española es todavía más cruenta. La reseña europea narra que le arrancaron el corazón y se lo comieron y que su cráneo fue utilizado en el futuro para brindar en las distintas festividades.

Sea como fuere, lo cierto es que con posterioridad a la muerte de Valdivia, la ciudad de Concepción fue arrasada y esa circunstancia obligó a sus moradores y a su gobernador, Francisco de Villagra, a buscar refugio en Santiago.

El imponente éxodo de españoles residentes de Concepción hacia Santiago no fue detenido por las huestes de Lautaro. El Toqui no pudo evitar que su gente celebrara el Admapu. Aquel freno en la contienda, evitó la matanza total de los residentes, que huían en masa, desesperados, sumidos en el terror y podrían haber sido asesinados por el ejército mapuche sin demasiado esfuerzo, cazándolos como animales en cautiverio.

Pero una celebración cultural pudo más que el recelo bélico. El Admapu o celebración de las costumbres en agradecimiento a la madre tierra, no debía interrumpirse. Lautaro no pudo evitarlo. El pueblo celebró, descansó, se entregó a sus ritos y acervo consuetudinarios y así dio lugar a que la fuga española se hiciera efectiva.

A pesar de aquella rémora aborigen, los españoles se presentían apesadumbrados y profundamente lastimados. La desaparición de Valdivia provocó una fuerte retracción de la pretendida avanzada europea.

Lautaro se había empoderado. Sus guerreros irrumpían en las precarias poblaciones extravagantes saqueándolas.

Los invasores se concentraban aún más en la ciudad de Santiago, que no daba abasto para recibir tanto gentío.

El joven Toqui apoderado de los objetos personales del Conquistador asesinado y empuñándolos, comandaba a sus huestes.

Así fue que ordenó sumar más hombres de las poblaciones aledañas a los mapuches. Pueblos mansos de carácter dócil, como los picunches, radicados al Norte de Chile. Quienes no se sumaban por las buenas eran reclutados a la fuerza. Un cacique pagó con su vida la negativa, fue torturado y quemado vivo frente a su población y ante la mirada de su joven hijo que en silencio juró vengarse del proceder de jefe mapuche.

Pero el incremento en el número de combatientes no era todo lo que precisaban los defensores de Chile. El Toqui sabía muy bien que una Nación en guerra sería incapaz de sostenerse por mucho tiempo.

Era necesario producir la tierra, generar alimentos, resguardar las acequias, fomentar la vida en sociedad. Nada de aquello era posible envueltos como estaban en una campaña tras otra, pero además habían aparecido las pestes que introducidas por  los españoles en América se habían dispersado sobre la región como reguero de pólvora.

Para 1555 el hambre se enseñoreaba junto con la viruela, el tifus y el chavalongo. Los indios morían por miles sin remedio. Jóvenes y viejos, hombres, mujeres y niños. La desesperación de la miseria corroía los corazones más decididos.

Lautaro advirtió que no podría avanzar en la refriega comandando una nutrida constelación de menesterosos y tomó la decisión de retirar un tiempo de la contienda a su gente, con el único objeto de recuperar bríos y perfilar una nueva estrategia.

Tres años después de la muerte de Valdivia, uno y otro bando permanecían aletargados. Lautaro había cazado, asesinado, despellejado y colgado españoles a las puertas de Santiago para generar terror entre sus habitantes. Pero además, ese proceder lo había acompañado con acciones foquistas conformadas por cientos de indios que acometían y se retiraban sin dejar rastros.

La Nación mapuche estaba en Estado de guerra permanente, pero la salud y el estado general de su gente comenzaron a impedirle la prosecución de sus objetivos.

Mientras tanto, la ciudad de Santiago que levantaba paredones a su alrededor, creando defensas ante el hostigamiento, se mantenía dividida por la disputa por la sucesión del Adelantado muerto tres años antes.

Francisco de Villagra fue quien ocupó ese lugar de decisión política heredado del malogrado Valdivia. Estaba acompañado por dos de sus primos, Pedro y Juan. Dos jóvenes bien dispuestos a continuar con el perfil bélico de la conquista y repletos de ansias por poseer patrimonio que justificara su estadía en tierras americanas.

Lautaro se había retirado con su gente a la región del Maule, muy próximo al volcán Peteroa. Allí había decidido recomponer sus fuerzas. Reorganizaba su escalada, proyectaba y estimaba la posibilidad de posibles acciones.

A los tres Villagra les llegó la información respecto de la ubicación del pucará del Toqui, pero Lautaro los estaba esperando. Con la habilidad de quien debe recurrir a los restos de lo que le queda en pie, los atacó por retaguardia y los puso en huida.

El responsable de un grupo de soldados españoles que llegaba como refuerzo envió una comitiva a Lautaro, se trataba de Marcos Veas, el antiguo amigo de Lautaro en época en que ambos, siendo niños asistían a Valdivia en sus andanzas y necesidades y de quien el Toqui había aprendido todo lo que sabía sobre estrategia militar y respecto del manejo de la caballada.

La vida los volvía a juntar, cada uno en un bando, cada quien con sus divergentes intenciones.

Lautaro no ordenó el ataque sobre su antiguo amigo, pero le exigió que los españoles se retiraran de su tierra, que se estableciera la región del Maule como frontera entre ambos y sobre todo, que le enviaran provisiones para su pueblo.

No hubo entonces refriegas ni encontronazos entre los sectores en pugna, pero el encuentro también estuvo exento de acuerdos. Veas le envió un emisario y le exigió la rendición incondicional.

Lautaro sabía que a esa altura de los acontecimientos, la lucha del pueblo chileno era a vencer o morir.

Los mapuches sostuvieron la región del Maule ante los avances de los Villagra. Pero la resistencia se fue haciendo insostenible y sobre todo se veía eclipsada por las angustiantes  hambrunas.


Lautaro. 1534-1557

Los resistentes defensores volvieron a replegarse al Peteroa, al Sur del río Mataquito a los pies del cerro Chiripilco. Recomponerse fue la premisa. Escaseaban las provisiones, pero sobraban también el desaliento, la amargura, la falta de objetivos en paz, para recuperar la vida que poseían previa a la incursión de los salvajes europeos.

El comentario del lugar exacto donde estaba asentado Lautaro llegó a conocimiento de los Villagra por boca de aquel joven Picunche, de origen pehuenche, hijo del cacique que había sido ultimado por orden de Lautaro por su negativa a sumar a su pueblo a las huestes defensoras de la tierra ancestral.

Lautaro contaba con alrededor de mil combatientes. Los hombres de Villagra que llegaron al lugar eran la mitad, pocos españoles en comparación pero a caballo, con arcabuces y una inconmensurable mayoría de yanaconas.

Bien de madrugada, el final del mes de abril de 1557, cinco años después del asesinato de Valdivia, Villagra se disponía a vengar su muerte.

El día no había nacido pero lo que aparecía se presentaba algo entumecido y húmedo, los españoles esperaban que la sorpresa fuera total.

El campamento parecía interminable, extenso, compacto.

Los yanaconas ingresaron primero, lo caminaron durante un tiempo prudencial, luego retornaron y advirtieron sobre la totalidad del silencio.

El líder español dio la orden de mansalva. Una trompeta quebró la monotonía y los jinetes penetraron el ambiente con todo el poder de fuego sobre las instalaciones aborígenes.

En el centro del hábitat estaba la humilde ruca del Toqui que compartía con Guacolda. Los yanaconas la habían localizado fácilmente. Hasta allí enfilaron decididos los atacantes dispuesto a todo. Lautaro saltó de la cama, como cuando era niño.

El Toqui salió de la tapera sobresaltado, tal vez recordando aquella primera vez, a sus once años, cuando asomado a la puerta y recién levantado de dormir divisara extrañado la repentina llegada del invasor.

Decidido, enérgico, sumido en medio del griterío, se asomó empuñando la espada de Valdivia.

No alcanzó a usarla, fue inmediatamente ensartado por una lanza enemiga ante el jolgorio y la expectación de los peninsulares.

La contienda se había dispersado en derredor de tanto rústico caserío. Abrumados con los españoles y su caballada destruyéndolo todo, conformando grupos de vándalos triunfadores y excitados. Una factura que se extendió durante más de cinco horas.

Casi todos los guerreros de la resistencia fueron asesinados, muy pocos alcanzaron a huir hacia campo abierto sin ser perseguidos.

El objetivo había sido consumado. Asolar la estancia. Destruir de una vez y para siempre aquello que los españoles precisaban como el vestigio del mal.

El cuerpo de Lautaro fue llevado a la ciudadela española, acompañado por cánticos y por el fluir de la alegría.

Fue descuartizado, desaparecido, desmembrado deshumanizado.

Su cabeza fue expuesta durante varios días en la Plaza del centro de la Ciudad de Santiago clavada en una pica.

España había vuelto a triunfar.

domingo, 8 de mayo de 2022

 

Rumiñahui




por Alberto Carbone

 

En el centro de una Plaza de la ciudad de Quito, descubrí sorprendido, un monumento en forma de busto inmenso. Ese rostro homenajeado a quien no conocía, que llamó poderosamente mi atención.

 

Su verdadero nombre era Pillahuaso II. Lo había heredado de su abuelo, el viejo Pillahuaso, padre de su madre. En condiciones normales hubiera sido el heredero del poder político de su comunidad. Pero a partir de su abuelo, la historia de su pueblo tomaría ribetes desconocidos.

El niño era hijo también del Sapa Inca Huayna Cápac, que como se acostumbraba, había aceptado tener de concubina a la joven Nary Ati, hija de Pillahuaso, jefe de los Quitus, del territorio de Píllaro, que en el idioma de su pueblo significaba “altar del trueno”.

Desde que Huayna Cápac con su ejército se apoderara del reino norteño, el pueblo había quedado sometido al Inca.

Era de usos y costumbres para la constitución de la tradición quechua, que el Inca tomara por esposa a la hija del cacique del pueblo vencido. Se frecuentaba ese proceder como predicamento indispensable para fomentar los lazos de amistad entre dominadores y dominados. Una estrategia de orden simbólica y siempre necesaria después de haber experimentado los roces lógicos entre quienes disputaban divergencias de carácter bélico.

Pillahuaso era su nombre en lengua local, pero Ati, que en quechua quiere decir jefe, era como llamaba el Inca al jefe vencido.

Para comenzar a narrar las andanzas del niño, la emprendimos con la tarea de conocer la historia de su abuelo. Nos estamos refiriendo a un cacique que aceptó su derrota ante un ejército que estaba más preparado para el combate, y con ello asimiló el descenso de su poder y se avino a demostrar su leal vasallaje, entregándole su hija a Huayna Cápac en demostración de paz. Como corolario, la pareja le dio un nieto que llevó su nombre, pero que con el tiempo fue reconocido por la voz popular como Rumiñahui, “Cara u Ojo de Piedra”  debido a un velo o catarata que le nublaba la visión, aunque también dijeron quienes lo conocían frente a frente, que el mote estaba relacionado a la seriedad con que el joven desplegaba su actividad cotidiana, organizando y adiestrando a cientos de hombres de edad diversa, que iban nutriendo una parte del grueso del ejército de Quitus, que después de la sumisión política y cultural, también podríamos sentenciar como porción indiscutible de las huestes del propio Inca.

En definitiva, por más explicaciones de índole diversa que se aventurasen, lo cierto era que Rumiñahui desplegaba con aptitud su voluntad de dirección y conducción de aquellos hombres predestinados a la tarea de las armas, que él denominaba como su gente.

Estaba orgulloso de pertenecer a una nobleza de privilegio. Sin integrar aquella otra que era de cuño original establecida en el Cusco, compartía beneficios propios de ese linaje, a sabiendas de que su nacimiento era parte de un arreglo político entre sometidos y dominadores.


Rumiñahui. Jefe de Hombres


El Inca practicaba esa costumbre desde tiempos inmemoriales.

El propio Huayna Cápac había nacido en Tomebamba, fruto de la relación de su padre el Inca Túpac Yupanqui con una concubina hija de otro rey derrotado. Una joven princesa del pueblo cañarí.

Los más ancianos, cultivadores de las más viejas tradiciones e importantes transmisores de los valores y de la cultura popular, comentaban en aquella época que el mismísimo Huayna Cápac había descubierto los beneficios de los matrimonios poligámicos y que estaba convencido de sus efectos entre las comunidades que el reino incorporaba. Que fue por ello que allí mismo, en la tierra de los Quitus, estableciera nuevas y variadas relaciones parentales. Fue allí también por ejemplo, que vio la luz Atahualpa, fruto de la relación con otra concubina de selecto origen matricial.

A pesar de la multiplicidad de hijos dispersos alrededor de todo el Incanato, esos dos jóvenes adoptarían un protagonismo singular en la región norteña y serían unos de los promotores de una etapa de vértigo y convulsión única dentro del Tawantinsuyo, una historia de dos hermanos quiteños, que llevaría ínsita una aventura de lealtad filial y conciencia política.

De alguna manera, Atahualpa y Rumiñahui fueron el corolario de un mismo amor, que unificó la dignidad de un pueblo con su cultura y su idiosincrasia.

Aunque hijos de dos madres, los hermanos de sangre se criaron juntos.

Varios estudios se abocaron a la ímproba tarea de entrometerse en las alcobas reales de aquel período histórico. Las consideraciones más osadas afirmaron que de ambas concubinas el Inca habría preferido siempre a la madre de Atahualpa, pero esa circunstancia solamente, aleatoria y sin ninguna garantía de confirmación, no alcanzaría para comprender el complejo tramo de relaciones humanas que se fueron desperdigando entre el rey y sus consortes.


Plaza Cívica Rumiñahui


 La vida de este líder como de cualquier otro, habría sido muy azarosa y pletórica en abundante descendencia, aún dentro de las propias murallas de la ciudad del Cusco, donde paralelamente ostentaba la paternidad de varios críos de una cantidad bastante significativa de otras concubinas. Se insiste todavía con que el número calculado de hijos del último gran Sapa Inca es de aproximadamente quinientos. Para nuestra historia, será suficiente por ahora mencionar la existencia de un hijo cusqueño  en particular, que representará un papel protagónico en los acontecimientos relativos con la descendencia del padre Inca fallecido, de la misma edad de los nombrados, nacido en la Capital del Imperio, y del vientre de una primera esposa, que habría sido oportunamente legitimada por la nobleza.

Para comenzar a entender la problemática que se fuera desenvolviendo a partir de lo que podríamos llamar, la puja por la investidura, habría que agregar que de la rica y múltiple producción hereditaria que se expandía en cada una de las poblaciones donde el Inca sentaba sus reales, no todos los hijos estaban en condiciones de reclamar derechos políticos heredables del padre. Era el Inca quien tenía la última palabra al respecto y quien podía sembrar esperanzas en alguno u otro descendiente. Así las cosas, el futuro iluminó una etapa en la cual el propio Atahualpa estuvo en condiciones de disputar la herencia del Cetro con el hermano nacido en Cusco. Sólo dos entre tantos hijos. Ocurrió a partir de la muerte repentina del padre y casi estamos en condiciones de afirmar, que fue la propia decisión de éste, la generadora de esa circunstancia.

Como casi siempre sucede, también en esa oportunidad, los acontecimientos inesperados, se precipitaron.

Fue de una manera imprevista e impensada. Después de más de cien años de estabilidad política, resultaba prácticamente imposible creer que el afortunado heredero habría de surgir de una guerra fratricida.

Una compulsa entre hermanos con aprestos bélicos, que provocaría muerte y desolación en el imperio.

El Imperio del Sol. Un territorio pujante y armonioso, que no había frecuentado otra cosa más que avances y consolidaciones durante las sucesivas administraciones anteriores.

La intempestiva desaparición física del líder, significó como era de esperar, una calamidad para todo el pueblo, pero representó un profundo malestar dentro de la elite, que debería resolver la continuidad sucesoria interpretando las últimas, imprecisas y esporádicas palabras de quien se iba muriendo irremisiblemente.

Los residentes cusqueños disputaron aquella herencia como propia. Los quiteños interpretaron la voz de Huayna Cápac, como una abdicación en beneficio de su región. No bien comenzara a manifestarse aquel acontecimiento desgarrador, incalculable y único, el guerrero de su pueblo, Rumiñahui, apoyaría a su hermano de sangre quiteña.

La guerra por la sucesión se mostró a la luz, salvaje y despiadada, ambos contendores se reforzaban en su verdad, la estabilidad social y administrativa se dilapidó a tal punto que se fueron incrementando los recelos entre los dos bandos, Quito en el norte y Cusco en el sur.

Los primeros avances fueron sureños. Las intenciones de Huáscar eran concretas, la consolidación de la unidad en todo el imperio de un solo golpe. Armó el Inca del Cusco a un ejército de miles, entusiasmados como estaban por el apoyo de las aldeas norteñas que se le sumaban, deseosas por derrumbar definitivamente la supremacía quiteña sobre sus regiones. Pero aconteció que en medio de una tumultuosa hesitación de tantos paisanos peleando cuerpo a cuerpo, levantando polvareda en medio de un campo abierto entre una ciudad y la otra, una estrategia fenomenal y muy bien diagramada se extendió sobre el terreno de lucha, volcando las acciones en favor de uno de los contendientes. Los norteños desplegaron una acción de pinzas contra el ejército enemigo, desarrollada y gestada entre sus generales, que produjo el definitorio triunfo de Quito, ciudad fuertemente controlada por Rumiñahui. Ese accionar, resolvió la caída definitiva del Cusco.

El golpe fue mortal, la rendición multitudinaria y el costo de la derrota altísimo, porque incluyó el apresamiento de Huáscar, el heredero vencido, quien intentó reaccionar en soledad, por amor propio, repeliendo con sus brazos armados a quienes llegaban para sujetarlo, hasta que comprendió con dolor el pesar por su derrota y cedió a la perplejidad.

Mientras tanto Atahualpa alojado en Cajamarca, esperaba las noticias que iban llegando desde el campo de batalla a través de sus chasquis.

Bien acompañado y atendido por sus cortesanas, las noticias que recibía solamente informaban el rumbo del triunfo. Radiante transitaban esas jornadas, con la seguridad de que Pachacámac protegía a sus hombres en la batalla, guiados por esos tres combatientes líderes guerreros, que cumplirían con su cometido.


Rumiñahui. Plaza de la Resistencia

Hasta allí, sorpresivamente, llegaron las huestes españolas dirigidas por Francisco Pizarro, que sin mediar excesivos obstáculos, resolvió con determinación la prisión del joven y reciente Inca y de todo su séquito. Un epílogo increíble al que sin embargo algunos contemporáneos creyeron encontrar una explicación.

Se ha sostenido como justificativo del trance acaecido en Cajamarca, que fue definitorio el factor sorpresa y la aparición del concepto de novedad como elemento disuasivo. Además, habría aparecido como un lenguaje tremendo y evidente la utilización de la violencia a través del poder de fuego.

El evento, por sorpresivo e inesperado, no estuvo exento de repentinos combates o refriegas.

Ante la esperada y convenida visita española al predio ocupado por el Inca en Cajamarca, los nativos planearon una recepción multitudinaria y locuaz, vívida en expresiones de júbilo y elocuencia. Para ello, los aborígenes fueron desplegándose en masa sobre la plaza donde esperaban a los europeos, se dice que habían calculado que bastaría tan sólo con mostrarse en suficiente cantidad de almas para que los visitantes acabaran por convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos y de sus pretensiones.

 Al principio, aquellos extraños visitantes no representaron ningún peligro extraordinario para los americanos. Para el aborigen, sólo configuraban gente extraña montada sobre animales exóticos, tratando de hacerse entender a través de una lengua desconocida. Los naturales no esperaban que sucediese otra cosa más que un mero intercambio, después de mostrarse por cientos y miles danzando y cantando sobre la plaza consignada para la reunión. Lo inaudito y extemporáneo aconteció momentos después de la llegada al lugar, instalados sobre el terreno y en pleno goce de su algarabía.

Parecía que los extranjeros no habían llegado a la cita, sin embargo, fueron saliendo sigilosos de sus escondites y se enseñorearon frente al grupo blandiendo objetos que escupían fuego y cambiaban rugido por sangre y muerte. La excusa peninsular fue que Atahualpa habría rechazado a la Biblia con malos tratos. El resultado de esta acción atroz generó un desbande total. La muerte fue conformando pilas de cuerpos en varios ángulos de la plaza. La litera que conducía al Inca se derrumbó y el líder no fue asesinado allí mismo, solamente por el deseo de los españoles de parlamentar con él personalmente. Ante semejante situación los naturales se vieron obligados a aceptar los parámetros de discusión exigidos por el invasor.

El líder aborigen negoció su libertad a cambio de un rescate en oro y plata, después de conocer el verdadero interés de sus secuestradores, y ordenó liberar a su séquito y encomendarlo a los cuatro puntos cardinales del imperio en busca del preciado metal. El resto de la multitud quedó prendada a las puertas de la edificación, esperando la resolución final del parlamento y la liberación del Inca.

La convocatoria por el acopio de metales preciosos llegó a Quito a oídos de Rumiñahui, quien al enterarse del proceder de los extraños visitantes para con el Inca, intuyó que su hermano ya estaba condenado a muerte, y prefirió no entregar los tesoros de la ciudad, fortalecerse y repeler a los invasores.

Rumiñahui receló desde el primer momento contra los peninsulares. Consideró esos aprestos bélicos decididos, como una intimidación hacia el pueblo todo, para que aceptara sus reclamos y exigencias y procurara con avidez promover la mayor acumulación de metal precioso en el menor tiempo posible. Estaba seguro que ante esas condiciones, la vida del Inca para el español, no valía nada.

El guerrero interpretó muy bien la situación de inestabilidad política en la que había ingresado el reino. Intuyó que su rey no tenía espacio de negociación.

Día después, le llegó la información de la muerte de Atahualpa. Estaba seguro que sucedería. Lo que no sabía era hasta donde estaban dispuestos a llegar los peninsulares con su accionar despiadado.

No sabemos bien por qué, los restos del Inca fueron llevados camino al Cusco desde Cajamarca peregrinando por un gran número de aldeas. Es cierto que se aventuró en la creencia de que los españoles pensaban que conduciéndose con ese despojo mortal, serían más fácilmente escuchados en sus reclamos por oro en las poblaciones que visitaran. Fuera como fuese, los enviados por Rumiñahui lograron hacerse del cuerpo y lo sepultaron con honores reales en un lugar desconocido, muchos dicen, junto con aquel tesoro no entregado. Otros en cambio, aventuraron la posibilidad de que el líder militar se quedara con el tesoro en Quito, como garantía de Poder Real y como justificativo de su derecho a la defensa de la ciudadela.

Rumiñahui volvió veloz junto a su pueblo y durante un tiempo se hizo del control de Quito y evitó su caída en manos europeas. Personalmente había reconocido invasores en los caminos que llevaban a Quito, aun después de que los peninsulares se hubieran retirado hacia el Cusco. Calculaba que en cualquier momento los extraños tratarían de fortalecerse frente a las puertas de su aldea defendida. Finalmente, un ejército combinado con españoles del Cusco, con otros llegados del Océano Pacífico y multiplicado con población cañarí aliada, sitió la ciudadela.


Rumiñahui  y Sebastián Belalcazar

Producido el asedio por la avanzada peninsular contra Quito, Rumiñahui dirigió una batalla crucial y definitiva, rodeando con miles de guerreros de a pie los flancos del invasor que fue reciamente atacado y malherido. Pero a veces los sucesos no resisten una lectura lineal. Lo que podría haber sido una derrota catastrófica de doscientos españoles y miles de cañarís aliados, se transformó en estruendosa victoria invasora y humillante huida del líder aborigen. Sucedió que casi al final del día y con los naturales saboreando la victoria, se produjo un acontecimiento repentino y sorprendente, la erupción del volcán Tungurahua.

La tarde se volvió noche. La noche se llenó de humo y cenizas. El olor a azufre lo invadió todo. Fue fatal.

 El ejército defensor huyó desesperadamente ante el temor a Dios, a ese Dios que hablaba a través del clamoroso Tungurahua, quien parecía castigar a su pueblo por la flagrante actitud de acometer contra los visitantes.

Ante la crudeza de la confirmación de soledad y despojo y del triunfo del temor como aliado imprevisible, Rumiñahui logró escapar junto a algunos de sus hombres, pero la ciudad de Quito, que iba a caer de un momento a otro en manos de los agresores, fue incendiada hasta las cenizas por decisión del gran jefe aborigen, con el objeto de que el despiadado Sebastián de Belalcázar, que entraría al predio triunfador, no encontrase piedra sobre piedra.

Los testimonios de la época afirmaron que Rumiñahui ordenó un éxodo casi total y que partió en medio del incendio llevándose el pretendido tesoro que tanto buscaban los europeos, con el objeto de extraviarlo definitivamente en el fondo de uno de los lagos circundantes.

Poco tiempo después, quienes habían triunfado y se enseñoreaban ante el pueblo empobrecido y temeroso de la destruida y refundada ciudad de Quito, se abocaron a la persecución del mentor de la heroica defensa.

Rumiñahui fue buscado en cada aldea vecina, no podía estar tan lejos. Su cabeza era el precio final que debía pagar su osadía.

Las poblaciones aledañas a la nueva San Francisco de Quito, denominada así por su fundador, Sebastián de Belalcázar, en homenaje a Francisco Pizarro, lo guarecieron algún tiempo, pero con su ejército diezmado y apenas un batallón de leales, poco podía intentar contra la fusilería y los cañones enemigos.


Cantón Rumiñahui


Al final, los propios agresores dejaron descripción de la forma en que fue atrapado y salvajemente torturado con la única pretensión de que respondiese dónde se encontraba enterrado aquel famoso tesoro en oro y plata, que vertiginosamente había hecho desalojar de Quito, según lo habían consignado los datos proporcionados por algunos informantes leales a los españoles.

Rumiñahui no respondió a ninguna demanda que le realizaran bajo tortura sus captores. Eso dicen.

Cuentan que cerró su boca y la mantuvo así, soportando en silencio incluso los alaridos que hubiesen sido necesarios para desahogar tanta crueldad.

Posteriormente, y ante la vista de todo el pueblo convocado frente a ese importante suceso, fue quemado vivo en una hoguera preparada para tal fin sobre la Plaza Grande de Quito.

Sin embargo, como la transmisión oral es tan rica y fluida en versiones, algunos contemporáneos fueron capaces de aseverar otro final para la vida de ese gran representante aborigen.

Afirman que una noche, a plena luz de las estrellas y a sabiendas de que transitaba por uno de los últimos espectáculos lumínicos tan brillantes de los varios que había frecuentado en esa última época, agobiado y solo, varios días después de la última batalla, se atavió con las mejores vestimentas propias de un dignatario real, cubrió su cuerpo de la reliquias más valiosas de su pueblo y así vestido, como príncipe del Imperio que se negaba a ver desaparecer, subió hasta el cerro más alto de la ciudad de Quito y desde allí se precipitó hacia el vacío.

Así, sumido en la soledad y en extensos días de vigilia y perplejidad, concluyó con él, uno de los últimos baluartes de la lucha por la dignidad y la defensa de la cultura de los Incas.

sábado, 7 de mayo de 2022

 

Cuitláhuac

 

por Alberto Carbone


La lluvia persistió todo el día. Durante la tarde se temió por la seguridad de la circulación dentro de la ciudad. Alguien había insinuado dudas al respecto al evaluar el estado de consolidación del apisonamiento de las calles, presintiendo que tal vez cederían ante tanta agua.

No es que se haya precipitado una lluvia con las características de las que fluían tiempos atrás, tan temibles en otras épocas y que hacía años no sucedían. Aquellas eran tan fuertes y persistentes que habían generado el alza de la cota de los lagos y la consecuente inundación de la ciudadela. Hubo que vaciar las casas y vivir en otros ambientes hasta que la labor continua de secado y los rayos del sol fueron recuperando poco a poco la normalidad de Tenochtitlan.

El episodio se repetía también en la vecina ciudad de Texcoco, su Tlatoani, que en ese entonces era  Nezahualcóyotl, ordenó entonces la construcción de varios diques que solucionaron para siempre la controversia y resolvieron definitivamente el antiguo problema habitacional. Pero las inundaciones persistían igualmente cuando las lluvias se tornaban escandalosas, por eso, el propio Tlatoani mexica Ahuizotl, a pesar de que había dispuesto lo mismo que su par vecino, el proyecto y la construcción de un dique en su ciudad, perdería la vida en medio de una de aquellas tremendas precipitaciones, al inundarse la habitación donde dormía, golpeándose la cabeza al tratar de escapar de esa situación. Lo sucedería su sobrino Moctezuma II Xocoyotzin, hermano de Cuitláhuac. Recién había comenzado el Siglo XVI, casi dos décadas antes de la entrada de Hernán Cortés a Tenochtitlan.  

Aquella lluvia de fines del mes de junio, último día del mes Tecuilhuitontli era extenuante. Remembraba las viejas anécdotas con el Tlatoani pereciendo en un accidente doméstico, pero esta vez se manifestaba poco intensa aunque sí persistente. De todas formas, la celebración por el cambio del mes no se suspendería. No estaba en la ciudad el jefe de los extraños, el señor Malinche, era cierto, pero había dejado como autoridad a quien se hacía llamar Tonatiuh y éste había permitido aquella congregación festiva. Toda la dignidad mexica se había ataviado bien para el evento y no se resignaba a suprimirlo sólo por una llovizna.



Cuitláhuac. Tlatoani Heroico

La humedad lo traspasaba todo. El aroma intenso y penetrante de la vegetación se imponía con su presencia y junto con aquel vaho y con la neblina que habían aparecido desde la mañana, y que los árboles no dejaban que se difuminaran, reaparecía invariablemente ese desacostumbrado hedor, inaugurado por los invasores y que se había instalado, era el olor a la pólvora y a la fusilería.

Pero cuando los acontecimientos se precipitaron no hubo excusas de olores ni de ningún otro menester. Había sucedido al parecer que Pedro de Alvarado, desenfrenado, se había descontrolado al ordenar a su gente arcabucear a los nativos arremolinados frente al Templo Mayor, sin razón alguna.

Cientos de indios que estaban celebrando vaya a saber qué gran cosa, según decían en honor a Tezcatlipoca,  fueron atacados sin que mediara excusa alguna por las huestes de Alvarado, por esos días responsable de la ciudadela, quien después justificaría esa reacción al explicar que lo había amedrentado observar tantos indios a los gritos, vociferando en lengua extraña, sumado a que le habían llegado supuestos indicios de que estaban preparándose para una ofensiva contra los representantes de España.

Sea como haya sido, aquello no les impidió, después del desastre que pergeñó,  deambular por encima de los muertos e irlos despojando de sus atuendos de valor.

Los españoles dejaron a los caídos apenas vestidos con sus prendas básicas, sin ornamentos y los desnudaron de todo el oro que portaban, después de asesinarlos a sangre fría mientras realizaban aquel incomprensible homenaje vaya a saber a quién.

La sin razón y el desafortunado calvario vivido por los naturales, muchos de elevada condición social, que yacientes en medio de la Plaza Mayor fueron, además de asesinados, desprovistos de sus enseres, provocaría una severa reacción de quienes alrededor del suceso habían observado la actitud de los peninsulares.

La muchedumbre se precipitó contra los agresores. En gran número se abalanzaron sobre ellos y los despojaron de sus armas. Algunos españoles pudieron organizarse dentro del estupor provocado y lograron apresar a varios nativos de raigambre significativa, conduciéndolos a la fuerza hacia adentro del Palacio en el que moraban. Otros cayeron en las garras de los tenaces reivindicadores, pero la gran mayoría de los europeos huyó precipitadamente, sin armamentos y sin otro bastimento hacia adentro de aquel Palacio del viejo Axayácatl, que se había convertido sin quererlo en un fuerte amurallado, protector de los invasores.


Los ochenta días de Cuitláhuac

El aguerrido Cuitláhuac, hermano del Tlatoani, fue encarcelado y llevado a la misma habitación que ocupaba Moctezuma, quien también permanecía encerrado por orden de Cortés, después de lo que había sucedido unos días atrás, a raíz del enfrentamiento entre los grupos náhuatl y totonaca en la joven ciudad de Veracruz.

Cuando regresó el extremeño con sus hombres y con los de Narváez se encontró con un panorama pésimo. La ciudadela levantada en guerra contra el español, por culpa de una interpretación malhadada de un atolondrado como Pedro de Alvarado que se había dejado llevar por los resquemores de totonacas y tlaxcaltecas aliados, quienes aventuraban la posibilidad de que los mexicas estuvieran preparando una agresión.

Sin armas de ninguna índole y en poco tiempo más sin víveres suficientes, la inmensa cantidad de españoles debería actuar urgentemente para salvar su vida.

Hernán Cortés dialogó sobre ese dilema con el Tlatoani y ambos resolvieron como una posibilidad dejar ir a Cuitláhuac, calculando que la decisión de liberarlo ayudaría a entrar en razón a la gran cantidad de levantiscos que habían rodeado la Plaza y el Palacio.

Sin embargo, una vez libre, Cuitláhuac se reunió con los señores y los sacerdotes de la gran Altépetl que era Tenochtitlan y fue nombrado por los Pillis el nuevo Huey Tlatoani en lugar de su hermano, a quien la población mexica consideraba y había castigado como cobarde y traidor.

A partir de entonces organizó un numeroso ejército, intensificado por el aporte de varias comunidades vecinas. Mientras se iba armando, esperaba que las ratas invasoras murieran como tales.

La estrategia fue aguardar que los cobardes visitantes encerrados, comenzaran a salir por sus propios medios desesperados por el hambre.

Cuitláhuac no quiso exponer más vidas. Su hermano había encontrado la muerte al intentar resolver la situación por medio del diálogo. Apedreado e impactado por alguna de las varias flechas que le fueron destinadas, se derrumbó frente a la muchedumbre y los pocos españoles que lo habían acompañado a la entrada del Palacio, reingresaron al edificio con el cuerpo exhausto de Moctezuma. El diálogo estaba terminado y el reciente Tlatoani estaba convencido de que la situación se explicaba por sí misma, que los extraños encerrados y sin bastimentos habían sido derrotados.

Mientras tanto, la vida siguió su curso.

Las cientos de canoas intensificaron su deambular por los lagos adyacentes. Fue mantenida la actividad de la pesca en el lago salado de Texcoco y continuado el proceso de extracción de agua dulce de los demás lagos no salitrales circundantes. Se siguieron comerciando los mismos productos que habían circulado por el Altépetl desde hacía tiempo atrás,  obsidiana, pescado, cacao, calabaza, maíz, cayote, tabaco, algodón y porotos, actividades que se desarrollaban sobre la base del trueque con las demás aldeas pertenecientes a la misma entidad política y territorial.

Los jóvenes que integraban los sectores sociales más altos mantuvieron su concurrencia al Calmécac, donde se los preparaba para la vida relacionada con las decisiones de poder y los hijos de los macehuales o artesanos, continuaron desarrollando su formación en el Telpochcalli, donde se desplegaba el aprendizaje del arte de los oficios.

Una de las labores esenciales que los mexicas valoraban con entusiasmo, expresada por medio de las continuas festividades de carácter mensual, eran las relacionadas a la confección de los instrumentos de música. Para quienes demostraban esas dotes y además se inclinaban por el canto, se había conformado el Cuicacalco, que permanecía recibiendo alumnos y brindando sus clases.

Los jóvenes mayores eran artesanos, alfareros, pescadores, constructores de chinampas, zapateros, músicos, artistas en general. La población de un extracto más bajo que el de los macehuales y los esclavos, la base más ancha de la pirámide social, formaba parte del abultado número de la milicia. Cada uno de ellos por igual, ocupaba además parte del día en el laboreo de la tierra comunal.

El tiempo iba transcurriendo y a los españoles se le acababa la estrategia de racionar la alimentación. Se iba consumiendo definitivamente la posibilidad de subsistencia.  Hernán Cortés se decidió entonces por un recurso extremo, esperaría la noche y en silencio dirigiría la gran comparsa de hombres y caballos hacia las afueras de la ciudad.

Cuando llegó aquel último día del mes de junio de 1520, lluvioso y oscuro, tomó la decisión. Preparó a aquellos individuos en fila de a dos, de a tres y sigilosos, para que comenzaran la retirada del Palacio, aprovechando que el grueso de aborígenes no se encontraba apostado a la intemperie a raíz de lo desacompasado del clima. Para ello midió muy bien sus fuerzas y sopesó lo abigarrado de su conglomerado, sabiendo que debería elegir el rumbo que llevaría por una de las seis calzadas que cruzaban Tenochtitlan, tres de norte a sur y las otras de este a oeste. El líder español elegiría la orientada hacia el poniente, a la ciudad de Tlacopán cruzando el puente de chichimecapán, con la pretensión de escapar sin prisa pero sin pausa hacia la ciudad de Tlaxcala, cuyos habitantes se habían constituido en aliados incondicionales después de haber sido derrotados a través de salvajes batallas.

En medio de la oscuridad de la noche, comenzó a salir esa hambrienta troupe de su auto encierro. Muchos de los hombres avanzaban con sigilo con la responsabilidad de proteger a los animales, otros cansados como estaban por la falta de alimentación iban extremadamente pesados, caminando nerviosos y a los tumbos, llevando consigo numeroso peso en oro en sus alforjas.

La casualidad dicen, es hija de la oportunidad. La voz de una anciana dio el aviso y urgentemente una inmensa cantidad de naturales se fue acercando acaloradamente al lugar, impidiendo a través de dardos, golpes de palo, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que los españoles y sus aliados continúen por el camino. Muchos estaban adelantados en su peregrinación, otros fueron bloqueados en su andar. Entre forcejeos y empujones, los menos iban avanzando muy pesadamente por el sendero, los más, iban cayendo rendidos por el peso, asfixiados por el tumulto, ahogados al precipitarse al lago desde los puentes, ensartados por las boleadoras, las lanzas o las flechas de los mexicas.

Un grupo muy menor pudo escapar, pero por supuesto, fueron indios la mayoría de muertos, entre náhuatl y  pro españoles.

Cuitláhuac había antepuesto la defensa de su ciudad a la posibilidad de recuperar el tesoro famoso de su padre Axayácatl, que el extremeño había encontrado empotrado en una pared del Palacio y con el que se regocijaran los peninsulares novatos, los recién llegados, aquellos que habían sido convencidos por Cortés y que en el desembarco continental habían pertenecido al ejército de Narváez.

Aquel tesoro desapareció en su mayoría desperdigado en las aguas del lago Texcoco, abandonado por los españoles en el apuro de salvar sus vidas o extraviado junto con la humanidad de aquellos europeos ávidos de riqueza.

Confundidos en medio del campo, los sobrevivientes de tamaña empresa de salvamento y socorro, descansaron. Cuentan que Hernán Cortés, debajo de un árbol junto con la Malinche, se detuvo a llorar por tamaña derrota.

Sin consuelo, pasando revista a todas y cada una de las adversidades por la que había sobrevivido desde su llegada a la ciudadela azteca, para sostener en alto su rara mezcla de tozudez e intemperancia, le preguntó a su Marina si conocía el nombre de quien había liderado aquella ofensiva contra los europeos.

Malintzin, que sentía muy poco amor por su pueblo náhuatl, desde que habían decidido entregarla como prenda de paz después de una derrota mexica contra el pueblo maya de Potonchán, miró a los ojos a su amo y le contestó: Cuitláhuac, el hermano de Moctezuma y recientemente elegido como Tlatoani.

Pero el verdadero nombre del líder azteca era  Cuauhtláhuac, que en lengua náhuatl significa "águila sobre el agua".


Cuitláhuac Arqueología Mexicana


Por rencor, por desprecio, o en forma de venganza personal, la Malinche había decidido que la expresión para nombrar al gran caudillo resistente de Tenochtitlan fuese Cuitláhuac, que casualmente o no, en náhuatl quiere decir estiércol. Así lo dejaría asentado su hija María Bartola, transformada en la primera mujer historiadora de México y que jamás recibiera algún reconocimiento de parte de la Corte española como hija de uno de los últimos Tlatoani, de la misma forma que recibieron reconocimientos de la España imperial los descendientes de Moctezuma II, que sí había manifestado condescendencia en favor de la conquista europea.

El nuevo Tlatoani, al decir de su hija María, sobreviviría ochenta días en el poder. La viruela, llegada al Istmo de Yucatán a través de las tropas de Pánfilo de Narváez, que habían sido enviadas por el gobernador de Cuba contra el mismísimo Hernán Cortés, se enseñoreó en el territorio y fue generando en forma subrepticia, una tragedia que acumuló miles de muertos, sobre todo en los aborígenes, que no tenían inmunidad contra ella.

Cuitláhuac fallecería el 28 de noviembre de 1520, el último día del mes de Quecholli. Poco después, las tropas reorganizadas por el español, volverían a atacar Tenochtitlan en el mes de agosto de 1521, asediándola durante los dos meses y medio previos, promoviendo muerte y hambruna, capturando por fin a su último Tlatoani, Cuauhtémoc, primo hermano de los dos anteriores.

La maravillosa fisonomía de la gran urbe que había sido Tenochtitlan, con sus calzadas ordenadas hacia los cuatro puntos cardinales, sus puentes levadizos preparados para coordinar la interacción de los diversos islotes, sus asombrosas construcciones, su diagramación ejemplar que permitía distinguir a cada barrio por su  zona circundante, su majestuoso paseo público central, que unía el Palacio Real con el Templo Mayor en un único ámbito de relación integrado, su fabuloso mercado central, que nucleaba a diversidad de gentes de varias regiones aún de aldeas vecinas, todo eso dejó de ser lo que había sido antes de la crucial hecatombe, para dar lugar a un espacio corrompido, a raíz de la ocupación de los españoles.

Cuando el asedio se dio por concluido, terminó también el fastidio y el sinsabor del propio Cuauhtémoc, que presentía que a pesar de todo el empeño puesto en fortalecer la resistencia y agigantarla, no lograría hacer subsistir aquel objetivo de liberación ante la sinrazón y la desesperanza por la supervivencia.

Tenochtitlan se acabó cuando se le agotaron los esfuerzos por sostener su libertad. Llegó un momento en el cual no había más excusas, el hambre y la sed arreciaban. La muerte que estaba en todos lados, era la medida de todas las cosas.

El derrumbe de Tenochtitlan fue el triunfo de la dominación política y militar, pero también significó el inicio de un calvario fenomenal e inaudito que condujo a la debacle de costumbres, religión, lengua y cotidianidades que juntas resumían la antigua y consolidada idea de libertad con dignidad, de todo un pueblo acostumbrado como estaba a sostener de pie sus valores y que nunca jamás volvió a ser como había sido.