miércoles, 30 de noviembre de 2022

 

 Bastardos sin Gloria




por Alberto Carbone

El concepto 'bastardo' está relacionado directamente en nuestro país y en el mundo, con un comportamiento social específico: la  discriminación.

Dicha nomenclatura se identifica con una categoría que remite al proceso de estigmatización del otro.

De ese modo, podríamos configurarla como una característica de índole social que se precipita sobre el ser humano del que se trate y lo determina acreditándole una mácula, una afrenta, una particularidad irredimible frente a los demás.

La voz deriva del antiguo germánico “bansti”, lugar de acopio de granos. Con lo cual, el concepto “hijo bastardo”, tomaría referencia de aquel ser humano concebido fuera del ámbito íntimo, externo al hogar.

 

En la Argentina, constituida a mediados del Siglo XIX procurando la intención de servir al mercado externo a partir de su producción de agricultura y ganadería, la incorporación de la actividad fabril urbana con la que se generó la diversificación económica durante el primer tercio del Siglo XX, fue tolerada a regañadientes por los sectores de mayor poder económico, obligados como estaban en capear el temporal económico devenido de la crisis internacional.

Consecuentemente, el Peronismo, que heredó aquella metodología que en su origen se instrumentó con fines paliativos, se transformó en el último adalid por la defensa de la actividad de la industria nacional y proveyó al país, a partir de su administración, de un período indeseado para la historia oficial y para sus herederos. Porque a través de esa impronta, los trabajadores urbanos comenzaron a acumular en torno de sí los Derechos Sociales que la Elite socioeconómica no había pretendido jamás incluir dentro de los beneficios de las clases subalternas urbanas.

Por esa razón, “los trabajadores nuevos”, así definidos a comienzos de la actual centuria por los historiadores Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, se fueron configurando como auténticos “bastardos” dentro del razonamiento de aquellos signatarios del Poder Real y autodefinidos como dignos representantes de la “alta sociedad argentina”, que amparados por su alcurnia, se presintieron desde la consolidación de su liderazgo de mediados de Siglo XIX, como poseedores de finos rasgos de armónica integridad y como los seres elegidos y celosamente objetivados en convertir a “su Nación”, a la que habían creado a “imagen y semejanza”, en el fenomenal epicentro inmaculado de producción de alimentos. En el granero del mundo in saecula saeculorum.

No por otra razón, más que por la de prefigurarse como proveedores internacionales exclusivos de commoditys, la alta sociedad de nuestro país quedó resentida después de la instalación de aquellos inevitables núcleos fabriles urbanos.

Podríamos decir que hasta con un cierto sinsabor, exteriorizando un dejo de culpabilidad, aquel exclusivo grupo de la sociedad argentina, sintiose responsable, en cierta manera, por haber contribuido como precoz gerenciadora a concebir tanto “hijo bastardo”.

Consecuentemente, y a pesar del paso del tiempo y de las generaciones, emana todavía en la actualidad, desde el interior de su inmaculada prosapia, desde lo más profundo de su sentido ideológico, la obligación imperiosa, el esfuerzo permanente, por solucionar de cuajo semejante dilema.

 

Tiempos Violentos




 

La famosa crisis económica mundial del año 1929 en Wall Street se extendió por sobre todo el mundo y abarcó graves consecuencias políticas y sociales.

Después de la “Gran Guerra” sucedida entre 1914 y 1918, los continentes se adaptaron a vivir acompañando y resignándose al espléndido y singular empuje que desplegaba la joven Nación Norteamericana.

La ciudad de Nueva York se fue convirtiendo en pocos años, en la gran metrópoli del mundo. La gran Capital de la innovación y de la modernidad.

Todos los ojos miraban hacia su magnificencia y destello.

Pero en Octubre de 1929 se produjo una situación inesperada e inédita.

Una gran corrida bursátil, imprevisible y desprevenida, desbarató el normal desenvolvimiento de los negocios de la City.

Las acciones de las grandes empresas constructoras, artífices principales de aquel fenomenal despegue económico, se derrumbaron y más de cien mil obreros perdieron sus puestos de trabajo en solamente tres días.

Una catástrofe incalculable, estructural, incauta, cándida e insospechada.

A los inversionistas se les rebeló una tragedia de insondables magnitudes.

Atónitos, desesperados, tuvieron que admitir una acuciante realidad, inédita, procaz, descabellada.

La economía yanqui, que había evidenciado síntomas férreos de lozanía, de robustez de altanería, se delataba ante el mundo como establecida sobre cimientos de barro.

Sus ideólogos, artífices, constructores, se suicidaban.

Entre el 24 y 29 de octubre de ese desgraciado año, el colapso fue total.

Los más grandes economistas que había vaticinado un crecimiento implacable de las acciones por tiempo indeterminado, observaron de repente que sus predicciones desbarrancaban.

La realidad se desplomó y su caída precipitada pulverizó definitivamente toda esperanza profética.

Los inmolados fueron incontables, las pérdidas calamitosas, los anhelos de recuperación inciertos.

En ese contexto, con la economía desangrada y con el comercio exterior desaparecido, las sociedades de todo el mundo tuvieron que hacer gala de la improvisación y sagacidad, recurriendo a mejores ideas pasibles de capear el temporal, para que sus respectivas economías no palidecieran condenadas a una muerte segura ante la decrepitud de la política de intercambio internacional, que se evidenciaba como definitivamente muerta, desaparecida, irrecuperable.

 

 

El “Plan de Acción”







General Felix Uriburu

La Elite porteña gobernaba el país con el acuerdo tácito de las oligarquías provinciales. El general Agustín P. Justo, sucesor del golpista Félix Uriburu, había encontrado un recurso óptimo para gobernar abarcado por la Carta Magna.

A partir del año 1932 dio inicio su propio gobierno constitucional, con el voto popular, libre y obligatorio, según la Ley Sáenz Peña de 1912, pero imponiendo la abstención de la UCR, la original, la que ya no existe, para evitar alguna tentación de sufragar al populismo de aquel entonces.






General Agustín P. Justo


El ministro de Economía del gobierno era el Dr. Federico Pinedo. Hombre sagaz, astuto, visionario, quien observó la realidad emergida producto de la crisis mundial. Se había retraído el comercio exterior y desarticulado de la faz de la Tierra la actividad generada producto del intercambio internacional, tanto por las exportaciones como por las importaciones.

Aquella parálisis económica se sucedía por años y redundaba en una pérdida cuantiosa de dinero para los exportadores de commoditys, evidenciando la destrucción definitiva del incipiente mercado interno de consumo de importaciones.

Ante esta circunstancia, el ministro no demoró la decisión y propugnó porque los líderes productores rurales más conspicuos, sus pares, pertenecientes a la aristocracia nacional, promovieran la generación de talleres dentro de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, facilitando la producción de aquellos artículos de consumo que hasta entonces proveía la importación.

Aquella decisión de denominó “Proceso de Sustitución de Importaciones”.

   Federico Pinedo

Los Perros de la Calle

La hipótesis de una vida mejor para los sectores más humildes de las provincias argentinas, o la posibilidad de inocular por lo menos un proyecto con miras de mayor augurio y renovado porvenir para las futuras generaciones de provincianos, se generalizó en el pensamiento de la gente poco a poco, hasta que se transformó en conducta, en horizonte de vida.

Debido a ello, las familias del interior del país procedieron a instalarse gradualmente dentro de los trenes con dirección a Buenos Aires. Una vez en la gran ciudad, se fueron asentando donde podían, se rebuscaban su cotidianeidad como mejor les salía, y paralelamente, los hombres se aventuraron a solicitar trabajo en las incipientes empresas pequeñas y medianas que pululaban alrededor de la gran metrópoli.

Es cierto, en las afueras de la Capital Federal, el cordón que aún bordea la urbe se fue tiñendo con el color de la pobreza.

La gente se fue acomodando en los pequeños espacios que lograba conseguir. Como podía edificaba su casa, acopiaba los bastimentos mínimos o incompletos y día tras día, iba aprendiendo a sobrevivir con poco, con lo justo y limitado, que generalmente y en la mayoría de los casos no alcanzaba a ser lo necesario.

Aquel peón rural, desposeído, sin capacitación intelectual ni técnica de ningún tipo, se radicó en Buenos Aires junto con su prole y se transformó en un obrero urbano.

El Gran Buenos Aires se expandió al compás del asentamiento de un sinnúmero de  barrios humildes exentos de los más elementales servicios sanitarios. Pero fruto de aquel corolario, la naciente burguesía industrial urbana se agenció de la insustituible mano de obra dócil, económicamente suficiente y necesaria como para reemplazar con hechura nacional aquellos artículos importados que la tragedia económica mundial había eclipsado.

Durante toda la denominada “Década Infame” la evolución productiva fabril e industrial se desarrolló sin tropiezos ni anomalías. El mismísimo Federico Pinedo fue el encargado de aclarar que el viejo y remanido proceso de producción agrícola y  ganadero se recuperaría cuando la enorme maquinaria del Capitalismo mundial se restableciera. Para ese entonces, todo volvería a la normalidad y los recientes emigrados retornarían a sus lugares de origen para recuperar sus magras y famélicas vidas, no tan distintas a las obtenidas en el Conurbano.

 

A Prueba de Muerte

 

En el año 1943 concluyó el segundo gobierno de la “Década Infame”.

El ex Presidente radical Torcuato de Alvear y el general ingeniero, también ex Presidente Agustín P. Justo, habían acordado el “Fraude Patriótico” para las elecciones de 1938, a través del cual el binomio Roberto Ortiz de la UCR y Ramón Castillo, representante de la Elite, se constituyó en la sucesión del general Justo en el afamado Sillón de Rivadavia.

Pero en 1943 a la Oligarquía nacional, le pareció ocurrente y necesario que el fuerte productor azucarero del Norte argentino Robustiano Patrón Costas se transformara en el futuro Presidente de la Nación.

El día 4 de junio de ese año, los coroneles confraternizaron y tomaron el Poder, desarticulando la cadena de mandos del Ejército y desoyendo al generalato.

La conocida historia, muchas veces narrada por los círculos peronistas como la Revolución del GOU modificó el rumbo ideológico y social en poco más de un año.

En el mes de noviembre de 1943, un desconocido coronel llamado Juan Domingo Perón, se hizo cargo del tradicional Departamento Nacional del Trabajo, elevándolo a rango de ministerio con la denominación de Secretaría de Trabajo y Previsión de la Nación. Desde allí desplegó una tarea de contacto directo con la gente, promovió Decretos de mejoras sociales e inauguró una política de acercamiento, control y seguimiento de las políticas públicas, que lo indujo a promocionar la sindicalización de los trabajadores.

General Edelmiro J. Farrell

Nadie había advertido que ese joven oficial del Ejército comenzaba su propia carrera política. Veintitrés meses después, aquel ignoto coronel se transformaría en el argentino más conocido en el mundo.

¿Qué había sucedido?.

Lejos de las voluntades y aspiraciones de la Elite, que pretendía desandar el camino y retornar al modelo de explotación rural tradicional de nuestras pampas, Perón consolidó el status alcanzado por los sectores sociales relacionados con el trabajo urbano y convalidó aquella realidad instituida por la Clase Aristocrática en plena crisis económica mundial. Con su labor política constante y cotidiana de casi dos años, naturalizó el proceso de diversificación económica del país, validando, apoyando, robusteciendo, consolidando la situación sociopolítica de las PyMes y de su mano de obra.

Poco a poco se fue conformando un núcleo representante del desenvolvimiento industrial de las ciudades, que fluyó naturalmente junto con los sectores agrupados en la actividad sindical, legalmente organizados.

Este proceso provisto de una política de ampliación de Derechos sindicales y políticos no fue bien recibido por la Elite, porque privilegiaba otra idea para el país que hasta ese momento creía haber constituido para sus propios intereses.

Fue debido a ello que para octubre del año 1945 fue promovida la presión y el hostigamiento al gobierno militar con el objeto de que erradicara a ese maldito coronel de las decisiones de Poder Político.

Antes de mediados de ese mes las poderosas fuerzas de interés económico se precipitaron contra su humanidad, haciéndolo responsable del caos bullicioso y entusiasta de numerosos núcleos urbanos que manifestaban cotidianamente su conformidad por las decisiones del ignoto coronel.

De suyo entonces, impusieron al generalato que obligara al Presidente Edelmiro Julián Farrell a que solicitase la renuncia indeclinable de Juan Domingo Perón.

Fue así que el joven oficial de cincuenta años de edad presentó su renuncia indeclinable por motivos personales a través de la cadena radial, pero informando también a los radioescuchas que acababa de firmar un Decreto propiciando el Sueldo Anual Complementario, como despedida de su actividad política.

En vista de aquella inefable y astuta decisión, una muchedumbre se agolpó en las puertas del viejo Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires y obligó a Perón a improvisar su primer discurso a viva voz, subido a un cajón de madera, que lo elevaba por sobre las cabezas y a la vista de los presentes.

Una nueva historia, de la que hablamos en más de una oportunidad, comenzaría a partir de aquella tarde.

 

Matar a la Ley

 El Dia de la Lealtad


Lo sucesos posteriores son comparables a una epopeya, porque son fruto de un clamor popular contenido durante largo tiempo y descubierto por la actitud decidida y convincente de aquel oficial, que la gente denominó poco después como el “Coronel del Pueblo”.

Perón renunciaría pero sería arrestado y conducido por unos días a la Isla Martín García. El 17 de Octubre de 1945 fue trasladado al Hospital Militar. Mientras tanto y paralelamente, fue gestándose una pueblada callejera, una acción espontánea y multitudinaria que como corolario, desbarató las pretensiones de la Elite y del generalato.

Había nacido el Peronismo.

Aquellos trabajadores, hijos directos de una inesperada situación devenida de la crisis mundial, disposición que los manipuló y empujó a constituirse en obreros industriales en un país creado por otros intereses y para otros fines, recibieron de Perón un bautismo de consolidación, de autoafirmación, de valentía, amparados en la fuerza y la premura por instaurar su dignidad bajo el imperio de la Ley.

Hasta la aparición del entusiasta coronel, la masa informe y desorganizada, no presintió otra cosa más que la confirmación que los referenciaba como “hijos bastardos”. Retoños no deseados de la Elite tradicional, que habiendo influido en su gestación por la imperiosa necesidad de mano de obra fabril en plena crisis mundial, no pretendía otra cosa más que el retorno a la normalidad, la claudicación y el retroceso de la inercia industrialista, propugnando la desaparición inmediata de aquella actividad urbana.

Los obreros nuevos eran mal queridos, los bastardos, los que debían desaparecer al restablecerse el orden capitalista mundial.

Perón leyó aquella realidad de otra manera.

El coronel con alma de político, vislumbró una posibilidad, una alternativa eficiente que contemplara dignamente la nueva situación.

Una lectura de la realidad que la Oligarquía jamás perdonó y la consideró como una afrenta.

Por ello, una y otra vez intentó boicotear la administración Peronista y cada uno de los gobiernos populares posteriores, con el objetivo de recuperar la situación previa al año 1930. Retornar a la etapa exquisita y única signada por la época del Centenario.

Para los sectores del Poder Real, aquella realidad populista fue un calvario y una paradoja. Porque quienes debían morir eran dignificados por Perón.

General Juan D. Perón

La situación fue considerada inaudita, controversial, esquizofrénica.

Al comienzo de la debacle económica, de la etapa más crítica, los obreros fabriles fueron un mal necesario. Un sector social no deseado pero imprescindible para definir aquella circunstancia.

Pero aquella situación, imprevista, inesperada, fue evaluada como una coyuntura económica mundial de corto aliento, que si bien obligó involuntariamente a tergiversar los roles de cada economía nacional dentro del Capitalismo, consignó que una vez restablecida la normalidad, aquellas relaciones internacionales recuperarían su cauce.

Cada país estaba prescripto como responsable de una actividad específica. La Argentina estaba instituida como proveedora de materias primas al mercado externo.

De esa manera, el sector social que había gestado la Constitución de 1853, amparado exclusivamente en su rol agrícola y ganadero exportador, no pretendió jamás obreros industriales, nunca promocionó la actividad fabril. La Elite rentista no evaluó en ninguna etapa de su desenvolvimiento histórico, la posibilidad del fomento de la diversificación de la actividad económica.

Por ello, los mal queridos son también los indeseables, aquellos quienes no deberían haber existido y que todavía en la actualidad, están condenados a desaparecer, atentos al sentido común y al de viabilidad de la Elite, con el único interés de que aquel país que edificaron los poseedores de la riqueza, retorne a la normalidad, que solamente ellos bien saben entender.

Un deber ser definido como el paraíso terrenal de las minorías poseedoras del poder económico centralizado.

 El reino definitivo de unos pocos.

viernes, 7 de octubre de 2022

 

Con relación al 12 de Octubre.

Epílogo al libro “Alrededor del Ombligo”.

por Alberto Carbone

Uno de los interrogantes persistentes en América, que el transcurso del tiempo lo ha ido constituyendo en el epicentro del pensamiento con sensibilidad social, estuvo y aún está relacionado con una sola pregunta: ¿Qué hacemos con la gente que no es como uno?.

Para acceder a esa respuesta deberíamos pensar también:

¿Qué significa ser como uno?.

¿Por qué hay gente que es como uno y otra que no?.

¿En qué se basa la diferencia entre ellos y nosotros?.

Desde hace más de quinientos años, específicamente desde que los europeos iniciaron la invasión sobre los territorios que, sorpresivamente o no tanto, iban desvelando al compás de su atípica expansión, los antiguos habitantes de aquellas nuevas locaciones fueron ignorados, alejados de toda competencia o derecho, erradicados de sus propias decisiones.

Sin embargo, aquellos inservibles e inadaptados, tal como los consideraban, fueron sarcásticamente reservados para una sola actividad.

Una única prebenda que en forma premeditada comenzaría a desgranarse y que paradójicamente los iría acreditando y conceptualizando como seres útiles, al valorarlos exclusivamente con relación a los intereses efectivos y concretos de los depositarios y ejecutores de la nueva realidad en los territorios usurpados.

La voluntad de los afortunados y recientes adquirientes de todo un continente, grande como inesperado, se iba imponiendo.

Nos referimos a la comodidad de haber encontrado una cantidad ingente de mano de obra para todo servicio, destinada únicamente a la resolución de los requerimientos cotidianos de los invasores.

Gente de pueblo sencillamente sometida y gozada, que se constituyó en la porción significativa de algún séquito propio o hasta en el típico harén de algún mandamás.

Una cohorte personal que de manera elocuente y dignificadora, se destinaba a congratular a quienes se autopercibían desde las antípodas de su origen, con el derecho y el deber de pisotear las costumbres ancestrales de la novísima región, destruyendo a todos aquellos que se animaran a envalentonarse contra el statu quo promoviendo resistencia.

 Era la ley del más fuerte y del más apto.

Se procedía de acuerdo con una evaluación necesaria, urgente y justificadora de las acciones, consolidando las características típicas de quienes poseían el derecho de mando.

Así se fue redescubriendo e insertando en el trato para con los indios del nuevo continente, el mismo axioma que se había utilizado para con los esclavos del mundo antiguo.

 La esmerilada y sempiterna conducta de tiempos inmemoriales, a través de la cual a los sectores sociales considerados inferiores se les reconocía su condición de existencia si demostraban como único sentido de sus vidas una vocación de permanente trabajo servil.

La otra impostura promovida contra los naturales devenida de la anterior, fue la política de imposición como regla, como conducta y como dogma. Sucedía que si los indígenas no acataban voluntariamente la actitud de servicio que se les exigía coercitivamente y como única opción, su negativa los conminaba a luchar hasta morir por sus convicciones.

Aquel proceder del conquistador configuraba una actitud propia del privilegiado, que llevaba consigo siempre y a todos lados su destino manifiesto naturalizado y garantizado además en las páginas de su Libro Sagrado.

Aldeas íntegras fueron sometidas. Familias desmembradas.

Pueblos completamente desposeídos. Culturas arrasadas.

Pero además, aquella voluntad del Señor y la de los señores, no se hizo efectiva exponiendo en grado sumo la seguridad de los peninsulares.

Los europeos aprendieron a proteger sus vidas y haciendas.

El proceso expansivo fue consumado por medio y a través de la sangre indígena, promoviendo encuentros bélicos entre pares, entre aldeanos de culturas similares, guerreando ellos con el objetivo de alcanzar particulares deseos exógenos.

En Centroamérica aquella circunstancia se vivenció más claramente, la numerosa población aborigen lo posibilitó sin desearlo y no pudo impedirlo, el sistema de servidumbre se fue expandiendo hacia los cuatro puntos cardinales.

La peregrina preocupación y permanente tarea de los ocupantes invasores basada en la lucha del hombre contra el hombre habían rendido sus frutos.

La tierra, el agua, los cultivos, el oro, la plata, las construcciones, dejaron de ser el centro de irradiación del valor de una cultura milenaria, para transformarse en bienes de Capital de los colonos conquistadores.

El paradigma de la controvertida organización humana de aquellos seres domésticos con algunas reminiscencias de vocación humanitaria, justificadas en la cooperación entre aldeas a través del consenso de algunas y el sometimiento de otras, fue domesticado y pasó a ser escrito por los vencedores.

El sistema de cooptación y de cooperación peruano, por ejemplo, que fuera repentinamente abortado después del descabezamiento del Inca, indujo a que el pueblo extravíe la naturaleza del compromiso de solidaridad entre las comarcas.

El acuerdo de interacción que garantizaba una armonía tutelar desapareció.

 La razón de existencia del incanato se fue diluyendo ante el predicamento de la lógica hispana.

El Tawantinsuyo fue herido de muerte y sus poblaciones destinadas a la servidumbre del nuevo régimen.

En México se padeció un desmembramiento y una desvalorización similares, proceso cimentado en la demolición y demonización de las culturas milenarias.

Aquel axioma invasor se extendió sin importar el nombre de quien lo dirigiera.

Los centros de irradiación sociocultural amerindia fueron pulverizados hasta un nivel tan bajo que la historia no pudo reconstruir eficientemente la evolución de los pueblos originarios.

 

El Cono Sur americano en cambio, adquirió una impronta diferente.

 No existieron allí las grandes civilizaciones andinas de elevada raigambre cultural forjadoras de sociedades multifacéticas.

Para el momento en que se produjo el arribo español no se habían consolidado aún las comunidades locales sobre la base de una legalidad consuetudinaria que garantizara el orden, la armonía y hasta el equilibrio cósmico.

No había tampoco estrafalarias ornamentaciones de minerales codiciados, o auténticas fortunas tesaurizadas con formatos y relieves asombrosos.

Sin embargo, los recién llegados fueron tropezando con núcleos de organización social dentro de las poblaciones que iban frecuentando con algunos colectivos más estructurados que otros, aunque de menores proporciones que los del área andina y muy minoritarios en relación con su volumen poblacional.

Pero lo que palmariamente descubrieron los europeos desde el Sur de la actual  Bolivia hasta el Estrecho de Magallanes, fue un desmesurado, un desproporcionado territorio.

Un hallazgo que significó una diferencia con relación a todo lo observado anteriormente.

Fue aquella enorme vastedad, que en su mayoría se conjeturó como vacía, la que resultaría posteriormente muy provechosa para la explotación de la agricultura y la ganadería.

La aventura hacia el Cono Sur americano se inició desde la ciudad de Lima y persiguió los mismos afanes confiscatorios de cualquier otro grupo de europeos llegado al nuevo continente.

Al inicio de la experiencia sureña, la caravana de hombres y animales se involucró con el esfuerzo del peregrinaje sin acusar excesivos altercados.

Lo más dificultoso del proceso se puso en evidencia tiempo después de haber comenzado la marcha desde los llanos de Iquique.

El punto de inflexión surgió en la mitad del recorrido llegando a orillas del Biobío. La estrategia de articulación territorial expansionista hizo eclosión en el centro de Chile.

Un sitial significativo que albergaba una novedad inesperada.

 Lo que hasta ese momento había aparecido para el europeo como una vibrante oportunidad se fue transformando sucesivamente en un proceso temible.

Empezaba a ocurrir la multiplicación de los “salvajes”.

Los invisibles emergían ante la vista de los recién llegados.

Más de cien años padeció el conquistador rebuscando aquel remanido objetivo. Alcanzar a fuerza de arcabuz la desaparición efectiva del indio.

Todo aquel inmenso territorio, de un lado y del otro de la Cordillera, justificaba la presencia española en el nuevo mundo por la pretensión de obtener la cima de la gloria a través de la posesión de extensas regiones.

 Recónditos lugares que aguardaban para vindicarse legalmente su basamento en títulos de propiedad.

Extensas heredades que en soledad, encanto y desasosiego, reclamaban por un poseedor que se dignara a establecerse para hacer prosperar tremenda riqueza.

Pero, ¿ y la gente?.

¿Alguien se preguntó por aquella gente que ocupaba ese lugar?.

La América del extremo Sur fue naturalizada por los conquistadores que habían conocido la muchedumbre y la organización sociopolítica andina, como un continente vacío. No había palacios, ni centros ceremoniales, ni ciudades pujantes en pleno bullicio y ocupaciones heterogéneas.

Sin embargo, la vida transcurría alrededor de otros valores, distintas actividades primordiales, otras preeminencias.

Aquella circunstancia trascendente resultaría apropiada y eficaz para comprender el corpus ideológico de lo que posteriormente se consolidaría con el pomposo nombre de Organización Nacional.

La Argentina configuraría en la historia de América un ejemplo arquetípico.

Los conquistadores españoles homologaron la palabra riqueza con la frase posesión de heredad. Se repartieron territorio sobre la base de títulos calificados como  Suertes de Tierra.

Esos documentos nominativos fueron distribuidos por los jefes militares y por los funcionarios regios. Sus adjudicatarios, quienes los acumularon e incrementaron, los extendieron como beneficio hereditario a sus descendientes.

El transcurso del tiempo instaló en el territorio a cientos de familias con suficiente capacidad y respaldo de índole económico, como para constituirse en el centro de atención político.

Como portadores de apellidos prestigiosos, se erigieron con facultad de opinión sobre los asuntos de Estado.

A partir de entonces se fue estableciendo una nueva tipificación social. Un patriciado sin títulos nobiliarios caracterizado por la dotación de riqueza sobre la base de la producción de la tierra.

Un  sector social que podríamos denominar como la aristocracia del dinero.

A través de aquel criterio fue conformándose la Organización de la Nación.

Un grupo de decenas de apellidos constituyeron la base fundacional del país, cuyo territorio, su heredad, les pertenecía en carácter de propiedad privada.

El reparto y la administración de la posesión de la tierra constituyeron dos actividades que se instalaron al resguardo de sus titulares los siglos subsiguientes.

Los herederos de los conquistadores, sus descendientes, sus parientes más cercanos, las nuevas familias establecidas en derredor de aquella fortuna basada en la territorialidad, asentaron el cariz fundacional de la Nación.

Trescientos años después del establecimiento europeo en América, los acreedores de apellidos ilustres, auto referenciados como auténticos padres epónimos, decidieron dar por concluidas sus luchas intestinas estimando que perpetuarlas acabarían por atomizar el poder político e inducirían a una probable fragmentación de las regiones en sectores de interés disímil perjudicando sus intereses políticos y económicos.

Entonces optaron por el acuerdo y por las bases programáticas.

Pocos años después de celebrar la independencia del continente y consolidados los grupos criollos en el gobierno del país, los líderes de las nuevas sociedades reglamentaron su mandato, amparándose en la elaboración de una Constitución Nacional.

Cada Nación celebró su Carta Magna como un símbolo fundacional y de acuerdo con sus particularidades.

La Argentina, por ejemplo, evaluó las propias reconociendo el valor intrínseco de sus vastas extensiones de territorio y consignando su escases poblacional.

La Constitución Nacional de mitad del Siglo XIX, organizó el territorio como Estado Federal conformado sobre la base de provincias autónomas. Tres Poderes reglamentaron el orden, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Los miembros de la elite propietaria, las familias latifundistas, se adecuaron a esos tres cuerpos legales.

Pocos años después de haberse promulgado la Ley Fundamental, el gobierno dictaminó ampliar los límites territoriales del Estado Nación, iniciando una lucha de competencia por la posesión contra el aborigen.

La campaña al Desierto, ordenada en el gobierno de Nicolás Avellaneda en 1879, desalojó, asesinó, esclavizó y neutralizó las culturas amerindias, distribuyendo los territorios enajenados entre las familias que ya eran poseedoras de innumerables vastedades y repartiéndose a los indios que quedaron vivos como objetos de uso.

Esas regiones contribuyeron a ampliar la superficie cultivada y de explotación ganadera, el procedimiento por excelencia adoptado por la elite latifundista, actividad conocida con el nombre de expansión de la frontera agrícola, que se dedicó a incrementar la producción para ofrecerla al mercado externo.

El recurso económico de la tierra se consolidó desde entonces como el instrumento indispensable para equilibrar la balanza de pagos y el nivel general de la política económica nacional.

El país se dividió en dos grupos bien definidos con intereses contrapuestos.

 Un sector poseedor e instrumentador de las decisiones de política económica y social más importantes de la Nación y otro ligado al trabajo e instalado durante los primeros años en el campo, con carácter de brasero, campesino agrícola y posteriormente, al compás de la inversión urbana en la industria fabril, como trabajador asalariado de las incipientes industrias.

Ambas inversiones productivas, la rural y la urbana, se fueron estableciendo al amparo del capital destinado para su evolución, dinero invertido en los dos casos por la elite, el sector de contralor de los resortes económicos y de las decisiones políticas.

El incremento de la producción agrícola se precipitó y fue en ascenso continuo, posteriormente los excedentes devengados de aquella actividad se fueron volcando en forma paulatina en la generación de la industria fabril urbana, sobre todo durante las épocas en que el mercado externo se mostraba sufriente, alicaído, clausurado, producto de algún colapso significativo, tal como sucediera efectivamente con las dos guerras mundiales y con la caída de Wall Street.

Con el mercado mundial en retroceso, el rol del Estado se interpuso a la debacle e insufló de Capitales el sistema productivo, configurando el rol de máximo influyente sobre las inversiones locales para sostener con vida al mercado interno.

Ese fue el origen del Proceso de Sustitución de Importaciones.

Durante aquel ciclo histórico, que se inició en la década de 1930, se fue estructurando la impronta actual de la economía argentina de carácter diversificado.

Aquella característica diversa relativa a la inversión productiva, jamás fue del agrado de la elite agropecuaria, quien hubiera preferido mantenerse ajena al proceso industrial urbano en razón de que los beneficios percibidos por el agro, debido a la demanda constante del mercado externo, cubrían con creces sus expectativas de crecimiento patrimonial.

No debemos olvidar que la Argentina poseía y aún mantiene ventajas comparativas con relación al resto del mundo en función de la superficie sembrada y el rendimiento de lo producido.

Aconteció que debido al colapso del flujo de intercambio económico mundial, los mentores del proceso económico nacional se vieron obligados a ser creativos y a recurrir a sustituir por producción nacional aquellos artículos que no ingresaban a través de la importación. Esa circunstancia generó la demanda de mano de obra fabril de carácter urbano y potenció el surgimiento de las pequeñas y medianas empresas.

          El proceso de diversificación de la economía que experimentó la Argentina no fue voluntario ni deseado. Ni por los productores locales, ni por los interesados inversionistas extranjeros.

Por comparación con el resto del continente, deberíamos tener presente que la base de la economía de los cuarenta países de América Latina y el Caribe se fue consolidando a través de los años por el proceso monocultivador. Un modelo de crecimiento estrechamente ligado a los intereses de las políticas de los Estados centrales, que cimentan su equilibrio económico y productivo, recurriendo a los países  periféricos con demandas de algún recurso extractivo necesario para su propio desarrollo.

Aún en la actualidad, son solamente tres los únicos países del área latinoamericana que poseen su economía diversificada, México, Brasil y Argentina, el resto del Continente se caracteriza por la especialización.

La población autóctona, mientras tanto, fue sobreviviendo dentro de los márgenes que le permitió una realidad económica y social que absolutamente no hubiese elegido y que palmariamente no hubiera esperado vivir.

Así, actualmente sucede que los pobres de la tierra constituyen en  la aún joven América una significativa paradoja.

Por antonomasia, por derecho consuetudinario, por evidente relación directa con su lugar de origen, son los aborígenes de la región quienes deberían imponer razones suficientes para que se los valore como naturales poseedores del territorio que habitan y habitaron desde tiempos inmemoriales.

Sin embargo, aquella construcción racional fue mutilada, abolida y defenestrada  por quienes sucedieron a los primeros colonizadores europeos y por los que continuaron con aquella premisa fundacional.

 Después de algo más de quinientos años, quienes deberían ser legítimos herederos de la tierra y dueños del derecho a decidir qué hacer sobre ella, son empobrecidos, desgastados culturalmente, desnaturalizados y permanecen con escaso o ningún derecho a seguir subsistiendo.

Una circunstancia que como expresáramos, se ha consolidado como un hecho paradojal.

Porque las repúblicas modernas instauradas en el territorio aborigen americano, son hijas legítimas de la Nación que les diera vida pero esa nacionalidad fue en verdad estructurada a través del entendimiento entre las familias propietarias, herederas de los conquistadores y de los posteriores inmigrantes europeos, quienes arrebataron por medio de la violencia, la devastación, el ultraje y el genocidio, el territorio ancestral a las comunidades autóctonas del nuevo mundo.

Comunidades nativas originarias para quienes la tierra posee aún hoy un significado preponderante en sus costumbres y creencias.

Los actuales Estados nacionales, se apoderaron de los remotos territorios y los consignaron y definieron como tierra fiscal. Andando el tiempo los fueron liquidando o traspasando por venta al mejor postor.

De tal manera que beneficiaron económicamente con aquella tierra enajenada a los sucesivos herederos peninsulares y a algunos inmigrantes que se fueron estableciendo con dinero suficiente.

Mientras tanto, para los aborígenes, no admitieron legitimidad de derecho.

Los constitucionalistas más garantistas continúan reclamando modificaciones de sus preceptos y valoraciones en las Cartas Magnas de cada Nación americana, una imperiosa necesidad de incluir en el articulado un reconocimiento al derecho de posesión territorial para esos pueblos, que deberían reconocerse como culturas preexistentes, enumerando todos sus derechos.

Pero además debería establecerse en calidad de indispensable el deber de cumplir y respetar lo que específicamente refiere la Ley Fundamental, en virtud de que existen consideraciones que se encuentran taxativamente consignadas y de las que se hace caso omiso.

El propósito de cualquier país no puede estar restringido a los intereses de un sector social, en particular cuando verificamos que el grupo del que hacemos referencia constituye el núcleo más importante a nivel económico, que durante los últimos doscientos años ha decidido hacer de sus intenciones particulares los objetivos trascendentes de la nacionalidad.

jueves, 8 de septiembre de 2022

 

No habrá ninguna igual




por Alberto Carbone

 

La Nación es una entelequia, una quimera, formulación que invita a la complicidad de las partes constitutivas de una comunidad, para hilvanar sus notas comunes y definir valores compartidos que integren una unidad de sentido a la diversidad.

Nadie es la Patria y todos los somos, dijo Jorge Luis Borges.

La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo definió Leopoldo Marechal.

Después de la aviesa y demoledora deconstrucción de las culturas afro y amerindias, nuestro país fue definido, descrito, como la Europa en América.

Una especificidad que se consolidó a satisfacción y concordancia con la cultura blanca triunfadora.

 

1.-Noción de Patria.

 

Los territorios que son habitados se van organizando en forma de países a través del tiempo.

Es la historia la que registra la evolución de cada uno y va compilando las  diversas particularidades que los diferencian o aquellas que los identifican con su especificidad. De esa forma se reconocen y determinan las características comunes que los hermanan o los distinguen, los acercan o los polarizan y aquellas que les permiten compartir vivencias, gustos, creencias y valores.

Una vez prefiguradas, consolidadas e instaladas sus fronteras respectivas, las vetustas “marcas”, denominadas así desde antiguo y firmemente determinadas a través de ese concepto durante el medioevo, fueron conformando el principio o el fin, como a usted le parezca, de cada una de esas regiones autopercibidas como un todo, como un continuo, referenciadas consigo mismas y consignadas por notas particulares y propias.

Hasta hoy en día, los países se establecen y fijan en el mapa mundial y todavía pueden cambiar de aspecto con el tiempo, observando diversas vicisitudes.

Los países son precisamente eso. Se representan en los mapas coordinados exactamente con su territorio, se identifican a sí mismos, se reconocen entre sí  y se diferencian de los otros por sus características físicas, por sus dimensiones, por la región que habitan.

Pero la Nación en cambio, es otra cosa.

Nos atreveríamos a definir el concepto de “Nación”, como una “Comunidad de Cultura”.

La población humana que se estableció sobre una superficie concreta y delimitada, fue evolucionando a través del tiempo, distribuyendo y diversificando valores, costumbres y creencias, se multiplicó y se fue acomodando y reacondicionando en el territorio elegido, en un lugar que decidió a satisfacción, que consideró preciso y digno para la vida y para su propia realización y que en forma pausada y cautelosa fue planificando inexorable, para ejercitar sus pequeños y grandes proyectos sobre el riguroso y organizado conglomerado social.

Esa población, que compartió vicisitudes y creencias a través del tiempo, que se fue expandiendo alrededor del territorio común, asignándole estímulos y notas culturales comunes a sus pensamientos y realizaciones, no es otra cosa precisamente que una “Nación”.

Claro. Hubo en la historia y siguen existiendo naciones sin territorio.

Durante la antigüedad las hubo por doquier, aún hoy acontece.

Todos sabemos por ejemplo que los judíos radicados en Oriente Medio son israelitas desde hace relativamente poco tiempo. El episodio aquel se resolvió a partir de una resolución de carácter internacional que generó a la postre un descalabro de importante magnitud sobre la región de Palestina. Trágico padecimiento que perdura en el tiempo y en el espacio, comprometiendo y victimizando comunidades paradójicamente hermanas y del que ahora no pretendemos ahondar.

 

2.-Nación. Comunidad de Cultura.

 

Incluso en la actualidad existen naciones que han perdido el territorio.

Un ejemplo directo y palmario, que hasta me atrevería a decir que se rebela como poco perceptible, es el caso de las comunidades amerindias.

Claro, usted dirá, pero ese es un reclamo que comenzó a ventilarse hace relativamente poco tiempo. Puede ser, pero la lucha de los pueblos sometidos de Latinoamérica exigiendo el reconocimiento por su hábitat es antiquísimo, lleva quinientos años. Oscurecido, vilipendiado, relativizado. Pero se trata también de una demanda que trasunta un largo aliento.

No es menos cierto que aquellos pueblos derrotados de América precolombina legaron su impronta, su sangre, sus costumbres, su idiosincrasia, sobre el bagaje cultural establecido a través de la fuerza por la corriente poblacional europea que formalizó las nuevas sociedades mestizas asentadas sobre los territorios ocupados.

Aquella fusión, como particular y caracterizada mistura, se fue apoderando de la cotidianidad en las sociedades híbridas de Iberoamérica y al día de hoy podemos decir que se hace evidente el sincretismo, la marea de creencias diversas y combinadas que no se evidencian solamente en las actividades de carácter religioso.

Mientras usted recorre con la vista estas palabras, vaya haciéndose por favor, una configuración respecto de nuestro propio país. Probablemente observe que la Argentina es un caso atípico, irregular, algo extravagante o por lo menos expresamente singular, dotado con particulares características que lo diferencian del resto de las comunidades.

Comparémoslo con México por ejemplo.

El país azteca posee una fuerte carnadura sociocultural que le permite sostener la vigencia de valores y costumbres ancestrales, a pesar de ser originadas en una colectividad alevosamente derrotada, esclavizada, rebajada al vasallaje y condenada a la desaparición. A pesar de todo ello, las congregaciones humanas preexistentes a la dominación española sobrevivieron injuriadas y sometidas demostrando una férrea y destacada consolidación de su virtuosismo original.

La distribución geográfica de la población lo atestigua.

Las construcciones culturales amerindias se han quedado alojadas sobre sus locaciones de origen, respetando su historia ancestral y sus valores primigenios.

La Ciudad Capital mexicana, a pesar de su empuje industrial y del privilegio político que significa ocupar un sitial de honor, un status superior en comparación con las demás urbes del territorio,  participa de alrededor de un diez por ciento de la masa poblacional del país, con casi nueve millones de habitantes sobre un total general de más de cien millones de mexicanos residentes.

El ascendente cultural de la riquísima diversidad de pueblos que habitan México, habilita a que una multiplicidad de costumbres y vivencias afloren y se hereden de generación en generación.

Situación similar trascurre en el Perú, en Bolivia, en Chile. Los pueblos ancestrales trasmitieron sus sabores, sus creencias, hasta sus particularidades fisonómicas.

Por eso mismo el más locuaz y reconocido grito en favor del terruño que fuera exteriorizado en plena revolución del año 1910, se multiplicó en cada garganta del mundo azteca como: “¡Que Viva México!”.

En el país trasandino, aún con la fuerte impronta que significara el gobierno popular de Salvador Allende de comienzos de la década de 1970, las masas populares marcharon al grito de: “¡Viva Chile Mierda!”.

En la Argentina en cambio, durante esa misma etapa, más que paradigmática para la historia nacional del Siglo XX, después de que el clamor popular y su lucha en la calles se hiciera sentir durante dieciocho años en defensa del retorno del líder político exiliado en España, la ciudadanía no clamó vivaz en las manifestaciones reivindicando con su voz el nombre de nuestro país, sino que específicamente bramó con el grito de “¡Viva Perón Carajo!”.

 

3.-La Nación de los hidalgos.

 

La Patria, esa entelequia resumida en valores y creencias, cualidades que hilvanan el acervo de notas comunes y compartidas entre pares, que configuran el concepto de Nación, parece no haber sido jamás vivenciado en la Argentina.

La Argentina jurídica y legalmente constituida, nació a la luz de la urgente necesidad de la elite económica de establecer para su propio beneficio, una referencia política regional desde donde exportar su producción agrícola al mercado consumidor externo, convencida de que su procedimiento sería facilitado, estructurándolo dentro de la configuración del formato de país. Fue debido a aquella pretendida estimación, que se pergeñó el nacimiento de la Argentina en 1853, haciendo emerger una unidad política y representativa con el único objetivo de legitimar los intereses económicos de los propietarios territoriales de cada provincia, otorgándole al país recién constituido la jerarquía de Nación.

Cuando a partir de 1860, la provincia de Buenos Aires jugó su carta triunfal y concentró las decisiones de toda aquella preconcebida República, las determinaciones políticas y la parte del león, en términos económicos, se comenzaron a cosechar en la Ciudad Puerto.

A partir de entonces, la estructuración macro encefálica del país precipitó una particular distribución de la población alrededor del centro del poder de influencia y promovió que cincuenta años después de esas iniciativas políticas, la mitad de la población de todo el territorio nacional, se afincara en la provincia regidora, cabeza de la pampa húmeda y principal exportadora de agricultura primero y de la riqueza pecuaria posteriormente.

Por eso nuestro concepto de Nación, no se encuentra enraizado con las notas comunes de un determinado proceso cultural desgranado en el tiempo y regado por los aditamentos de generaciones sucesivas.

La Nación Argentina es una construcción social que todavía sigue generando aditamentos, que se va nutriendo de nuevos aportes que se sintetizan con los anteriores y se siembran sobre un territorio que habitan pero que no poseen, porque el país es un espacio que permanece ocupado por aquellos apoderados constituidos como dueños. Los descendientes de aquellos primeros poseedores con título de propiedad, que obtuvieron su reparto de tierras después del despojo originario y de la destrucción del aborigen y de su cultura, con la firme intención de asegurarse que jamás sería discutida la legalidad y su derecho de pertenencia.

Es por ello que probablemente, si rebuscáramos los elementos constitutivos que nos conduzcan a elaborar una hipótesis para definir el concepto de Nación argentino, es muy probable que lo encontráramos resumido en la figura de algún cabecilla o jefe de raigambre popular. Una figura singular con impronta de caudillo, de líder, capaz de amalgamar ideas, sentimientos y valores surgidos del sector mayoritario de la población, el auténtico sector social generador de las notas culturales, masivas, costumbristas, cotidianas, características y familiares. Valores fortísimos y transmisibles en el tiempo, solo atribuidos a la masa de trabajadores, al Movimiento Obrero argentino.

Por todo lo mencionado es dable pensar que el pretendido concepto de Nación permanezca subsumido en la figura del gestor político de carácter popular capaz de sintetizar los reclamos y vicisitudes del hombre y de la mujer que trabajan.

Puede tratarse de un líder histórico y muy probablemente también de algún otro coetáneo y sincrónico. Cada quien en su época, envuelto en la contemporaneidad de sus actos, desarrollando un modus operandi propiciatorio y consustanciado con los deseos y objetivos de las grandes mayorías.

En cambio, para los poseedores de la riqueza, para los concentradores del Capital, para quienes centralizan las decisiones en nombre del país al que dicen pertenecer, por la razón de considerarse herederos de quienes alguna vez lo fundaran, para ellos la Patria es el campo, porque son justamente los poseedores de la tierra.

Por carácter transitivo, entonces, son ellos quienes a sí mismos se consideran la Patria, o en otras palabras, se definen como la Nación, que para mayor familiaridad publicitaria y promocional, identifican ambos conceptos como un sinónimo.

Cuando al pequeño grupo concentrador de riqueza le hizo falta un referente de carne y hueso, se apuraron a coronar con laureles al entonces coronel Julio Argentino Roca en 1880, premiado con el grado de general del Ejército luego de la Campaña al Desierto. Como retribución a tan amable dispensa de tierras que el oficial se ocupara de distribuir entre la alta sociedad de la época, territorio calculado como reembolso para las más importantes familias, por la inversión que hubieron efectuado a la Institución armada con el objetivo de adquirir pertrechos militares destinados a la avanzada contra el indio.

Por ello en la actualidad, con la potestad del poder económico en las manos de sus herederos, sin necesidad de justificar su patrimonio, el concepto de Nación adolece de titularidad para los sectores concentrados.

En virtud de los nuevos tiempos, los financistas más perspicaces compran voluntades de políticos y pseudo periodistas, claros en que ambos grupos padecen una acuciante falta de capacidad intelectual, pero a sabiendas de que esa recua de genuflexos es el único material que se consigue y que además, con esa tropa bien sobornada y sostenida en el tiempo, se puede edificar una esencial y miserable  herramienta propiciatoria destinada a convencer a una porción de la sociedad argentina que permanece ignorante y desaprensiva.

Saben los que mandan, que hay que mantener y financiar a quienes se prestan a participar en la función. Solventar títeres y fantoches disfrazados de periodistas serios que disimulan su verdad por medio de guiones que leen ante las cámaras y frente a un teleprónter, que disimula lo que aparece como instrumento ciegamente convencido, pero que en realidad es fruto de un personero profundamente maleable.

Ante la falta de un gran personaje que sea capaz de resumir y garantizar una estrategia envuelta en lógica y racionalidad, un catalizador de la Idea que explique y justifique su proyecto exclusivo y egoísta, los factores concentrados de Poder sostienen económicamente la divulgación de argumentos que funcionen para neutralizar el accionar de un gobierno democrático que no es de su satisfacción, generando y promoviendo a través de inversión en los Medios Masivos de Comunicación, un sinnúmero de consideraciones y elaboraciones críticas, enarbolando falsas aseveraciones, promoviendo dudas e inquina, facultando con la palabra a mediocres que defiendan las aseveraciones que se les patrocinen.

El otro sector social, el mayoritario y careciente de Poder económico con el cual solventar al Poder político, permanece en la inquietud por la falta angustiante de un líder político de los quilates de Perón y por la lamentable privación de una figura como la que fuera Eva Duarte.

 Este grupo social mayoritario padece además, la inestabilidad emocional, imprecisa, tímida, cobarde y profundamente lamentable, de un gobierno que eligió en las urnas para que tome el toro por las astas pero que por temor, desconcierto, cobardía o ceguera no reacciona.

Las indecisiones de un gobierno popular, reactivan las expresiones de rechazo de los inseguros, de los ignorantes, de los faltos de convicción, de quienes se dejan cooptar por la fascinación de un candidato desconocido, con el pretexto de que un ignoto es una incógnita que puede redundar en una buena noticia.

Pero si hablamos de nacionalidad, deberíamos hablar de los argentinos.

¿Usted no se preguntó quiénes son los argentinos de bien?.

Yo no creo que los encuentre entre aquellos que defienden únicamente sus intereses personales. En aquellos quienes consideran haber nacido en este país por casualidad y que están a gusto con su pasaporte de la Comunidad Europea.

 

4.-La Patria con dos nombres de mujer.

 


El Peronismo jamás fue dadivoso. Surgió como un importante instrumento generador del Mercado Interno consumidor, a fuerza de promover la producción sobre la base de la generación de nuevas PyMes, instrumentadas bajo la modalidad del Sistema de Sustitución de Importaciones.

La etapa Peronista fue consagrada a la consecución de un objetivo primario y relevante: el “Pleno Empleo”.

La gente accedía a su primera casa, al terreno para edificarla, a su primer auto, al fortalecimiento de un mejor estándar de vida, a la novedad de las vacaciones en familia, a los inesperados derechos sociales.

A través de la implantación de los gobiernos dictatoriales, los grupos de concentración del Capital destruyeron la diversificación de la economía, convencidos de que el proyecto primigenio y constitutivo del país, su razón de ser, no era otro que la estructuración de un Modelo Agropecuario con vistas a garantizar la exportación del producto primario al mercado consumidor externo.

La deuda externa se multiplicó varias veces durante aquellos ciclos económicos, porque el ingreso de divisas jamás resultó suficiente para cubrir la demanda de gastos e inversiones que el gobierno debía ejecutar sobre el territorio.

Durante las etapas democráticas populares se intentaba cubrir la falencia con emisión, que se proyectaba justificar al compás de la expansión exportadora.

Los dueños de la tierra, los productores del campo, rehuían y recelaban el pago de impuestos, propugnando que los gobiernos sucesivos, fueran de la ideología que fueran, completaran aquel déficit en el equilibrio presupuestario, adquiriendo más deuda externa.

Mientras tanto, la vida transcurría y los gobiernos democráticos posteriores a los Golpes de Estado, iban padeciendo una angustiosa dificultad para administrar el despojo que habían dejado intencionalmente los conservadores, teñidos de pseudo liberales.

Recordemos, se puede verificar analizando la realidad, que los gobiernos de derecha instalaron siempre desocupación y tierra arrasada. En nuestro país y alrededor del mundo. Porque estas instancias en las cuales convergen el Poder Económico con el Político, jamás se manifiestan como generadores de empleo, sino como garantes de beneficio de renta para los promotores del país que definen como dispensador de materia prima.

 Los gobiernos democráticos de raíz popular debieron recurrir a la distribución de planes para sostener las economías familiares de los desocupados y evitar la explosión social que promueve inexorablemente el reclamo en las calles. Esa búsqueda del equilibrio social en paz, se realiza sin recurrir a la represión.

Los gobiernos kirchneristas, a lo largo de doce años de administración,  recuperaron la economía nacional, la producción y el salario. Consolidaron el mercado interno y fomentaron la circulación del dinero en la economía doméstica.

No existen dudas al respecto. Los economistas de cuño liberal, de varias partes del mundo, estudiosos del tema argentino lo corroboran, mal que les pese a los pseudo intelectuales macristas.

El gobierno de Macri optó por desandar el camino, destruyó el fomento productivo, arrojó a la gente a la calle, despilfarró las acreencias nacionales a través de la bicicleta financiera, consolidó la desocupación laboral. Como reacción a su cometido, llevó a cabo  el mayor pecado que le insufla al Peronismo, multiplicó la cantidad de planes sociales a través del dinero originado en flujo de empréstitos, con el objetivo de acallar un posible estallido ciudadano.

Hubo decisiones políticas en el gobierno de los Kirchner que se inclinaron por la defensa de la integridad social, por la propensión a la libertad bien entendida, por la capacidad de trabajar y producir en forma diversificada, por la inclusión de todas y cada una de las corrientes culturales y lingüísticas de nuestro acervo histórico, por la promoción de una mayor distribución de la riqueza y un planteamiento equitativo de la localización industrial dentro de todo el territorio nacional, por garantizar una política de radicación industrial en cada provincia posibilitando la autonomía económica para cada región.

A pesar de todo ello, los Medios de Comunicación Masiva, sustentados por el Poder Económico concentrado, persistió y persiste en señalar al Peronismo como el gran ejecutor y distribuidor de Planes Sociales. A través de una férrea campaña de penetración e influencia, corroe el sentido común e impulsa a que la opinión de la gente se concentre en culpabilizar al Peronismo de erigirse como factor dispensador de dádivas. Como el creador de esa metodología con fines electoralistas.

Por eso el ciudadano de a pie debe conocer la realidad, entender que el sufragio se transforma en una herramienta de cambio solamente cuando se vota en favor de los intereses nacionales y no para satisfacer los beneficios de un sector de Poder.

Existe una significativa cantidad de ciudadanía que valoriza al capital humano por encima de las fluctuaciones del sistema financiero. Es la buena gente que piensa en el bien común, que posee valores solidarios, que no se manifiesta a través del lenguaje del odio.

Gente de bien que no privilegia su insania por sobre los derechos de los demás. Esa inmensa muchedumbre que vive con orgullo su argentinidad, adolece aún, sin embargo, de las notas esenciales que definirían su identidad nacional, porque los basamentos culturales heredados de las culturas africanas y amerindias, fueron invisibilizados, negados, prohibidos, desprestigiados, vilipendiados y desterrados por la imponente propaganda de la elite descendiente europea, que monopolizó el sentido común y el deber ser de la comunidad, sobre todo a partir de la Generación del 80, caracterizando al ciudadano argentino como descendiente de los barcos.

Esa gente de bien, que prioriza la paz, el equilibrio social, el respeto y la libertad, posee una relación diversa con la simbología y con los valores de cuño nacional y nuclea entonces en una figura epónima las multifacéticas características de su acervo cultural, de sus deseos, esperanzas y valoraciones. Esa personalidad que invoca a través de su presencia los valores nacionales, que sintetiza muy bien el General San Martín como Padre de la Patria, que incorporó al General Perón y a Eva Duarte con la representatividad de los Derechos Sociales, en la actualidad se haya resumida en la figura de Cristina.

Para ese importante núcleo del electorado, Cristina es la Patria, porque el destino o como quiera que se llame ese maquiavélico devenir que fluye y nos anticipa decisiones y vivencias, ha decidido que dentro del fluir contemporáneo, el concepto de Nación en nuestro país sea homologado en esa mujer.

Hoy la Argentina posee un camino esperanzador, para quienes todavía creen que puede resurgir de las cenizas.

 Pero esta posibilidad es también un camino de calvario.

El gobierno conservador, especulativo, gestor de negocios individuales, vaciador del patrimonio nacional, destructor de empresas, instigador canalla de mentiras y falacias, posee el apoyo financiero necesario para seguir manteniendo mediocres, limitados intelectuales, amorales y desvergonzados, con el objetivo de que se instalen como candidatos electivos, en la seguridad de que su maleabilidad les garantizará a sus patrones guiarlos hacia donde les parezca.

Por eso la Nación, con sus notas esenciales, con sus valores y virtudes, con sus objetivos loables, serios y comprometidos con el cuerpo social, con sus decisiones que desmitifiquen y aíslen egoístas intereses personales que lastiman a las mayorías, es un concepto que permanece en construcción y que mientras tanto, fluye en aquellos maravillosos agentes cazadores de utopías que observan en la figura de Cristina la síntesis de la Patria.

 

Bibliografía

 

Carlos O. Pantano. Caníbales Blancos  Editorial Tinta Libre 2022

 

Stuart Stirling. El trágico destino de las princesas incas

Editorial El Ateneo  2011

 

Tulio Halperin Donghi. Una Nación para el desierto argentino.

Editorial Centro Editor de América Latina. 1980.

 

Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina.

Editorial Siglo XXI 1971.

 

Ricardo Forster. El laberinto de las voces argentinas.

Editorial Colihue. 2008.

 

José Pablo Feinmann. Peronismo.

Editorial Planeta. 2010.