viernes, 26 de agosto de 2022

 


entre Manes y desmanes




por Alberto Carbone

 

Cuando un cuarenta por ciento del electorado nacional es capaz de acompañar con su voto al mismísimo personaje que durante los cuatro años inmediatamente anteriores a la elección, sepultó al país que desgobernó, sin detenerse a ponderar que la condición de posibilidad de sus actos, al frente de su administración corrupta, se haya desarrollado corrompiendo y manipulando a la gente común, a funcionarios de toda laya, al Poder Judicial, desangrando las arcas públicas, propiciando un endeudamiento externo histórico, millonario e inconcebible, no reconociendo derechos sociales garantizados por la Constitución Nacional, desconociendo medidas de seguridad básicas garantes de la calidad de vida de hombres y mujeres que patrullan nuestros mares del Sur, motorizando la gestación de sentido común desde los medios de comunicación masiva, quienes permisivos y cortesanos promovieron cada decisión política aviesa con el objetivo de consolidar la ignorancia de vastos sectores de clase media sin capacidad propia de reflexión sobre la realidad.

Cuando comprobamos en fin, que el objetivo de inyectar odio y rechazo a la actividad política fue y sigue siendo un logro en sí mismo, que a fuerza de imponerlo y precipitarlo en el devenir social se va transformando en una conquista efectiva.

Cuando advertimos que casi la mitad del electorado permanece sumido dentro del entramado de las decisiones de quienes lo acicatean con el objeto de hacerlo prejuzgar, estimulándolo a obrar de manera determinada, se va avizorando que el propósito buscado en definitiva es sencillamente el de promover intencionalmente la construcción de un candidato político opositor, de un referente que sea capaz de sintetizar tres o cuatro consignas básicas que apunten contra quienes se manifiesten en contra de los factores de poder económico.

Cuando advertimos que este proyecto les resulta impostergable para garantizar el control social, para gobernar sobre la manera de pensar de las mayorías, sobre la base de un núcleo de sentido, para conquistar el factor comunicacional y empoderarlo y sujetarlo a las variables que el grupo de poder legitima y define como propios, identificamos como eje de acción directa de ese empeño a la implementación directa y permanente de la palabra, del exhorto ante el micrófono o el papel impreso con narrativas significantes y sencillas orquestadas por medio de mensajes directos inyectadas por los pseudo periodistas, todos ellos bien recompensados y retribuidos.

Cuando visualizamos todo este corpus mediático, nos configuramos que el Sr. Héctor Magneto y sus adláteres deben estar pensando seriamente en que ninguno de los personajes que humildemente se ofrecen ante ellos como posibles futuros candidatos, puedan acceder a ocupar el rol al que aspiran desde la pretensión de su excesivo ego mucho más grande que su mediocre capacidad intelectual.

La corriente antipolítica establecida en forma directa, sin medias tintas ni ambages de ningún tipo, instrumentada por los empleados de ese holding comunicacional, se enseñorea con una violencia inusitada en diarios, revistas, televisión y radio.

Todos los Medios de Comunicación masiva, los más grandes, aquellos que injustificadamente todavía el gobierno atiende económicamente a través de jugosos desembolsos, se caracterizan por ser empresas que mientras cobran los emolumentos gubernamentales torpedean a la administración nacional, inventando o agrandando situaciones, acusando sin pruebas, denigrando la imagen de algún funcionario público o desconociendo las acciones políticas oficialistas de loables objetivos, con el único objetivo de no divulgar nada bueno y agigantar los malos resultados aunque la mayoría de ellos sean derivados de alguna falacia.

Es característico, burlesco, humillante, trágico, el caso de una comunicadora televisiva que denominó con el epíteto de  “gordo grasa” al Presidente de la Nación. Actitud racionalmente inexplicable aun tratándose de una persona que se considere despechada, y justificada solamente por la incómoda, vulgar, inconfesable razón, derivada de algún beneficio jugoso, contante y sonante.

Pero además debemos decir que no por tedioso es menos oportuno y necesario describir la notoria ausencia de capacidad intelectual de quienes fueron contratados para hacer una tarea que les queda inmensa como periodistas en ese Medio televisivo que según trascendidos sostiene económicamente el ex Presidente de la Nación.

Su limitada acreditación, demostrada palmariamente en la actividad para la que fueron contratados, nos induce invariablemente a corroborar que en realidad día tras día y en forma incansable, estos actores de varieté devenidos en comunicadores locuaces, van erigiéndose como denunciadores seriales embestidos con una toga de ecuánimes, con el objetivo final de convencer a través de su falaz imagen de seriedad a un importante sector de la sociedad ignorante absoluto y desinteresado, de las estribaciones por las que atraviesa la realidad política nacional.

Dentro de este compendio de actitudes irracionales, de irrealidades imbricadas, de narraciones fantásticas, de situaciones yuxtapuestas que promueven confusión o interpretaciones dispares, está la gente, los votantes. Aquellos que no tienen la menor idea del por qué o a quienes votan y sólo conocen el cómo votar.

Esa gente, el común de la sociedad, casi el cuarenta por ciento del Padrón Electoral, es advertida y prevenida, es controlada, medida y dirigida, a través de un discurso preconizado en conjunto, por la recua de pseudo periodistas de los Medios Masivos de comunicación. Ellos, auténticos hijos de pauta, configuran de viva voz el deber ser y son a la vez quienes censuran o admiten candidatos y recomiendan cautelosa o clamorosamente a quienes deben apoyar con su voto el resto de los mortales.

Aquellos votantes de clase media, desaprensivos para con la realidad social, desinteresados de la nómina de candidatos, ignorantes de los proyectos políticos que puedan esgrimirse, se limitan a responder que todos los postulantes conocidos y los que no tienen el gusto todavía, pertenecen, por así decirlo, a la misma bolsa de gatos, afirman sueltos de cuerpo y desligados de toda responsabilidad, que esos posibles funcionarios, tal y como los anteriores y los que aparecerán en el futuro inmediato, son todos iguales y que consecuentemente debería resultarles de poco valor para los incautos votantes el nombre de quien gane o pierda.

Poco les falta para que reconozcan directamente que estarían gustosos de votar lo que les proponga TN.

Esta situación acontece invariablemente porque un elevado porcentaje del electorado nacional es eclipsado a través del sentido común que construyen paso a paso los pseudo comunicadores, de acuerdo con las órdenes de sus mandantes.

Ante esta situación pletórica en desconcierto y desazón, dirá usted si exagero o me quedo corto en mi interpretación, se va desenvolviendo cada dos años el ejercicio del Sufragio en medio de un tsunami de mensajes que invariablemente van  fogueando la actividad política a través de un mensaje claramente anti todo.

Por un lado entonces, casi podríamos asegurar que a través de un análisis urgente de nuestro Padrón Electoral, surgiría que un cuarenta por ciento de los votos está compuesto por un fervoroso núcleo defensor del Kirchnerismo y de la idea Justicialista, otro guarismo similar, diverso, configurado por los sectores de elevados ingresos y por un grupo de la reconocida Clase Media, que se define acendradamente antiperonista y es capaz de entregar su voto sin mayor elaboración o predicamento al candidato que fuese con tal de que se traduzca en una fuerte oposición al populismo. Por último un veinte por ciento fluctuante entre pequeños Partidos Políticos, entre la izquierda y los indecisos de siempre.

Es dable pensar que el Sr. Héctor Magneto ya esté preconcibiendo la próxima jugada, para que su decisión enamore a aquel grupo de indecisos, los desconocidos de siempre, que podrían volcar la elección a favor de su candidato.

Para ese objetivo es fundamental que se imponga un nombre con un claro perfil intelectual, que sea capaz de traslucir una imagen de medianía, que fervientemente se ofrezca para propender al entendimiento a través del diálogo entre diversos, que se asigne a sí mismo la capacidad de visualizar las potencialidades de cada sector social, de cada nucleamiento, como un elemento integrante de un todo comunitario, que se ofrezca para la consolidación definitiva de la unidad de un país que supere a las partes para legitimar el Todo. Así como lo hubo pretendido, casualmente, el propio Sergio Tomás Massa en su momento.

Todo muy lindo en el discurso. Pero aceptarlo palabra por palabra, implicaría creer en la sinceridad de quien se exprese.

Pero no debemos olvidad que la propaganda ha naturalizado que todos los políticos son iguales. Consecuentemente entonces, a ninguno puede creérsele palabra alguna.

Solamente tendría chances aquel ser humano que aún no haya expresado: “esta boca es mía”. Invariablemente debe ser una figura nueva en la política.

Debería ser un estreno.

Ahora bien. Si analizamos justamente los nombres de los futuros candidatos, remanidos y vulgares y colegimos que se trata invariablemente de gente que es nada más ni nada menos que empleada del poder económico y financiero de la Argentina, es muy probable que a cada uno de estos pretensiosos sin mérito, el verdadero elector nacional, motor del caudal económico del país y quien sostiene e impulsa sus campañas electorales, les impugne la posibilidad que anhelan.

Si usted me permite, yo le sugeriría a Magneto que juegue despacio, que no muestre sus cartas todavía. Todo este revuelo de nominaciones sólo sirve para que un fuerte ventarrón las expulse, las desintegre y las haga desaparecer.

Yo humildemente le recomendaría que tenga en cuenta las palabras de su archienemigo Néstor Kirchner cuando vaticinó: “El candidato que suena, suena..”.

Me parece oportuno que mejor espere unos meses a que se rompan los cuernos los infatigables y deseosos pretendientes en fragorosas e impostergables disputas para que por fin el viejo líder juegue su carta por ahora inconfesable.

Después de todo no se trata de tantos o de tan significativos:

Un Jefe de Gobierno, con permanente rostro de comic extraviado.

Una ex Ministra de Seguridad, con profundas limitaciones morales e intelectuales.

Un ex Presidente de la Nación, con un importante título universitario adquirido, que no contribuyó a mejorar ni sus más elementales digresiones.

Un Gobernador de Provincia, tan amoral que contradice su apellido y tan extraviado que perdió los valores originarios de un Partido Político centenario que alguna vez exclamó defender.

Me queda un neurocirujano. Un médico.

Cuidado que la historia política argentina ha conocido a otros neurólogos y cirujanos que se han volcado a la política sin agregarle ningún aditamento propio y significativo a la realidad nacional.

Ninguno fue Favaloro.

A ninguno se le ha reconocido grandes casos resueltos ni grandes titulares, ni participaciones luminosas y pletóricas, a pesar de tratarse de afamados médicos mediáticos

Ninguno es Favaloro.

Sin embargo, este neurocirujano posee lo que ningún otro candidato.

Este médico tiene a favor justamente lo que manifiesta no poseer.

 Su pasado político.

Después de tanto tiempo promoviendo el triunfo de la antipolítica entre ese apelotonamiento de votos de y entre antis, hoy Don Héctor Magneto está consiguiendo una participación que puede ser estelar, la aparición de un ignoto para ofrecer a la vastísima manada de votantes que persisten en su ignorancia capital.

Un neurocirujano.

Un universitario atraído a la actividad política desde afuera de ella. Presentado como limpio. Como ecuánime. Alguien para conocer como bueno y sano entre tanto sarnoso conocido, entre tanto réprobo.

Un digno hijo de Magneto, para consolidar definitivamente “una Argentina desigual para todos”.

Mientras tanto Manes espera dar el Paso.

miércoles, 24 de agosto de 2022

 

El Silencio de los Inocentes





por Alberto Carbone

 

 

El país agrícola que pretenden los latifundistas no es una Patria, es un territorio de pocos para algunos. Vastas extensiones donde la gente sobra. Donde los poseedores juergan, se reproducen poco para no repartirse la ganancia en muchas manos y no comparten nada, porque todo les corresponde.

Los humildes, los trabajadores, sus hijos y nietos, pertenecen por definición a lo infame, a lo odioso a lo execrable. Pero ellos saben que a pesar de ello tienen la obligación de tolerarlos, porque esa masa indigna es la que compone la mano de obra barata e insustituible para la consecución de sus objetivos.

 

 

John William Cooke, uno de los más importantes intelectuales argentinos surgido de la cantera nacional y popular expresó como definición del proceso movilizador que emergió en nuestro país a partir del 17 de octubre de 1945:

 “El Peronismo es el hecho maldito del país burgués”.

¿Qué intentó significar con estas palabras este hombre devenido de los sectores medios y altos de la sociedad, de formación universitaria, de familia ligada al servicio exterior de la Nación, de gustos refinados, de costumbres políglotas?.

El Bebe Cooke trató de graficar con su síntesis, la consternación rebelada por aquel sector de elevada condición social que hasta ese momento se autoerigía como ostentador de todo el universo nacional y que subrepticiamente, casi a mitad del Siglo XX, comenzaba a percibir una sensación de despojo de sus facultades como si se tratase de una enajenación. Una abrupta intromisión en sus derechos, sobre la base de diversas actitudes que le coartaban su máxima singularidad, su razón de ser, su particularidad más arraigada: la posibilidad de disponer de medios, bienes y personas, dentro de un territorio que consideraban que les pertenecía.

Este modelo de país originado desde ese grupo de poder para sí mismo, permanece y en la actualidad configura la grave tragedia que encierra todavía aquella trama obtusa, torpe, necia, con la que se enhebró el guión fundamental del universo nacional, el nuestro, pergeñado por un grupo de propietarios, interesados en que sus posesiones les garantizaran a ellos, a su prole y a su sucesión, los beneficios económicos imprescindibles para sostener el control político de su heredad por los Siglos de los Siglos.

Por eso la Constitución Nacional se premeditó, fue expedita y aviesa. Combinó graciosa y armoniosamente ambas necesidades urgentes, la configuración de una Nación y los requerimientos del sector económico más significativo de la época.

Por ello también y paradójicamente, el General San Martín fue enarbolado como Padre de la Patria. Un país edificado, disputado y construido a caballo requería de un jinete capaz y decisivo con ínfulas libertarias. Por presión de Bartolomé Mitre, la cucarda recayó en San Martín, era justo y necesario, había fallecido en 1850, tres años antes de que se constituya la Argentina como tal. Ese nuevo país que se pavoneaba con su raíz oligárquica y centralizadora, con su personalidad exclusivista y discriminadora, con su decisión delimitante y elitista que dictaminaba que aquellos reducidos grupos de pudientes de elevado rango económico, se elevaran a la calidad de voluntariosos representantes de los valores de la argentinidad.

Todas notas esenciales que el mismísimo Gral. San Martín no hubiera destacado como propias y que seguramente tampoco hubiera seleccionado jamás como características del país que estaría obligado a patrocinar sin saberlo.

Pocos años después llegaron los inmigrantes a poblar este desierto inconmensurable, vacío y ansioso de constituirse en base a títulos de propiedad.

Europeos desconsolados, de manos prestas y vacías, racimo de gente por millones, deseosos de construir un futuro vedado en sus países de origen.

Durante el último tercio de Siglo XIX, la elite cerró filas detrás de Sarmiento y Avellaneda.

Pero la embestida había comenzado en 1862.

El general Bartolomé Mitre había iniciado la consolidación del proyecto conservador. El objetivo radicaba en afianzar a las elites provinciales en sus zonas respectivas, dirigidas por la supremacía y el control porteños y pergeñando la desaparición absoluta de los gauchos y de los indios.

Los primeros porque participaban de la sangre de los blancos, quienes habían humillado salvajemente a las mujeres indias, no fuera a suceder que a alguno se le ocurriese reclamar herencia.

Los segundos por ser escasos como mano de obra y por ser resistentes a las imposiciones de quienes se autoproclamaban como los dueños de la tierra.

Mal que mal, después de la destrucción del Paraguay, lucubrando una guerra vergonzosa y humillante para la argentinidad  y al compás de la profusa propaganda nacionalista orquestada por el Presidente de la Nación y fundador del Diario La Nación, se depositó la confianza del control político en Domingo Faustino Sarmiento, quien a partir de 1868 continuó la masacre contra el sector popular y seis años después designaría como su continuador a Nicolás Avellaneda.

Entre 1874 y 1880, Avellaneda le garantizó el bienestar y la seguridad jurídica a las familias bien, como la propia, al compás de tres leyes que trascenderían con su apellido: La de Educación Común N° 1420, la de Inmigración, para incorporar voluntades del campesinado europeo a la extensión agrícola y la de Tierras, promoviendo la repartija de fundos en propiedad para quienes desearan afincarse y producir en las fértiles y recientes comarcas conquistadas al indio.

Este último proyecto fue inhibido por la elite terrateniente. Los genuinos  y respetabilísimos fundadores de la Patria de 1853, no concebirían que pequeños propietarios arruinaran la promoción latifundista.

La tierra no fue asignada a quien la trabajase sino consignada para aquellos quienes la acumularían como un bien económico que se destinaría a la especulación.

La masa obrera, silenciosa, expectante, inocente, participaría resignada en carácter de mano de obra como factor de producción para los intereses de la elite.

A partir de entonces los propietarios de miles de hectáreas de territorio configurarían un eficiente polo de poder político, como auténticos dueños de la producción generadora de la mayor cantidad de divisas para el país.

Para la época del Centenario, la Argentina formaba parte de los primeros diez países del mundo de más alto PBI. Pero la distribución de la riqueza explicitaba los guarimos reales y la gran mayoría de los pobladores solamente trabajaba para recuperar su fuerza de trabajo, vivía para alimentarse, mientras los poseedores de los títulos de propiedad de la tierra acumulaban cuantiosas ganancias y exteriorizaban enormes diferencias con la inmensa mayoría proletaria.

A mitad del Siglo XX, el Peronismo empoderó a millones de humildes que comenzaron a advertir que su vida también valía algo.

El establecimiento del Estado de Bienestar montado por Perón a partir de 1943 desde la Secretaría de Trabajo y Previsión fue orquestado sobre la base de varios Decretos Leyes que le otorgaron dignidad a la actividad laboral y promovieron la aparición de agremiaciones entusiasmadas en defender esos derechos recientemente conquistados.

La justificación de ese cambio político había sido la proliferación de pequeñas industrias y talleres urbanos promovidos desde el gobierno de Agustín. P Justo a partir de 1932 y derivados en la falta de trabajo como coletazo de la crisis internacional de 1929, factores que condicionaron a regañadientes al ministro de Economía de la época Federico Pinedo, a promover la Sustitución de Importaciones.

Diez años después, el entonces coronel Perón estudió aquella realidad socioeconómica que Pinedo había proyectado para apenas un tiempo prudencial y le dio otra lectura.

El 17 de Octubre de 1945, la inmensa masa anónima, la múltiple, diversa e inocente voluntad de hombres y mujeres de trabajo se puso en movimiento. Se manifestó, ganó las calles y emitió, al calor multitudinario, un voto unánime.

El país fundado por una elite interesada en su propio patrimonio hacía agua.

El esquema tradicional del país de pocos para pocos se eclipsaba al conjuro del reclamo inminente de aquella diversidad invisible, que jamás se había expresado, pero que ante la aparición de un liderazgo tan imprevisto como oportuno, se derramaba unánime en defensa de lo que aprendió que merecía.

Dicen que a veces la historia suele repetirse. Yo creo que no. Creo que hoy los invisibles, los inocentes testigos forjadores de una mejor calidad de vida para unos pocos saben que existen, se reconocen entre ellos y han aprendido que sin ellos no existe la Patria.

Creo además que los liderazgos políticos se renuevan y que ante la cruel disparidad de beneficios que traduce la grieta cotidianamente en favor de los dueños del Capital concentrado, los humillados de la historia terminarán reaccionando.

Los trabajadores saben que aquella personalidad que lidera las voces que traducen sus reclamos debe liderar también una transformación urgente y necesaria.

Una transformación clara y evidente, sin ambages, que le dé al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios y a los Trabajadores lo que les corresponde a los Trabajadores.

 

miércoles, 3 de agosto de 2022

 

El Corazón Helado


por Alberto Carbone

La consolidación del país agrícola ganadero exportador comenzó a desarticularse con la Crisis internacional de 1929 y continuó disgregándose posteriormente con el impulso industrialista que inyectó la gestión peronista.

Aquella ambivalencia perpetró una incisión en los intereses políticos de cada sector social.

La realidad de entonces dimensionó dos alternativas.

Porque la convivencia de ambas en un país diversificado como alcanzara EE.UU de América no pudo soportarse.

Esa dicotomía disparó las características entre un país exclusivo para los exportadores primarios y otro inclusivo que incorporase el devenir y las necesidades del resto de los argentinos como auténticos poseedores de derecho a constituirse.

 

“Yo haré uso de esta fiesta, publicando desde aquí, mi programa de gobierno; y les digo pues, a todos los pueblos de la República, que Chivilcoy es el programa de gobierno del presidente Domingo Faustino Sarmiento. Decidles a mis amigos, que no se han engañado al elegirme Presidente de la República, porque les prometo Hacer Cien Chivilcoy en los seis años de mi gobierno, con tierra para cada padre de familia, y con escuelas para sus hijos. He aquí mi programa, y si el éxito corona mis esfuerzos, Chivilcoy tendrá su parte en ello, por haber sido el pionero, que ensayó con mejor espíritu  la nueva Ley de Tierras  y ha demostrado que la pampa no está condenada, como se pretende, a dar exclusivamente pasto a los animales, sino que en pocos años, aquí, como en  todo el territorio, ha de ser luego asiento de pueblos libres, trabajadores y felices”.

Discurso del Presidente Sarmiento en la Ciudad de Chivilcoy.

Sábado 3 de octubre de 1868

 

 

En general los acontecimientos históricos se revisitan sin aludir a las consideraciones que los configuraron.

Porque los sucesos que se confrontan ante la realidad no se van analizando con el cuidado necesario, evaluando cada una de las causales que los precipitaron o la verdadera dimensión de aquellas particulares manifestaciones.

Los hechos configuran episodios estáticos y de ellos vamos aprendiendo a aceptar y a asimilar cada una de las vicisitudes tal y como fueron presentándose ante la realidad.

Pero la Historia no se define como el estudio de una sucesión de hechos estáticos.

Al contrario.

La Historia es la materia que estudia el pasado con la cabal intención de interpretar y evaluar las intenciones en cada proceso social.

Por ello, nos atrevemos a reafirmar que paradójicamente y a pesar de lo que sostiene el sentido común, los hechos no existen.

Existen las interpretaciones que de ellos surgen a través del análisis y de la reflexión.

A propósito he elegido las palabras de ex Presidente Domingo Faustino Sarmiento, en oportunidad de la inauguración de la Ciudad de Chivilcoy, para confrontar sus expresiones con el pensamiento de aquellos que juzgan al sanjuanino como el adalid de la orientación oligárquica de pensamiento político nacional.

Porque no todo es claro u oscuro en el devenir histórico o en los procedimientos de aquellos seres humanos a quienes les cabe protagonizar con su acción la narración de los acontecimientos.

Sarmiento, con sus luces y sombras, bregó por un país con mayor distribución territorial, a sabiendas de que la riqueza de la Nación estaba basada en la propiedad del factor tierra y en su consecuente producción agrícola.

Para el sanjuanino, Chivilcoy consumaba la piedra de toque.

El hecho exquisito.

El primer eslabón de una cadena de logros que garantizarían la esperanza de miles de pequeños trabajadores del campo deseosos de arraigarse a su parcela productiva para comenzar a tejer su futuro familiar.

Sin embargo, aquel novedoso proyecto tropezaba con un primer escollo. Porque no debemos olvidar que fue la aristocracia argentina la que consumó la Constitución Nacional.

Y la escribió a su imagen y semejanza.

Los primigenios poseedores de la tierra proyectaron un país agrícola para provisión del mercado externo, amparados en el dominio de aquella propiedad territorial perteneciente al reducido grupo de familias del que formaban parte y en consecuencia redactaron la Ley Fundamental en su propio beneficio.

Como la Historia se basa en interpretaciones, creo sinceramente observar que Sarmiento adivinó la jugada en el momento exacto e intentó la zancadilla.

Nombrado Presidente y aceptado a regañadientes en aquel sitial por sus connacionales y hermanos masones como él, Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza, intentó voltear esa jugada magistral de la elite tanto porteña como del Interior del país, promoviendo sucesivas fundaciones de ciudades agrícolas, conglomerando pequeños hacendados por todo el territorio nacional.

Chivilcoy configuraba la primera zancada, el primer ladrillo.

Sin embargo, por alguna razón, seguramente bien regada de intereses políticos y económicos, el sanjuanino no pudo concluir con aquella obra que recién comenzaba.

Su período de gobierno pasó sin novedad al respecto. Fue sucedido en el cargo de Presidente por su ministro de Educación, Nicolás Avellaneda y entonces se produjo un enroque. Sarmiento ocupó en la nueva gestión, el cargo que él le había asignado a Avellaneda en la suya, como Director General de Escuelas. Fruto de aquel empuje fueron dictadas dos leyes que transformarían la fisonomía de la sociedad: La Ley de Educación Común 1420 y la de Inmigrantes, conocida como Ley Avellaneda.

Mientras tanto la elite continuaba acaparando territorio. Todo lo contrario a los que paralelamente acontecía en aquel otro país tan similar al nuestro, los EE.UU de América, donde fueron parcelados en espacios más reducidos los nucleamientos de tierra y los labradores propietarios que se establecieron allí, configuraron pueblos prósperos y edificaron un futuro venturoso para ellos, sus familias y para el resto de los avecinados.

En Argentina en cambio, cuando la elite terrateniente interpretó el éxito de la Ley Avellaneda, orquestó un proyecto ambicioso y tentador, fomentando para sí misma el acaparamiento de mayor heredad, avanzando contra el territorio indígena, con la excusa de la necesidad de la expansión de la frontera agrícola y de la inmediata defensa de lo nacional contra las probables intenciones de anexionamiento chileno de la Patagonia.

El frío calculador, helado, del grupo oligárquico, se patentizó claramente, a través de la defensa de lo que definía y define en la actualidad como el Ser Nacional, expresiones que hubo estampado en la Constitución Nacional con letras de molde, garantizando su Verdad, su predominio, su exclusiva factibilidad como factótum social, como eje dominador.

No podemos esperar ninguna solidaridad de parte del sector dominante de la sociedad. Ellos se creen la Patria. Aquella que inauguraron con la Carta Magna del año 1853 y que sostuvieron una y otra vez gobierno tras gobierno.

Para ellos la Patria no es una entelequia. La Patria es el campo y ellos se consideran los únicos representantes.

 Por transitividad, ellos son la Patria.

Un grupo reducido de vastas extensiones  de tierra que producen materia prima para el mercado exterior a través de mano de obra barata y exánime.

Cuando escucho decir que esta época reproduce los acontecimientos del año 2001, respondo que no es así. Esta época nos retrotrae a la situación vivida por el país a comienzos de Siglo XX, durante el Centenario.

El año de 1910 constituyó la piedra angular del modelo agroexportador. Por un lado, miles de inmigrantes que ofrendaban su labor a cambio de reproducir su fuerza de trabajo y por el otro, el pequeño núcleo central de la sociedad poseedora concentrando su riqueza y viviendo en un país exclusivo, único, selecto.

Por ello, no debemos esperar nada de quienes consideraban y consideran que nada tienen para ofrecer. Porque la reducción de sus beneficios, saben bien, podría redundar en una mejor calidad de vida de aquellos sectores sociales que para la elite constituyen solamente muchedumbre invisible.

Mientras tanto, los sectores mayoritarios de la sociedad, los pobres, los desposeídos, permanecen girando alrededor de las demandas de un corazón helado.

Trabajadores urbanos y rurales, testigos mudos, por ahora, de los reclamos y exigencias de quienes se creen auténticos y legítimos propietarios de un país edificado por ellos para sí mismos y que no parecen dispuestos a compartirlo.

miércoles, 8 de junio de 2022

 

Xocoyotzin y Cuitláhuac



por Alberto Carbone

 

 

Xocoyotzin

Moctezuma II

Moctezuma Xocoyotzin hijo de Axayácatl era nieto de Moctezuma I por línea paterna y de Nezahualcóyotl por la materna, el primero, de origen mexica, antiguo Tlatoani de Tenochtitlan y el segundo, chichimeca, también había sido gran señor en la ciudad de Texcoco.

Casi cien años después, le correspondió a él heredar el poder de parte de Ahuizotl, su tío, gran reformador, ejemplar y prolífico constructor también, como sus antecesores.

Etapa vibrante de transformaciones sucesivas y constantes que la ciudad vivenció en permanente cambio y remodelación.

La urbe fue engrandeciéndose sobre la base de obras de restauración y nuevos emplazamientos, que fueron solucionando dificultades surgidas a raíz del incremento poblacional y de las necesidades de abastecimiento.

Fueron implementándose poco a poco considerables cambios que modificaron la vida cotidiana. Recursos novedosos surgidos a través de revolucionarias técnicas y mejoras que se fueron integrando al compás de una intensa labor sobre los lagos de agua dulce, que significaban la oferta de ese preciado líquido a la ciudad y el lago salado Texcoco que la rodeaba, configurándola con las características similares a la de un islote.

Moctezuma II asumiría el cargo recién comenzado el Siglo XVI, para la contabilidad europea, en el año de 1503 a raíz de la muerte de su tío en un accidente doméstico, cuando la casa habitación que ocupaba el Tlatoani, colapsara a causa de las fuertes inundaciones de la época.

Xocoyotzin fue también un fuerte protagonista de su tiempo y como lo describía su nombre, descolló como un extraordinario ejecutor y un decidido innovador de carácter fuerte y recia personalidad. Tan así fue que como característica significativa, decidió mantener las costumbres impuestas por los anteriores Tlatoani respecto de la forma o actitud con la cual debían conducirse al presentarse frente a él.

Moctezuma Xocoyotzin


 De fuerte temple y clara decisión, cualidades que lo identificaban, había establecido que cualquier persona que deseara entablarle una relación o diálogo, debería observar una serie de preceptos, como por ejemplo acercársele con la cabeza gacha y descalzo, sosteniendo un tratamiento de cortesía muy elevado, o manteniendo la prohibición de que lo tocaran o de que le dirigieran la palabra sin su autorización. Además, hombres y mujeres debían presentársele desprovistos de joyas y en sencillas vestimentas sin fatuo alguno. Incluso había fijado un estricto protocolo para el ingreso al Palacio, residencia que únicamente podía ser frecuentada por los nobles.

Con respecto a las relaciones políticas, el Tlatoani mantuvo y agudizó el control tributario sobre las demás aldeas, a las cuales les fue reclamando y exigiendo paulatinamente que cedieran su personal adiestrado para las acciones militares, para que pudiese hacer uso de una cantidad de efectivos permanentemente a disposición por si surgía alguna eventualidad en derredor al territorio. De esa manera el ejército náhuatl se había ido componiendo con guerreros originarios de comarcas vecinas en su mayoría.

Enseguida de la asunción fue expandiendo su sed de conquista que siempre se iniciaba a partir de un sólido control tributario pero que proseguía apuntalando la estrategia de dominación que sus antecesores habían instaurado, abarcando cada vez mayor cantidad de comarcas vecinas.

Todavía más allá de la vecindad había pretendido estirar su dominio. Las zonas que frecuentaban los mercaderes aztecas por ejemplo, como Guatemala, Honduras y Nicaragua, fueron invadidas por el ejército náhuatl. Sin embargo en aquellos ambientes jamás lograría triunfo alguno, primero porque la confederación maya estaba muy consolidada, y posteriormente porque, cuando tiempo después se derrumbó la Liga Mayapan, las ciudadelas se concentraron en sí mismas y generaron una fuerte resistencia a la pérdida de su autonomía. La misma situación de respuesta enérgica y tenaz se evidenció en el momento en que el Tlatoani decidió el ataque contra la ciudad de Tlaxcala. La comunidad, que se sintió fuertemente agredida articuló en forma rápida y precisa un fabuloso tridente defensivo junto con otras comarcas vecinas que al sentirse fortalecidas se decidieron al combate contra Tenochtitlan con la esperanza de no perder su independencia. Aquellas acciones bélicas que la Capital mexica no desoyó y sostuvo por medio de una alianza similar con otras dos comunidades, fueron actividades que se extendieron en el tiempo a lo largo de más de cincuenta años. Hernán Cortés tomaría nota de esa conflictiva realidad y utilizaría a su favor aquel disgusto concentrado durante tanto tiempo.

 Cuando llevaba poco más de tres lustros en el poder, Moctezuma II fue informado de la llegada de extraños a la costa de Yucatán, en la zona gobernada por el cacique Tabscoob, específicamente al país de Potonchán.

Aconteció que la avidez del gobernador de Cuba se había adentrado en tierra maya a través del envío de un emisario, Juan de Grijalva, que tendería lazos entre los aborígenes y volvería a la isla con información respecto de lo encontrado. Moctezuma dudó mucho al respecto, conversó con los ancianos que lo secundaban y resolvió que su gente se acercara a conocer más sobre la situación y oportunamente tomasen contacto con los expedicionarios. Extraños personajes que se asemejaban demasiado a una profecía que hubiera deseado no conocer.

 Durante más de diez años, el Tlatoani había percibido señales que le fueron anunciando que algún suceso inesperado o inexplicable podría acontecer. Cierta vez, había visto una línea de fuego con sus propios ojos cruzar el cielo nocturno; en otra oportunidad, en pleno incendio repentino del templo en honor a Huitzilopochtli, las llamas parecieron incrementarse cuanto más agua se les arrojaba encima; en otra ocasión un informante logró divisar cómo la caída de un rayo había encendido la noche de una luz brillante semejando pleno día sin que se escuchara sonido alguno; en otra jornada diurna, clara y serena, había surgido sorpresivamente otro sol que se dividió en tres partes, generando un gran estruendo semejante a grandes cascabeles; una mañana como cualquier otra el agua del lago Texcoco hirvió y ascendió su caudal, provocando una inundación inesperada; otra vez, en medio de una procesión en honor de Huitzilopochtli, una mujer apareció en medio de la multitud y comenzó a emitir fuertes gritos y llantos anunciando destrucción y muerte; por último, en medio de una salida de caza, el propio Moctezuma alcanzó a flechar un pájaro que en sus pupilas reflejaba la figura de hombres montados en venados.

Los avisos y las señales indicaban desde varios años atrás que algo especial acontecería. El Tlatoani se daba por avisado. Pensativo, dudaba respecto de estas visiones y las relacionaba con los extraños visitantes. De todas formas, el estado de ánimo se calmó cuando la situación pareció regresar a su cauce original, toda vez que después del repentino acercamiento los hombres de Grijalva dieron por concluida la relación y se perdieron en el mar, camino a Cuba.

Pero un año después, en 1519, se produjo el desembarco de Hernán Cortés.

Moctezuma volvió a vivir aquella sensación de curiosidad e inquietud y hasta evaluó la probabilidad de que efectivamente se tratara de Quetzalcóatl que regresaba, tal y como había prometido en aquella antigua ocasión fundacional, cuando en circunstancia de haber dejado a su pueblo asentado sobre el territorio elegido en medio del lago Texcoco con la indicación de que se gobernaran por sí mismos, les mencionó que se marchaba pero advirtiendo que regresaría a evaluar sus procederes. Por ello, después de meditarlo, volvió a enviar un contingente para conocer mejor a los extraños.

Hernán Cortés y quienes llegaron con él hasta el Istmo de Yucatán, habían iniciado una cautelosa pero firme visita a cada aldea con puerto en donde iban recalando con sus naves. En más de una oportunidad se encontraron con las canoas enviadas por Moctezuma que en sentido contrario se apeaban a las embarcaciones españolas con el objeto de iniciar una aproximación y conocer bien aquellas intenciones que perseguían los peninsulares.

Cuando debido a una decisión de carácter personal, Cortés decidió cortar relaciones con Cuba y aventurarse por propia voluntad dentro de las nuevas comarcas, ordenó deshacerse de las naves para evitar que su gente se arrepintiera de seguirlo y retornara a la isla.

A partir de ese entonces, la peregrinación continuó a pie. Sin tregua y sin descanso, los europeos fueron al frente de una importante caravana completada con miles de nativos asignados a los españoles por sus líderes para que los acompañaran en aquella desopilante aventura sobre las novedosas comarcas.

Cuando Moctezuma fue advertido de que los visitantes no descansarían en su andar hasta ingresar a la ciudad de Tenochtitlan, decidió salir al camino raudamente para cruzarlos acompañado por varios de sus principales y con los señores de otras comunidades, entre ellos su hermano Cuitláhuac, jefe político de Iztapalapa.

Ambas delegaciones se encontraron sobre el puente de ingreso a la ciudadela. Cortés bajó de su caballo y se arrojó sobre el Tlatoani con los brazos abiertos. Cuitláhuac se entrometió y no lo dejó avanzar. Nadie podía tocar al líder mexica.



Penacho de Moctezuma II


Ambos contingentes ingresaron juntos a la urbe y los españoles fueron alojados en el Palacio de Axayácatl. Los tres mil aliados tlaxcaltecas fueron acomodados en residencias familiares o destinados junto con los caballos a los galpones de abastecimientos de granos que estaban en las afueras.

El Tlatoani se mostró dócil y comprensivo desde el comienzo de la relación, mientras que Cuitláhuac, definía como remiso a su hermano y apostaba a impedir que Cortés se saliera con la suya. La diferencia de apreciación se manifestó en oportunidad de que el español fuera ataviado con el atuendo tradicional de Quetzalcóatl, mientras que para el Tlatoani se trataba de un reconocimiento a la envestidura del recién llegado, para el líder de Iztapalapa significaba el colmo de la indignación. Cuitláhuac jamás habría aceptado concebir a Cortés como el enviado de Huitzilopochtli sino a lo sumo como un extraño y desconocido Quetzalcóatl al que sin lugar a dudas se lo podría vencer e impedir que gobernara sobre los náhuatl. 

Los acontecimientos se precipitaron después de un enfrentamiento producido en la ciudad de Veracruz entre mexicas y totonacas.

El ejército náhuatl había penetrado a esa ciudad para hacerse cargo de ella en nombre de Moctezuma, pero los naturales, aliados a los europeos se resistieron con ayuda de las huestes españolas.

El evento dejó como saldo cientos de caídos de ambos bandos, e incluso la muerte de varios castellanos, entre ellos el responsable de la ciudad que había sido nombrado por el propio Hernán Cortés.

La inesperada refriega resultó más que significativa para los aborígenes, porque había demostrado que los supuestos dioses no eran intocables, que morían como cualquiera y que cuando arriesgaban sus vidas sólo era por la avidez de obtener riquezas.

La noticia no tardó en llegar a Tenochtitlan y el extremeño decidió la cárcel para Moctezuma haciéndolo responsable por aquellos hechos, despertando la indignación de la gente principal que no toleraba la cárcel para su Tlatoani.

Con aquel proceder, Cuitláhuac había obtenido justificación suficiente como para comenzar a programar la contraofensiva. Posteriormente a esos sucesos le siguió la matanza del Templo Mayor. Ese acto fue la gota que derramó el vaso.

La matanza precipitó la reacción popular, esa reacción determinó la muerte de Moctezuma, el deceso del Tlatoani derivó en el nombramiento de su hermano como jefe principal revolucionario mexica.

El pueblo alzado parecía expresar una esperanza para el futuro a través de la conducción de Cuitláhuac. La esperanza de que con la ayuda de Huitzilopochtli y la participación heroica del pueblo en las calles, el Altépetl recuperaría su condición de normalidad y la historia volvería a ser escrita en náhuatl.

 

Cuitláhuac


 

                    Cuitlahuac


La lluvia persistió todo el día. Durante la tarde se temió por la seguridad de la circulación dentro de la ciudad. Alguien había insinuado dudas al respecto al evaluar el estado de consolidación del apisonamiento de las calles, presintiendo que tal vez cederían ante tanta agua.

No es que se haya precipitado una lluvia con las características de las que fluían tiempos atrás, tan temibles en otras épocas y que hacía años no sucedían. Aquellas eran tan fuertes y persistentes que habían generado el alza de la cota de los lagos y la consecuente inundación de la ciudadela. Hubo que vaciar las casas y vivir en otros ambientes hasta que la labor continua de secado y los rayos del sol fueron recuperando poco a poco la normalidad de Tenochtitlan.

El episodio se repetía también en la vecina ciudad de Texcoco, su Tlatoani, que en ese entonces era  Nezahualcóyotl, ordenó la construcción de varios diques que solucionaron para siempre la controversia y resolvieron definitivamente el antiguo problema habitacional. Pero las inundaciones persistían igualmente cuando las lluvias se tornaban escandalosas, por eso, el propio Tlatoani mexica Ahuizotl, a pesar de que había dispuesto lo mismo que su par vecino, el proyecto y la construcción de un dique en su ciudad, perdería la vida en medio de una de aquellas tremendas precipitaciones, al inundarse la habitación donde dormía, golpeándose la cabeza al tratar de escapar de esa situación. Lo sucedería su sobrino Moctezuma II Xocoyotzin, hermano de Cuitláhuac. Recién había comenzado el Siglo XVI, casi dos décadas antes de la entrada de Hernán Cortés a Tenochtitlan.  

Aquella lluvia de fines del mes de junio, último día del mes Tecuilhuitontli, era extenuante. Remembraba las viejas anécdotas con el Tlatoani pereciendo en un accidente doméstico, pero esta vez se manifestaba poco intensa aunque sí persistente. De todas formas, la celebración por el cambio del mes no se suspendería. No estaba en la ciudad el jefe se los extraños, el señor Malinche, era cierto, pero había dejado como autoridad a quien se hacía llamar Tonatiuh y éste había permitido aquella congregación festiva. Toda la dignidad mexica se había ataviado bien para el evento y no se resignaba a suprimirlo sólo por una llovizna.

La humedad lo traspasaba todo. El aroma intenso y penetrante de la vegetación se imponía con su presencia y junto con aquel vaho y con la neblina que habían aparecido desde la mañana, y que los árboles no dejaban que se difuminaran, reaparecía invariablemente ese desacostumbrado hedor, inaugurado por los invasores y que se había instalado, era el olor a la pólvora y a la fusilería.

Pero cuando los acontecimientos se precipitaron no hubo excusas de olores ni de ningún otro menester. Había sucedido al parecer que Pedro de Alvarado, desenfrenado, se había descontrolado al ordenar a su gente arcabucear a los nativos arremolinados frente al Templo Mayor, sin razón alguna.

Cientos de indios que estaban celebrando vaya a saber qué gran cosa, según decían en honor a Tezcatlipoca,  fueron atacados sin que mediara excusa alguna por las huestes de Alvarado, por esos días responsable de la ciudadela, quien después justificaría esa reacción al explicar que lo había amedrentado observar tantos indios a los gritos, vociferando en lengua extraña, sumado a que le habían llegado supuestos indicios de que estaban preparándose para una ofensiva contra los representantes de España.

Sea como haya sido, aquello no les impidió, después del desastre que pergeñó,  deambular por encima de los muertos e irlos despojando de sus atuendos de valor.

La derrota del Tlatoani


Los españoles dejaron a los caídos apenas vestidos con sus prendas básicas, sin ornamentos y los desnudaron de todo el oro que portaban, después de asesinarlos a sangre fría mientras realizaban aquel incomprensible homenaje vaya a saber a quién.

La sin razón y el desafortunado calvario vivido por los naturales, muchos de elevada condición social, que yacientes en medio de la Plaza Mayor fueron, además de asesinados, desprovistos de sus enseres, provocaría una severa reacción de quienes alrededor del suceso habían observado la actitud de los peninsulares.

La muchedumbre se precipitó contra los agresores. En gran número se abalanzaron sobre ellos y los despojaron de sus armas. Algunos españoles pudieron organizarse dentro del estupor provocado y lograron apresar a varios nativos de raigambre significativa, conduciéndolos a la fuerza hacia adentro del Palacio en el que moraban. Otros cayeron en las garras de los tenaces reivindicadores, pero la gran mayoría de los europeos huyó precipitadamente, sin armamentos y sin otro bastimento hacia adentro de aquel Palacio del viejo Axayácatl, que se había convertido sin quererlo en un fuerte amurallado, protector de los invasores.

El aguerrido Cuitláhuac, hermano del Tlatoani, fue encarcelado y llevado a la misma habitación que ocupaba Moctezuma, quien también permanecía encerrado por orden de Cortés, después de lo que había sucedido unos días atrás, a raíz del enfrentamiento entre los grupos náhuatl y totonaca en la joven ciudad de Veracruz.

Cuando regresó el extremeño con sus hombres y con los de Narváez se encontró con un panorama pésimo. La ciudadela levantada en guerra contra el español, por culpa de una interpretación malhadada de un atolondrado como Pedro de Alvarado que se había dejado llevar por los resquemores de totonacas y tlaxcaltecas aliados, quienes aventuraban la posibilidad de que los mexicas estuvieran preparando una agresión.

Sin armas de ninguna índole y en poco tiempo más sin víveres suficientes, la inmensa cantidad de españoles debería actuar urgentemente para salvar su vida.

Hernán Cortés dialogó sobre ese dilema con el Tlatoani y ambos resolvieron como una posibilidad dejar ir a Cuitláhuac, calculando que la decisión de liberarlo ayudaría a entrar en razón a la gran cantidad de levantiscos que habían rodeado la Plaza y el Palacio.

Sin embargo, una vez libre, Cuitláhuac se reunió con los señores y los sacerdotes de la gran Altépetl que era Tenochtitlan y fue nombrado por los Pillis el nuevo Huey Tlatoani en lugar de su hermano, a quien la población mexica consideraba y había castigado como cobarde y traidor.

A partir de entonces organizó un numeroso ejército, intensificado por el aporte de varias comunidades vecinas. Mientras se iba armando, esperaba que las ratas invasoras murieran como tales.

La estrategia fue aguardar que los cobardes visitantes encerrados, comenzaran a salir por sus propios medios desesperados por el hambre.

Cuitláhuac no quiso exponer más vidas. Su hermano había encontrado la muerte al intentar resolver la situación por medio del diálogo. Apedreado e impactado por alguna de las varias flechas que le fueron destinadas, se derrumbó frente a la muchedumbre y los pocos españoles que lo habían acompañado a la entrada del Palacio, reingresaron al edificio con el cuerpo exhausto de Moctezuma. El diálogo estaba terminado y el reciente Tlatoani estaba convencido de que la situación se explicaba por sí misma, que los extraños encerrados y sin bastimentos habían sido derrotados.

Mientras tanto, la vida siguió su curso.

Las cientos de canoas intensificaron su deambular por los lagos adyacentes. Fue mantenida la actividad de la pesca en el lago salado de Texcoco y continuado el proceso de extracción de agua dulce de los demás lagos no salitrales circundantes. Se siguieron comerciando los mismos productos que habían circulado por el Altépetl desde hacía tiempo atrás,  obsidiana, pescado, cacao, calabaza, maíz, cayote, tabaco, algodón y porotos, actividades que se desarrollaban sobre la base del trueque con las demás aldeas pertenecientes a la misma entidad política y territorial.

Los jóvenes que integraban los sectores sociales más altos mantuvieron su concurrencia al Calmécac, donde se los preparaba para la vida relacionada con las decisiones de poder y los hijos de los macehuales o artesanos, continuaron desarrollando su formación en el Telpochcalli, donde se desplegaba el aprendizaje del arte de los oficios.

Una de las labores esenciales que los mexicas valoraban con entusiasmo, expresada por medio de las continuas festividades de carácter mensual, eran las relacionadas a la confección de los instrumentos de música. Para quienes demostraban esas dotes y además se inclinaban por el canto, se había conformado el Cuicacalco, que permanecía recibiendo alumnos y brindando sus clases.

Los jóvenes mayores eran artesanos, alfareros, pescadores, constructores de chinampas, zapateros, músicos, artistas en general. La población de un extracto más bajo que el de los macehuales y los esclavos, la base más ancha de la pirámide social, formaba parte del abultado número de la milicia. Cada uno de ellos por igual, ocupaba además parte del día en el laboreo de la tierra comunal.

El tiempo iba transcurriendo y a los españoles se le acababa la estrategia de racionar la alimentación. Se iba consumiendo definitivamente la posibilidad de subsistencia.  Hernán Cortés se decidió entonces por un recurso extremo, esperaría la noche y en silencio dirigiría la gran comparsa de hombres y caballos hacia las afueras de la ciudad.

Cuando llegó aquel último día del mes de junio de 1520, lluvioso y oscuro, tomó la decisión. Preparó a aquellos individuos en fila de a dos, de a tres y sigilosos, para que comenzaran la retirada del Palacio, aprovechando que el grueso de aborígenes no se encontraba apostado a la intemperie a raíz de lo desacompasado del clima. Para ello midió muy bien sus fuerzas y sopesó lo abigarrado de su conglomerado, sabiendo que debería elegir el rumbo que llevaría por una de las seis calzadas que cruzaban Tenochtitlan, tres de norte a sur y las otras de este a oeste. El líder español elegiría la orientada hacia el poniente, a la ciudad de Tlacopán cruzando el puente de chichimecapán, con la pretensión de escapar sin prisa pero sin pausa hacia la ciudad de Tlaxcala, cuyos habitantes se habían constituido en aliados incondicionales después de haber sido derrotados a través de salvajes batallas.

En medio de la oscuridad de la noche, comenzó a salir esa hambrienta troupe de su auto encierro. Muchos de los hombres avanzaban con sigilo con la responsabilidad de proteger a los animales, otros cansados como estaban por la falta de alimentación iban extremadamente pesados, caminando nerviosos y a los tumbos, llevando consigo numeroso peso en oro en sus alforjas.

La casualidad dicen, es hija de la oportunidad. La voz de una anciana dio el aviso y urgentemente una inmensa cantidad de naturales se fue acercando acaloradamente al lugar, impidiendo a través de dardos, golpes de palo, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que los españoles y sus aliados continúen por el camino. Muchos estaban adelantados en su peregrinación, otros fueron bloqueados en su andar. Entre forcejeos y empujones, los menos iban avanzando muy pesadamente por el sendero, los más, iban cayendo rendidos por el peso, asfixiados por el tumulto, ahogados al precipitarse al lago desde los puentes, ensartados por las boleadoras, las lanzas o las flechas de los mexicas.

Un grupo muy menor pudo escapar, pero por supuesto, fueron indios la mayoría de muertos, entre náhuatl y  pro españoles.

Cuitláhuac había antepuesto la defensa de su ciudad a la posibilidad de recuperar el tesoro famoso de su padre Axayácatl, que el extremeño había encontrado empotrado en una pared del Palacio y con el que se regocijaran los peninsulares novatos, los recién llegados, aquellos que habían sido convencidos por Cortés y que en el desembarco continental habían pertenecido al ejército de Narváez.

Aquel tesoro desapareció en su mayoría desperdigado en las aguas del lago Texcoco, abandonado por los españoles en el apuro de salvar sus vidas o extraviado junto con la humanidad de aquellos europeos ávidos de riqueza.

Confundidos en medio del campo, los sobrevivientes de tamaña empresa de salvamento y socorro, descansaron. Cuentan que Hernán Cortés, debajo de un árbol junto con la Malinche, se detuvo a llorar por tamaña derrota.

Sin consuelo, pasando revista a todas y cada una de las adversidades por la que había sobrevivido desde su llegada a la ciudadela azteca, para sostener en alto su rara mezcla de tozudez e intemperancia, le preguntó a su Marina si conocía el nombre de quien había liderado aquella ofensiva contra los europeos.

Malintzin, que sentía muy poco amor por su pueblo náhuatl, desde que habían decidido entregarla como prenda de paz después de una derrota mexica contra el pueblo maya de Potonchán, miró a los ojos a su amo y le contestó: Cuitláhuac, el hermano de Moctezuma y recientemente elegido como Tlatoani.

Pero el verdadero nombre del líder azteca era  Cuauhtláhuac, que en lengua náhuatl significa "águila sobre el agua".

Por rencor, por desprecio, o en forma de venganza personal, la Malinche había decidido que la expresión para nombrar al gran caudillo resistente de Tenochtitlan fuese Cuitláhuac, que casualmente o no, en náhuatl quiere decir estiércol. Así lo dejaría asentado su hija María Bartola, transformada en la primera mujer historiadora de México y que jamás recibiera algún reconocimiento de parte de la Corte española como hija de uno de los últimos Tlatoani, de la misma forma que recibieron reconocimientos de la España imperial los descendientes de Moctezuma II, que sí había manifestado condescendencia en favor de la conquista europea.

El nuevo Tlatoani, al decir de su hija María, sobreviviría ochenta días en el poder. La viruela, llegada al Istmo de Yucatán a través de las tropas de Pánfilo de Narváez, que habían sido enviadas por el gobernador de Cuba contra el mismísimo Hernán Cortés, se enseñoreó en el territorio y fue generando en forma subrepticia, una tragedia que acumuló miles de muertos, sobre todo en los aborígenes, que no tenían inmunidad contra ella.

Cuitláhuac fallecería el 28 de noviembre de 1520, el último día del mes de Quecholli. Poco después, las tropas reorganizadas por el español, volverían a atacar Tenochtitlan en el mes de agosto de 1521, asediándola durante los dos meses y medio previos, promoviendo muerte y hambruna, capturando por fin a su último Tlatoani, Cuauhtémoc, primo hermano de los dos anteriores.

Los ochenta días de Cuitláhuac


La maravillosa fisionomía de la gran urbe que había sido Tenochtitlan, con sus calzadas ordenadas hacia los cuatro puntos cardinales, sus puentes levadizos preparados para coordinar la interacción de los diversos islotes, sus asombrosas construcciones, su diagramación ejemplar que permitía distinguir a cada barrio por su  zona circundante, su majestuoso paseo público central, que unía el Palacio Real con el Templo Mayor en un único ámbito de relación integrado, su fabuloso mercado central, que nucleaba a diversidad de gentes de varias regiones aún de aldeas vecinas, todo eso dejó de ser lo que había sido antes de la crucial hecatombe, para dar lugar a un espacio corrompido, a raíz de la ocupación de los españoles.

Cuando el asedio se dio por concluido, terminó también el fastidio y el sinsabor del propio Cuauhtémoc, que presentía que a pesar de todo el empeño puesto en fortalecer la resistencia y agigantarla, no lograría hacer subsistir aquel objetivo de liberación ante la sinrazón y la desesperanza por la supervivencia.

Tenochtitlan se acabó cuando se le agotaron los esfuerzos por sostener su libertad. Llegó un momento en el cual no había más excusas, el hambre y la sed arreciaban. La muerte que estaba en todos lados, era la medida de todas las cosas.

El derrumbe de Tenochtitlan fue el triunfo de la dominación política y militar, pero también significó el inicio de un calvario fenomenal e inaudito que condujo a la debacle de costumbres, religión, lengua y cotidianidades que juntas resumían la antigua y consolidada idea de libertad con dignidad, de todo un pueblo acostumbrado como estaba a sostener de pie sus valores y que nunca jamás volvió a ser como había sido.