jueves, 8 de septiembre de 2022

 

No habrá ninguna igual




por Alberto Carbone

 

La Nación es una entelequia, una quimera, formulación que invita a la complicidad de las partes constitutivas de una comunidad, para hilvanar sus notas comunes y definir valores compartidos que integren una unidad de sentido a la diversidad.

Nadie es la Patria y todos los somos, dijo Jorge Luis Borges.

La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo definió Leopoldo Marechal.

Después de la aviesa y demoledora deconstrucción de las culturas afro y amerindias, nuestro país fue definido, descrito, como la Europa en América.

Una especificidad que se consolidó a satisfacción y concordancia con la cultura blanca triunfadora.

 

1.-Noción de Patria.

 

Los territorios que son habitados se van organizando en forma de países a través del tiempo.

Es la historia la que registra la evolución de cada uno y va compilando las  diversas particularidades que los diferencian o aquellas que los identifican con su especificidad. De esa forma se reconocen y determinan las características comunes que los hermanan o los distinguen, los acercan o los polarizan y aquellas que les permiten compartir vivencias, gustos, creencias y valores.

Una vez prefiguradas, consolidadas e instaladas sus fronteras respectivas, las vetustas “marcas”, denominadas así desde antiguo y firmemente determinadas a través de ese concepto durante el medioevo, fueron conformando el principio o el fin, como a usted le parezca, de cada una de esas regiones autopercibidas como un todo, como un continuo, referenciadas consigo mismas y consignadas por notas particulares y propias.

Hasta hoy en día, los países se establecen y fijan en el mapa mundial y todavía pueden cambiar de aspecto con el tiempo, observando diversas vicisitudes.

Los países son precisamente eso. Se representan en los mapas coordinados exactamente con su territorio, se identifican a sí mismos, se reconocen entre sí  y se diferencian de los otros por sus características físicas, por sus dimensiones, por la región que habitan.

Pero la Nación en cambio, es otra cosa.

Nos atreveríamos a definir el concepto de “Nación”, como una “Comunidad de Cultura”.

La población humana que se estableció sobre una superficie concreta y delimitada, fue evolucionando a través del tiempo, distribuyendo y diversificando valores, costumbres y creencias, se multiplicó y se fue acomodando y reacondicionando en el territorio elegido, en un lugar que decidió a satisfacción, que consideró preciso y digno para la vida y para su propia realización y que en forma pausada y cautelosa fue planificando inexorable, para ejercitar sus pequeños y grandes proyectos sobre el riguroso y organizado conglomerado social.

Esa población, que compartió vicisitudes y creencias a través del tiempo, que se fue expandiendo alrededor del territorio común, asignándole estímulos y notas culturales comunes a sus pensamientos y realizaciones, no es otra cosa precisamente que una “Nación”.

Claro. Hubo en la historia y siguen existiendo naciones sin territorio.

Durante la antigüedad las hubo por doquier, aún hoy acontece.

Todos sabemos por ejemplo que los judíos radicados en Oriente Medio son israelitas desde hace relativamente poco tiempo. El episodio aquel se resolvió a partir de una resolución de carácter internacional que generó a la postre un descalabro de importante magnitud sobre la región de Palestina. Trágico padecimiento que perdura en el tiempo y en el espacio, comprometiendo y victimizando comunidades paradójicamente hermanas y del que ahora no pretendemos ahondar.

 

2.-Nación. Comunidad de Cultura.

 

Incluso en la actualidad existen naciones que han perdido el territorio.

Un ejemplo directo y palmario, que hasta me atrevería a decir que se rebela como poco perceptible, es el caso de las comunidades amerindias.

Claro, usted dirá, pero ese es un reclamo que comenzó a ventilarse hace relativamente poco tiempo. Puede ser, pero la lucha de los pueblos sometidos de Latinoamérica exigiendo el reconocimiento por su hábitat es antiquísimo, lleva quinientos años. Oscurecido, vilipendiado, relativizado. Pero se trata también de una demanda que trasunta un largo aliento.

No es menos cierto que aquellos pueblos derrotados de América precolombina legaron su impronta, su sangre, sus costumbres, su idiosincrasia, sobre el bagaje cultural establecido a través de la fuerza por la corriente poblacional europea que formalizó las nuevas sociedades mestizas asentadas sobre los territorios ocupados.

Aquella fusión, como particular y caracterizada mistura, se fue apoderando de la cotidianidad en las sociedades híbridas de Iberoamérica y al día de hoy podemos decir que se hace evidente el sincretismo, la marea de creencias diversas y combinadas que no se evidencian solamente en las actividades de carácter religioso.

Mientras usted recorre con la vista estas palabras, vaya haciéndose por favor, una configuración respecto de nuestro propio país. Probablemente observe que la Argentina es un caso atípico, irregular, algo extravagante o por lo menos expresamente singular, dotado con particulares características que lo diferencian del resto de las comunidades.

Comparémoslo con México por ejemplo.

El país azteca posee una fuerte carnadura sociocultural que le permite sostener la vigencia de valores y costumbres ancestrales, a pesar de ser originadas en una colectividad alevosamente derrotada, esclavizada, rebajada al vasallaje y condenada a la desaparición. A pesar de todo ello, las congregaciones humanas preexistentes a la dominación española sobrevivieron injuriadas y sometidas demostrando una férrea y destacada consolidación de su virtuosismo original.

La distribución geográfica de la población lo atestigua.

Las construcciones culturales amerindias se han quedado alojadas sobre sus locaciones de origen, respetando su historia ancestral y sus valores primigenios.

La Ciudad Capital mexicana, a pesar de su empuje industrial y del privilegio político que significa ocupar un sitial de honor, un status superior en comparación con las demás urbes del territorio,  participa de alrededor de un diez por ciento de la masa poblacional del país, con casi nueve millones de habitantes sobre un total general de más de cien millones de mexicanos residentes.

El ascendente cultural de la riquísima diversidad de pueblos que habitan México, habilita a que una multiplicidad de costumbres y vivencias afloren y se hereden de generación en generación.

Situación similar trascurre en el Perú, en Bolivia, en Chile. Los pueblos ancestrales trasmitieron sus sabores, sus creencias, hasta sus particularidades fisonómicas.

Por eso mismo el más locuaz y reconocido grito en favor del terruño que fuera exteriorizado en plena revolución del año 1910, se multiplicó en cada garganta del mundo azteca como: “¡Que Viva México!”.

En el país trasandino, aún con la fuerte impronta que significara el gobierno popular de Salvador Allende de comienzos de la década de 1970, las masas populares marcharon al grito de: “¡Viva Chile Mierda!”.

En la Argentina en cambio, durante esa misma etapa, más que paradigmática para la historia nacional del Siglo XX, después de que el clamor popular y su lucha en la calles se hiciera sentir durante dieciocho años en defensa del retorno del líder político exiliado en España, la ciudadanía no clamó vivaz en las manifestaciones reivindicando con su voz el nombre de nuestro país, sino que específicamente bramó con el grito de “¡Viva Perón Carajo!”.

 

3.-La Nación de los hidalgos.

 

La Patria, esa entelequia resumida en valores y creencias, cualidades que hilvanan el acervo de notas comunes y compartidas entre pares, que configuran el concepto de Nación, parece no haber sido jamás vivenciado en la Argentina.

La Argentina jurídica y legalmente constituida, nació a la luz de la urgente necesidad de la elite económica de establecer para su propio beneficio, una referencia política regional desde donde exportar su producción agrícola al mercado consumidor externo, convencida de que su procedimiento sería facilitado, estructurándolo dentro de la configuración del formato de país. Fue debido a aquella pretendida estimación, que se pergeñó el nacimiento de la Argentina en 1853, haciendo emerger una unidad política y representativa con el único objetivo de legitimar los intereses económicos de los propietarios territoriales de cada provincia, otorgándole al país recién constituido la jerarquía de Nación.

Cuando a partir de 1860, la provincia de Buenos Aires jugó su carta triunfal y concentró las decisiones de toda aquella preconcebida República, las determinaciones políticas y la parte del león, en términos económicos, se comenzaron a cosechar en la Ciudad Puerto.

A partir de entonces, la estructuración macro encefálica del país precipitó una particular distribución de la población alrededor del centro del poder de influencia y promovió que cincuenta años después de esas iniciativas políticas, la mitad de la población de todo el territorio nacional, se afincara en la provincia regidora, cabeza de la pampa húmeda y principal exportadora de agricultura primero y de la riqueza pecuaria posteriormente.

Por eso nuestro concepto de Nación, no se encuentra enraizado con las notas comunes de un determinado proceso cultural desgranado en el tiempo y regado por los aditamentos de generaciones sucesivas.

La Nación Argentina es una construcción social que todavía sigue generando aditamentos, que se va nutriendo de nuevos aportes que se sintetizan con los anteriores y se siembran sobre un territorio que habitan pero que no poseen, porque el país es un espacio que permanece ocupado por aquellos apoderados constituidos como dueños. Los descendientes de aquellos primeros poseedores con título de propiedad, que obtuvieron su reparto de tierras después del despojo originario y de la destrucción del aborigen y de su cultura, con la firme intención de asegurarse que jamás sería discutida la legalidad y su derecho de pertenencia.

Es por ello que probablemente, si rebuscáramos los elementos constitutivos que nos conduzcan a elaborar una hipótesis para definir el concepto de Nación argentino, es muy probable que lo encontráramos resumido en la figura de algún cabecilla o jefe de raigambre popular. Una figura singular con impronta de caudillo, de líder, capaz de amalgamar ideas, sentimientos y valores surgidos del sector mayoritario de la población, el auténtico sector social generador de las notas culturales, masivas, costumbristas, cotidianas, características y familiares. Valores fortísimos y transmisibles en el tiempo, solo atribuidos a la masa de trabajadores, al Movimiento Obrero argentino.

Por todo lo mencionado es dable pensar que el pretendido concepto de Nación permanezca subsumido en la figura del gestor político de carácter popular capaz de sintetizar los reclamos y vicisitudes del hombre y de la mujer que trabajan.

Puede tratarse de un líder histórico y muy probablemente también de algún otro coetáneo y sincrónico. Cada quien en su época, envuelto en la contemporaneidad de sus actos, desarrollando un modus operandi propiciatorio y consustanciado con los deseos y objetivos de las grandes mayorías.

En cambio, para los poseedores de la riqueza, para los concentradores del Capital, para quienes centralizan las decisiones en nombre del país al que dicen pertenecer, por la razón de considerarse herederos de quienes alguna vez lo fundaran, para ellos la Patria es el campo, porque son justamente los poseedores de la tierra.

Por carácter transitivo, entonces, son ellos quienes a sí mismos se consideran la Patria, o en otras palabras, se definen como la Nación, que para mayor familiaridad publicitaria y promocional, identifican ambos conceptos como un sinónimo.

Cuando al pequeño grupo concentrador de riqueza le hizo falta un referente de carne y hueso, se apuraron a coronar con laureles al entonces coronel Julio Argentino Roca en 1880, premiado con el grado de general del Ejército luego de la Campaña al Desierto. Como retribución a tan amable dispensa de tierras que el oficial se ocupara de distribuir entre la alta sociedad de la época, territorio calculado como reembolso para las más importantes familias, por la inversión que hubieron efectuado a la Institución armada con el objetivo de adquirir pertrechos militares destinados a la avanzada contra el indio.

Por ello en la actualidad, con la potestad del poder económico en las manos de sus herederos, sin necesidad de justificar su patrimonio, el concepto de Nación adolece de titularidad para los sectores concentrados.

En virtud de los nuevos tiempos, los financistas más perspicaces compran voluntades de políticos y pseudo periodistas, claros en que ambos grupos padecen una acuciante falta de capacidad intelectual, pero a sabiendas de que esa recua de genuflexos es el único material que se consigue y que además, con esa tropa bien sobornada y sostenida en el tiempo, se puede edificar una esencial y miserable  herramienta propiciatoria destinada a convencer a una porción de la sociedad argentina que permanece ignorante y desaprensiva.

Saben los que mandan, que hay que mantener y financiar a quienes se prestan a participar en la función. Solventar títeres y fantoches disfrazados de periodistas serios que disimulan su verdad por medio de guiones que leen ante las cámaras y frente a un teleprónter, que disimula lo que aparece como instrumento ciegamente convencido, pero que en realidad es fruto de un personero profundamente maleable.

Ante la falta de un gran personaje que sea capaz de resumir y garantizar una estrategia envuelta en lógica y racionalidad, un catalizador de la Idea que explique y justifique su proyecto exclusivo y egoísta, los factores concentrados de Poder sostienen económicamente la divulgación de argumentos que funcionen para neutralizar el accionar de un gobierno democrático que no es de su satisfacción, generando y promoviendo a través de inversión en los Medios Masivos de Comunicación, un sinnúmero de consideraciones y elaboraciones críticas, enarbolando falsas aseveraciones, promoviendo dudas e inquina, facultando con la palabra a mediocres que defiendan las aseveraciones que se les patrocinen.

El otro sector social, el mayoritario y careciente de Poder económico con el cual solventar al Poder político, permanece en la inquietud por la falta angustiante de un líder político de los quilates de Perón y por la lamentable privación de una figura como la que fuera Eva Duarte.

 Este grupo social mayoritario padece además, la inestabilidad emocional, imprecisa, tímida, cobarde y profundamente lamentable, de un gobierno que eligió en las urnas para que tome el toro por las astas pero que por temor, desconcierto, cobardía o ceguera no reacciona.

Las indecisiones de un gobierno popular, reactivan las expresiones de rechazo de los inseguros, de los ignorantes, de los faltos de convicción, de quienes se dejan cooptar por la fascinación de un candidato desconocido, con el pretexto de que un ignoto es una incógnita que puede redundar en una buena noticia.

Pero si hablamos de nacionalidad, deberíamos hablar de los argentinos.

¿Usted no se preguntó quiénes son los argentinos de bien?.

Yo no creo que los encuentre entre aquellos que defienden únicamente sus intereses personales. En aquellos quienes consideran haber nacido en este país por casualidad y que están a gusto con su pasaporte de la Comunidad Europea.

 

4.-La Patria con dos nombres de mujer.

 


El Peronismo jamás fue dadivoso. Surgió como un importante instrumento generador del Mercado Interno consumidor, a fuerza de promover la producción sobre la base de la generación de nuevas PyMes, instrumentadas bajo la modalidad del Sistema de Sustitución de Importaciones.

La etapa Peronista fue consagrada a la consecución de un objetivo primario y relevante: el “Pleno Empleo”.

La gente accedía a su primera casa, al terreno para edificarla, a su primer auto, al fortalecimiento de un mejor estándar de vida, a la novedad de las vacaciones en familia, a los inesperados derechos sociales.

A través de la implantación de los gobiernos dictatoriales, los grupos de concentración del Capital destruyeron la diversificación de la economía, convencidos de que el proyecto primigenio y constitutivo del país, su razón de ser, no era otro que la estructuración de un Modelo Agropecuario con vistas a garantizar la exportación del producto primario al mercado consumidor externo.

La deuda externa se multiplicó varias veces durante aquellos ciclos económicos, porque el ingreso de divisas jamás resultó suficiente para cubrir la demanda de gastos e inversiones que el gobierno debía ejecutar sobre el territorio.

Durante las etapas democráticas populares se intentaba cubrir la falencia con emisión, que se proyectaba justificar al compás de la expansión exportadora.

Los dueños de la tierra, los productores del campo, rehuían y recelaban el pago de impuestos, propugnando que los gobiernos sucesivos, fueran de la ideología que fueran, completaran aquel déficit en el equilibrio presupuestario, adquiriendo más deuda externa.

Mientras tanto, la vida transcurría y los gobiernos democráticos posteriores a los Golpes de Estado, iban padeciendo una angustiosa dificultad para administrar el despojo que habían dejado intencionalmente los conservadores, teñidos de pseudo liberales.

Recordemos, se puede verificar analizando la realidad, que los gobiernos de derecha instalaron siempre desocupación y tierra arrasada. En nuestro país y alrededor del mundo. Porque estas instancias en las cuales convergen el Poder Económico con el Político, jamás se manifiestan como generadores de empleo, sino como garantes de beneficio de renta para los promotores del país que definen como dispensador de materia prima.

 Los gobiernos democráticos de raíz popular debieron recurrir a la distribución de planes para sostener las economías familiares de los desocupados y evitar la explosión social que promueve inexorablemente el reclamo en las calles. Esa búsqueda del equilibrio social en paz, se realiza sin recurrir a la represión.

Los gobiernos kirchneristas, a lo largo de doce años de administración,  recuperaron la economía nacional, la producción y el salario. Consolidaron el mercado interno y fomentaron la circulación del dinero en la economía doméstica.

No existen dudas al respecto. Los economistas de cuño liberal, de varias partes del mundo, estudiosos del tema argentino lo corroboran, mal que les pese a los pseudo intelectuales macristas.

El gobierno de Macri optó por desandar el camino, destruyó el fomento productivo, arrojó a la gente a la calle, despilfarró las acreencias nacionales a través de la bicicleta financiera, consolidó la desocupación laboral. Como reacción a su cometido, llevó a cabo  el mayor pecado que le insufla al Peronismo, multiplicó la cantidad de planes sociales a través del dinero originado en flujo de empréstitos, con el objetivo de acallar un posible estallido ciudadano.

Hubo decisiones políticas en el gobierno de los Kirchner que se inclinaron por la defensa de la integridad social, por la propensión a la libertad bien entendida, por la capacidad de trabajar y producir en forma diversificada, por la inclusión de todas y cada una de las corrientes culturales y lingüísticas de nuestro acervo histórico, por la promoción de una mayor distribución de la riqueza y un planteamiento equitativo de la localización industrial dentro de todo el territorio nacional, por garantizar una política de radicación industrial en cada provincia posibilitando la autonomía económica para cada región.

A pesar de todo ello, los Medios de Comunicación Masiva, sustentados por el Poder Económico concentrado, persistió y persiste en señalar al Peronismo como el gran ejecutor y distribuidor de Planes Sociales. A través de una férrea campaña de penetración e influencia, corroe el sentido común e impulsa a que la opinión de la gente se concentre en culpabilizar al Peronismo de erigirse como factor dispensador de dádivas. Como el creador de esa metodología con fines electoralistas.

Por eso el ciudadano de a pie debe conocer la realidad, entender que el sufragio se transforma en una herramienta de cambio solamente cuando se vota en favor de los intereses nacionales y no para satisfacer los beneficios de un sector de Poder.

Existe una significativa cantidad de ciudadanía que valoriza al capital humano por encima de las fluctuaciones del sistema financiero. Es la buena gente que piensa en el bien común, que posee valores solidarios, que no se manifiesta a través del lenguaje del odio.

Gente de bien que no privilegia su insania por sobre los derechos de los demás. Esa inmensa muchedumbre que vive con orgullo su argentinidad, adolece aún, sin embargo, de las notas esenciales que definirían su identidad nacional, porque los basamentos culturales heredados de las culturas africanas y amerindias, fueron invisibilizados, negados, prohibidos, desprestigiados, vilipendiados y desterrados por la imponente propaganda de la elite descendiente europea, que monopolizó el sentido común y el deber ser de la comunidad, sobre todo a partir de la Generación del 80, caracterizando al ciudadano argentino como descendiente de los barcos.

Esa gente de bien, que prioriza la paz, el equilibrio social, el respeto y la libertad, posee una relación diversa con la simbología y con los valores de cuño nacional y nuclea entonces en una figura epónima las multifacéticas características de su acervo cultural, de sus deseos, esperanzas y valoraciones. Esa personalidad que invoca a través de su presencia los valores nacionales, que sintetiza muy bien el General San Martín como Padre de la Patria, que incorporó al General Perón y a Eva Duarte con la representatividad de los Derechos Sociales, en la actualidad se haya resumida en la figura de Cristina.

Para ese importante núcleo del electorado, Cristina es la Patria, porque el destino o como quiera que se llame ese maquiavélico devenir que fluye y nos anticipa decisiones y vivencias, ha decidido que dentro del fluir contemporáneo, el concepto de Nación en nuestro país sea homologado en esa mujer.

Hoy la Argentina posee un camino esperanzador, para quienes todavía creen que puede resurgir de las cenizas.

 Pero esta posibilidad es también un camino de calvario.

El gobierno conservador, especulativo, gestor de negocios individuales, vaciador del patrimonio nacional, destructor de empresas, instigador canalla de mentiras y falacias, posee el apoyo financiero necesario para seguir manteniendo mediocres, limitados intelectuales, amorales y desvergonzados, con el objetivo de que se instalen como candidatos electivos, en la seguridad de que su maleabilidad les garantizará a sus patrones guiarlos hacia donde les parezca.

Por eso la Nación, con sus notas esenciales, con sus valores y virtudes, con sus objetivos loables, serios y comprometidos con el cuerpo social, con sus decisiones que desmitifiquen y aíslen egoístas intereses personales que lastiman a las mayorías, es un concepto que permanece en construcción y que mientras tanto, fluye en aquellos maravillosos agentes cazadores de utopías que observan en la figura de Cristina la síntesis de la Patria.

 

Bibliografía

 

Carlos O. Pantano. Caníbales Blancos  Editorial Tinta Libre 2022

 

Stuart Stirling. El trágico destino de las princesas incas

Editorial El Ateneo  2011

 

Tulio Halperin Donghi. Una Nación para el desierto argentino.

Editorial Centro Editor de América Latina. 1980.

 

Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina.

Editorial Siglo XXI 1971.

 

Ricardo Forster. El laberinto de las voces argentinas.

Editorial Colihue. 2008.

 

José Pablo Feinmann. Peronismo.

Editorial Planeta. 2010.

jueves, 1 de septiembre de 2022

 

La Ley del Deseo según el M. de P.




por Alberto Carbone

 

Para Sigmund Freud, el Deseo es una pretensión de carácter psicológico que busca recuperar una satisfacción originaria proveniente de la infancia. Un Deseo de adulto no es más que un Deseo infantil sofocado. Por eso mismo, para Jacques Lacan, el Objeto de Deseo es aquello que nos hace falta y nos cuesta tanto alcanzar.

 

Evidentemente el marido de Pampita no desea quedar estigmatizado como tal.

Debe creerse, con todo derecho, una persona capaz de descollar por propios méritos, de hacerse notar ante la sociedad por sus virtudes, locuacidad, ingenio e inventiva. 

Se debe tratar del deseo de demostrarle a su Ciudad y al mundo si fuese necesario, que también posee un nombre propio, una iniciativa, hasta un intelecto propiciatorio para encarar nuevos proyectos, nuevas inquietudes.

El cargo de Legislador porteño es y debe ser un baluarte meritorio.

No cualquier individuo debería poder acceder a tal reconocimiento, sin haber ostentado férreas demostraciones de capacidad, tenacidad, militancia y conducta durante toda una profunda y significativa etapa de su vida.

Así debería ser con todos y cada uno de los Representantes políticos y es evidente que este muchacho desea fervorosamente demostrar que sus dotes intelectuales están a la altura de tamaña responsabilidad.

Por ello, es que el Marido de Pampita debe trabajar incansablemente en el seno de la Honorable Cámara de Representantes de la Ciudad Autónoma, con ese valioso objetivo, el de reivindicar y justificar sus preciados merecimientos.

El último día del mes de agosto de 2022, por ejemplo, lució sus atributos, sus inconmensurables dotes de genial y agudo observador de la realidad y de original ingenio para sintetizar las necesidades, las premuras e irreemplazables soluciones que necesita la que es todavía Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para continuar desarrollándose con esa fluidez y bienestar que el gobierno local estima, desea y considera que cumple con tal menester para todos quienes la transiten.

Este legislador porteño y Marido de Pampita, fue tenaz y directo y no le tembló el pulso al presentar un Proyecto de Ley que le han elaborado y escrito evidentemente, teniendo en cuenta su invariable objetivo de mejora y satisfacción orientada hacia el bien pasar de sus amados y reconocidos vecinos.

Un Proyecto de Ley que propone la desaparición del Edificio del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

Claro. Nos referimos a aquella mole inoportuna y molesta en medio de la Avenida más ancha del mundo.

Se trata de un edificio viejo y feo para nuestro inconmensurable y reconocido  Marido de….

Además obstruye la arteria 9 de Julio, imposibilitándole su ampliación, su disposición a mayor anchura, habilitación y consecuente facilitación de tránsito.

Pero además, adivinamos perfectamente, que para nuestro irreemplazable “Pampita’s Husband” contribuiría a demoler insidiosos símbolos partidarios de interés político que aún persisten y continúan arraigados en sectores populares con una insidiosa reminiscencia peronista, una lamentable rémora que tan mal le hace a esta estimada Ciudad que por ahora persiste en su intencionalidad de permanecer Autónoma.

Una persistencia legal y reconocida que a esta altura de los acontecimientos, aparece como elevada y ostentosa pretensión para la histórica Ciudad Puerto de Buenos Aires. Un atributo muy fuerte para una región que ha perdido aquel rol destacado que desplegara durante el Siglo XIX y que en la actualidad pervive otorgándole unas ínfulas y una autoridad, que la muestran ante el mundo como el rostro de todo un país al que no representa y si me permiten, diría que no representó jamás en la historia argentina.

Además se trata de una Ciudad que va envejeciendo, que no posee recambio generacional, que no demuestra crecimiento vegetativo y que se sustenta a sí misma, encasillada y tendenciosa, referenciándose con los mismos individuos, inalterables, inmutables, que se suceden idénticos generación tras generación.

Esta mítica Ciudad, por ahora Capital del país, que cuando tiene la obligación de sufragar, lo hace mayoritariamente por este tipo de postulantes, simples, básicos, maleables, bochornosos, Maridos de Pampita, sin evaluar que representados por ellos, todas las arterias, los barrios, la vecindades, las opciones de cambio y las manifestaciones de transformación, continuarán como hasta hoy vienen comportándose, vacías o exentas de sentido, de ese sentido que solamente aportaría un grupo de pensadores emergentes de un proyecto genuino e inteligente, promotor de auténticos cambios, generadores de nuevos patrones de conducta y sobre todo exentos de Maridos de Pampita.

 

viernes, 26 de agosto de 2022

 


entre Manes y desmanes




por Alberto Carbone

 

Cuando un cuarenta por ciento del electorado nacional es capaz de acompañar con su voto al mismísimo personaje que durante los cuatro años inmediatamente anteriores a la elección, sepultó al país que desgobernó, sin detenerse a ponderar que la condición de posibilidad de sus actos, al frente de su administración corrupta, se haya desarrollado corrompiendo y manipulando a la gente común, a funcionarios de toda laya, al Poder Judicial, desangrando las arcas públicas, propiciando un endeudamiento externo histórico, millonario e inconcebible, no reconociendo derechos sociales garantizados por la Constitución Nacional, desconociendo medidas de seguridad básicas garantes de la calidad de vida de hombres y mujeres que patrullan nuestros mares del Sur, motorizando la gestación de sentido común desde los medios de comunicación masiva, quienes permisivos y cortesanos promovieron cada decisión política aviesa con el objetivo de consolidar la ignorancia de vastos sectores de clase media sin capacidad propia de reflexión sobre la realidad.

Cuando comprobamos en fin, que el objetivo de inyectar odio y rechazo a la actividad política fue y sigue siendo un logro en sí mismo, que a fuerza de imponerlo y precipitarlo en el devenir social se va transformando en una conquista efectiva.

Cuando advertimos que casi la mitad del electorado permanece sumido dentro del entramado de las decisiones de quienes lo acicatean con el objeto de hacerlo prejuzgar, estimulándolo a obrar de manera determinada, se va avizorando que el propósito buscado en definitiva es sencillamente el de promover intencionalmente la construcción de un candidato político opositor, de un referente que sea capaz de sintetizar tres o cuatro consignas básicas que apunten contra quienes se manifiesten en contra de los factores de poder económico.

Cuando advertimos que este proyecto les resulta impostergable para garantizar el control social, para gobernar sobre la manera de pensar de las mayorías, sobre la base de un núcleo de sentido, para conquistar el factor comunicacional y empoderarlo y sujetarlo a las variables que el grupo de poder legitima y define como propios, identificamos como eje de acción directa de ese empeño a la implementación directa y permanente de la palabra, del exhorto ante el micrófono o el papel impreso con narrativas significantes y sencillas orquestadas por medio de mensajes directos inyectadas por los pseudo periodistas, todos ellos bien recompensados y retribuidos.

Cuando visualizamos todo este corpus mediático, nos configuramos que el Sr. Héctor Magneto y sus adláteres deben estar pensando seriamente en que ninguno de los personajes que humildemente se ofrecen ante ellos como posibles futuros candidatos, puedan acceder a ocupar el rol al que aspiran desde la pretensión de su excesivo ego mucho más grande que su mediocre capacidad intelectual.

La corriente antipolítica establecida en forma directa, sin medias tintas ni ambages de ningún tipo, instrumentada por los empleados de ese holding comunicacional, se enseñorea con una violencia inusitada en diarios, revistas, televisión y radio.

Todos los Medios de Comunicación masiva, los más grandes, aquellos que injustificadamente todavía el gobierno atiende económicamente a través de jugosos desembolsos, se caracterizan por ser empresas que mientras cobran los emolumentos gubernamentales torpedean a la administración nacional, inventando o agrandando situaciones, acusando sin pruebas, denigrando la imagen de algún funcionario público o desconociendo las acciones políticas oficialistas de loables objetivos, con el único objetivo de no divulgar nada bueno y agigantar los malos resultados aunque la mayoría de ellos sean derivados de alguna falacia.

Es característico, burlesco, humillante, trágico, el caso de una comunicadora televisiva que denominó con el epíteto de  “gordo grasa” al Presidente de la Nación. Actitud racionalmente inexplicable aun tratándose de una persona que se considere despechada, y justificada solamente por la incómoda, vulgar, inconfesable razón, derivada de algún beneficio jugoso, contante y sonante.

Pero además debemos decir que no por tedioso es menos oportuno y necesario describir la notoria ausencia de capacidad intelectual de quienes fueron contratados para hacer una tarea que les queda inmensa como periodistas en ese Medio televisivo que según trascendidos sostiene económicamente el ex Presidente de la Nación.

Su limitada acreditación, demostrada palmariamente en la actividad para la que fueron contratados, nos induce invariablemente a corroborar que en realidad día tras día y en forma incansable, estos actores de varieté devenidos en comunicadores locuaces, van erigiéndose como denunciadores seriales embestidos con una toga de ecuánimes, con el objetivo final de convencer a través de su falaz imagen de seriedad a un importante sector de la sociedad ignorante absoluto y desinteresado, de las estribaciones por las que atraviesa la realidad política nacional.

Dentro de este compendio de actitudes irracionales, de irrealidades imbricadas, de narraciones fantásticas, de situaciones yuxtapuestas que promueven confusión o interpretaciones dispares, está la gente, los votantes. Aquellos que no tienen la menor idea del por qué o a quienes votan y sólo conocen el cómo votar.

Esa gente, el común de la sociedad, casi el cuarenta por ciento del Padrón Electoral, es advertida y prevenida, es controlada, medida y dirigida, a través de un discurso preconizado en conjunto, por la recua de pseudo periodistas de los Medios Masivos de comunicación. Ellos, auténticos hijos de pauta, configuran de viva voz el deber ser y son a la vez quienes censuran o admiten candidatos y recomiendan cautelosa o clamorosamente a quienes deben apoyar con su voto el resto de los mortales.

Aquellos votantes de clase media, desaprensivos para con la realidad social, desinteresados de la nómina de candidatos, ignorantes de los proyectos políticos que puedan esgrimirse, se limitan a responder que todos los postulantes conocidos y los que no tienen el gusto todavía, pertenecen, por así decirlo, a la misma bolsa de gatos, afirman sueltos de cuerpo y desligados de toda responsabilidad, que esos posibles funcionarios, tal y como los anteriores y los que aparecerán en el futuro inmediato, son todos iguales y que consecuentemente debería resultarles de poco valor para los incautos votantes el nombre de quien gane o pierda.

Poco les falta para que reconozcan directamente que estarían gustosos de votar lo que les proponga TN.

Esta situación acontece invariablemente porque un elevado porcentaje del electorado nacional es eclipsado a través del sentido común que construyen paso a paso los pseudo comunicadores, de acuerdo con las órdenes de sus mandantes.

Ante esta situación pletórica en desconcierto y desazón, dirá usted si exagero o me quedo corto en mi interpretación, se va desenvolviendo cada dos años el ejercicio del Sufragio en medio de un tsunami de mensajes que invariablemente van  fogueando la actividad política a través de un mensaje claramente anti todo.

Por un lado entonces, casi podríamos asegurar que a través de un análisis urgente de nuestro Padrón Electoral, surgiría que un cuarenta por ciento de los votos está compuesto por un fervoroso núcleo defensor del Kirchnerismo y de la idea Justicialista, otro guarismo similar, diverso, configurado por los sectores de elevados ingresos y por un grupo de la reconocida Clase Media, que se define acendradamente antiperonista y es capaz de entregar su voto sin mayor elaboración o predicamento al candidato que fuese con tal de que se traduzca en una fuerte oposición al populismo. Por último un veinte por ciento fluctuante entre pequeños Partidos Políticos, entre la izquierda y los indecisos de siempre.

Es dable pensar que el Sr. Héctor Magneto ya esté preconcibiendo la próxima jugada, para que su decisión enamore a aquel grupo de indecisos, los desconocidos de siempre, que podrían volcar la elección a favor de su candidato.

Para ese objetivo es fundamental que se imponga un nombre con un claro perfil intelectual, que sea capaz de traslucir una imagen de medianía, que fervientemente se ofrezca para propender al entendimiento a través del diálogo entre diversos, que se asigne a sí mismo la capacidad de visualizar las potencialidades de cada sector social, de cada nucleamiento, como un elemento integrante de un todo comunitario, que se ofrezca para la consolidación definitiva de la unidad de un país que supere a las partes para legitimar el Todo. Así como lo hubo pretendido, casualmente, el propio Sergio Tomás Massa en su momento.

Todo muy lindo en el discurso. Pero aceptarlo palabra por palabra, implicaría creer en la sinceridad de quien se exprese.

Pero no debemos olvidad que la propaganda ha naturalizado que todos los políticos son iguales. Consecuentemente entonces, a ninguno puede creérsele palabra alguna.

Solamente tendría chances aquel ser humano que aún no haya expresado: “esta boca es mía”. Invariablemente debe ser una figura nueva en la política.

Debería ser un estreno.

Ahora bien. Si analizamos justamente los nombres de los futuros candidatos, remanidos y vulgares y colegimos que se trata invariablemente de gente que es nada más ni nada menos que empleada del poder económico y financiero de la Argentina, es muy probable que a cada uno de estos pretensiosos sin mérito, el verdadero elector nacional, motor del caudal económico del país y quien sostiene e impulsa sus campañas electorales, les impugne la posibilidad que anhelan.

Si usted me permite, yo le sugeriría a Magneto que juegue despacio, que no muestre sus cartas todavía. Todo este revuelo de nominaciones sólo sirve para que un fuerte ventarrón las expulse, las desintegre y las haga desaparecer.

Yo humildemente le recomendaría que tenga en cuenta las palabras de su archienemigo Néstor Kirchner cuando vaticinó: “El candidato que suena, suena..”.

Me parece oportuno que mejor espere unos meses a que se rompan los cuernos los infatigables y deseosos pretendientes en fragorosas e impostergables disputas para que por fin el viejo líder juegue su carta por ahora inconfesable.

Después de todo no se trata de tantos o de tan significativos:

Un Jefe de Gobierno, con permanente rostro de comic extraviado.

Una ex Ministra de Seguridad, con profundas limitaciones morales e intelectuales.

Un ex Presidente de la Nación, con un importante título universitario adquirido, que no contribuyó a mejorar ni sus más elementales digresiones.

Un Gobernador de Provincia, tan amoral que contradice su apellido y tan extraviado que perdió los valores originarios de un Partido Político centenario que alguna vez exclamó defender.

Me queda un neurocirujano. Un médico.

Cuidado que la historia política argentina ha conocido a otros neurólogos y cirujanos que se han volcado a la política sin agregarle ningún aditamento propio y significativo a la realidad nacional.

Ninguno fue Favaloro.

A ninguno se le ha reconocido grandes casos resueltos ni grandes titulares, ni participaciones luminosas y pletóricas, a pesar de tratarse de afamados médicos mediáticos

Ninguno es Favaloro.

Sin embargo, este neurocirujano posee lo que ningún otro candidato.

Este médico tiene a favor justamente lo que manifiesta no poseer.

 Su pasado político.

Después de tanto tiempo promoviendo el triunfo de la antipolítica entre ese apelotonamiento de votos de y entre antis, hoy Don Héctor Magneto está consiguiendo una participación que puede ser estelar, la aparición de un ignoto para ofrecer a la vastísima manada de votantes que persisten en su ignorancia capital.

Un neurocirujano.

Un universitario atraído a la actividad política desde afuera de ella. Presentado como limpio. Como ecuánime. Alguien para conocer como bueno y sano entre tanto sarnoso conocido, entre tanto réprobo.

Un digno hijo de Magneto, para consolidar definitivamente “una Argentina desigual para todos”.

Mientras tanto Manes espera dar el Paso.

miércoles, 24 de agosto de 2022

 

El Silencio de los Inocentes





por Alberto Carbone

 

 

El país agrícola que pretenden los latifundistas no es una Patria, es un territorio de pocos para algunos. Vastas extensiones donde la gente sobra. Donde los poseedores juergan, se reproducen poco para no repartirse la ganancia en muchas manos y no comparten nada, porque todo les corresponde.

Los humildes, los trabajadores, sus hijos y nietos, pertenecen por definición a lo infame, a lo odioso a lo execrable. Pero ellos saben que a pesar de ello tienen la obligación de tolerarlos, porque esa masa indigna es la que compone la mano de obra barata e insustituible para la consecución de sus objetivos.

 

 

John William Cooke, uno de los más importantes intelectuales argentinos surgido de la cantera nacional y popular expresó como definición del proceso movilizador que emergió en nuestro país a partir del 17 de octubre de 1945:

 “El Peronismo es el hecho maldito del país burgués”.

¿Qué intentó significar con estas palabras este hombre devenido de los sectores medios y altos de la sociedad, de formación universitaria, de familia ligada al servicio exterior de la Nación, de gustos refinados, de costumbres políglotas?.

El Bebe Cooke trató de graficar con su síntesis, la consternación rebelada por aquel sector de elevada condición social que hasta ese momento se autoerigía como ostentador de todo el universo nacional y que subrepticiamente, casi a mitad del Siglo XX, comenzaba a percibir una sensación de despojo de sus facultades como si se tratase de una enajenación. Una abrupta intromisión en sus derechos, sobre la base de diversas actitudes que le coartaban su máxima singularidad, su razón de ser, su particularidad más arraigada: la posibilidad de disponer de medios, bienes y personas, dentro de un territorio que consideraban que les pertenecía.

Este modelo de país originado desde ese grupo de poder para sí mismo, permanece y en la actualidad configura la grave tragedia que encierra todavía aquella trama obtusa, torpe, necia, con la que se enhebró el guión fundamental del universo nacional, el nuestro, pergeñado por un grupo de propietarios, interesados en que sus posesiones les garantizaran a ellos, a su prole y a su sucesión, los beneficios económicos imprescindibles para sostener el control político de su heredad por los Siglos de los Siglos.

Por eso la Constitución Nacional se premeditó, fue expedita y aviesa. Combinó graciosa y armoniosamente ambas necesidades urgentes, la configuración de una Nación y los requerimientos del sector económico más significativo de la época.

Por ello también y paradójicamente, el General San Martín fue enarbolado como Padre de la Patria. Un país edificado, disputado y construido a caballo requería de un jinete capaz y decisivo con ínfulas libertarias. Por presión de Bartolomé Mitre, la cucarda recayó en San Martín, era justo y necesario, había fallecido en 1850, tres años antes de que se constituya la Argentina como tal. Ese nuevo país que se pavoneaba con su raíz oligárquica y centralizadora, con su personalidad exclusivista y discriminadora, con su decisión delimitante y elitista que dictaminaba que aquellos reducidos grupos de pudientes de elevado rango económico, se elevaran a la calidad de voluntariosos representantes de los valores de la argentinidad.

Todas notas esenciales que el mismísimo Gral. San Martín no hubiera destacado como propias y que seguramente tampoco hubiera seleccionado jamás como características del país que estaría obligado a patrocinar sin saberlo.

Pocos años después llegaron los inmigrantes a poblar este desierto inconmensurable, vacío y ansioso de constituirse en base a títulos de propiedad.

Europeos desconsolados, de manos prestas y vacías, racimo de gente por millones, deseosos de construir un futuro vedado en sus países de origen.

Durante el último tercio de Siglo XIX, la elite cerró filas detrás de Sarmiento y Avellaneda.

Pero la embestida había comenzado en 1862.

El general Bartolomé Mitre había iniciado la consolidación del proyecto conservador. El objetivo radicaba en afianzar a las elites provinciales en sus zonas respectivas, dirigidas por la supremacía y el control porteños y pergeñando la desaparición absoluta de los gauchos y de los indios.

Los primeros porque participaban de la sangre de los blancos, quienes habían humillado salvajemente a las mujeres indias, no fuera a suceder que a alguno se le ocurriese reclamar herencia.

Los segundos por ser escasos como mano de obra y por ser resistentes a las imposiciones de quienes se autoproclamaban como los dueños de la tierra.

Mal que mal, después de la destrucción del Paraguay, lucubrando una guerra vergonzosa y humillante para la argentinidad  y al compás de la profusa propaganda nacionalista orquestada por el Presidente de la Nación y fundador del Diario La Nación, se depositó la confianza del control político en Domingo Faustino Sarmiento, quien a partir de 1868 continuó la masacre contra el sector popular y seis años después designaría como su continuador a Nicolás Avellaneda.

Entre 1874 y 1880, Avellaneda le garantizó el bienestar y la seguridad jurídica a las familias bien, como la propia, al compás de tres leyes que trascenderían con su apellido: La de Educación Común N° 1420, la de Inmigración, para incorporar voluntades del campesinado europeo a la extensión agrícola y la de Tierras, promoviendo la repartija de fundos en propiedad para quienes desearan afincarse y producir en las fértiles y recientes comarcas conquistadas al indio.

Este último proyecto fue inhibido por la elite terrateniente. Los genuinos  y respetabilísimos fundadores de la Patria de 1853, no concebirían que pequeños propietarios arruinaran la promoción latifundista.

La tierra no fue asignada a quien la trabajase sino consignada para aquellos quienes la acumularían como un bien económico que se destinaría a la especulación.

La masa obrera, silenciosa, expectante, inocente, participaría resignada en carácter de mano de obra como factor de producción para los intereses de la elite.

A partir de entonces los propietarios de miles de hectáreas de territorio configurarían un eficiente polo de poder político, como auténticos dueños de la producción generadora de la mayor cantidad de divisas para el país.

Para la época del Centenario, la Argentina formaba parte de los primeros diez países del mundo de más alto PBI. Pero la distribución de la riqueza explicitaba los guarimos reales y la gran mayoría de los pobladores solamente trabajaba para recuperar su fuerza de trabajo, vivía para alimentarse, mientras los poseedores de los títulos de propiedad de la tierra acumulaban cuantiosas ganancias y exteriorizaban enormes diferencias con la inmensa mayoría proletaria.

A mitad del Siglo XX, el Peronismo empoderó a millones de humildes que comenzaron a advertir que su vida también valía algo.

El establecimiento del Estado de Bienestar montado por Perón a partir de 1943 desde la Secretaría de Trabajo y Previsión fue orquestado sobre la base de varios Decretos Leyes que le otorgaron dignidad a la actividad laboral y promovieron la aparición de agremiaciones entusiasmadas en defender esos derechos recientemente conquistados.

La justificación de ese cambio político había sido la proliferación de pequeñas industrias y talleres urbanos promovidos desde el gobierno de Agustín. P Justo a partir de 1932 y derivados en la falta de trabajo como coletazo de la crisis internacional de 1929, factores que condicionaron a regañadientes al ministro de Economía de la época Federico Pinedo, a promover la Sustitución de Importaciones.

Diez años después, el entonces coronel Perón estudió aquella realidad socioeconómica que Pinedo había proyectado para apenas un tiempo prudencial y le dio otra lectura.

El 17 de Octubre de 1945, la inmensa masa anónima, la múltiple, diversa e inocente voluntad de hombres y mujeres de trabajo se puso en movimiento. Se manifestó, ganó las calles y emitió, al calor multitudinario, un voto unánime.

El país fundado por una elite interesada en su propio patrimonio hacía agua.

El esquema tradicional del país de pocos para pocos se eclipsaba al conjuro del reclamo inminente de aquella diversidad invisible, que jamás se había expresado, pero que ante la aparición de un liderazgo tan imprevisto como oportuno, se derramaba unánime en defensa de lo que aprendió que merecía.

Dicen que a veces la historia suele repetirse. Yo creo que no. Creo que hoy los invisibles, los inocentes testigos forjadores de una mejor calidad de vida para unos pocos saben que existen, se reconocen entre ellos y han aprendido que sin ellos no existe la Patria.

Creo además que los liderazgos políticos se renuevan y que ante la cruel disparidad de beneficios que traduce la grieta cotidianamente en favor de los dueños del Capital concentrado, los humillados de la historia terminarán reaccionando.

Los trabajadores saben que aquella personalidad que lidera las voces que traducen sus reclamos debe liderar también una transformación urgente y necesaria.

Una transformación clara y evidente, sin ambages, que le dé al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios y a los Trabajadores lo que les corresponde a los Trabajadores.

 

miércoles, 3 de agosto de 2022

 

El Corazón Helado


por Alberto Carbone

La consolidación del país agrícola ganadero exportador comenzó a desarticularse con la Crisis internacional de 1929 y continuó disgregándose posteriormente con el impulso industrialista que inyectó la gestión peronista.

Aquella ambivalencia perpetró una incisión en los intereses políticos de cada sector social.

La realidad de entonces dimensionó dos alternativas.

Porque la convivencia de ambas en un país diversificado como alcanzara EE.UU de América no pudo soportarse.

Esa dicotomía disparó las características entre un país exclusivo para los exportadores primarios y otro inclusivo que incorporase el devenir y las necesidades del resto de los argentinos como auténticos poseedores de derecho a constituirse.

 

“Yo haré uso de esta fiesta, publicando desde aquí, mi programa de gobierno; y les digo pues, a todos los pueblos de la República, que Chivilcoy es el programa de gobierno del presidente Domingo Faustino Sarmiento. Decidles a mis amigos, que no se han engañado al elegirme Presidente de la República, porque les prometo Hacer Cien Chivilcoy en los seis años de mi gobierno, con tierra para cada padre de familia, y con escuelas para sus hijos. He aquí mi programa, y si el éxito corona mis esfuerzos, Chivilcoy tendrá su parte en ello, por haber sido el pionero, que ensayó con mejor espíritu  la nueva Ley de Tierras  y ha demostrado que la pampa no está condenada, como se pretende, a dar exclusivamente pasto a los animales, sino que en pocos años, aquí, como en  todo el territorio, ha de ser luego asiento de pueblos libres, trabajadores y felices”.

Discurso del Presidente Sarmiento en la Ciudad de Chivilcoy.

Sábado 3 de octubre de 1868

 

 

En general los acontecimientos históricos se revisitan sin aludir a las consideraciones que los configuraron.

Porque los sucesos que se confrontan ante la realidad no se van analizando con el cuidado necesario, evaluando cada una de las causales que los precipitaron o la verdadera dimensión de aquellas particulares manifestaciones.

Los hechos configuran episodios estáticos y de ellos vamos aprendiendo a aceptar y a asimilar cada una de las vicisitudes tal y como fueron presentándose ante la realidad.

Pero la Historia no se define como el estudio de una sucesión de hechos estáticos.

Al contrario.

La Historia es la materia que estudia el pasado con la cabal intención de interpretar y evaluar las intenciones en cada proceso social.

Por ello, nos atrevemos a reafirmar que paradójicamente y a pesar de lo que sostiene el sentido común, los hechos no existen.

Existen las interpretaciones que de ellos surgen a través del análisis y de la reflexión.

A propósito he elegido las palabras de ex Presidente Domingo Faustino Sarmiento, en oportunidad de la inauguración de la Ciudad de Chivilcoy, para confrontar sus expresiones con el pensamiento de aquellos que juzgan al sanjuanino como el adalid de la orientación oligárquica de pensamiento político nacional.

Porque no todo es claro u oscuro en el devenir histórico o en los procedimientos de aquellos seres humanos a quienes les cabe protagonizar con su acción la narración de los acontecimientos.

Sarmiento, con sus luces y sombras, bregó por un país con mayor distribución territorial, a sabiendas de que la riqueza de la Nación estaba basada en la propiedad del factor tierra y en su consecuente producción agrícola.

Para el sanjuanino, Chivilcoy consumaba la piedra de toque.

El hecho exquisito.

El primer eslabón de una cadena de logros que garantizarían la esperanza de miles de pequeños trabajadores del campo deseosos de arraigarse a su parcela productiva para comenzar a tejer su futuro familiar.

Sin embargo, aquel novedoso proyecto tropezaba con un primer escollo. Porque no debemos olvidar que fue la aristocracia argentina la que consumó la Constitución Nacional.

Y la escribió a su imagen y semejanza.

Los primigenios poseedores de la tierra proyectaron un país agrícola para provisión del mercado externo, amparados en el dominio de aquella propiedad territorial perteneciente al reducido grupo de familias del que formaban parte y en consecuencia redactaron la Ley Fundamental en su propio beneficio.

Como la Historia se basa en interpretaciones, creo sinceramente observar que Sarmiento adivinó la jugada en el momento exacto e intentó la zancadilla.

Nombrado Presidente y aceptado a regañadientes en aquel sitial por sus connacionales y hermanos masones como él, Bartolomé Mitre y Justo José de Urquiza, intentó voltear esa jugada magistral de la elite tanto porteña como del Interior del país, promoviendo sucesivas fundaciones de ciudades agrícolas, conglomerando pequeños hacendados por todo el territorio nacional.

Chivilcoy configuraba la primera zancada, el primer ladrillo.

Sin embargo, por alguna razón, seguramente bien regada de intereses políticos y económicos, el sanjuanino no pudo concluir con aquella obra que recién comenzaba.

Su período de gobierno pasó sin novedad al respecto. Fue sucedido en el cargo de Presidente por su ministro de Educación, Nicolás Avellaneda y entonces se produjo un enroque. Sarmiento ocupó en la nueva gestión, el cargo que él le había asignado a Avellaneda en la suya, como Director General de Escuelas. Fruto de aquel empuje fueron dictadas dos leyes que transformarían la fisonomía de la sociedad: La Ley de Educación Común 1420 y la de Inmigrantes, conocida como Ley Avellaneda.

Mientras tanto la elite continuaba acaparando territorio. Todo lo contrario a los que paralelamente acontecía en aquel otro país tan similar al nuestro, los EE.UU de América, donde fueron parcelados en espacios más reducidos los nucleamientos de tierra y los labradores propietarios que se establecieron allí, configuraron pueblos prósperos y edificaron un futuro venturoso para ellos, sus familias y para el resto de los avecinados.

En Argentina en cambio, cuando la elite terrateniente interpretó el éxito de la Ley Avellaneda, orquestó un proyecto ambicioso y tentador, fomentando para sí misma el acaparamiento de mayor heredad, avanzando contra el territorio indígena, con la excusa de la necesidad de la expansión de la frontera agrícola y de la inmediata defensa de lo nacional contra las probables intenciones de anexionamiento chileno de la Patagonia.

El frío calculador, helado, del grupo oligárquico, se patentizó claramente, a través de la defensa de lo que definía y define en la actualidad como el Ser Nacional, expresiones que hubo estampado en la Constitución Nacional con letras de molde, garantizando su Verdad, su predominio, su exclusiva factibilidad como factótum social, como eje dominador.

No podemos esperar ninguna solidaridad de parte del sector dominante de la sociedad. Ellos se creen la Patria. Aquella que inauguraron con la Carta Magna del año 1853 y que sostuvieron una y otra vez gobierno tras gobierno.

Para ellos la Patria no es una entelequia. La Patria es el campo y ellos se consideran los únicos representantes.

 Por transitividad, ellos son la Patria.

Un grupo reducido de vastas extensiones  de tierra que producen materia prima para el mercado exterior a través de mano de obra barata y exánime.

Cuando escucho decir que esta época reproduce los acontecimientos del año 2001, respondo que no es así. Esta época nos retrotrae a la situación vivida por el país a comienzos de Siglo XX, durante el Centenario.

El año de 1910 constituyó la piedra angular del modelo agroexportador. Por un lado, miles de inmigrantes que ofrendaban su labor a cambio de reproducir su fuerza de trabajo y por el otro, el pequeño núcleo central de la sociedad poseedora concentrando su riqueza y viviendo en un país exclusivo, único, selecto.

Por ello, no debemos esperar nada de quienes consideraban y consideran que nada tienen para ofrecer. Porque la reducción de sus beneficios, saben bien, podría redundar en una mejor calidad de vida de aquellos sectores sociales que para la elite constituyen solamente muchedumbre invisible.

Mientras tanto, los sectores mayoritarios de la sociedad, los pobres, los desposeídos, permanecen girando alrededor de las demandas de un corazón helado.

Trabajadores urbanos y rurales, testigos mudos, por ahora, de los reclamos y exigencias de quienes se creen auténticos y legítimos propietarios de un país edificado por ellos para sí mismos y que no parecen dispuestos a compartirlo.