domingo, 26 de mayo de 2013

Mujeres en Mayo
las amadas invisibles


Alberto Carbone


Me estremecieron mujeres que la historia anotó entre laureles y otras desconocidas, gigantes que no hay libro que las aguante
SILVIO RODRIGUEZ

Dónde estaban las mujeres ese día?
Si no participaron del Cabildo Abierto del 22 de Mayo. Si no acompañaron armadas al Batallón de Patricios, o amontonadas resistieron las inclemencias del tiempo la noche del 24 hasta el amanecer del otro día. Acaso querían saber de qué se trataba?.
Para empezar deberemos reconocer que la historiografía liberal, la que nos han inculcado desde que Mitre decidió transformarse en escritor para preservar para la posteridad la justificación de sus actos, no menciona a las mujeres más que como acompañantes en sombras de sus respectivos maridos.
Nos queda de esa historiografía los apuntes cuidados y tenues sobre la historia de Mariquita Sánchez, mujer que desde los catorce años torció la orden paterna de casarse con un anciano, enamorada como estaba de su primo Martín Thompson, amor consumado como la Ley manda por autorización a regañadientes del entonces Virrey Sobremonte, cuatro años después de iniciada su lucha.
Sin embargo hubo otras muchas mujeres de corazón erguido y elevada convicción, que se aventuraron a los hechos de Mayo con decisión e impronta de valientes.
Cuentan que cuando todavía un extraviado Cornelio Saavedra dudaba respecto de apoyar la conjura contra el poder virreinal, fue la propia esposa de Nicolás Rodríguez Peña, Casilda Igarzábal quien se apersonó a la casa particular del futuro Presidente juntista para intimarlo a participar en las reuniones que Belgrano y su primo Castelli organizaban en la casa de ella, actual Plaza Rodríguez Peña en avenida Callao al 900.
El caso también digno de mención es el de la Sra de Juan José Viamonte, Bernardina Chavarría, quien reunió dinero entre las “damas de la sociedad” para la campaña de promoción de la Primera Junta hacia el interior del país.
Debemos destacar la dolorosa participación de la esposa del ilustre Mariano Moreno, recordemos a la joven mujer María Guadalupe Cuenca, la que embarazada ve zarpar a su esposo hacia el exilio obligado y no cesará de enviar amorosas cartas que le llegaban a su adorado abogado y periodista en pleno viaje incluyendo pormenorizadamente las actitudes políticas desopilantes que tomaban Saavedra y su esposa, “si también su esposa” vilipendiando la figura y obra del fundador de la Gazeta.
Pero la actitud valiente de aquellas mujeres de fuego podemos mencionarla desde 1806. Recordemos la heroica participación contra las Invasiones Inglesas que le cupo a Manuela Pedraza, combatiendo en las calles junto a su marido y capaz de darle muerte al soldado que lo asesina ante sus ojos y seguir luchando sin pausa.
La historia real nos menciona también la inteligencia de Martina Céspedesy sus tres hijas en época de la Segunda Invasión Inglesa de 1807, quien prometiendo aguardiente a los invasores, apresó uno a uno hasta doce de ellos, obteniendo posteriormente de parte de Santiago de Liniers el cargo sargento mayor. 
Si de esa época anterior a la Revolución de Mayo tratamos, es importante destacar la actitud despojada y convencida de María Ana Perichon de Vandeuil de O'Gorman  amante y seguidora del entonces Virrey Santiago de Liniers, primer caudillo del Río de la Plata, posteriormente, su nieta   Camila dará abundantes razones que demuestren el carácter decidido y tenaz de aquellas mujeres.
Pero también existieron guerreras de armas tomar.
Mujeres que pelearon codo a codo con los hombres por la libertad de los pueblos. Entre ellas podemos citar a María Remedios del Valle, una negra muy pobre, soldado raso como su marido, que lo vio morir en acción junto con sus hijos.
O el caso de la dama salteña Juana Moro de López, que entregó su cuerpo para seducir a los realistas como estrategia de espionaje.
Pero sobre todo, el caso imborrable de Doña Juana Azurduy, ejemplo paradigmático del valor y la lucha.
Peleó por la libertad con su amor de toda la vida, Manuel Ascensio Padilla, y cuando este murió por las balas enemigas, jamás bajó las banderas de la Patria, levantadas en la sublevación de Chuquisaca el 25 de Mayo de 1809, un año antes de los sucesos porteños.
El general Manuel Belgrano, que la viera pelear le donó su espada. El gobierno de Buenos Aires la ascendió a Teniente Coronela, Cuarenta años después de sus aprontes guerrilleros, murió sola y olvidada, habiendo dado la vida de su esposo y de sus cuatro hijos a la causa.
Que este homenaje incompleto y humilde, lleve el recuerdo de una pasión incandescente y única. El reconocimiento auténtico y permanente a nuestras mujeres, verdaderas “Madres de la Patria de Mayo”































martes, 7 de mayo de 2013

Evita de los Toldos


LA NIÑA DE FUEGO

Evita: La Luz que ilumina la Patria


La luna te besa tus lágrimas puras, como una promesa de buena ventura.
La Niña de Fuego te llama la gente y te están dejando que mueras de sed.



 Por ALBERTO CARBONE

Rara vez la historia de la humanidad, con sus blanco y negros, con sus avances y retrocesos, se encarga de ubicar en los primeros planos del acontecer, de las decisiones, de las resoluciones más importantes, a una mujer.
Está instalado en el sentido común de la generalidad de los mortales que la historia, constituida por los acontecimientos cimentados a partir del sufrimiento y la lucha, a través del dolor y la sangre, a partir de los pensamientos y la praxis, la hacen los hombres.
Las mujeres, en el mejor de los casos, son convidadas al disfrute de un mísero coprotagónico, acompañando, acomodándose, al lado de quien se yergue como la figura estelar, el centro iluminado de los sucesos, el mágico hacedor que todo lo transforma a partir de su esfuerzo viril.
El hombre tampoco deja que la mujer se acomode al devenir y en general no permite la participación, no la solicita e incluso en muchas ocasiones la impide.
Esta niña que nació en los Toldos un 7 de mayo de 1919, parecía predestinada a otras prácticas, a otras vivencias articuladoras de inesperadas epopeyas.
Porque resultó que la joven Evita no era una niña común. A su propio y lógico deseo de progreso intelectual y material, de la mano de su vocación artística, le apareció como de un rayo, una incipiente pero pertinaz intuición relacionada con la actividad social.
Evita había padecido toda su vida y lo seguía padeciendo, aquel incontenible despropósito, ese injusto axioma que consignaba que el mundo femenino no era otro que el íntimo, simple y pequeño claustro hogareño.
Evita quiso que la mujer ocupase un rol preponderante en la historia nacional y que su acción sirviese como motor generador de cambios sociales que eliminasen injusticias congénitas.
A través de su acción, decidida e implacable, en las elecciones del 11 de noviembre de 1951, el 63 % de las mujeres votaron por el partido peronista. A su vez, fue el peronismo el único partido político que llevó mujeres en sus listas.
 En 1953, por medio de la voluntariosa entrega personal desplegada por la Primera Dama argentina, 23 diputadas y 6 senadoras ocuparon sus bancas.
Esa mujer, despiadada y vengativa, para sus opositores, dulce, comprensiva y luchadora amorosa en pos de la dignidad social, para sus seguidores, mantendrá viva la constante contradicción de intereses entre pueblo y oligarquía, tensión real y permanente, que se evidencia dentro de la realidad que viven los países periféricos, desde que el sistema capitalista mundial, se consolidó definitivamente, después del triunfo de las sucesivas Revoluciones Industriales europeas.
Es difícil hablar de la Patria figurativamente, e insertar ese concepto en la esencia de un ser humano, de tal forma que el individuo lo sintetice a partir de su presencia. Pero en el caso puntual de Eva Duarte, en que toda su vida, sus sinsabores, sus esfuerzos y sus alegrías, son definitivamente identificadas a través de los avatares políticos que experimenta esta joven mujer en el transcurso de seis años consecutivos de su vida personal, no parece tan descabellado.
Evita irradió con su imagen y su acción, un perfil de la Patria que nacía diversa, que comprendía aún a regañadientes, que existía un amplio sector social negado a través de los tiempos, que surgía a fuerza de salvaje intemperie, “un subsuelo de Patria profunda” que reclamaba por hacerse reconocer vivo y además, que se negaba a morir.
Esa mujer, tierna e indómita a la vez, ya se asomaba en Los Toldos, cuando apenas era la pequeña Evita.
Sus hermanas, a partir de sendas elucubraciones volcadas en trabajos bibliográficos, lo hicieron saber a quienes quisieron enterarse.
También los hombres y las mujeres que la conocieron, que trabajaron junto a ella, que de a poco y cotidianamente fueron aprendiendo con ella que la diversidad cultural era un paisaje natural en nuestra Argentina.
Que la injusticia social era una herencia centenaria que postergaba a las grandes mayorías.
Que el corazón sangrante de millones de seres era un calvario infinito y congénito, causal de dolores mayores para las generaciones sucesivas.
Todos aprendieron con Evita, la joven niña de la tenacidad de fuego, que cuando mujer, como una estrella fugaz, marcó para siempre el cielo de la Argentina, que la Patria existe en los rostros de quienes cotidianamente entregan su esfuerzo por ponerla de pie y sostenerla en andas.
En estos tiempos que corren, tumultuosos, arbitrarios, salvajemente inexplicables, la Nación se yergue siempre a pesar de los vaivenes, aún a costa de quienes son capaces de las peores injurias o de los más salvajes atropellos, la Patria existe muy a pesar de aquellos que la definen minúscula, representativa de las minorías, de intereses personales o de sector.
La Patria, la Nación de Evita, no nació en Los Toldos en el año 1919, mejor digamos que allí nació una estrella fugaz, perseverante, que le advirtió al mundo que Argentina, era mucho más que el país de los dueños de las vacas, era la Patria cultural multifacética, variopinta, inmigrante y aborigen, construida con el esfuerzo de una multitud, que se negaba a seguir siendo humillada. 

viernes, 8 de marzo de 2013

                    Ser Mujer


y vivir para contarlo
1908-2013




ALBERTO CARBONE
Profesor de Historia UBA
redactor UOM Sec. San Martin

El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres.

Simone de Beauvoir 1908-1986. Novelista e intelectual francesa


El Día Internacional de la Mujer, fue instaurado en el año 1975 por las Naciones Unidas y en la actualidad se conmemora en todo el mundo.
La fecha recuerda la toma de la empresa neoyorquina “Cotton”, en 1908 por las obreras de la fábrica textil, en demanda de mejores condiciones de trabajo.
El dueño de la empresa y un contingente de guardias armados incendiaron las instalaciones, donde perecieron carbonizadas ciento veintinueve (129) mujeres trabajadoras.

Más que nunca, la actualidad demuestra a los argentinos, que la historia contemporánea evoca a la mujer dentro de la lucha cotidiana y en la búsqueda de nuevos horizontes, trabajando cabeza a cabeza junto con el hombre.
La frase característica de la escritora francesa que destacamos en supra, ha pasado a ser la impronta de una época, aquella en la cual la femineidad era un estigma, una minusvalía de carácter congénito.
Muchos de los varones, que antes de ser docentes fuimos hermanos de mujeres, hijos, compañeros, sabemos muy bien que la valoración de género es sólo una gratificación a la belleza implícita en cada una de ellas, pero que la real significación está dada y permanece inalterable, como característica general en la mayoría, en la capacidad de trabajo, en su esfuerzo cotidiano de raíz transformadora y en la naturalidad de instalar ese encanto y sutil opinión en toda decisión importante.
La historia además, nos demuestra que la mujer está preparada para enfrentar las más duras pruebas y emprender los más arduos trabajos, pero también ha demostrado que el hombre ha aprendido que la mujer es su compañía en todas las realizaciones.
Ese impulso valiente y batallador, ha hecho avanzar a la sociedad en su conjunto, enriqueciendo con su aporte a la vida cotidiana al compartir decisiones y responsabilidades.
Mujeres que han sorprendido al mundo por su firme entereza y su elevada moral. Que han consolidado espacios femeninos en lugares reservados para hombres. Que han luchado tenazmente por cada una de sus reivindicaciones, preservando ante todo el principio de igualdad, sin hipocresías y con un enorme caudal de amor puesto en cada esfuerzo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

 
 
BATALLA de SALTA
Belgrano. El pintor de batallas
 Por Alberto Carbone
Hace 200 años se produjo la denominada Batalla de Salta. Como cada suceso acontecido, este hecho cobra relevancia histórica a través de la actitud de sus protagonistas y de las decisiones de los hombres de responsabilidad, que se hicieron cargo de sus acciones y de sus estrategias.
Manuel Belgrano, es el nombre propio, hacedor de aquella epopeya. Sobre
todo si tenemos en cuenta que tanto él como cada uno de los responsables
criollos a cargo de toda la experiencia bélica emancipadora, con excepción del Gral. San Martín, no estaban preparados técnicamente para conducirla.
El propio Manuel, narraría en sus memorias, respecto del sentimiento de improvisación que sentía al hacerse cargo de la máxima responsabilidad del ejército del Norte, sin siquiera saber cargar un fusil y haber probado puntería alguna vez.
Sin embargo, la altura moral de este hombre probará en más de una oportunidad la importancia que le cupo a su entereza y a su conducta en la hora de las más importantes decisiones.
La Batalla de Salta fue producto de lo sucedido casi un año antes, cuando Belgrano y su ejército pasaron por Tucumán, cumpliendo las órdenes de Buenos Aires, que les exigía el retorno. Allí, los tucumanos le solicitaron a Belgrano que no regresara al Río de la Plata, porque la provincia quedaría expuesta al avance realista.
Belgrano se quedó a luchar entonces y desobedeció a las autoridades porteñas.
Este acontecimiento, esta decisión, precipitó el gran triunfo patriota de Tucumán, la consolidación de Belgrano como gran líder patriota y la fuerza necesaria para atreverse a impedir que los españoles se quedaran con la provincia de Salta.
 
 
En el mes de enero de 1813, las huestes belgranianas avanzaron hacia Salta y una vez allí, asentados sobre el Río Pasaje, hoy denominado Juramento, sus soldados expresaron fidelidad a la Asamblea del año XIII y a la Bandera Azul y Blanca, con la que combatirían.
Del otro lado, frente a frente, estaba Pío Tristán con un ejército de miles de hombres. Gran conocedor de aquellos parajes, Tristán se creyó vencedor mucho antes de comenzar la batalla. Sobre una planicie despojada, calculada especialmente por don Manuel, sus soldados esperaron la llegada de los realistas. Se trataba de un emplazamiento muy cercano a la ciudad Capital de la provincia, que muy bien conocía un lugareño, de apellido Zaravia, en Salta muy común, quien acompañó al lugarteniente Eustóquio Díaz Vélez, mano derecha de Belgrano, para que con su regimiento de zambos y mulatos atacara por detrás a las filas enemigas. Al final, Pío Tristán, acorralado en las puertas de la ciudad, capituló.
Este triunfo marcó muy fuerte la figura del líder y la confianza de sus hombres. Miles de fusiles realistas pasaron a manos patriotas. España perdió más de cuatrocientas vidas, casi doscientos fueron heridos y más de dos mil quinientos hombres, sumada toda la oficialidad, como detenidos de guerra, cuestión que, como marcaba la costumbre de entonces, debían ser pasados por las armas.
Ante esta circunstancia, el Dr. Manuel Belgrano, el abogado devenido en militar, tomó una decisión muy personal que hoy sirve para caracterizar su templanza.
El general Belgrano dispuso que todos los hombres que juramentaran ante Dios no volver a tomar las armas contra el gobierno patrio, quedarían libres, podrían volver al Alto Perú y desde allí regresar a España.
Todos juraron respeto a las nuevas autoridades criollas que se habían levantado contra la Corona y fueron liberados.
Cierto es que algunos aducen que Belgrano y Pío Tristán se conocían de compartir juventud en España. Otros agregan que hasta habían estado enamorados de la misma mujer. Pero lo cierto y comprobable, es que aquellos españoles perdonados, fueron redimidos en Bolivia por el Obispo del Alto Perú, y posteriormente volvieron al combate contra los americanos.
Prueba final de este comentario es el desastre posterior en Vilcapugio y Ayohuma, las dos batallas que el ejército de Belgrano libraría en territorio boliviano.
Pero si hablamos de Salta, ¿usted podría preguntarse dónde estaba don Martín Miguel de Güemes?. El general salteño estaba en Buenos Aires, castigado por Belgrano al descubrir que vivía en concubinato con la mujer de otro oficial.
Esta estancia de Güemes en Buenos Aires, le permitiría al salteño conocer y trabar amistad con don José de San Martín, con quien posteriormente resolvería el dilema de la frontera norte del país conteniendo el avance enemigo, ayudando a la estrategia del “Padre de la Patria”.
Pero volviendo a la Batalla de Salta, podemos decir que definió por fin los límites de nuestro territorio nacional y dejó para la posteridad el reconocimiento de la moral y rectitud de un hombre que fue digno en la salud y en la enfermedad, y en cada una de las actividades en las cuales se desenvolvió y que injustamente, la historia argentina hasta ahora, sólo lo recordaba como el creador de la Bandera.
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domingo, 21 de octubre de 2012


…una cosa que empieza con “P”…

Alberto Carbone

Prof. Historia

Fac. Filosofía y Letras

UBA


 




 

 
Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción: pero desde hoy, sentiré un verdadero orgullo de argentino, porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la Patria. Hace dos años pedí confianza. Muchas veces me dijeron que ese pueblo a quien yo sacrificara mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien lo ayuda. Por eso, señores, quiero en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclarme en esta masa sudorosa, estrecharla profundamente en mi corazón, como lo podría hacer con mi madre... Juan D. Perón. Discurso del 17 de octubre de 1945. (Fragmento)

 

 

Muchas cosas han pasado desde aquel primigenio 17 de Octubre. Una fecha signada por las controversias, por las ambigüedades de algunos, por las aseveraciones de otros, pero que para propios y extraños marcara, sin dudas,  un hito en la historia nacional.

Porque indudablemente, nos parece fundamental reconocer en la génesis de aquel proceso multitudinario, el embrión de una etapa que nacía, un fuerte impulso innovador motorizado por las nuevas prácticas políticas, que se desenvolvían ante la mera contemplación de los sectores políticos tradicionales, vacuos actores de reparto, quienes ni siquiera atinaron a mostrar una nimia, insignificante reacción, como respuesta orgánica a aquellas actitudes, que muy poco tiempo después describirían como prácticas obscenas no exentas de pretensiones clientelísticas. Hoy ante el examen frio de lo acontecido durante aquella jornada, tal vez, podríamos decir, parafraseando a los más populares guiones cinematográficos: “los acontecimientos se precipitaron”, pero con el respeto que debemos a aquella fenomenal epopeya política y social, no podemos menos que preguntarnos sobre las causas que la vieron gestarse.

El “hombre del destino”, el gran “oidor”, el “líder”, el “coronel del pueblo”, Perón, en definitiva, ya era considerado por miles a través de diversos epítetos y en realidad era hasta ese momento, el secretario de Trabajo y Previsión de la Nación con rango de ministro, mentor de una precisa y singular estrategia, hija de un proyecto político personal, que desembocaría indudablemente en la consolidación de su figura, como gran emergente social.

Es que los pobres de esta tierra, eran considerados seres de vida desgraciada o de poca suerte para la ideología del liberalismo ortodoxo, o específicamente como los desposeídos del Sistema, para los grupos de izquierda. Bien caracterizados por unos y por otros, lo cierto es que ninguna de las dos ideologías lograba su cometido para con ellos; rechazarlos definitivamente, mancillándolos hasta la servidumbre moderna, los primeros, o incorporarlos en su seno como parte integrante de un proyecto mayor o de una estrategia de carácter integrador, los segundos. Para la oligarquía vacuna o rentista, el pobrerío no existía, era literalmente invisible. Para los incipientes sectores medios, los pobres eran considerados únicamente dignos de lástima, para los grupos políticos de izquierda, representaban a los grandes despojados del reparto de las utilidades de la Nación, víctimas de la Clase Alta, beneficiaria de las rentas agrícola, industrial y de los servicios financieros.

Pero sin embargo los pobres seguían allí, en medio de la jauría social, sin voz y sin representatividad.

La eclosión del fenómeno peronista es hija de aquella desigualdad congénita y Perón, con su acción directa sobre las modificaciones de las condiciones de vida de las grandes mayorías, se coronó como el gran justiciero, el genial hacedor de aquel “milagro” del que muchos aún aguardaban con esperanza.

Sin embargo, tuvieron que pasar varios días hasta que la gente manifestara su ansiedad en la calle. El “querido coronel del Pueblo” había sido trasladado a la Isla Martín García, privado de su libertad. El día 9 de octubre de madrugada, fue arrancado de su domicilio y conducido a la Isla, apartándolo de su mujer y de la ciudad de Buenos Aires. Nada extraño sucedió en los días sucesivos, hasta que el presidente Farrell se vio obligado por el ejército a eliminar la secretaría de Trabajo y Previsión, bajándola a su antiguo rango de dirección de Trabajo y a dejar sin efecto la totalidad de los Decretos impuestos por Perón para beneficio de los trabajadores. La novedad, se produjo entre el 12 y el 15 de octubre y rápidamente la Confederación General del Trabajo, convocó el 16 a un Paro General de actividades en todo el país para el día 18 de octubre.

Para sorpresa de propios y extraños, para asombro e incredulidad del mismo Perón, que el 17 de octubre regresaba a Buenos Aires como enfermo a ser internado en el Hospital Naval, gracias a la labor de su médico personal, el Dr. Mazza, la inmensa mayoría de los trabajadores del Conurbano Bonaerense se lanzaron a las calles, con rumbo a Plaza de Mayo y con un grito unificador contundente: “Queremos a Perón”.

Queremos a Perón fue la síntesis de todos los reclamos.

El obrero se había quedado sin aquellos beneficios sociales alcanzados desde la humilde Secretaría. Se había quedado sin el oído que atento escuchaba su lamento de sufrientes años, generación tras generación. Se había quedado sin la voz de quien le acercaba la palabra justa y necesaria para calmar su desdicha. En síntesis, se había quedado solo.

Cuando el ejército atisbó la imposibilidad de acallar semejante masa de miles de gritos unívocos, convocó a Perón a la Plaza. Pero par el “Líder”, se reclamo de sus camaradas tendría un alto precio. Desde su habitación del Hospital Naval forzó una negociación y obligó al generalato a que le asegure elecciones libres para el año entrante y le garantice la posibilidad de que él fuese candidato.

Así fue que se selló el “17 de Octubre” con un encuentro multitudinario en Plaza de Mayo entre el Líder y su Pueblo. La jornada terminó en paz, pero ese día, comenzó otra historia.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Agenda de la Historia Argentina


Los pasos perdidos

"En un mundo sin alma, no existen los pueblos, sino los mercados; no existe la persona, sino los consumidores; no existen las ciudades, sino las aglomeraciones."
Adolfo Pérez Esquivel (nacido en 1931), escultor y arquitecto argentino.

Por NICOLAS CARBONE

 

Cuando éramos niños, la plaza de mayo era aquél reducto en el que descansaban los sueños de nuestros antepasados, aquéllos que forjaron al país de las cenizas, y que nos ametrallaban con un dogmatismo obsoleto, anticuado; un deber ser de una patria otrora joven, que aunque la mujer de guardapolvo nos intentaba graficar, nosotros no llegábamos a entender del todo.

Fuimos creciendo, y la plaza de mayo era el lugar donde nos congregábamos a reivindicar a los jóvenes de la generación anterior, que también tuvieron sueños, y que las balas pagadas por el imperio destruyeron con una ráfaga con sabor a advertencia.

Ya mayores, la plaza siguió en su lugar. Ella no cambiaba, los que nos transfigurábamos, los que nos hundíamos en el neurotismo de la posmodernidad, éramos nosotros mismos. Y la plaza cada vez más lejana, mantenía los recuerdos esfumados de los gritos de los estudiantes, de los discursos de los trabajadores, y se convertía en un mito que se llevaba todo consigo, desde las patas en la fuente, las bombas que todo lo destruían, y la voluntad política de un pueblo en llamas. La plaza era, entonces, el lugar de descanso de los sueños de los hombres.

El tiempo, nosotros mismos, todo lo barre, lo vuelve niebla y lo condena a un reloj que parece tener mil agujas que giran  y giran en hipocondríaca inmadurez.

En estos días, la plaza volvió a sentir el peso de los zapatos de hombres y mujeres, pero la realidad nos recuerda a veces que no carece de un turbio sentido de ironía. Ese día, la plaza la habitaron los hijos y las hijas de aquél mismo posmodernismo que nos mira de frente y nos confirma que llegó para quedarse. No se trató de una voluntad política ni de una expresión de búsqueda del ser mejor que es obligación del hombre de bien. Ni siquiera se trató de un deseo de volver a tiempos anteriores aunque – se adivina- ése deseo existe y nos plantea un futuro de incertidumbre. No. El cybercacerolazo que los medios de la clase dominante enfocan como una revolución espontánea se presenta como la reacción del hombre derrotado que vomita su propia bronca junto con sus pulmones. Y como la historia tiende a repetirse – más aún, en los pueblos que suelen olvidarla ante el primer grito de “buenas noches, América” – resulta imposible no recordar otras movilizaciones que han acontecido, con o sin sentido partidario. Bienvenidos, entonces, a la cyberpolítica.

Ese día, el sentido común ganó nuevamente la pulseada. Si antes la vida era en sí misma un acto político y las ideas eran las balas de la batalla ideológica, hoy la pantalla se constituye como el nuevo arte de vivir, el nuevo núcleo por el que transcurre la vida misma. La posmodernidad que nos ha sumergido en el mundo de lo efímero nos dispara una nueva manera de vivir el ser, que asombraría – y asustaría – hasta al propio Orwell. Atrás quedaron las ideas, los planteos de cambio constructivos, todo arremolinado en una cybercultura que pone en primer plano lo vivido entre fotos repletas de comentarios vanos dejando afuera todo lo real. En el escenario de la vanidad más neurótica, quedan al desnudo las miserias más ocultas del ser humano, que sólo gusta de los espejos que le devuelven su propio reflejo. Todo se ha perdido. El debate, el conocimiento, el ejercicio del pensar. Todo ha sido consumido por el capitalismo salvaje y las opiniones vagas y vacías se han vuelto tan gratuitas como el aire. Y consumidos por la vorágine, todos nosotros. En nuestros días, la vida como la conocíamos ha dejado de existir. En su lugar, las fotos posando como dicta la moda, las pocas palabras mal escritas a propósito, la degradación de la cultura como valor per se. Y la política, perdida entre las marcas de una sociedad que vive sin pasado y sin futuro, y que apela a un presente sin historia mientras regala a sabiendas el porvenir de todos. Y los exponentes de ésa misma manera nueva de vivir, chambelanes del sentido común para el cual la propiedad privada es el único valor irrevocable, caminaron ayer desde los barrios más pudientes de la ciudad más reaccionaria. No importaba ni el ayer ni el después, siempre y cuando se mantuvieran los preceptos neoliberales que – aún en vista de sus consecuencias – siguen resultándoles dignos de reivindicar con la voz cada vez más alta. No había ni perspectiva histórica ni señal de futuro, sólo el deseo de retorno a un tiempo que – con el caprichoso oficio del recuerdo – les resulta mejor, aunque haya costado tantas vidas. Y por supuesto, reforzado por un doble discurso – mediático y no mediático – que lo condena (desde el mensaje políticamente correcto) desde el punto de vista represivo mientras omisivamente aprueba todo lo demás. Alguien declaró que esa exaltación de la individualidad de la Plaza lo hacía sentir orgulloso. Nada más certero, puesto que esa misma falta de conciencia es la única que puede catapultarlo a los primeros planos. Me es ineludible pensar en las marchas en apoyo a la revolución libertadora, los gritos clasemedistas clamando por Videla, las palabras de Sarmiento retomadas por Borges (hoy devenido prócer, nada menos) y el aluvión zoológico que los asqueaba. Las caras de esa PLaza, eran las mismas. Las mismas que junto al semi-ingeniero Blumberg se desgañitaban pidiendo por la cárcel para los niños de diez años.

Bienvenidos a la cyberideología, donde todos expresan opiniones vacías de contenido, fundamento y reflexión. Y de paso, pueden escribir con mayúsculas cuanto desearían que todos los no-caucásicos desaparecieran, como desaparecieron aquellos que pensaban en una sociedad mejor, hace ya tantas décadas. Y de nuevo, la farsa computarizada es el aliado más cómodo, que permite el rápido recorrido por las fuentes generadoras de la ideología repetida con la sencillez de apretar un botón que los inunde de falsa conciencia.

 

Bienvenidos, entonces, a la cybervida.

Bienvenidos a la cybermuerte.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Peronismo


El Retorno del general Perón

17 DE NOVIEMBRE DE 1972

 

VOLVER

 

Yo adivino el parpadeo de las voces
que a lo lejos van marcando mi retorno

Perón-Rucci-Abal Medina
 
 

                               Por Alberto Carbone


El general Onganía había fracasado estrepitosamente. Pretencioso, había estimado la eternidad para su mandato y aguantó sólo cuatro años en el cargo.

Los militares resolvieron convocar a Levingston para la transición democrática. No por casualidad. Un general opaco, mediocre, pero tan falto de sentido común como cualquier otro oficial de la época, efectuó una lectura equivocada de la realidad, creyéndose un legítimo salvador, capaz de intimidar a sus pares, con quienes se distanció, y de eclipsar a la clase política, apartando de un plumazo a los miembros del grupo que conformaba la “Hora de los Pueblos”. Al fin, otro escenario popular callejero, el posteriormente denominado “Viborazo”, último estertor del “Cordobazo”, movimiento que expulsara del Poder a Onganía, echó por tierra las veleidades de Levingston, de estadista genial.

En realidad había un hombre fuerte en la Fuerzas Armadas. El general Alejandro Agustín Lanusse, quien se decidió a asumir la presidencia. Dicen algunos que para que las cosas salgan bien las tiene que hacer uno mismo. Parece que don Alejandro Agustín lo advirtió y puso manos a la obra, el 26 de marzo de 1971.

Lanusse tenía una estrategia. Las anteriores, basadas en la proscripción del Peronismo, habían fracasado. Evidentemente, la “idea lanusseana” era instalar un civil en la Rosada con acuerdo peronista, pero un civil que no se apellidara Perón.

Mientras tanto, el propio Perón ampliaba su base de apoyo político entre los sectores medios y estudiantiles. La retirada decorosa del gobierno militar no cuajaba con la impresión que los jóvenes tenían de los uniformados.

El nuevo Presidente entonces, mucho más inteligente que sus predecesores, lanzó el Gran Acuerdo Nacional (GAN), promoviendo solapadamente que el Peronismo admitiera que el gran candidato de la unidad nacional fuese un civil no peronista o el propio general Lanusse. Como muestra de lo que suponía expresión de consenso, nombró a un radical como ministro del interior, el Dr. Arturo Mor Roig, quien comenzó a reunirse con el delegado personal de Perón, Jorge Daniel Paladino.

Para Lanusse, el pacto con Perón sería efectivo. Durante meses se mantuvieron reuniones secretas, en la que participaban también el embajador argentino en España brigadier Jorge Rojas Silveira y el coronel Cornicelli. Mientras tanto Lanusse restituyó al Líder el grado militar, los sueldos adeudados y cerró las causas judiciales abiertas desde el año 1955.

En el mes de febrero de 1972, Perón expuso una nueva tesis titulada “La única verdad es la realidad”, reclamando el llamado urgente a elecciones para comenzar a reconstruir el país, que describía como en ruinas. Propuso la inmediata reducción impositiva, la promoción del crédito, la protección urgente de la industria nacional, la elevación del salario. Advirtió que las Fuerzas Armadas estaban acorraladas y que la intención de proscribirlo como candidato sería inútil.

Casi inmediatamente tomó la iniciativa respondiendo con dos decisiones. Primero reemplazó a Paladino por Cámpora como delegado personal, con la seguridad de que el viejo dentista don Héctor, antiguo militante y diputado de la primera época, cambiaría este favor con lealtad absoluta, Esa cualidad de la que el líder dudaba de Paladino y segundo eligió a Julián Licastro y a Rodolfo Galimberti como delegados de la juventud, sector social cada vez más amplio y militante dentro de la esfera partidaria.

Comenzaría una época de fusión juvenil, de integraciones y distanciamientos, que reservaremos para analizar en otro momento puntualmente y que su desarrollo motivara altibajos en la relación entre esos muchachos y su viejo líder, divergencias de diversa índole de las que ambos protagonistas son responsables por acción y por omisión. Pero digamos que a partir de ese entonces se fueron gestando distintos sectores juveniles con variadas intencionalidades, que al parecer el propio Perón dejó fluir en la certeza personal de que una vez en el gobierno podría disciplinarlas.

Para mediados del año 1972, Perón declaró a la prensa el hostigamiento del gobierno de facto, que le proponía que no fuese candidato y hasta divulgó la intención de ofrecerle dinero para que se autoexcluya de la contienda electoral. Tenía cintas grabadas de cada conversación. La situación dio un vuelco, Lanusse lanzó su ofensiva abierta y descarada contra el viejo líder, primero se autoexcluyó como candidato él mismo y segundo anunció que a partir del 25 de agosto de 1972, cualquier candidato a Presidente de la República debería fijar residencia en nuestro país. Como por otra parte presumía que el viejo caudillo, tanto tiempo exiliado, aún en el triunfo no sería capaz de acumular una diferencia amplia de votos, estableció que para ganar, el primero debería poseer más del cincuenta por ciento de los votos legítimamente emitidos o de lo contrario someterse a una segunda vuelta electoral. Procedimiento nuevo en Argentina y especialmente dirigido a problematizar el triunfo Peronista en caso de acontecer.

Por supuesto que Perón rechazó de plano esta nueva instancia de la que se burló con sorna.

Lanusse continuó con su metodología de golpear antes y propuso ante los medios de difusión la oferta de enviarle un pasaje de avión al líder para que llegue en tiempo y forma antes de la fecha prevista, advirtiendo que de no ser así quedaría plasmado en forma incontrastable que a Perón no le daba el cuero para volver.

La situación estaba cambiando rápidamente. El gobierno de facto se mostraba incapaz de enfrentar a los grupos guerrilleros que paulatinamente ganaban en confianza a través de distintos operativos. El ERP secuestraba empresarios y los Montoneros y las FAP arreciaban contra la oficialidad del Ejército. Un grupo de detenidos de ambas Organizaciones en el Penal de la ciudad de Rawson, tomaron las instalaciones y se fugaron más de veinte guerrilleros. Una mala sincronización entre ellos y los que ayudaban fuera del penal, impidió que todos llegaran juntos al Aeropuerto local y el avión preparado para la fuga partió con sólo seis personas hacia Chile. Los diecinueve que se apostaron en el edificio pactaron su entrega a través de los medios de prensa y con la palabra del juez especialmente citado para ese convenio.

Posteriormente, la investigación de los hechos demostró que todos los detenidos recuperados fueron pasados por las armas, sólo sobrevivieron tres, quienes informaron minuciosamente sus vivencias a una sociedad profundamente indignada por lo sucedido.

El Partido Justicialista cedió un local para velar a tres de los ajusticiados, pero las fuerzas del gobierno reprimieron salvajemente en el lugar, procediendo al secuestro de los cadáveres.

Perón decidió finalmente retornar al país como prenda de Paz, con fecha 17 de noviembre, promoviendo un Programa consensuado con la CGT y la CGE denominado de Reconstrucción Nacional. Formación del Consejo Económico y Social y la libertad de los presos políticos y gremiales.

Aquel 17 de noviembre, el gobierno de Lanusse cerró todos los caminos que conducían al Aeropuerto de Ezeiza, con más de treinta y cinco mil efectivos, tanques y camiones del Ejército.

La militancia Peronista de cuño gremial y juvenil decidió enfrentar aquellas barreras humanas. Un día frío y de lluvia, que sin embargo estuvo engalanado por la voluntad de miles que avanzaron con tenacidad sobre la imposición y la negativa.

Perón fue alojado en el Hotel del Aeropuerto Internacional, pero destrabó ese entorno gracias a la presión de la gente alrededor del edificio. Ya en su casa de la calle Gaspar Campos, advirtió el temor del Ejército hacia su persona, cuando inmediatamente de su llegada se apoltronaron allí los tanques y los miles de guardias con carros de asalto.

Perón permaneció en el país casi un mes. Todos los días miles de peronistas llegaban a Vicente López a expresarle su cariño.

Otra etapa política y social de ribetes insospechados estaba comenzando en la Argentina. Una historia llena de claros y oscuros se abriría en el futuro de la Patria.

Perón, ese líder místico, y casi profético, el “esperado”, había retornado. Una inmensa masa anónima, reflejaba su felicidad con lágrimas, esas mismas que habían vertido más de una vez, ante la pérdida de tantos militantes que habían entregado su vida por esa Causa. Perón había vuelto para apagar las llamas de una Nación, que lo había estado esperando como al Gran Hacedor, para componer definitivamente las amarguras de un pasado oprobioso.

La Patria de Perón era la Patria Redentora. Ese Milagro de carne y hueso que el tiempo y los hechos posteriores se encargarían de demostrar su exactitud.